Debates con el 15-M: “EL PODER. PARA QUIÉN Y PARA QUÉ”

El movimiento de los indignados nació como respuesta de los trabajadores y de amplias capas populares a los ataques del capitalismo y sus representantes políticos, contra sus condiciones de vida y sus derechos sociales y laborales. La respuesta, todavía limitada, está condicionada por la forma en que evolucionó el período histórico anterior al estallido de la crisis.
- El profundo retroceso del movimiento obrero y popular en las últimas décadas del siglo XX, traicionado por sus dirigentes políticos y sindicales, reconvertidos en entusiastas defensores del capitalismo “con rostro humano”, y adormecido por el consumismo y el crédito barato, que parecía confirmar el mensaje de que vivíamos en el mejor de los mundos posibles.
-La falta de alternativas creíbles, tanto a nivel nacional, como internacional, capaces de abrir una perspectiva anticapitalista revolucionaria frente a un capitalismo senil que nos lleva hacia la barbarie y el desastre.
El movimiento de los indignados no podía ser de otra forma. El malestar social no implica una conciencia anticapitalista madura. Los primeros pasos no podían ser otros: la exigencia de una democracia real y transparente, la reforma de la constitución... Las ingenuas reivindicaciones del movimiento y el hecho de que no naciera en el marco productivo, ni en el movimiento obrero organizado (en el seno de unos sindicatos burocráticos donde apenas existe oposición) hizo que algunos lo descalificaran tachándolo de pequeño burgués y antiobrero. (!)
La potencialidad revolucionaria del 15-M es sin embargo indiscutible. Sus reivindicaciones están condenadas a no cumplirse. Salvo guiños cosméticos, el sistema no puede satisfacer sus demandas sin poner en peligro su estabilidad. La democracia usurpada por los mercados es el verdadero rostro de la dictadura del capital, sin la máscara “humana” del estado del bienestar. No hay transparencia que valga, ni se va a erradicar la corrupción, porque al contrario de lo que puedan pensar los ingenuos, ésta no es un cuerpo extraño adherido, sino la verdadera grasa que mueve los engranajes de la “democracia” capitalista. Los políticos del sistema, de derechas o de izquierdas, tanto da, representan los intereses de los banqueros y empresarios, no de los votantes, porque los primeros son su verdadera fuente de poder y privilegios.
El 15-M, está condenado a crecer, a medida que se agrave el derrumbe económico, pero incapaz de ir más allá, parece destinado a estrellarse contra las líneas rojas del capitalismo. El sistema capitalista está dispuesto a llegar hasta el final, en sus pretensiones de descargar todo el peso de la crisis en la espalda de los trabajadores. Ya no es suficiente con movilizarse y protestar. La tarea es transformar la frustración colectiva en energía y conciencia, capaces de acabar con un sistema irreformable e irrecuperable que sólo puede ofrecer barbarie. Hay que presentar una batalla sin cuartel contra el mito del capitalismo con rostro humano, y contra los que se oponen a construir una alternativa al sistema.
HOLLOWAY, ATTAC Y LOS AUTÓNOMOS. UNA SUPERSTICION CONVERTIDA EN TEORIA.
El atraso político y la falta de una alternativa creíble y coherente al capitalismo permiten que las supersticiones teorizadas de John Holloway y otros grupos como ATTAC gocen de cierto predicamento en algunos sectores de los indignados. Si no es posible tomar el poder, ni sabemos cómo hacerlo (los intentos han fracasado, o se han convertido en callejones sin salida), resulta más fácil buscar atajos que nos permitan escurrir el bulto y construir espacios de “dignidad” para sobrevivir en medio de la vorágine capitalista.
Las tesis de cambiar el mundo sin tomar el poder no son nuevas. Ya fueron puestas en práctica por sectores anarquistas, o por los autónomos en los años 70 del siglo pasado. La teoría se apoya en la experiencia de algunas organizaciones piqueteras argentinas, el neozapatismo y los movimientos altermundistas tan de moda hace años.
El marxismo habría fracasado al no comprender la naturaleza del poder. Una vez conseguido el objetivo de conquistar el estado, y al intentar instrumentalizarlo en nombre y a favor de los oprimidos, habría acabado reproduciendo las relaciones de opresión que había jurado destruir.
“Si el paradigma fue el vehículo de esperanza… se convirtió cada vez más en el verdugo de la esperanza a medida que el siglo avanzaba. La aparente imposibilidad de la revolución a comienzos del siglo XXI refleja, en realidad el fracaso histórico de un concepto particular de la revolución, el que la identifica con el control del Estado”.
