Antropocentrismo y modernidad

Antropocentrismo y modernidad

«Creced y multiplicaos, y ¡dominad la Tierra!» esta frase del génesis ha tenido una influencia decisiva en la historia de nuestra sociedad. Dos de los problemas más graves que azotan al mundo actual son la superpoblación y la progresiva destrucción de la naturaleza. Mientras tanto suenan insistentes los cantos de sirena. Unos afirman que la causa de todos los males es que el hombre se ha alejado de Dios, otros que todo está en la «naturaleza humana». Unos predican la sumisión a los representantes institucionales de la divinidad en la Tierra, otros, calma y confianza, porque llegado el momento la ciencia nos salvará de nuestros excesos y restablecerán de nuevo el equilibrio. Ambos coinciden en que el hombre está por encima de la naturaleza, y que ésta no es más que un amasijo de recursos esperando ser explotados. El antropocentrismo es el taparrabos cultural e ideológico con el que el capitalismo se cubre sus «vergüenzas». La historia. ¡Dominad la tierra! «El primer hombre que, al cercar un trozo de terreno, pensó y dijo: ‘esto es mío’, y encontró personas tan simples como para creerle, fue un auténtico fundador de la sociedad civil. De cuántos crímenes, guerras y asesinatos, de cuántos horrores y desgracias no se habría salvado la humanidad si alguien hubiera arrancado las estacas de la cerca o rellenado las zanjas gritando a sus compañeros: «¡Guardaos de escuchar a ese impostor! Estáis perdidos si un día olvidáis que los frutos de la Tierra nos pertenecen a todos y la Tierra misma a nadie».[2]

Monoteismo y antropocentrismo
Las raíces del antropocentrismo se hunden en la noche de los tiempos, en el surgimiento del estado y las clases sociales. Las sociedades cazadoras y recolectoras, animistas, no podían tener una visión cosmogénica en la que el ser humano se encontrara por encima de la naturaleza. El hombre formaba parte de su entorno y dependía directamente de él, podía cazar y ser cazado, comer y ser comido. Nada en su entorno le sugería que fuera «superior» al resto de las especies con las que competía. Fue la revolución neolítica, con la agricultura y la ganadería, la que permitió que las sociedades empezaran a contar con excedentes alimenticios que les daba seguridad frente a una futura escasez. Y fue también esta acumulación de bienes la que dio lugar al surgimiento de las clases sociales, la especialización del trabajo, la discriminación sexual y el nacimiento de los primeros Estados. El animismo dio paso a religiones cada vez más estructuradas en las que la casta sacerdotal y el rey (un dios en la tierra, o su intermediario) eran los interlocutores de las divinidades. La lluvia o la sequía, la abundancia o la escasez eran regalos o castigos de los dioses que depositaban la administración del orden natural de las cosas en manos del monarca y los sacerdotes. De esta forma el Estado quedaba legitimado, y con él la opresión de la mayoría. El alejamiento del ser humano de la naturaleza y la diferenciación social implicó un cambio en la forma de ver el mundo. La visión animista en la que todas las especies estaban hermanadas, dio lugar a una concepción jerárquica. La tierra, el aire y los seres vivos estaban al servicio del hombre por mandato divino. La culminación de la idea antropocéntrica no llegó hasta la aparición del monoteísmo. La pirámide natural (tierra, agua y aire, vegetales y animales, mujeres y hombres, ángeles y demonios, y Dios) tenía su alter ego social (esclavos, campesinos, mercaderes y comerciantes, nobles y sacerdotes, y el rey). El ¡dominad la tierra! no era para los esclavos y servidores, sino para la minoría de hombres libres, las clases dominantes. Los relatos bíblicos están impregnados del antropocentrismo más atroz. Jehová, por ejemplo, provocó el diluvio universal con el exterminio casi completo de la vida terrestre y aérea, a causa de los pecados de los hombres. La naturaleza está al servicio del hombre y éste tiene el deber de someterla. Si el ser humano no formaba parte de la naturaleza (creado a imagen y semejanza de Dios) y estaba por encima de ella, podía expoliar sus recursos sin escrúpulos porque cumplía con la voluntad divina. La historia de la humanidad está plagada de conflictos con la naturaleza. Mesopotamia, Persia, Egipto, Grecia, Roma, muchas civilizaciones prosperaron con el antropocentrismo y tuvieron su época de esplendor, antes de que la decadencia las sumiera en el olvido, dejando tras de sí eriales y desiertos. El cristianismo, heredero espiritual del judaísmo, adoptó la filosofía antropocéntrica, al servicio del imperio romano tardío y después de los señores y reyes feudales. La Tierra era el centro de la creación y en torno a ella giraban el Sol, la Luna y las estrellas. En nuestro planeta, el hombre, el único ser dotado de alma, surgía como dueño indiscutible de la creación, por lo tanto su obra no podía ser otra cosa que la continuidad de la de Dios. La iglesia durante siglos combatió con saña cualquier disidencia. Librepensadores como Miguel Servet acabaron en la hoguera, otros, como Galileo, fueron obligados a renunciar a sus ideas, bajo amenaza de muerte. La tierra aparecía como la prolongación del señor feudal (su cuerpo inorgánico). Su propiedad fue utilizada para dominar a los campesinos, atados por ley a la tierra que trabajaban. No es casualidad que los movimientos revolucionarios campesinos de la época, identificaran la apropiación de la naturaleza como la fuente de todos los males. «La visión de la naturaleza que ha surgido bajo el régimen de la propiedad privada y del dinero es un verdadero desprecio y práctica degradación de ésta… En este sentido afirma Thomas Müntzer[3] que es intolerable que todas las criaturas se hayan convertido en propiedad: los peces que hay en las aguas, los pájaros que vuelan en el aire, las plantas que crecen en la tierra, todos los seres vivos deben ser libres ».[4] «¡Abrid los ojos! ¿De qué otro brebaje maligno podrían haber surgido toda la usura, el robo y los atracos, sino del convencimiento que tienen nuestros señores y príncipes de que todas las criaturas les pertenecen?».[5]

