Ante los nuevos reagrupamientos anticapitalistas (2)

*¿PORQUÉ AHORA Y NO MAÑANA?*

En el número anterior de la revista “En Defensa del marxismo” publicamos una declaración: “Ante los nuevos reagrupamientos anticapitalistas”, que fue ampliamente difundida por Internet (Rebelión, Kaos en la red…) y por todos los modestos medios que están a nuestro alcance. En él hicimos un llamamiento a la unidad del fragmentado movimiento anticapitalista, aprovechando el surgimiento en las pasadas elecciones europeas de nuevos reagrupamientos que se reclamaban del mismo, y que prometían trabajar por dicha unidad, más allá de los eventos electorales.

Lamentablemente y por el momento, las promesas se han quedado en el aire. Iniciativa Internacionalista-Solidaridad entre los Pueblos e Izquierda Anticapitalista no han estado por la labor, provocando el desánimo y la frustración entre la gente que cree en el proyecto. Resulta doblemente lamentable que ahora que de nuevo se acercan elecciones se repitan de nuevo llamamientos de la misma índole, como si nada hubiera ocurrido, porque sería la confirmación de que no eran más que marcas electoralistas que tan solo iban la caza del voto. Si es así, no hacían falta tantas alforjas, para tan corto viaje.

La dirección de la extinta (?) Iniciativa Internacionalista publicó recientemente una declaración en la que decía que las viejas siglas ya habían cumplido su función (¿electoralista?), pero que están dispuestos a seguir trabajando por el proyecto de la convergencia de la izquierda anticapitalista. ¡Bien! No nos importa bajo que siglas se llama a reagrupar a las fuerzas que se reclaman como tales, pónganle el nombre que quieran, pero háganlo ya, porque la credibilidad se agota si no se demuestra que uno está dispuesto a llevar a cabo en los hechos, lo que dice con las palabras.

El mismo mensaje puede dirigirse a Izquierda Anticapitalista. No existen los milagros, y ningún milagro hará que de la noche a la mañana, sus siglas obtengan representación parlamentaria, si antes no se ha hecho un trabajo maduro y bien enfocado. En primer lugar porque las elecciones nunca deben ser un fin en sí mismo, para el anticapitalismo revolucionario, sino un medio para llegar a todos los lugares donde normalmente es difícil llegar. Tener una representación parlamentaria es una cuestión secundaria, porque ningún parlamento va a acabar con el capitalismo. Para poder tener credibilidad como un polo de reagrupamiento de las fuerzas anticapitalistas hay que demostrarlo con coherencia en la práctica cotidiana.

La unidad y clarificación política del movimiento anticapitalista es ahora más necesaria y urgente que nunca. La crisis del capitalismo se está convirtiendo en una verdadera catástrofe para la humanidad. Amenaza con arrasar todas las conquistas que heredamos del viejo movimiento obrero y acelerar el proceso de destrucción del planeta. Mientras tanto asistimos a un panorama desolador en el terreno de la izquierda anticapitalista, revolucionaria y alternativa. Fragmentada en un sin número de grupos y corrientes, es incapaz de presentar batalla, que no sea testimonial, contra el pensionazo, la reforma laboral, la privatización de la enseñanza y la sanidad, la persecución de los trabajadores inmigrantes o contra el cambio climático…