Sorprende la ligereza con que se tergiversa la historia. Se pone a todo el mundo en el mismo saco. Y con este totum revolutum se borra de un plumazo cien años de historia, con la acusación de que el marxismo defiende una visión instrumentalista del poder. Desde esta óptica ignorante o malintencionada (o ambas a la vez) el marxismo no es más que una corriente “estatista”, burocrática y autoritaria que ha fracasado y que no tiene nada que decir en pleno siglo XXI. Marx se equivocó y Lenin sería el responsable de las salvajadas llevadas a cabo en nombre del socialismo.
“El error de los movimientos marxistas revolucionarios no ha sido negar la naturaleza capitalista del Estado, sino comprender de manera equivocada el grado de integración del Estado en la red de relaciones sociales capitalistas”.
La conclusión de Holloway y sus partidarios: “No se puede construir una sociedad de relaciones de no poder por medio de la conquista del poder”. Como los gatos, pretenden dar un triple salto mortal y caer de pie. Sus conclusiones se parecen sospechosamente a las del anarquismo, pero como éste tampoco puede presentar un historial brillante en lo que concierne a llevar a cabo con éxito una revolución libertaria, optan por proclamar una tercera vía: No hay que tomar el poder, ni destruirlo de inmediato, sino… hacer como si no existiera. Crear espacios “autónomos”, de “dignidad”, y corroer los cimientos del estado, hasta que caiga por sí solo. El anarquismo por lo menos, consciente de su importancia, pretende destruirlo de inmediato, aunque no sepa cómo. Holloway, con su jerga “izquierdista”, no va más allá del reformismo de los defensores del capitalismo con rostro humano..
Holloway no explica como la carcoma revolucionaria resquebrajará el capitalismo hasta provocar su caída. Es más, ni le importa. Adorador del espontaneísmo, considera que el “sujeto crítico revolucionario” (el hombre fragmentado) está condenado a enfrentarse al sistema, como consecuencia de las contradicciones de éste. Por consiguiente no hacen falta partidos, ni programas. Basta con crear espacios de no poder, que preparan la caída del capitalismo.
La clase trabajadora no puede alcanzar la plena conciencia revolucionaria en el seno del capitalismo. El sistema aliena a los trabajadores, los divide y aísla, y los convierte en mercancía destinada a producir y consumir, en beneficio del capital. El choque entre los intereses de los que venden su fuerza de trabajo para sobrevivir y los de los propietarios de los medios de producción provoca el surgimiento de una conciencia sindical, es decir, la de que es necesario luchar para conseguir un mejor precio por el trabajo. Pero no va más allá. Es necesaria la organización política, -en la que se discuta y reflexione la causa de nuestros males y cómo superarlos, se analice los errores y las experiencias pasadas, se preparen y se propongan formas de lucha que ayuden a elevar la conciencia de los explotados-, para que podamos transformarnos, parafraseando a Marx, de clase en sí, a clase para sí.
¿SE PUEDEN CREAR ESPACIOS DE ANTIPODER HASTA AGRIETAR Y HUNDIR EL CAPITALISMO?
Holloway dice que tiene la respuesta. Existe un poderoso movimiento social dirigido a transformar el mundo, que no se plantea la toma del poder. Sería por tanto cuestión de desarrollar ese mundo paralelo, en el que la gente se organiza de forma horizontal, para practicar el trueque, crear cooperativas de producción, o solidarizarse con otros. El Estado en medio del vacío de poder, implosionaría sin pena ni gloria, y con él, el capitalismo.
Pero las cosas no son así. Es cierto que existe un extenso movimiento social y que tiene una gran importancia en la lucha contra el capital. Es primordial desarrollar estas experiencias solidarias y autogestionarias entre los trabajadores y las clases populares, como medio para elevar la conciencia política y social. Pero no basta. Nadie, ningún colectivo puede vivir al margen del sistema capitalista, en el que vivimos. Nos guste o no, todas estas experiencias están obligadas a obedecer las leyes que impone el estado a la sociedad. Hace años asistí a una asamblea de okupas en la que los miembros del local liberado, reconocían que las bebidas que se vendían en el bar tenían que comprarse en el supermercado capitalista, la cerveza podía venderse a precio de coste, pero ese coste lo imponían las industrias cerveceras y los propietarios del super. Las empresas ocupadas en Argentina, aunque estén en poder de los trabajadores, tienen que adquirir materias primas, para poder manufacturarlas y venderlas en el mercado, necesitan créditos para comprar nueva maquinaria que les permita competir… Con la entrada y la salida de los productos, entra también la ley del valor del capitalismo.
