Catástrofe nuclear en Japón: UNA AMENAZA SE CIERNE SOBRE LA HUMANIDAD: EL CAPITALISMO

“Hay que centrar el debate energético, llenarlo de concreción, estudios de todo tipo, aportaciones de científicos e investigadores que conocen la realidad de las cosas, y aportar a la sociedad suficiente información para que ésta escoja, se arriesgue y decida. La sociedad debe saber la verdad, toda la verdad, y no sólo la información sesgada de algunos que dicen ser lo que no son y que falsifican información por ignorancia o mala fe, aunque la mayoría de las veces por una mezcla carroñera de ambas.” (Juan Rosell, “¿Y después del petróleo qué?”, jefe de la patronal y miembro destacado del lobby nuclear español).
Catástrofe nuclear en Japón:
UNA AMENAZA SE CIERNE SOBRE LA HUMANIDAD: EL CAPITALISMO
Un fantasma recorre el mundo, primero fue Theree Mile Island (1979), después Chernóbyl, y ahora Fukushima: es el capitalismo nuclear. La catástrofe de Japón puede considerarse el desastre atómico más grave de todos los tiempos. En Chernóbil había 190 toneladas de combustible. En los cuatro reactores de Fukushima hay 1760 toneladas de material radiactivo. El verdadero alcance de la tragedia no podrá conocerse hasta dentro de varias décadas y entre otras muchas cosas supondrá la pérdida de miles de vidas humanas.
EL CAPITALISMO NUCLEAR
En 1970, el petróleo suministraba el 60% de la electricidad de Japón. Consciente de que la dependencia del combustible fue lo que llevó al enfrentamiento con USA durante la II Guerra Mundial, el problema se convirtió en una cuestión de Estado. Hoy el petróleo supone un 10% de la electricidad, mientras que los 54 reactores, repartidos en 18 centrales, producen el 30%.
SEGURIDAD: CHERNÓBIL A CAMARA LENTA.
“A menos que se adopten medidas drásticas para reducir la vulnerabilidad de las centrales nucleares a los terremotos, Japón podría sufrir una verdadera catástrofe en un futuro próximo” (Herald Tribune/Asahi Shimbun, 11.08.07, Ishibashi Katsuniko, profesor de la universidad de Kobe).
Las advertencias del sismólogo fueron desoídas por TEPCO (Tokyo Electric Power Company) y el gobierno. Los reactores de Fukushima fueron construidos encima de una falla y aunque su ciclo había terminado, el gobierno y la multinacional decidieron prorrogar su funcionamiento, más allá de la prudencia. También resulta sorprendente la proliferación de las centrales en la costa, en el país que ha dado el nombre al tsunami. De este modo no hay que pagar por el agua, que proviene del mar y sale muy barata, rebajando los costes en un país en el que no hay grandes ríos. Las inversiones que suponen su construcción exigen fuertes subsidios del Estado y explica el empeño por maximizar el rendimiento y prolongar su vida activa, aunque suponga incrementar los peligros contra el medio ambiente y la población.
La advertencia de Ishibashi Katsuniko no podía sorprender a nadie. El accidente de Fukushima ha estadi precedido de otros que han intentado mantenerse en secreto. En agosto de 2005 y marzo de 2007 hubo dos temblores que afectaron a la central de Onagawa. En julio del mismo año, otro causó problemas en la central de Kashiwazaki-Kariwa. En 2008 otro seísmo provocó fugas radiactivas en Fukushima Daini. Las normas de seguridad exigen que estén construidas para soportar seísmos de hasta 7 grados Richter. Pero a menudo no se cumplen en el país más avanzado en los que respecta a tecnología nuclear y seguridad. Las multinacionales y el gobierno conocían los riesgos que corrían, pero el beneficio de los inversores está por delante de cualquier otra cuestión.
Ya en 1972 un informe de la Comisión de Energía Atómica recomendó el cierre del modelo de Fukushima. Pero la propuesta fue desestimada por razones económicas. Habría sido un golpe terrible para los planes del capitalismo nuclear. Actualmente todavía quedan 32 centrales en activo en todo el mundo, similares a Fukushima.
Las medidas adoptadas durante las primeras 24 horas anteriores a la explosión estuvieron motivadas por el intento de salvar la central desde el punto de vista económico y no para evitar los daños a la población y el medio ambiente. Cuando se perdió el control de los cuatro reactores era demasiado tarde para intentar impedir el desastre y evitar que la radiactividad se filtrara hacia el exterior. La actuación del gobierno, dejando el control de la crisis en manos de la empresa en vez de tomar el mando, pone en evidencia su subordinación a los intereses de las multinacionales.
Las medidas de TEPCO han sido calificadas de desesperadas. Un mes después del desastre tuvo que verter más de 10.000 toneladas de agua “ligeramente” radiactiva, con el propósito de dejar sitio a agua más contaminada. Es la primera vez que se hace y no se conocen las consecuencias que puede tener para los ecosistemas marinos y la vida en general. El gobierno lo consideró “la única opción posible”. Desde el día de la catástrofe parte del líquido que se utiliza para refrigerar los reactores viene filtrándose al mar, donde se ha detectado niveles 4000 veces por encima de lo permitido.