El capital, medida de todas las cosas

El Renacimiento y luego la Ilustración, con una nueva concepción de la ciencia y la técnica promovieron e inspiraron la lucha de la burguesía contra el feudalismo. La represión de la iglesia y el absolutismo no pudo evitar que los nuevos descubrimientos colocaran cada vez más a la defensiva al viejo oscurantismo. Galileo, Copérnico, Kepler, Newton, Descartes, Bacon, pusieron en entredicho los viejos dogmas eclesiásticos. Si la Tierra no era el centro del universo, el hombre tampoco. Pero la nueva racionalidad heredó de la teología la vieja visión antropocéntrica. Aunque la ciencia exiliaba a Dios fuera de los confines del universo, ésta, o mejor dicho su interpretación burguesa, convertía al hombre en la medida de todas las cosas. Su inteligencia y voluntad transformadora volvían a colocarlo por encima del resto de los seres vivos. Gracias a la ciencia y la técnica la humanidad podía por fin escapar a la ignorancia, la miseria y las enfermedades. El Paraíso prometido por la religión podía conseguirse ahora a través de los nuevos descubrimientos que revolucionaban la época. La burguesía necesitaba un nuevo ropaje ideológico que justificara sus proyectos. La Tierra pertenecía al ser humano, a su expresión espiritual «más avanzada», es decir a la civilización occidental. Tenía el derecho y la obligación de transformar la naturaleza en su propio beneficio. Los seres vivos eran meros objetos de experimentación y análisis científico. Bacon defendía que había que someter a la naturaleza y «sacudirla hasta sus cimientos» para exprimir sus frutos. Descartes, que los animales eran simples máquinas sin alma (tal como defendía la iglesia) y que sus muestras de sufrimiento eran meros «engranajes y mecanismos» a las que no había que prestar atención. Para Newton el universo era una obra de relojería creada por Dios, a la que, obedeciendo las leyes y los principios dictados por él, capitalistas y científicos tenían que darle cuerda, para ordenarla en aras de la producción industrial. El nuevo antropocentrismo (blanco y masculino) bendecía no sólo la depredación de los recursos naturales que parecían inagotables, sino también la explotación de los trabajadores y el expolio y la conquista del resto de los pueblos del mundo en nombre de la civilización y el progreso. En la nueva pirámide social, por debajo de un Dios cada vez más lejano y silencioso, ya no estaban el monarca y la aristocracia, sino la burguesía y el capital. «La lógica que explota a las clases y somete a los pueblos a los intereses de unos pocos países ricos y poderosos es la misma que depreda la Tierra y expolia sus riquezas sin 7 solidaridad con el resto de la humanidad y las generaciones futuras».[6] Paradójicamente, el nuevo antropocentrismo inspiraba una sociedad donde no era el hombre el que dominaba la economía, sino las fuerzas ciegas del mercado las que lo controlaban a él. La tierra, sus recursos, las plantas y los animales, el ser humano, todo, absolutamente todo se convirtió en mercancía y fuente de beneficios. La naturaleza, temida y respetada desde la antigüedad, había perdido su valor intrínseco para convertirse en un mero almacén de recursos puestos al servicio del que estuviera dispuesto a explotarlos. El nuevo hombre (en realidad el capitalista), una especie de dios en miniatura gracias a la ciencia, se liberaba de la esclavitud de la naturaleza, para colocarse en un nivel superior. Heredero de las viejas tradiciones judeocristianas, el nuevo espíritu de la época fomentó el esfuerzo individual, la competencia comercial y el afán de lucro como los motores del progreso. Dios bendecía la obra del hombre y le prometía el paraíso en la tierra, gracias a la ciencia, la técnica y el «libre mercado». El capitalismo significó grandes conquistas para el ser humano en comparación con el viejo modo de producción feudal. Pero el progreso no iba dirigido a toda la humanidad, sino a Occidente. Para la mayor parte de los pueblos del planeta, el capitalismo colonial y después imperialista, fue sinónimo de opresión. En nombre de la civilización se les obligó por la fuerza a abrir sus economías, para ponerlas al servicio de la revolución industrial. Sus recursos naturales fueron entregados a la depredación. Millones de seres humanos fueron esclavizados y enviados a trabajar hasta la muerte en las minas y plantaciones del continente americano. Otros, simplemente fueron exterminados porque no eran útiles y tenían que entregar sus tierras a la codicia de sus nuevos dueños. El proceso de apropiación (privatización) de la naturaleza alcanzó su perfección (y a través de ella, aumentó la dominación sobre la humanidad). La mayoría de la población, expulsada del campo, fue arrojada en brazos de la industria. Perdida su relación con la tierra, los trabajadores se vieron obligados a depender exclusivamente de sus empleos precarios y mal pagados. Millones de proletarios se arracimaron en los insalubres barrios de las ciudades para realizar agotadoras jornadas sin ver el Sol. Los que perdían su trabajo, o no podían acceder a él, quedaban condenados de por vida a la marginación y embrutecimiento social. Las ventajas de la ciencia y la técnica les estuvieron vedadas, y sólo la dura lucha de clases consiguió poco a poco arrancar, por lo menos una parte de éstas, que estaban destinadas exclusivamente a los grandes propietarios. De la misma forma que el «progreso » supuso la expropiación de los campesinos y su transformación en proletarios dispuestos a vender su fuerza de trabajo, la naturaleza sufrió un proceso de depredación sin precedentes, que tendió a acelerarse hasta nuestros días. «Las sociedades industriales modernas se distinguen por su capacidad sin precedentes para transformarla naturaleza, incluyendo la capacidad única en la historia para destruir hábitats de especies a escala planetaria».[7] El espíritu de la burguesía que sometió a la naturaleza y conquistó el mundo, es ahora incapaz de frenar su capacidad depredadora que amenaza con precipitar a la humanidad en el abismo. La globalización y la carrera de armamentos han acelerado la violencia contra la humanidad y la naturaleza. Entre 1500 y 1850, se extinguió una especie cada 10 años. Entre 1850 y 1950, el ritmo se aceleró a una cada año. A partir de 1990 el ritmo aumentó de forma vertiginosa hasta una diaria, mientras los cálculos más pesimistas hablan de una especie cada hora. Los cínicos y entusiastas del capitalismo dirán que es el precio (indeseable) que tenemos que pagar por el progreso. Pero… el 79% de la humanidad vive en los países considerados pobres, más de 1.000 millones de seres humanos viven en la miseria más absoluta, más de 3.000 millones tienen una alimentación insuficiente (en un mundo que produce mucho más de lo que se necesita), 60 millones mueren cada año de hambre, 14 millones de menores de 15 años perecen por enfermedades derivadas del hambre o de una alimentación insuficiente[ 8]. ¿Progreso? ¿Progreso de quién?