Mientras el capital controle los créditos y los grandes centros de producción y distribución, los espacios autogestionados sólo serán una valiosa experiencia para que los trabajadores comprendan que no necesitan a los capitalistas para producir. La coexistencia con el capitalismo sólo puede ser precaria y limitada en el tiempo. La burguesía intentará arruinar o corromper la experiencia, para que no sirva de ejemplo. Cualquier proyecto autogestionario sólo puede sostenerse a través de la proliferación de otros similares, y con la perspectiva de construir un poder alternativo que se enfrente al Estado capitalista
La autodeterminación de los trabajadores sólo puede plantearse con la lucha por el poder político. Sólo cuando el poder esté en sus manos, podrá organizar la expropiación de los expropiadores. Sólo entonces será posible organizar no ya pequeños espacios de libertad, sino la planificación democrática de la sociedad.
Mientras aceptemos la existencia del Estado capitalista y no estemos dispuestos a acabar con él, mientras el capital conserve sus resortes de poder político y económico, cualquier experiencia autogestionaria está condenada. Holloway plantea un proceso evolutivo, y en última instancia reformista, para acabar con el capitalismo. Poco a poco ganaremos espacios y obligaremos al estado a retroceder. Con un ropaje izquierdista y libertario, nos dibuja un plácido camino, destinado a tranquilizar a las conciencias bien pensantes. Pero ¿alguna vez en la historia las clases dominantes abandonaron la escena sin presentar batalla?
¿QUÉ NOS ENSEÑA LA HISTORIA?
La historia nos enseña que las revoluciones que se hacen a medias cavan sus propias tumbas y que la cuestión del poder tiene que decantarse, o bien hacia los que ya no quieren seguir siendo dominados como antes, o bien hacia los que no pueden seguir haciéndolo como lo habían hecho hasta entonces.
En 1871 los dirigentes de la Comuna de París permitieron la reorganización del gobierno republicano burgués en Versalles, con el que esperaban negociar la coexistencia de los dos poderes. Se negaron a expropiar el Banco de Francia aunque financiase la contrarrevolución, temerosos de ir demasiado lejos en su radicalismo revolucionario. Pocas semanas después, la reacción levantaba la cabeza, apoyada por el ejército prusiano, y aplastaba a sangre y fuego el experimento revolucionario (En Defensa del Marxismo nº 87).
Sesenta y cinco años después, en 1936, la sublevación contra la república española provocó la respuesta del movimiento revolucionario. No sólo los militares fueron derrotados en parte del territorio, sino que la República, desprestigiada por sus vacilaciones frente a la conspiración, se derrumbó. El gobierno de Madrid y la Generalitat catalana se convirtieron en meros espectros de lo que habían sido. El anarconsidicalismo y la izquierda socialista eran los dueños de la situación. Pero ninguno de los dos estaba dispuesto a llegar hasta el final.
El 21 de julio, Catalunya estaba en manos del proletariado. El poder real era de la CNT. Los comités aparecían en los pueblos y ciudades organizando la vida cotidiana. Las fábricas y empresas, abandonadas por sus dueños, fueron ocupadas por los trabajadores. En pocos días la producción estaba de nuevo en marcha. Algo similar ocurría en el campo, donde los campesinos pobres expropiaron los latifundios para organizarse en colectividades. Un ejército de milicianos revolucionarios se enfrentaba a la sublevación.
Nada sin la CNT. Sin embargo, la dictadura revolucionaria llevada a cabo en la calle por los trabajadores, fue rechazada por sus dirigentes. Fieles a sus tradiciones anarquistas rechazaron el poder, para entregarlo a un Comité de Milicias. En su seno convivieron todas las corrientes antifascistas, divididas en dos bandos irreconciliables, los partidarios de la guerra revolucionaria y los defensores de la restauración republicana. El predominio de los primeros era aplastante.
