Abrir el debate. ¿HACIA DONDE QUEREMOS IR?

El pasado 31 de octubre, Kaos en la red y Rebelión publicaron un documento “Por un nuevo espacio político” (firmado por varios miembros del movimiento anticapitalista, entre ellos dos de nuestra revista). El artículo tiene un gran valor al abrir un debate del que estamos muy necesitados los partidarios de construir una organización de los trabajadores, si queremos estar a la altura del reto que nos plantea la ofensiva del capital. Sin embargo el manifiesto adolece de cierta confusión, que es necesario aclarar, y presenta algunas lagunas, que es importante llenar. Nuestra postura no es improvisada. Lo que los compañeros de En Defensa del Marxismo opinamos ya ha sido ampliamente expuesto en números anteriores de la revista.

Esta es, por lo tanto, nuestra primera contribución a ese debate, que sólo acaba de empezar.

EL PAPEL DE LA BUROCRACIA SINDICAL

El documento se abre con una reflexión crítica sobre el papel de CCOO y UGT en la convocatoria de la huelga general del pasado 29 de septiembre. Y se extrae la conclusión de que, a pesar de la línea de conciliación con la patronal y los distintos gobiernos que las direcciones han llevado a cabo durante años, los sindicatos siguen siendo las organizaciones con mayor capacidad de influencia entre los trabajadores. Sin embargo la crítica, aunque correcta, no llega hasta el final. ¿Fue un error de las cúpulas o por el contrario fue una línea conscientemente aplicada?

Si fue un error es de esperar, que con toda la que está cayendo, los dirigentes de CCOO y UGT corregirán su política, para llamar a la movilización contra la ofensiva de la patronal. La respuesta ya la han dado. La burocracia sindical se ha limitado a convocar manifestaciones, a mediados de diciembre, contra la reforma del sistema público de las pensiones, mientras espera reabrir las negociaciones con el flamante nuevo ministro de trabajo, para intentar endulzar la reforma laboral.

La burocracia sindical es una casta parasitaria que se ha nutrido de la intermediación entre los trabajadores y los empresarios. Generosamente subvencionados por los distintos gobiernos capitalistas, han dejado que la situación se pudriera, sin hacer nada (o casi nada) para impedirlo. Las consecuencias están ahí, más de cuatro millones de parados y casi la mitad de los trabajadores con empleos precarios. Eso es lo que los trabajadores les echan en cara, y es lo que han intentado disimular con la convocatoria de la huelga general. Pero no piensan ir más lejos en su confrontación con el gobierno. Son conscientes de que sus privilegios y prebendas dependen de su utilidad como apagafuegos.

El derrumbe capitalista los puso entre dos fuegos, entre una ofensiva patronal que exige más y más, para poder sobrevivir en su pugna por los mercados, y el creciente malestar de los trabajadores que ven como sus derechos y conquistas son abiertamente cuestionadas. Con la convocatoria de la huelga general, la burocracia sindical de CCOO y UGT ha pretendido lavarse la cara ante los trabajadores, y enseñarle los dientes a la patronal y al gobierno demostrando que todavía puede dar muchos quebraderos de cabeza.

ALIANZA SÍ, PERO ¿QUÉ CLASE DE ALIANZA QUEREMOS?

El documento plantea la necesidad de establecer una serie de alianzas (social, del trabajo, ciudadana, generacional y de los pueblos) frente a la ofensiva reaccionaria que estamos sufriendo. La ofensiva del gran capital amenaza no sólo a los trabajadores, sino a la totalidad de las clases populares, que irían desde la clase obrera hasta los pequeños empresarios y comerciantes, que se ven cada vez más abocados a la quiebra, por una crisis que ellos no han provocado.