Antropocentrismo y modernidad

Fuera del triunfalismo de sus representantes, el capitalismo muestra signos de senilidad. Las fuerzas productivas hace tiempo que se transforman en destructivas. Los avances científicos no aportan bienestar a la humanidad. La «revolución informática » aumenta la producción y la productividad empresarial. Al servicio de la sociedad permitiría mejorar la calidad de vida, cubrir las necesidades de todos, racionalizar el gasto energético y reducir las horas de trabajo. Los seres humanos podrían dedicar más tiempo al ocio, la formación y a relacionarse entre ellos. Sin embargo hoy destruye miles de empleos y es un instrumento de presión contra los que trabajan. Las desigualdades crecen en las metrópolis y el «estado del bienestar » se desmantela poco a poco. Una minoría reducida vive en un despilfarro enfermizo, mientras la inmensa mayoría se siente presa del desánimo y la inquietud. Los jóvenes reconocen que no vivirán tan bien como sus padres. La competencia por los puestos de trabajo relativamente bien remunerados cada día es más despiadada y exige mejor preparación. La precariedad laboral se extiende mientras los empresarios exigen más «flexibilidad». Los salarios se reducen y una legión de sin trabajo se ofrece a trabajar por menos y en peores condiciones. Para sobrevivir el capitalismo necesita una sociedad mentalmente enferma e incapaz de defenderse. La violencia, el consumo de drogas y el malestar crecen. El individualismo y la desestructuración social, combinados con la competencia y el reclamo a un consumo desenfrenado crean frustración y malestar social. «Si el mundo está enfermo eso es síntoma de que nuestra psique también lo está. El mismo mundo de los productos industriales, de la tecnificación de las relaciones, genera una subjetividad colectiva asentada sobre el poder, el status, la apariencia y una precaria comunicación con los demás».[9] Nada de lo que existe vale por sí mismo. Todo tiene un valor y es potencialmente fuente de negocio. La naturaleza, los seres vivos, la tierra que pisamos, el agua que bebemos o el aire que respiramos, todo, absolutamente todo tiene un precio. Todo está al servicio del dios progreso y todo puede ser inmolado en su altar. La visión del mundo de nuestra sociedad está profundamente escindida y alienada. El trabajo se ha separado del capital, el hombre de la naturaleza, lo masculino de lo femenino, la belleza y los sentimientos de la eficacia y la organización. La solidaridad y la fraternidad son sustituidas por la caridad, que no cuestiona al capitalismo y que actúa como apaga fuegos de éste: Cambia algo, para que nada cambie. Los que defienden que la naturaleza y los seres vivos tienen un valor intrínseco que hay que respetar, son ridiculizados como dementes que se oponen al progreso. La lucha por la socialización de la ciencia y la técnica es tachada de utópica en nombre de una «igualdad» vacía de contenido. Formalmente soy igual a Botín, o a Soros. La simple comparación no merece comentarios. La mitología actual presenta a un ser humano alejado de la naturaleza y que no depende de las limitaciones medioambientales que afectan al resto de las especies. Los «daños colaterales» deberían limitarse, siempre y cuando no pongan en cuestión el avance de la humanidad hacia su futuro. El desprecio que afluye hacia la idea de que todos los seres vivos están conectados y son dependientes entre sí, y de que el hombre no es ninguna excepción, se estrella frente a la frágil racionalidad de nuestra civilización. La historia de la humanidad está plagada de pruebas que sugieren todo lo contrario. «No se ha renunciado a la creencia teísta en una humanidad a la que le ha sido otorgado el dominio del mundo, sino que muy por el contrario, ésta ha sido reciclada en forma de creencia humanista en la capacidad de escapar, mediante el uso del poder de la ciencia, a las leyes de la naturaleza que rigen para todos los demás animales».[10] Para el antropocentrismo moderno nada tiene sentido ni valor, sino es como parte de los proyectos del capital. Detrás de la imagen del hombre soberano se oculta la entronización fría y despiadada del capital. El «¡dominad la tierra!» adquiere así una nueva interpretación. Es el capital el que está destinado a dominar la tierra. Las selvas, los mares, la atmósfera y los seres vivos, están a su servicio y deberán ser sacrificados si es necesario, en nombre del eterno crecimiento económico. El antropocentrismo moderno no es más que una máscara del capitalcentrismo crudo y descarnado de nuestra modernidad. 8 9

Antropocentrismo y modernidad (II)

«El azar nos hizo homínidos y la lógica nos ha de hacer humanos».[11]

¿Qué entiende cada uno por progreso?