Carlos Bravo, de Greenpeace, denunció recientemente que la radiactividad emitida ya es mayor que la de Chernóbil. Las autoridades tuvieron que reconocer que la situación está fuera de control y que el desenlace es imprevisible. La radiactividad en Tokio, a 250 km de Fukushima es 20 veces mayor de lo normal. La radiación no cesa de subir en la zona de la catástrofe. Las autoridades han evacuado a la población hasta un radio de 40 km en torno a la central al considerar que los niveles eran peligrosos (como si cualquier aumento por encima de lo normal no lo fuera).
Desde el día del desastre, se han dado más de 1000 réplicas del terremoto. Una de ellas afectó a la central de Oganawa. Se esperan nuevos temblores en los próximos meses. La situación es complicada, por no decir desesperada. Las centrales nucleares japonesas deberían cerrarse de inmediato. Sin embargo esto pondría a las multinacionales y al sistema productivo al borde del colapso, provocando el derrumbe de las exportaciones y agravando la recesión capitalista en todo el mundo, con imprevisibles consecuencias.
TEPCO y el gobierno nipón han intentado lanzar un mensaje de “optimismo” para calmar los ánimos. Se habrían empezado a tomar medidas para estabilizar la situación. Sin embargo advierten que necesitarán nueve meses para conseguir la “parada fría”. No hacen falta más comentarios.
MENTIRAS Y MÁS MENTIRAS.
Resulta cómico, sino fuera por la magnitud de la tragedia, escuchar a los representantes del lobby nuclear cuando argumentan sin pudor que el accidente de Fukushima demuestra que las centrales nucleares son seguras (!!!).
En 2002 TEPCO fue denunciada por falsificar doscientos informes técnicos sobre la seguridad de sus centrales. La multinacional fue obligada a cerrar 17 de sus reactores (incluidos los de Fukushima I) durante algún tiempo. Sin embargo y tal como se ha podido comprobar ahora, volvieron a reabrirse después, sin haber solucionado los fallos detectados.
La historia de las nucleares y los incidentes de seguridad que se han dado, en Japón y en todo el planeta, demuestra que no sólo alguno de los modelos, sino todos, son inseguros, sobre todo frente a los grandes cataclismos. La razón del ocultamiento y la manipulación de los datos es la de siempre, el capitalismo no puede permitirse cerrar sus centrales, por inseguras que sean, sin llevar a las empresas a la quiebra. Los gobiernos, representantes políticos del gran capital son conscientes de ello y actúan en consecuencia.
El desarrollo de la catástrofe de Fukushima está plagado de intentos y maniobras de TEPCO y del gobierno por esconder la gravedad de los incidentes. Después del estallido de los reactores y cuando la radiactividad empezó a propagarse, los funcionarios y los altos ejecutivos de la eléctrica insistieron, hasta que no pudieron seguir ocultando la situación, que no existía ningún peligro para la población. Cuando las filtraciones revelaron que la radiación se había disparado trescientas de veces por encima de lo normal, siguieron insistiendo que se necesitarían tres años de constante exposición a estos niveles, para aumentar el riesgo de cáncer para una persona (todo aumento de la radiactividad es nocivo y puede provocar la aparición del cáncer, cuanto mayor es ésta, mayores son también la probabilidades de contraerlo).
Desde que los informes empezaron a explicar que la gravedad de la tragedia de Fukushima superaba la de Chernóbil, a finales de marzo, el gobierno japonés, los institutos y comisiones nucleares de todo el mundo (todos independientes), dejaron de facilitar datos. La prensa internacional dejó de hablar de la crisis atómica, para desviar la atención hacia otros temas (como la agresión contra Libia o la revolución y la represión en los países árabes).
EL BAILE DE LOS HIPÓCRITAS. CAMBIAR ALGO PARA QUE NO CAMBIE NADA
La magnitud de la tragedia japonesa ha removido la conciencia de todo el mundo y ha sido causa de gran cantidad de declaraciones y cambios (más aparentes que reales) en la política nuclear de los gobiernos capitalistas.
El secretario de la ONU, Ban Ki-Mon, dijo que es hora de volver a evaluar el régimen de seguridad atómica mundial. El presidente francés Sarkozy afirmó que las centrales que no superen las pruebas de seguridad serán cerradas (se olvidó aclarar que la verificación es voluntaria). Berlusconi, que tuvo la mala suerte de ser sorprendido por la tragedia, cuando preparaba un referéndum que le habría permitido construir centrales nucleares en Italia, decidió anularlo porque no existían las condiciones necesarias para su celebración (los referéndums han de celebrarse cuando existe la garantía de que van a ganarse, sino ¿para qué molestarse en convocarlos?). La cancillera alemana Merkel ordenó el cierre preventivo de 7 de las 17 centrales que funcionan en Alemania (las construidas antes de 1980). Suiza suspendió todos los procesos de autorización de nuevas centrales hasta que se examine la seguridad de las ya construidas. El emperador Obama ordenó un examen completo de la seguridad nuclear en USA y ordenó la paralización de la política nuclear del gobierno. Y, cómo no, Zapatero, que estaba negociando con Rajoy un pacto para alargar la vida de las centrales nucleares, insistió en cerrar la central de Garoña y aseguró que se revisarían las medidas de seguridad del resto.