Tres meses después la situación había cambiado. El Comité se disolvía y daba paso a un nuevo gobierno de la Generalitat. La revolución estaba en retirada. Las colectividades industriales, ahogadas por la falta de crédito, cedieron la dirección a los funcionarios. La resistencia campesina fue larga y dio lugar a enfrentamientos con las fuerzas enviadas para disolverlas. Las milicias, faltas de armas y sin un proyecto que las reconvirtiese en una fuerza eficaz al servicio de la revolución, se disolvieron en el ejército popular, organizado a la manera tradicional bajo el control del nuevo gobierno de la República.
Seis meses más tarde, la revolución estaba aplastada. Las jornadas de mayo de 1937 en Barcelona marcaron el punto y final. El anarquismo retrocedía, debilitado y dividido. Mientras los revolucionarios sufrían la represión, sus líderes formaban parte de los gobiernos republicanos. Los que se habían negado a tomar el poder, ocupaban ahora los flamantes despachos ministeriales. Nada quedaba de la experiencia autogestionaria, pocos creían que las grandes propiedades, agrarias o industriales no iban a ser devueltas a sus antiguos dueños, una vez acabada la guerra, ya fuera con la victoria franquista, o republicana.
Sin un proyecto social capaz de ilusionar a las clases populares, en medio de una guerra que había dejado de ser revolucionaria, para ser sólo civil, donde se enfrentaba una república burguesa desprestigiada y un ejército apoyado por las potencias fascistas, el triunfo sólo podía ser para el bando mejor armado y organizado. La victoria de Franco era cuestión de tiempo.
EL MARXISMO Y EL ESTADO
Si nos atenemos a sus acusaciones, Holloway nunca leyó a Marx, ni se molestó en ir más allá del título de sus obras. Presenta una visión grosera y simplista de sus teorías, que nada tiene que ver con la realidad. El marxismo jamás se propuso conquistar el estado para ponerlo al servicio de los trabajadores. Por el contrario lo caracterizó como un órgano de dominación de clase. Apoderarse del estado es precisamente lo que han hecho todas las clases propietarias a lo largo de la historia. La burguesía francesa o británica se limitó a acabar con la monarquía y abolió los viejos privilegios feudales, y puso al ejército y a la burocracia estatal al servicio de sus intereses. Sin embargo, el proletariado es la primera clase que no pretende convertirse propietaria, sino a desaparecer en una futura sociedad sin clases, en la que el recuerdo de la explotación del hombre por el hombre sólo exista en los museos y los libros de historia.
Holloway tergiversa la historia del socialismo y la convierte en un cuento para niños. Los marxistas se equivocaron, pretendieron transformar el estado y el estado los transformó a ellos. Acusa a los bolcheviques de ser los responsables de la degeneración estalinista. Pero antes y en los primeros años de la revolución, el partido de Lenin y Trotsky nunca fue una organización autoritaria y verticalista, donde se ahogase la disidencia. El partido estaba en constante ebullición, donde se daban los más apasionados debates y controversias. No es casualidad que “El Estado y la revolución” de Lenin, obra en la que se hace una defensa encendida de las tesis marxistas, fuese publicada (o parte de ella) en el estado español por… ¡la CNT! Entonces ¿qué ocurrió para que el proyecto degenerara en el gulag estalinista?
Fue el fracaso del movimiento revolucionario en Europa y el aislamiento de la revolución en un país pobre y atrasado como Rusia, no la toma del poder, lo que provocó la degeneración. Una economía destruida, sin técnicos, ni trabajadores cualificados que pudiesen poner en marcha la producción. Un país aislado y temeroso de una nueva contrarrevolución. Lo que tenía que ser la dictadura del proletariado, basada en la más amplia democracia participativa, se transformó por las circunstancias en una dictadura de partido, y fue en el seno de éste donde comenzó a tejerse la contrarrevolución. Holloway calla sobre todo esto. No hay fórmulas mágicas puedan asegurarnos un final feliz. El único camino posible es el de la participación democrática y el protagonismo de los trabajadores en lucha por su destino.
Conquistar el estado para destruirlo, esa fue siempre la aspiración del marxismo. Pero no a la manera anarquista, como un ejercicio inmediato de la voluntad popular y revolucionaria, sino como un proceso que comienza en el mismo instante de la conquista del poder y acaba con la extinción de las clases sociales. La primera revolución obrera de la historia, la Comuna de París, comprendió esa aparente contradicción. Desde el primer momento empezó a demoler el aparato del estado, disolvió el ejército y la policía, para formar milicias que eran el pueblo en armas; acabó con el poder de la burocracia estatal, aboliendo sus privilegios y prebendas. Todos los puestos de la administración eran elegidos por sufragio universal, no podían cobrar más que el salario medio de un trabajador, y eran revocables en cualquier momento, por voluntad de los electores. Ese es el camino que defiende el marxismo y que Holloway y sus seguidores no quieren comprender.