«El proyecto del crecimiento capitalista sólo puede sostenerse a través de la filosofía antropocentrista, que justifica esos desmanes en nombre del progreso».[12]

Uno de los mitos más consolidado e indiscutido de nuestro tiempo es el del progreso. En los siglos XVIII y XIX fue identificado acríticamente con la revolución industrial, de la misma forma que hoy se lo equipara a la ciencia y la técnica bajo el capitalismo. Nada más lejos de nuestra intención negar que la revolución industrial supuso en su momento un «progreso», ni que hoy los nuevos avances científicos y tecnológicos abren importantes posibilidades para mejorar las condiciones de vida de la humanidad. La ciencia y la técnica no son neutrales. A lo largo de la historia casi siempre han estado al servicio del poder y pocas veces han coincidido con los de la mayoría. La idea de «progreso» tiene diferentes interpretaciones a menudo antagónicas. Después del hundimiento de la URSS y sus satélites se pretendió identificarlo con la globalización. Pero el triunfalismo de sus entusiastas es prematuro e injustificado. En gran parte del mundo ha resultado un fiasco que ha hecho retroceder la calidad de vida de la población en regiones y continentes enteros. El progreso del que hablan no es más que el aumento de sus cuentas de beneficios. La globalización ha dejado en ruinas la mayor parte de África y ha hundido en la miseria a millones de personas en América Latina y Asia. Los pobres en Europa y Norteamérica aumentan y el poder adquisitivo de los salarios disminuye. La crisis energética se agrava y muchos de los recursos minerales muestran síntomas de agotamiento, la degradación de los ecosistemas, la extinción de las especies, el cambio climático, el agujero en la capa de ozono son secuelas de la visión del progreso que existe en nuestra sociedad. En el pasado existía la idea de que los recursos naturales «crecían» y eran inagotables. La capacidad de depredación feudal o esclavista era infinitamente menor que en la actualidad. Sin embargo los estragos de la explotación incontrolada de la naturaleza convirtieron imperios en ruinas. Grandes territorios fueron deforestados, sin permitir su recuperación, para construir ciudades y flotas de guerra o mercantiles, y numerosas especies fueron exterminadas por su piel, o por el simple capricho de su caza. El capitalismo heredó las viejas supersticiones medievales: el antropocentrismo, la inagotabilidad de los recursos y la de que a través de su explotación su futuro era infinito. La nueva magia, disfrazada de ciencia y tecnología, defendía que las posibilidades de reproducción del capital eran eternas, y que la humanidad había llegado al final de su historia. Los descubrimientos y los inventos ampliaron las posibilidades de mejorar la vida de la población. Pero el «progreso» tenía características contradictorias. Se ampliaban las áreas de cultivo y aumentaba la producción de alimentos, pero se esquilmaba la tierra hasta agotarla. El propietario exprimía sus frutos sin dejar que se recuperara. Cuando la producción cayó en picado, Gran Bretaña importó guano y fosfatos de los países coloniales. Territorios de los USA, colonizados después del exterminio de los indios para aplicar la agricultura intensiva, hoy son extensos eriales semidesérticos. Todo en nombre de un progreso antropocentrista (eurocéntrico) que exterminaba sin la menor impudicia, a especies y pueblos enteros. Para alcanzar el paraíso capitalista había de crecer, crecer y crecer, y para eso hacía falta expoliar los recursos de la naturaleza y explotar a los trabajadores más y más. De nuevo el ¡creced y multiplicaos y dominad la Tierra! surge con una intensidad especialmente siniestra. El progreso no puede, no debe detenerse jamás. La naturaleza y sus recursos (inagotables gracias a la ciencia) están al servicio del hombre.
Siglos de codicia infinita nos llevan al desastre. Pero ese negro horizonte ya no es una advertencia de un puñado de iluminados, sino que cada vez es más evidente para todos. «De ahí que muchos naturalistas hayan sostenido que el exterminio de especies constituye un empobrecimiento espiritual e intelectual para la humanidad. Un mundo sin otros compañeros terrestres no sería sólo un lugar más peligroso, sino también mucho más solitario y desolado. ¿Qué será del espíritu humano cuando hayan desaparecido las criaturas animadas que hemos invocado durante milenios en nuestras tradiciones culturales más ilustres? El poder de los sueños humanos está vinculado, como afirma el escritor Elías Canetti, a la multiformidad de los animales. Con la desaparición de los sueños se agotan también la imaginación y la creatividad de las personas.».