*La crisis del capitalismo: Más y más barbarie.*

La crisis económica que estamos padeciendo no fue causada por ningún error, ni por la falta de control del sector financiero internacional, sino por las profundas contradicciones del sistema, que necesita de un crecimiento exponencial de las plusvalías para sobrevivir. En las últimas décadas hemos asistido a la evolución de un capitalismo senil que se parecía cada vez más a un enorme casino, en el que los grandes capitalistas convertidos en meros especuladores, ganaban miles de millones de dólares en un breve espacio de tiempo, a costa de incrementar la miseria en todo el mundo. El crack de 2008 fue la señal de que esa inmensa fábrica de humo no podía continuar indefinidamente, y que las contradicciones del sistema no pueden ser superadas desde el seno del capitalismo. Los gobiernos y los adalides de la desregulación y el libre mercado corrieron presurosos a vaciar las arcas públicas para socorrer a los bancos y las grandes multinacionales en pleno derrumbe. Se habló de refundar el capitalismo, de crear mecanismos que impedirían que todo esto volviera a suceder. Pura fanfarria destinada a engañar a los tontos y a los que quieren que se les engañe. El capitalismo no puede ser reinventado. Keynes ha muerto, y el neoliberalismo salvaje es la única forma que puede adoptar, en su fase senil, para seguir existiendo. La plusvalía tiene que continuar multiplicándose para no colapsarse, aunque sea a costa de ir liquidando el viejo “estado del bienestar”. Los causantes del desastre ya están buscando nuevas burbujas especulativas para seguir alimentándose. No importa que en el estado español ya tengamos cuatro millones de parados, ni que planee sobre nuestras cabezas la amenaza del desmantelamiento del sistema de pensiones, la reforma laboral, la privatización de la sanidad y de la enseñanza, el capital necesita más y más, y todo tiene que sacrificarse para apaciguar su hambre de beneficios. Los mismos que provocaron la crisis y a los que nadie pide responsabilidades y todo el mundo rinde pleitesía.

Pero el desolador paisaje que nos envuelve no es una característica del estado español, sino que parte del tenebroso panorama mundial. Los cantos de sirena que nos avisan de que estamos al final del túnel, de que la tempestad ha empezado a calmarse, mienten. El consumo mundial, el combustible que mueve el motor del capitalismo, no levanta la cabeza, y por consiguiente no puede insuflar nuevas fuerzas al destartalado aparato productivo. Aunque algunos países quieran alardear de que para ellos ya terminó la recesión, todo es puro engaño. Las cifras del desempleo internacional siguen creciendo porque las fábricas no consiguen vender sus stocks en unos mercados que siguen sobresaturados. Las arcas públicas de USA, Japón y de la UE están vacías y el endeudamiento amenaza con hacer saltar por los aires el sistema de drenaje que entrega el dinero de los impuestos a los grandes capitales. Un nuevo crack puede hundir al mundo en una nueva era de barbarie. Bancos y grandes empresas necesitan desesperadamente el dinero público para continuar existiendo, pero las fuentes se han secado. El “progresista” gobierno de Zapatero ha prometido el recorte de 50.000 millones de euros en tres años, para poder sanear su deuda y pagar los intereses. Nadie quiere explicar las consecuencias de ese colosal ajuste. ¿Quién pagará los platos rotos? ¿Lo adivinan?

*Derecha e izquierda del sistema: Todos ofrecen lo mismo.*

Zapatero ha llamado a un pacto de estado. Como dicen los corífeos del salvataje del capitalismo, el gobierno tiene que ser “valiente”, tiene que tomar medidas “audaces”, porque la gravedad de la situación lo exige. No hay que ser muy inteligente para adivinar que clase de reformas reclaman. Congelación de los salarios y de las pensiones, abaratamiento de los despidos, mejores condiciones para poder explotar todavía más a los trabajadores, entregar los sectores públicos a los depredadores privados. La sanidad, la educación, las cajas de ahorro, las pocas grandes empresas que como la RENFE todavía son públicas, todo tiene que convertirse en una cantera para que los capitalistas puedan hacer negocio y aumentar sus beneficios. La patronal exige la rendición incondicional de los que todavía pretenden salvar la cada vez más escuálida “sociedad del bienestar”, todo en aras de la depravada carrera por la competitividad, una carrera en la que muy pocos ganan y casi todos pierden. Los más caraduras se pavonean con todo el descaro del mundo, alardeando de que ellos, unos parásitos, son los que crean la riqueza.