El mensaje siempre es el mismo: hay que revisar las normas de seguridad (algunos están dispuestos a cerrar las que no superen el examen). Pero… ¿no se suponía que las normas de seguridad que existían hasta ahora eran el no va más, y que estábamos a salvo de cualquier catástrofe?, ¿no se suponía que los gobiernos ya se habían asegurado responsablemente que, cada nueva central, contara con los estudios y los mecanismos de seguridad necesarios? ¿No será que en realidad lo que están intentando hacer es salvar la cara y demostrar que hacen algo, cuando en realidad no hacen nada? ¿No será que en realidad lo que hacen es hacer lo que han hecho siempre: someterse incondicionalmente a los intereses del gran capital? El capitalismo nuclear va a continuar, mal les pese a los humanizadores del capitalismo.
LA LUCHA POR EL MEDIO AMBIENTE NOS LLEVA A LA LUCHA POR EL SOCIALISMO.
El modelo de explotación capitalista de la naturaleza está socialmente agotado y se ha convertido en una seria amenaza para la humanidad. El desastre de Japón ha venido precedido de otros, como el del vertido de crudo de la British Petroleum en el golfo de Méjico, como consecuencia de la utilización de métodos inseguros en la explotación de aguas profundas.
En un contexto de crisis en la que los mercados están saturados, la lucha por su control se acentúa, y la energía, es decir, la energía barata, es un factor decisivo a la hora de vencer a la competencia. Para vender más, hay que hacerlo más barato, y esto se consigue: imponiendo precios más bajos a las materias primas, rebajando los salarios, o echando a la calle a los trabajadores y haciendo que los que queden hagan el trabajo de los despedidos , sin cobrar más, o recortando gastos como los de seguridad. Las razones siempre son las mismas, reducir costes y aumentar los beneficios: son los diez mandamientos de toda empresa capitalista.
Saqueo natural y explotación humana son dos caras de la misma moneda. El capitalismo ha desarrollado su irracionalidad al máximo, sacrificando los intereses de la mayoría, para seguir impulsando los beneficios de una pequeña minoría. Todo, absolutamente todo, está al servicio del principio de la rentabilidad capitalista. No importa que millones de seres humanos pierdan su trabajo y sean arrojados a la pobreza. No importa que la sobreexplotación sin límites de la naturaleza nos lleve a la extinción de miles de especies. No importa que la contaminación de la atmósfera y de los mares provoque el cambio climático, con la desaparición de las selvas y el crecimiento de los desiertos. Pese a la cháchara de sus representantes políticos, lo único que en realidad importa es que la máquina capitalista no se detenga nunca. Todo lo demás son daños colaterales, el precio que hay que pagar por el progreso.
La crisis nuclear japonesa ha puesto al descubierto la grave contradicción que existe entre la potencialidad material para un desarrollo sostenible (cambiar la cantidad, por la calidad), que además pueda organizarse y prevenirse frente a los desastres, y la orientación capitalista que antepone el beneficio privado por delante de los de la sociedad.
El capitalismo es un modelo senil, que para sobrevivir, está dispuesto a sacrificarlo todo. Esto convierte en una necesidad imperiosa, la lucha por el socialismo, por una economía planificada por y al servicio de la inmensa mayoría de la población. La humanidad necesita un nuevo modelo para sobrevivir y para eso debe romper con los mitos y supersticiones capitalistas. Sustituir la fe ciega en el crecimiento ilimitado por las reglas de la prudencia. Es cierto que la inteligencia humana ha conseguido superar problemas que parecían insolubles. Pero eso no quiere decir que siempre y en todo lugar sea así. La historia de la humanidad está plagada de civilizaciones que agotaron sus recursos y se desplomaron para desaparecer. La primera regla incuestionable es que, vivimos en un mundo con recursos limitados, y que mientras no se descubra la forma para viajar a otros planetas, los límites estando ahí. No estamos planteando que no se pueda ir más lejos, sino de que hay que cambiar las reglas del juego: Con el capitalismo la norma de oro es el beneficio de los capitalistas; con el socialismo ha de imponerse el principio de la prudencia y la responsabilidad.
Lamentablemente Fukushima no será el último desastre del capitalismo, antes de abandonar la escena. La lucha por el socialismo es cada vez más una cuestión de supervivencia.
Barcelona, 1 de mayo de 2011
CESAR DIAZ LEÓN