[13] Pero si no queremos atenernos a las razones sentimentales o estéticas y buscamos razones «prácticas », la extinción de cada especie constituye una pérdida irreparable. La pérdida de la biodiversidad nos empobrece a todos. El 40% de las recetas médicas prescritas y más de la mitad de los medicamentos elaborados por la industria farmacéutica se obtienen de productos naturales. Cada especie que desaparece puede ser la pérdida de una medicina contra el cáncer o cualquier otra enfermedad. El crecimiento ilimitado ha desembocado en una penosa situación: dos tercios de la humanidad viven en la pobreza, la naturaleza se encuentra en franco retroceso, desertificación creciente, el fin de la era del petróleo y del gas natural. A pesar de todo, charlatanes, miopes y malintencionados, insisten en que la solución a los males de la humanidad está en… crecer más todavía. Cuanto más se crece, lo único que realmente mejora son los beneficios de las multinacionales. Añadir el prefijo «eco», al capitalismo, o pintarlo de verde, no cambia nada. Es una burla, destinada a los tontos y a los que quieren ser engañados. Miden el progreso de la humanidad sólo con los criterios de la rentabilidad y las leyes del «libre mercado». Luchar contra la comida basura, por una educación que enseñe a comer de forma sana y no compulsiva es atentar contra los sagrados intereses de las grandes corporaciones. Por eso las multinacionales se gastan millones de dólares en descubrir el gen de la obesidad. Los empresarios saben que hay un mercado, una legión de obesos esperando ansiosos el milagro de la ciencia. Necesitan una sociedad neurótica y esclava de sus productos. Las empresas invierten fortunas en descubrir fármacos que contengan el SIDA, pero se niegan a que los países pobres fabriquen genéricos, porque perjudica su monopolio. No importa que millones de personas mueran cada año, la cuestión es que no se puede ir contra el «libre mercado». Algunos altos ejecutivos de la industria farmacéutica declararon que la libertad para fabricar genéricos era perjudicial para todos, porque desincentivaba la inversión y la investigación. Sin comentarios. La ciencia oficial presenta los transgénicos como una especie de cuerno de la abundancia que acabará definitivamente con el hambre y los grandes males que azotan a la humanidad. Sin embargo desde su aparición y comercialización surgen nuevos «problemas» que lo desmienten. Empobrecen la biodiversidad, esclavizan a los campesinos y salvo excepciones no dan los resultados esperados. En algunos casos incluso se han revelado como peligrosos para los consumidores. ¿Quiere esto decir que estamos en contra de la modificación artificial de organismos? No, el hombre lleva haciéndolo desde hace miles de años, con el cruce e hibridación de los animales y vegetales domésticos, con efectos muy beneficiosos. Lo que denunciamos es la ingerencia del capital. A los inversores lo único que les importa son los beneficios. Una investigación seria y exhaustiva no hace más que retrasar la comercialización del producto, y lo que es peor, después del gasto podría aconsejar que fuera retirado del mercado. La multinacional Monsanto no está preocupada por el bienestar de los campesinos. Lo que pretende es obligarlos a comprar sus productos. Por esta razón las semillas comercializadas son estériles. Si quieren una nueva cosecha tendrán que volver a comprarle semillas. El concepto «progreso» es poliédrico y confuso. Para las multinacionales significa aumentar su margen de beneficios y mantener su monopolio sobre la ciencia y la técnica, para los pobres y oprimidos de la Tierra, socializarlas. En el capitalismo antropocéntrico, progreso es torturar animales en los laboratorios para fabricar perfumes y armamento; arrancarle la piel a una criatura para venderla en forma de abrigo; o encerrar a decenas de miles de gallinas en cajones de por vida, atiborrarlas de hormonas y sustancias químicas para que puedan poner millones de huevos envenenados, destinados al mercado. La sensibilidad frente al dolor ajeno (humano o no); la consideración de que todos los seres tiene el derecho inalienable a vivir como lo que son, todo es sacrificado en el altar de la rentabilidad, la competencia y el beneficio, que honran al dios capital. Las razones que permiten depredar sin escrúpulos la naturaleza son las mismas que llevan a «flexibilizar» las plantillas de las empresas y congelar los salarios. Son dos caras de la misma moneda. No estamos contra el progreso. Pero defendemos otra clase de progreso, donde el centro de la cuestión no sea el antropocentrismo del capital, sino el ser humano como parte inseparable de la naturaleza. La humanidad y la naturaleza no son antagónicas, son complementarias. El progreso sólo puede darse respetando a ambos. El «¡someted la Tierra»! tiene que ser sustituido por un «¡administrad responsablemente la Tierra!». La ciencia y la técnica no son las culpables del desbarajuste actual, tampoco lo es el ser humano en abstracto. La primera opción nos condena a un reaccionarismo estéril, la segunda a la impotencia (si el problema es el ser humano no se puede hacer nada). Las causas están en la naturaleza del capitalismo. Éste es el que debe ser superado. La ciencia y la técnica socializadas y libres de sus cadenas, son instrumentos que pueden ayudarnos a la regeneración del planeta y a su futura preservación, de la misma forma que pueden ayudarnos a crear una sociedad más libre, solidaria y humana. Nuestro proceso de independencia de la naturaleza no nos coloca por encima de ésta. Somos la naturaleza hecha conciencia. Podemos aprovechar sus recursos renovables, pero sin agotarlos, dándoles tiempo para que se recuperen, o racionalizando su consumo en el caso de que no puedan reponerse. La ciencia nos da a conocer las leyes que rigen el universo. Gracias a ello podemos construir una relación estable con el entorno sin necesidad de declararle la guerra, ni esquilmarlo. Tal como observó Bacon: «Sólo podemos mandar sobre la naturaleza obedeciéndola».[14]