Es importante matizar y definir algunas de las propuestas. En primer lugar hay que plantear qué clase social es la que debe de actuar como motor de la alianza, y esto sólo se puede a través del programa. De lo contrario podemos acabar defendiendo intereses opuestos a los de los trabajadores y apostando por el mito del capitalismo con rostro humano. Los intereses de la pequeña burguesía, los pequeños comerciantes y empresarios, los pequeños propietarios campesinos, además de los de numerosos profesionales y autónomos, aunque golpeados y amenazados por la crisis, se sitúan entre los de los trabajadores y los de los grandes capitalistas. Aunque la situación los lleve al empobrecimiento y la ruina, sus aspiraciones no son las de los trabajadores. El mito de la pequeña burguesía es el del capitalismo con rostro humano, una sociedad que no ha existido nunca, donde pueden preservar su estatus social y económico. Están condenados a oscilar entre los dos polos sociales. El anticapitalismo socialista tiene que defenderlos frente a la ofensiva del gran capital, pero no al precio de subordinar los intereses de los trabajadores. Los derechos democráticos, y entre ellos el de los pueblos oprimidos a elegir su futuro, sólo pueden satisfacerse en el marco de la lucha por el socialismo. Es por esa razón por la que cobra especial fuerza el párrafo del texto:

“Los pueblos oprimidos por el Estado español tiene un lugar en esta alianza, porque los derechos nacionales sólo podrán satisfacerse en el marco de la lucha común contra el capital y su estado, lo que les sitúa como aliados de la lucha obrera y popular”.

El anticapitalismo sólo puede ser coherente siendo socialista. He aquí el debate. Estamos dispuestos a discutir qué tipo de sociedad socialista queremos, por ese motivo planteamos que hay que reinventarlo. El contenido del proyecto socialista, salvo cuando hablamos de las grandes líneas (igualdad, democracia participativa, democracia económica, control obrero de los medios de producción y de la administración, gobierno de los trabajadores controlado por la población, rotación y revocabilidad de los cargos,…), que son las que nos separan claramente del capitalismo y de cualquier tipo de opresión, deben de llenarlo los trabajadores (activos, precarios, desempleados, pensionistas…) y no una camarillas de iluminados que se consideran guardianes de la verdad absoluta. A lo largo de la historia hay diversas experiencias revolucionarias que deben ser incorporadas a nuestro proyecto (colectivizaciones industriales y agrarias de 1936 en el estado español, los ejemplos autogestionarios…). Un debate abierto y fraternal en el que creemos que todos los que realmente buscamos una alternativa al capitalismo tenemos cabida. Estamos convencidos, como dice la letra de la internacional, de que la emancipación de los trabajadores será obra de ellos mismos, o no será.

ESPACIO, MOVIMIENTO O PARTIDO ANTICAPITALISTA. UN DEBATE NECESARIO

Una de las cuestiones que el documento expone de forma confusa es el tipo de organización que proponemos. El texto afirma:

“Hay que reinventarse, no hablamos de construir un partido político de vanguardia, ni un frente de partidos y grupos coaligados, no hablamos de construir coaliciones electorales, afirmamos la necesidad de un nuevo tipo de espacio político, más parecido a un movimiento que aun partido clásico”.

Coincidimos en lo que no queremos. No queremos un partido político de vanguardia (en el sentido clásico que todos entendemos), ni un frente de partidos y grupos coaligados, ni engendros electoralistas que se unen, para volver a fragmentarse una vez han fracasado. Pero ¿estamos de acuerdo en lo que realmente queremos? Habrá que comprobarlo.

Los compañeros de la revista “En Defensa del marxismo” hemos defendido repetidamente la necesidad de una organización anticapitalista centralizada que rompa con los viejos esquemas del partido de vanguardia clásico. Históricamente los grupos de izquierda que hemos reivindicado el marxismo nos hemos organizado acríticamente siguiendo un modelo, que era el del partido bolchevique. Sin embargo ese modelo nació y se desarrolló marcado por las características de un país y una época, en la que la represión zarista desarticulaba cualquier tipo de oposición, no sólo revolucionaria, sino también de tipo reformista. Lenin y sus compañeros nunca creyeron que esa organización fuertemente centralizada y disciplinada tuviera que ser un modelo universal. Nosotros estamos convencidos, y la historia reciente lo demuestra, que ese tipo de partido de vanguardia no es el adecuado para organizar al variopinto movimiento anticapitalista.