Pero, ¿por qué resulta utópico aspirar a la inmediata abolición del estado, tal como proclaman los anarquistas? Porque el estado sólo se extingue cuando desaparecen las clases sociales y éstas no lo hacen de la noche a la mañana, ni desaparece de inmediato la amenaza de la contrarrevolución capitalista, tanto a escala estatal, como internacional.
La revolución comienza mucho antes de la toma del poder, con la creación de un tejido social y solidario, en el que se organizan los trabajadores y las clases populares, y a través del que toman conciencia de su capacidad para dirigir y administrar la sociedad. Un conjunto de organizaciones que entran en conflicto con el capital, que aspira imponer sus intereses. Es tarea de los revolucionarios, aprovechar el inevitable choque de intereses, para transformar ese movimiento en los ladrillos y la argamasa que conformarán el poder alternativo. Sin esa red social no hay revolución que valga. La democracia participativa y horizontal no surge de la nada, ni de la mente de grandes pensadores, sino de las experiencias acumuladas por el movimiento obrero en la lucha de clases.
El poder no es una institución física, sino un conjunto de relaciones sociales de fuerza que existen entre los sectores y las clases. La dictadura de la burguesía, el poder económico de los bancos y las multinacionales se encarna en el estado, es decir, se transforma en poder político, a través de un conjunto de mecanismos (los medios de comunicación, la iglesia, el ejército, la policía, el parlamento y los supuestos representantes populares) que tienen la función de estabilizar la dominación y la explotación del resto de las clases. Por tanto, la cuestión de qué clase detenta el poder, sigue siendo primordial para llevar a cabo cualquier cambio revolucionario en la sociedad. La cuestión no es si tomar o no el poder, sino cómo hacerlo.
¿QUÉ PROPONEMOS?
En la medida que los intereses de los trabajadores y las clases populares exige una soberanía real sobre su realidad y su futuro, la democracia burguesa y sus estrechos límites comienzan a quedar en entredicho. Con frecuencia escuchamos criticar a los políticos profesionales del sistema, desconfiar de la naturaleza reaccionaria de la justicia burguesa y sus instituciones. Pero hace falta algo más para convertir esa desconfianza y hostilidad popular en conciencia revolucionaria. La espontaneidad no es suficiente. Hace falta revertir el pesimismo que propaga el sistema y que todo lo impregna, recuperar la confianza de los trabajadores en sus propias fuerzas, y la construcción de un proyecto social y político alternativo que hagan suyo. Y eso sólo puede conseguirse con la lucha cotidiana, a través de sus organizaciones democráticas, asamblearias y autónomas. Y ¡cómo no! Por supuesto, de un programa que nazca de lo más profundo de sus necesidades y experiencias.
Construir un poder alternativo, horizontal, que se extienda a través de las organizaciones por los barrios populares, los pueblos y los centros de trabajo. Pero para que el conjunto de la población haga suyas esas organizaciones, éstas deben de hacer suyos sus problemas, la lucha contra la xenofobia, los desahucios, el cierre de empresas, la marginación... La lucha por los problemas cotidianos es la primera escuela en la que los oprimidos aprenden a no delegar su solución, en otros. Pero el aprendizaje tiene que ir más lejos, los problemas más graves que nos afectan, no se solucionan a nivel local, sino a escala estatal o internacional. Toda esa banda de charlatanes que se pavonea de sus títulos y cargos, son incapaces de de acabar con la lacra de los cinco millones de parados que existen en el estado español. Si ellos no sirven, si el sistema que defienden no funciona y sólo nos trae más miseria, entonces hay que empezar a plantearse qué es lo que queremos.
Ninguna confianza en las instituciones del sistema, ni siquiera hacia aquellas regentadas por la izquierda capitalista. Ensayar e impulsar y articular las formas de democracia y participación, organizar las luchas populares, son los pasos previos para la construcción de un doble poder popular que dispute su hegemonía al capitalismo.
No planteamos destruir el poder a la manera anarquista, no pretendemos ignorar el poder como hace Halloway y los autónomos, lo que planteamos es su socialización. Todo el poder para el 95% de la sociedad y sus organizaciones, ninguno para los parásitos y depredadores que nos vampirizan.
Enric Mompó