Las religiones laicas

Con el capitalismo, las religiones institucionalizadas han ido perdiendo poder frente a los Estados laicos y «democráticos». Han sido sustituidas por las banderas de la Ilustración. Pero el cambio no es completo. Una verdadera socialización de la ciencia y la técnica habría tenido resultados indeseables para las nuevas clases dirigentes. Desde el primer momento el conocimiento científico se desarrolló siguiendo las pautas marcadas por el capital, se mercantilizó. Así hemos llegado a la terrible ironía de ver como los descubrimientos, lejos de llevar a la humanidad a un futuro mejor, la han conducido a la barbarie. Las bombas de Hiroshima y Nagasaki son una prueba, pero hay muchas más. En la era de la informática y los automatismos, gran parte de la humanidad vive por debajo del umbral de la pobreza, sin derecho a la sanidad, la educación, o a una vida digna. La ciencia, lejos de conducirnos al Paraíso, amenaza con arrojarnos al peor de los infiernos. «… las relaciones sociales concluyen (no sólo) obstaculizando el desarrollo de las fuerzas productivas sino que en la descomposición y en el agotamiento de este sistema o de esas relaciones sociales, las fuerzas productivas se transforman incluso en fuerzas destructivas».[15] El mensaje que nos llega es que debemos aguardar tranquilos y confiar en los gobiernos, empresarios y científicos, porque nos salvarán del desastre. La ciencia se transforma en su contrario, forma parte del pensamiento mágico y se convierte en un amuleto protector. Su poder alcanza niveles sobrenaturales. ¿Cambio climático?, ¿extinción de las especies?, ¿desertificación?, no pasa nada. Desde que los primeros científicos lanzaron las primeras señales de alarma ha pasado tiempo, y sin embargo los esfuerzos por corregir la carrera hacia el abismo se pierden en reuniones internacionales que no van a ninguna parte. La rueda trituradora se acerca, cada día nuevas especies entran en la lista de las que están en peligro de extinción. Las selvas siguen siendo taladas, las ballenas siguen siendo cazadas (en nombre del interés científico), el CO2 en la atmósfera sigue creciendo. Pero todos tranquilos, no pasa nada. El capitalismo recupera la superstición para ponerla al servicio de sus intereses. El viejo antropocentrismo vuelve con más fuerza que nunca, arropado con el disfraz del superhombre científico, para engañarnos y evitar que nos rebelemos contra este disparate. La ciencia y la técnica son tácticas de adaptación que utilizó el ser humano, durante millones de años. Esta unión ancestral es inevitable y continuará mientras exista la humanidad. Pero considerar que su poder es infinito no es más que superstición. Primero: la ciencia tiene sus límites, no puede burlar las leyes naturales, en cualquier caso aprovecharlas; segundo: no existe ninguna garantía de que, gracias a la ciencia, encontremos a tiempo la solución a los problemas con los que nos enfrentamos; y tercero: la solución no está (sólo) en la ciencia, sino en nuestra capacidad para superar una sociedad tan irracional como el capitalismo.

Antropocentrismo y modernidad (III)

«La humanidad es la naturaleza que llega a la autoconciencia».[16]

El hombre en la naturaleza

Darwin fue el primero en plantear, desde un punto de vista científico, que el hombre es parte de la naturaleza y que, a pesar de las particularidades que lo hacen único, no es más que una entre millones de especies únicas. Somos poco originales. Sólo destacamos por el bipedismo y el alto grado de encefalización. Gracias a este último podemos preguntarnos por el sentido y la naturaleza de las cosas. La ciencia y la técnica nos han dado un inmenso poder, y en nuestras manos está, obedeciendo las leyes de la naturaleza, influir en el presente y el futuro del planeta. «El hombre ha crecido como especie mediante el trabajo, modificando la naturaleza y modificándose a sí mismo, mientras que la araña sigue haciendo la misma tela. Lo que hace especial el trabajo del hombre respecto del animal es que en éste el trabajo es instintivo, rutinario, repetitivo, siempre igual, y en cambio, en el ser humano es consciente ».[17] Hoy sabemos que la vida empezó hace más de cuatro mil millones de años, y que una infinidad de especies han poblado desde entonces la Tierra. La historia nos demuestra que dependemos del entorno y del resto de los seres vivos que nos acompañan en nuestra existencia. Una especie no es sólo eso, también es un cuadro dialéctico de interrelaciones e interdependencias con el resto de las especies. La extinción de una de ellas puede significar el declive y la decadencia de un ecosistema entero. Sólo la ignorancia y la superstición interesada pueden pretender que somos algo distinto. No podemos escapar de la naturaleza, porque somos parte de ella. La «lucha del hombre contra la naturaleza» es el conflicto por su supervivencia, exactamente igual que hacen el resto de los seres vivos. Si somos una especie más, con la única peculiaridad de la inteligencia, no podemos tratar al resto de los seres vivos como si fueran simples recursos a nuestra disposición. Todo ser vivo tiene un valor en sí mismo y debe ser preservado sólo por el simple hecho de existir. Un valor que no tiene nada que ver con la mercantilización capitalista. Cada especie, cada ecosistema añade riqueza y belleza a la vida. Los animales tienen capacidad para sentir amor, dolor o temor, y por consiguiente no pueden ser tratados como máquinas insensibles. Nuestra actuación debe de estar regida por el principio de la libertad, pero también por la responsabilidad. La naturaleza es algo dinámico, que cambia constantemente. Hablar de una naturaleza intocada es un absurdo. Salvo la Antártida, no existen espacios vírgenes en el planeta. Todas las especies interactúan para sobrevivir, y cuando lo hacen modifican su entorno. Los humanos llevamos haciéndolo desde hace millones de años. Regiones como la selva amazónica son el resultado de esa interacción. Si los pueblos precolombinos no la hubieran poblado hace miles de años, tendría una imagen distinta a la actual. El antropocentrismo es una arrogancia absurda. Somos una especie más, en un pequeño planeta que gira en torno a una modesta estrella amarilla, que forma parte de una de las centenares de miles de millones de galaxias que se calcula que existen en el Universo. La humanidad es una recién llegada. Antes que ella poblaron la Tierra millones de especies, y cuando desaparezca, probablemente muchas otras seguirán la seguirán poblando. ¿Qué espacio le queda al antropocentrismo para existir, sino la voluntad interesada de algunos de perpetuar el autoengaño?