Los “representantes del pueblo”, con los distintos ropajes de derecha o de izquierda, corren presurosos a salvar el sistema. La izquierda del sistema clama contra los ataques al “Estado del bienestar” e intenta salvar todos los muebles que sea posible de la quema. Verdaderos recetarios de la cocina política repiten erre que erre el mismo discurso de siempre. El programa de IU exige luchar contra el fraude e implantar la progresividad fiscal, un plan de empleo a través de los ayuntamientos, nuevos planes para el acceso popular a la vivienda, financiación de las pequeñas y medianas empresas, el fomento de una banca y un sector público… es decir, un conjunto de generalidades y buenas intenciones destinadas a recuperar el viejo “Estado del bienestar” que nunca más a de volver. Por cierto, IU no explica como evitaría la fuga de capitales, ni como defendería la economía de los ataques de los grandes depredadores internacionales, al estilo del que sufrió el euro hace unos meses. La bandera de IU y del PCE no es la de Marx, sino la de Keynes. El problema es que el keynesianismo sólo funciona en las fases expansivas de la economía capitalista, no en las depresivas. El programa de IU sólo habla de ponerle el cascabel al gato, pero no cuenta con ninguna estrategia para ponérselo, ni nos explica como va a convencer al gato para que se lo pongan. Pretende ocupar el papel de la vieja socialdemocracia cuando ésta ya está agotada, sin explicar la causa histórica del deslizamiento de ésta hacia las posiciones “neoliberales” que hoy defiende, como un partido burgués más. Llamazares lo explica perfectamente cuando defiende que existe un margen para una salida “social” (que no socialista) a la crisis. Sólo se engaña a sí mismo y a los que quieren ser engañados. El límite político de IU y del PCE quedó más claro que nunca cuando su eurodiputado Willy Meyer justificó el intento de ilegalización de Iniciativa Internacionalista en las pasadas elecciones europeas, en nombre del “estado de derecho”.

Los grandes sindicatos están dispuestos a movilizarse contra los ataques a los derechos de los trabajadores, para salvar su influencia en el mundo laboral, pero se niegan a contemplar siquiera remotamente la posibilidad de una huelga general si el proyecto sigue hacia delante. La alianza entre la burocracia sindical y el gobierno, pese a los golpes que han supuesto el viraje de Zapatero hacia la derecha, sigue firme y no va a cambiar, porque los burócratas sindicales se nutren de las finanzas del estado, al que están atados de pies y manos.

He aquí en qué acaba la defensa de un supuesto capitalismo con rostro humano, en una retirada ordenada y progresiva hacia el desastre social. Tanto la derecha como la izquierda del sistema acaban, en el fondo, ofreciendo más de lo mismo, unos con vaselina, otros sin.

*Un panorama desolador en la izquierda revolucionaria.*

La gran ventaja de la izquierda del sistema es que hoy por hoy no tienen a nadie que les haga sombra. Los grupos anticapitalistas en el estado español han sido incapaces hasta ahora de construir una alternativa coherente y combativa que pueda agrupar a la juventud y a los trabajadores, cada vez más desengañados de las promesas del “progresismo” de la izquierda “oficial”. Sin nadie que les ofrezca una alternativa por la que luchar, aumentan el ejército de los apáticos y desengañados. Las organizaciones que podrían tener la capacidad para lanzar el llamamiento hacia la unidad anticapitalista han caído hasta ahora en el conservadurismo. Instalados en los aparatos de sus organizaciones, parecen preferir defender sus estrechas fronteras, temerosos de quedar desdibujados en un proceso de tal calibre. Mientras tanto la realidad y la historia nos pasa por encima, sin poder oponernos seriamente a todo lo que está cayendo. A nadie debería sorprenderle que en las elecciones, estas organizaciones siempre cosechen tan magros resultados. La credibilidad se gana en la lucha y en el debate y no en los discursos electoralistas. El proceso de convergencia del anticapitalismo es algo mucho más vasto y rico que los breves episodios electorales en los que pretenden aparecer como alternativa.