Pero tampoco creemos que el movimiento sea por sí solo el instrumento que necesitamos. Una organización de tipo movimentista no sería otra cosa que una bolsa de gatos en la que cada uno iría por su lado, y no se llegaría nada. El movimiento, por sí sólo, de forma espontánea, no puede ir más allá de la conciencia reivindicativa o sindical.

Partido (u organización, o como cada uno quiera llamarlo) y movimiento son dos cosas distintas, pero necesarias. Un partido, sin un movimiento que lo nutra y lo empuje está condenado a la esterilidad política (de eso todos sabemos un rato). Un movimiento sin partidos, organizaciones o corrientes organizadas en su seno (no importa el nombre que cada uno quiera darle) que propongan una línea política a seguir, tampoco podrá enfrentarse con éxito a la ofensiva capitalista, y se desgranará ante los primeros embates de ésta, o será desvirtuado por los defensores del capitalismo con rostro humano.

Lo que nosotros planteamos es una organización abierta a todas las corrientes y grupos que defienden la necesidad de acabar con el capitalismo. Una organización un funcionamiento democrático, donde las bases propongan y discutan el programa político y las acciones que se deben llevar a cabo. Una organización que permita en un régimen de igualdad y fraternidad las diferencias políticas, la libertad de expresión y publicación, el derecho a organización de tendencias y corrientes de los que sean afines. Una organización donde la base sea soberana y pueda controlar a sus dirigentes (que deberán rendir cuentas de sus actos). Una organización política horizontal, que nazca de los barrios de las ciudades, de los pueblos, y de las fábricas y empresas. Una organización en la que, estamos convencidos, cabemos todos los que luchamos por una sociedad no capitalista, desde los grupos independentistas que se reconocen como socialistas, hasta los libertarios. Las únicas condiciones restrictivas que defendemos son la de clase, la del anticapitalismo y la de la lucha por una sociedad socialista (en el amplio sentido de la palabra).

Pero tal como decíamos más arriba esa organización política, ese partido anticapitalista, no puede desarrollarse y ser la expresión política de los intereses de los trabajadores y de las clases populares sino existe un movimiento mucho más amplio que lo nutra y lo presione. Por lo tanto, el primer objetivo de ese reagrupamiento es la de ayudar a construir y coordinar una vasta red de organizaciones sociales, de apoyo mutuo, que extiendan la conciencia solidaria y combatan el individualismo que promueve la sociedad capitalista (cooperativas de consumo, ateneos, oficinas de derechos sociales, asociaciones en defensa de los inmigrantes, contra la marginación social, por una vivienda digna…). En el seno de esta “alianza” de los trabajadores y de las clases populares la función de la organización o partido anticapitalista será la de fomentar la conciencia de clase y la lucha por el socialismo, no como el amo y señor del movimiento, sino ganándose su influencia como sector más decidido en la defensa de los intereses del conjunto de los explotados.

SOBRE LA CUESTIÓN DEL PROGRAMA.

Todo este debate sería sólo organizativo, y por lo tanto incompleto, sino abordáramos la cuestión del programa. ¿Programa mínimo?, ¿programa máximo? El programa no es un libro de cocina acabado, con recetas para cada ocasión, sino que tal como plantea el documento debe de ser algo vivo, que parta del nivel de conciencia social existente, que esté abierto a las aportaciones que surjan en los debates de la organización y del movimiento, a partir de la lucha de clases y de los conflictos democráticos que aparezcan.

Es importante, sin embargo, establecer algunas cuestiones básicas sobre el tema, que deben de ser recordadas. Toda organización o movimiento se define por el programa que defiende, que no es más que el conjunto de reivindicaciones que reclaman sus bases. El programa mínimo son las reivindicaciones inmediatas y concretas (vivienda, trabajo…), que el movimiento puede comprender y hacer suyas, mientras que el programa máximo define el modelo de sociedad al que la organización, en este caso socialista y anticapitalista aspira. Ambos programas necesitan de una serie de puentes que permitan elevar la conciencia de los trabajadores y las clases populares, que partiendo de lo inmediato puedan plantearse el modelo de sociedad en el que quieren vivir.