Caminante no hay camino, el camino se hace al andar

La evolución es un camino hacia ninguna parte. Es el mecanismo de adaptación de los seres vivos a un entorno cambiante. No tiene objetivos, ni finalidad, no hay especies superiores o inferiores. El idealismo antropocéntrico imaginó una estructura jerárquica en la que en la base figuraban los microorganismos, para ir ascendiendo en una escala evolutiva hasta llegar al hombre, la especie culminante, el fin de la historia natural (parafraseando a Fukuyama). Aunque Darwin demostró la falsedad de la tesis, la idea continúa en el subconsciente de nuestra sociedad. Basta observar cualquier libro sobre evolución para verla reflejada. Los primeros capítulos corresponden a los organismos unicelulares y el último al ser humano. Los mismos científicos hablan, muchas veces de vertebrados superiores (más evolucionados) e inferiores (menos evolucionados). La historia de la vida demuestra que la evolución no persigue ningún ideal. En 4.000 millones de años sólo algunos organismos optaron por formas complejas en su lucha por la supervivencia. La complejidad sólo es una estrategia para rentabilizar la energía que consumen. Pero resulta problemático cuantificarla. Sabemos que el ser humano es más complejo que un virus o una bacteria, pero es imposible comparar a dos mamíferos. Teniendo en cuenta que el objetivo de la evolución es la supervivencia, la única superioridad constatable es la de las especies que perduran, sobre las que se extinguen. Pero incluso esta idea es relativa, porque los factores del entorno que cambian no obedecen a ningún criterio. Un cambio favorece a unas especies y perjudica a otras, otro tipo de cambio podría significar lo contrario. Los defensores de la supremacía humana hacen trampa, escogen la inteligencia como criterio porque es el que más les favorece. Es cierto que en la actualidad el ser humano es la especie dominante y es la única que puebla los cinco continentes. Pero a lo largo de la historia de la vida ha habido otros grupos y especies dominantes. Los dinosaurios dominaron el planeta durante más de 120 millones de años y sólo un providencial asteroide que impactó contra la Tierra hace unos 65 y provocó su extinción, permitió que hoy en día podamos vanagloriarnos de ser únicos. No somos el resultado culminante de la evolución, sino una mera circunstancia. «Y no deja de ser paradójico que tantos siglos de ciencia nos hayan llevado a saber algo que cualquier bosquimano del Kalahari, cualquier aborigen australiano, o cualquiera de nuestros antepasados que pintaron los bisontes de Altamira conocía de sobra: que la Tierra no pertenece al hombre, sino que el hombre pertenece a la Tierra».[18]