En los sindicatos y en la calle no existe todavía una oposición seria y coherente. Así, no vamos a ninguna parte. El pasado 23 de febrero, la burocracia de CC.OO. y UGT movilizó sus cuadros frente a la reforma de las pensiones, mientras piden al gobierno que limite los recortes. El objetivo no era tanto detener la reforma, como cuidar la influencia que todavía les queda entre los trabajadores. Sin embargo la débil oposición crítica en el seno de los sindicatos no ha aparecido en ningún momento delimitada de las cúpulas oficialistas. En la calle la resistencia al giro derechista del gobierno apenas se ha limitado a los gestos testimoniales de pequeños grupos. Con este panorama es muy difícil que se rompa el clima de temor y apatía generalizada que existe entre la juventud y la clase trabajadora. Parece como si algunos estuvieran cómodamente situados en el “cuanto peor, mejor”, esperando que la putrefacción del capitalismo, radicalice a la población empujándola hacia una “salida revolucionaria”. La historia ha desmentido en un sinnúmero de ocasiones esta nefasta ilusión. Cuando no existe una alternativa, mucha gente cae en la tentación de acercarse al populismo de la extrema derecha. No olvidemos que en Francia, el Frente Nacional de Le Pen fue en sus buenos momentos la organización que más votos cosechó entre los trabajadores, reivindicando el “sagrado derecho” de los franceses a ocupar los puestos de trabajo, frente a los inmigrantes. La desesperación y la falta de expectativas es el caldo de cultivo de la extrema derecha, fiel servidora del capital.

El anticapitalismo revolucionario sólo será una opción creíble demostrando su madurez en la calle, en la lucha de la gente para defender sus derechos y reivindicaciones.

*Estar a la altura de las circunstancias.*

No estamos viendo el final del túnel de la crisis, sino el principio de una nueva recesión. Las contradicciones del sistema que generaron el crak de 2008 están abriendo las puertas a otro mucho peor. En el corazón del imperio se han perdido casi tres millones y medio de puestos de trabajo en tan solo seis meses. El desempleo en el estado español puede acabar rebasando ampliamente la cota del 20%, sobre todo si se produce una nueva recesión. En estas condiciones el aumento del consumo, el maná que esperan los capitalistas para superar su bancarrota, es una utopía sin sentido. El agravamiento de la crisis va a llevar a la humanidad a nuevas cotas de barbarie. Los enfrentamientos y las guerras por el reparto del menguado pastel van a dispararse.

El capitalismo necesita aplastar a los trabajadores, para que acepten sus condiciones: el desmantelamiento del viejo estado del bienestar y la pérdida de las conquistas obreras. En su agonía, los capitalistas necesitan aumentar la rentabilidad de sus productos para que éstos puedan acceder a unos mercados cada vez más sobresaturados. Los trabajadores tienen que trabajar más y más, por menos, por lo tanto es necesaria la desregulación completa del mercado laboral. Los empresarios exigen la drástica reducción de sus ya menguados impuestos y la expropiación fiscal de gran parte de los salarios. Su objetivo es acabar con el sistema público, para transformarlos en nuevas fuentes de negocios. Sanidad y educación privadas, planes de pensiones individuales en manos de los bancos (que podrán manejar a su antojo durante toda la vida del trabajador hasta su expulsión del mercado laboral)…

Ante este panorama, sólo podemos decir que es ahora y no mañana, el momento para la construcción de una alternativa revolucionaria anticapitalista. Muchos pensarán escépticos que las fuerzas del anticapitalismo, además de estar dispersas, son una pequeña minoría. No comprenden que en la política, dos y dos no son necesariamente cuatro, pueden ser muchos más. Pero para estar a la altura de las circunstancias debemos romper con el viejo conservadurismo estrecho que nos agarrota. Hay que empezar a organizar asambleas y colectivos de barrio en las ciudades, en los pueblos y en las empresas y fábricas en las que trabajamos. Hay que construir una verdadera oposición sindical antiburocrática y combativa, que vaya más allá de los estrechos cauces que ofrecen los sindicatos. Tenemos que terminar con el sectarismo y los vicios aparatistas y enfrentarnos con audacia al reto que nos plantea el futuro. No minusvaloramos las diferencias políticas que existen entre nosotros, que son sin duda importantes, pero es necesario que empecemos a trabajar juntos para conseguir el objetivo. Tenemos que participar en las luchas que pronto van a estallar en el ámbito territorial donde vivimos, agrupar y organizar a los trabajadores para que puedan desprenderse de la mordaza que les ha puesto la burocracia de los grandes sindicatos, debatir fraternalmente entre todos por la consecución de un programa que plantee que la crisis la tienen que pagar los que la produjeron, y no los trabajadores y las clases populares. Si no somos capaces de desprendernos de nuestros viejos errores no merecemos llamarnos anticapitalistas.