El primero es tan solo la expresión de lo que más arriba definíamos como conciencia sindical o reivindicativa, y que no cuestiona el capitalismo. El segundo, define el tipo de organización social y económica que proponemos como alternativa. ¿En qué consisten entonces los puentes entre ambos? Cuando planteamos “trabajar menos (sin rebaja salarial), para trabajar todos”, no lo hacemos porque creamos que el capitalismo va a ceder ante esta reivindicación, sino porque ésta puede ser comprendida y aceptada por el conjunto de los trabajadores, que ven como su horario laboral tiende a alargarse, mientras el poder adquisitivo de sus salarios se recorta, frente a una realidad que se acerca a los cinco millones de parados. La contradicción que refleja la reivindicación pretende dejar al descubierto la naturaleza perversa y reaccionaria del capitalismo, y la necesidad de que otro tipo de sistema social y económico lo sustituya.

DES DE BAIX. UNA CRÍTICA PENDIENTE

Tal como indica el documento y coincidiendo con él, valoramos positivamente, aunque de forma crítica, la constitución de la coalición electoral DES DE BAIX. Es una valoración positiva porque implica un paso adelante, pero incompleto, frente a la tradicional dispersión y el estéril sectarismo de la izquierda anticapitalista. Pero incompleto porque en el manifiesto fundacional de la coalición no se hablaba para nada del día después de las votaciones. Queda claro que, pese a la declaración de buenas intenciones de los componentes de la coalición, el objetivo inicial era presentarse a las elecciones, o lo que es lo mismo, hacer la enésima recombinación de lo de siempre. Sólo el fruto de la presión de las bases de las tres organizaciones y de los independientes que se han ido sumando, les llevó a convocar una nueva reunión para después, en las que se iba a discutir la continuidad.

Coincidimos también con el manifiesto en que la coalición sólo puede ser coherente con lo que dice ser, abriendo el debate e impulsando un proceso de construcción y coordinación de asambleas democráticas territoriales y sectoriales, abiertas a toda la izquierda clasista y anticapitalista. Si por el contrario vence el conservadurismo de los aparatos el proyecto quedará totalmente desvirtuado, y su credibilidad en entredicho. No tenemos ninguna duda de los peligros que acechan al proyecto. El sectarismo de siempre y la compleja heterogeneidad del anticapitalismo pueden poner en peligro el proyecto. Somos conscientes de que muchos se autoexcluirán, y que otros harán todo tipo de maniobras y triquiñuelas para imponer su forma de ver las cosas. El peligro de disolverse y dejarse arrastrar por la corriente existe, pero consideramos que es la única forma que existe para construir una alternativa anticapitalista, clasista, socialista y revolucionaria y que sería mucho peor encerrarse en una urna de cristal, mientras la amenaza de la barbarie capitalista nos pasa por encima. Si fuera así no seríamos otra cosa que unos charlatanes.

Tenemos otras críticas y desacuerdos con la coalición electoral, pero estamos dispuestos a dejarlas en un segundo plano por el momento, si se abre la puerta al día después, y se apuesta por el desarrollo por debajo de una organización anticapitalista que se plantee la lucha por el socialismo. No se nos pasa por alto la ambigüedad de los términos que definen a la candidatura: anticapitalista, ecologista, feminista, antirracista, internacionalista y defensora de los derechos nacionales de Catalunya. Seguimos defendiendo que el anticapitalismo coherente sólo puede ser socialista (aceptando éste último término en el sentido amplio y abierto de la palabra), y que los términos “ecologista, feminista, antirracista, internacionalista y defensora de los derechos nacionales” son conceptos que se sitúan en el campo de la democracia radical, pero no definen el modelo de sociedad por el que luchamos. Creemos que sólo lograremos incorporaremos al proyecto a los sectores más sanos y dinámicos de la izquierda anticapitalista clarificando sin ultimátums ni sectarismos, qué es lo que queremos.

Toni i Enric
17-11-10