La revolución de la conciencia

La cultura griega fue la cuna del pensamiento científico. Los griegos fueron los primeros que intentaron explicar el mundo a partir de la experimentación, y no de la especulación religiosa. En ella se dieron y dirimieron sus diferencias las dos grandes corrientes de la filosofía, materialismo e idealismo. Epicuro, representante destacado de la primera, fue el primero en desarrollar una visión materialista de la naturaleza. Sus partidarios perduraron en Roma, hasta que el cristianismo, convertido en la religión del Estado, persiguió toda discrepancia con sus dogmas eclesiásticos. El materialismo languideció en la marginación hasta los siglos XVI y XVII, cuando la Ilustración rescató su legado. El pensamiento escolástico aristotélico 13 Charles Darwin reivindicado por la Iglesia empezó a ser cuestionado. Las visiones antropocéntricas iniciaron su retirada, a medida que los descubrimientos destruían cualquier atisbo de centralidad cosmogénica. Sin embargo fue Darwin, en el siglo XIX, el primero que puso en el centro del debate la interpretación materialista de la naturaleza. Su exhaustiva obra destruyó la vieja idea antropocéntrica de que el mundo había sido creado por Dios para ponerlo al servicio del hombre. El ser humano era una especie animal más, que compartía a sus ancestros con otras especies. Darwin demostró que todos los seres vivos estamos interrelacionados y obedecemos a las leyes mismas evolutivas. «Se trataba del materialismo y Darwin lo sabía. Pero el suyo era un naturalismo que humanizaba la naturaleza tanto como naturalizaba al hombre».[19]
Marx y Engels se mostraron entusiasmados con las conclusiones de Darwin, que desterraban definitivamente la idea de un abismo insuperable entre el hombre y el resto de los seres vivos. Ambos mostraron su desprecio por los que defendían la supremacía del hombre por encima de los animales. «El hombre vive de la naturaleza, es decir, la naturaleza es su cuerpo, y debe mantener un diálogo continuo con ella, de lo contrario moriría. Decir que la vida mental y física del hombre está vinculada a la naturaleza simplemente significa que la naturaleza está vinculada a si misma, puesto que el hombre es parte de la naturaleza».[20] Los dos pensadores revolucionarios han sido acusados injustamente de haber desatendido la cuestión ecológica, y de ser industrialistas.[ 21] Pero ambos criticaron la «divinización de la ciencia y la técnica » y la concepción optimista sobre el desarrollo ilimitado de las fuerzas productivas que defendían otros como Proudhon, Blanqui o Lassalle. El hecho de que el problema ecológico no fuera tan grave como lo es hoy y una visión mecanicista que profesó una parte del movimiento socialista, ha dado esa imagen deformada de ellos. Reconocieron la capacidad de transformación del capitalismo con respecto a los modos de producción anteriores, pero también denunciaron el empobrecimiento de la tierra, debido al abuso de los propietarios. Estaban convencidos de la inminencia de la revolución socialista, que iba a corregir de una vez y para siempre los excesos del capitalismo. Criticaron una imagen romántica y sentimentaloide que profesaban los llamados «nuevos socialistas», sobre una mítica naturaleza incontaminada, que hoy en día se encuentra extendida en parte del movimiento ecologista. Propugnaron una relación estable entre los seres humanos y la naturaleza a través de la organización de la producción que tuviera en cuenta las necesidades de los primeros y los límites de la segunda. La ciencia y la técnica eran fundamentales para acabar con las miserias materiales de la humanidad, pero bajo un modo de producción racional que respetara los límites y la capacidad de recuperación de la naturaleza. El problema no es la lucha del hombre con la naturaleza, ni la solución es posicionarse a favor de uno y en contra del otro. Los antropocentristas mantienen que somos algo distinto y superior. Los biocentristas caen en posiciones antihumanistas, que los lleva a despreciar a los oprimidos, que también son víctimas de la depredación capitalista. Unos justifican la depredación, los otros son estériles frente a la agresión. La humanidad no puede, ni quiere volver atrás. El proceso de alienación que supura el capitalismo ha fracturado como nunca la unidad del hombre con la naturaleza. La versión actual del antropocentrismo nos ha llevado a la separación y al enfrentamiento con la vida. «Pero no nos alabemos en exceso por nuestras humanas victorias sobre la naturaleza. Por cada una de ellas se toma la naturaleza su revancha contra nosotros. Cada victoria, es cierto, comienza por traer los resultados que esperábamos. Pero en segundo y tercer lugar tiene efectos muy diferentes, imprevisibles, que con harta frecuencia anulan el beneficio de los resultados que esperábamos. Las gentes, que en Mesopotamia, Grecia, Asia Menor y otros lugares destruyeron los bosques para obtener tierras de cultivo, nunca soñaron que al eliminar, junto con los bosques, los centros colectores y reservorios de humedad, estaban sentando las bases para el desolado estado actual de estos países… Se nos recuerda así a cada paso que en modo alguno dominamos la naturaleza como domina un conquistador a un pueblo extraño, como alguien que estuviese fuera de la naturaleza; sino que, con nuestra carne, sangre y cerebro pertenecemos a la naturaleza, existimos en medio de ella, y toda nuestra supremacía consiste en el hechote que tenemos la ventaja, respecto a todas las demás criaturas, de ser capaces de aprender sus leyes y aplicarlas correctamente».[22] La superación de la alienación de la sociedad sólo puede conseguirse a través del reencuentro del hombre con la naturaleza. Sólo puede abordarse a través de la ciencia, pero animado por una conciencia de profundo respecto y amor hacia la totalidad de los seres vivos. Un ser humano que no se conmueve en lo más profundo frente a un paisaje, o al esplendor de la vida, no merece llamarse revolucionario. Sin una revolución de la conciencia, la ecología se transforma en una mera técnica de gestión de la voracidad humana.[ 23] El socialismo postula una nueva alianza estable del ser humano con la naturaleza, que garantice que las futuras generaciones no vivirán en un mundo desolado y sin vida. «Mirada desde una formación socioeconómica superior, la propiedad privada de la tierra en manos de determinados individuos parecerá tan absurda como la propiedad privada que un hombre posea de otros hombres. Ni siquiera una sociedad o nación entera, ni el conjunto de todas las sociedades que existen simultáneamente son propietarias de la tierra. Son simplemente sus poseedores, sus beneficiarios, y tienen que legarla en un estado mejorado a las generaciones que les suceden, como buenos padres de familia.»[24] El fracaso del movimiento socialista internacional y la supervivencia del capitalismo hasta hoy nos han llevado a la barbarie, de la que sin duda alguna veremos capítulos todavía más acentuados que los que ya hemos visto. La degeneración de los primeros intentos revolucionarios de superar el capitalismo y el retroceso histórico del viejo movimiento obrero nos ha conducido a una situación que muchos consideran sin salida, y que otros la retrasan a un futuro indeterminado. Nada más lejos de la realidad, la misma naturaleza nos está avisando que la vieja idea del socialismo, no es una utopía, sino una necesidad que cada día se hace más urgente.

Enric Mompó
Barcelona, 31 de enero de 2008

[1] El antropocentrismo define a una serie de corrientes filosóficas que colocan al hombre como medida de todas las cosas, fuera de la naturaleza y por consiguiente, todo estaría subordinado a sus intereses. Las causas de la supuesta superioridad sobre el resto de los seres vivos pueden ser diversas: por decreto divino, por su inteligencia y capacidad creativa...
[2] Jean Jacques Rousseau.
[3] Líder revolucionario de la guerra campesina en Alemania a principios del s. XVI.
[4] K. Marx. «Sobre la cuestión judía».
[5] F. Engels «La guerra campesina en Alemania».
[6] Leonardo Boff. «Ecologías» p. 11
[7] Franz Broswimmer. «Ecocidio» p. 27-28
[8] Leonardo Boff. Op. Cit. p. 13
[9] Leonardo Boff. Op.cit. p. 19
[10] John Gray. «Contra el progreso y otras ilusiones» p.17
[11] Eudald Carbonell y Robert Sala. «Aún no somos humanos» p. 14
[12] Leonardo Boff. «Ecologías» p. 15
[13] Franz J. Broswimmer, Ecodicio p. 31
[14] John Bellamy Foster.»La ecología de Marx» p.217
[15] Pablo Rieznik,»El mundo no empezó en el 4004 antes de Cristo» p. 66
[16] Elisée Reclús.
[17] Pablo Rieznik. Op. Cit. p. 55
[18] Juan Luis Arsuaga/Ignacio Martínez. «La especie elegida» p. 336
[19] John Bellamy Foster, op. cit. p. 62, cita a J. R. Durant «The Ascent of Nature in Darwins’s of Descent of Man»,en Kohn ed., The Darwinian Heritage, p. 301
[20] John Bellamy Foster. Op. cit. p. 120
[21] Ídem. p. 211
[22] John Bellamy Foster. Op. Cit. p. 258 (Marx y Engels, collected Works, t. 25, p. 460-461).
[23] Leonardo Boff. Op. Cit. 150
[24] K. Marx, El Capital tomo. I, p. 911 15