Desde guerras preventivas hasta juicios de suposición con sentencia condenatoria

El 11 de septiembre 2001 marcó el inicio de una ofensiva de las fuerzas conservadoras en el mundo occidental sin precedentes desde la segunda guerra mundial. Muchas veces, para no decir casi siempre, se han montado guerras a base de mentiras y provocaciones (la guerra de Vietnam, las de Afganistán, las guerras del Golfo...), pero la guerra a Irak iniciado el año 2003 tiene un componente seminuevo –al margen de las acusaciones falsas– y es que se vuelve a un concepto muy antiguo al justificar la necesidad de «guerras preventivas». Su origen conocido está en el imperio romano y su significado sería que hay que actuar antes que algo malo ocurra. Se actúa a base de lo que se considera la intención del supuesto enemigo, con la convicción de que esto justifica todo. Los llamados neoconservadores intentaron así justificar ideológicamente sus barbaridades cometidas en Irak y Afganistán sin ni desmentir las torturas empleadas bajo el eufemismo «métodos mejorados de interrogar», expresión que sólo logró engañar a los que ya estaban de acuerdo y que consideraban que las torturas habían ayudado a «salvar muchas vidas». El nivel de cinismo –y tragedia para los afectados– nunca llega al techo por la sencilla razón de que nadie sabe qué altura tiene.
Para que una política de este tipo pueda seguir adelante, las fuerzas dirigentes (que incluyen hasta a «progres», «comunistas» y «verdes» en toda Europa) se ven obligados a recortar los derechos democráticos, persiguiendo a los que discrepan. Entre los discrepantes se incluye todos los antisistema, es decir todos los que estamos en contra del sistema capitalista. Los movimientos okupas, independentistas y anarquistas son los primeros en ser víctimas de esta represión por tener ideas antiestatales radicales y declaradas. Pero también hemos visto que los cuerpos de represión orientan sus recursos cada vez más hacia tendencias islamistas, y contra ellas se mueven a base de histeria, ceguera, desconocimiento y cálculo político malintencionado. Siempre es la discrepancia y la diferencia lo que hay que perseguir cuando el poder se siente débil.
En los últimos años hemos visto muchos casos que llegan a los tribunales por lo que uno opina, por las amistades que uno tiene o por el montaje de la misma policía. Las sentencias del macroproceso 18/98 en Euskadi contra mucha gente con una trayectoria pacífica y conocida son resultado directo del giro político iniciado el 11 de septiembre 2001. Y la sentencia condenatoria de 2 años y medio de cárcel, 810 euros de multa y 8 años y medio de inhabilitación total a Núria Pórtulas en la Audiencia Nacional en el mes de julio de este año demuestra la fuerza de este giro represivo en la reinvención de un viejo tipo de delito penal. Núria Pórtulas no ha sido condenada por nada hecho, dicho o escrito por ella misma sino por ser anarquista declarada y activa. La sentencia condena a Núria por «tentativa de colaboración con organización terrorista», llegando a expresar la fórmula rebuscada de «tentativa inacabada» para subrayar la supuesta seriedad de la «tentativa». Es decir, la condenan por su supuesta intención, y esta siempre es supuesta hasta que no se demuestre o la admita ella misma, por mucha sentencia que haya. Al no encontrar ni una sola prueba sólida presentan toda una serie de carteles, documentos, revistas, fanzines y su libreta personal (sustraída de forma ilegal) como argumentos para formular suposiciones, que finalmente han servido para llegar a una sentencia condenatoria.
Lo escandaloso es que se llega a hacer una condena a base de suposiciones, por no haber podido demostrar ni hechos ni intenciones. Nunca tuve mucha confianza en «la justicia» pero lo que más me molesta es la falta de reacción por parte de más gente ante tanta injusticia. Para que el lector se sitúe hay que decir que la sentencia no da nombre a la supuesta organización terrorista con la que Núria, supuestamente, ha querido colaborar, ni da nombres a ningún miembro de esta supuesta organización terrorista; los explosivos que buscaban no aparecían... pero la condena kafkaiana está allí. Por difícil que pueda parecer, hemos vuelto a tiempos en que juicios de intención/suposición se aplican en los tribunales. Si no hay pruebas de nada y como la intención de una persona es prácticamente imposible de demostrar, la fiscalía condena a base de la suposición que por naturaleza no hace falta demostrar (porque si se demostrara, dejaría de ser una suposición para convertirse en prueba).
La intención siempre es atribuida a la persona acusada mientras la suposición se hace desde la acusación, hecho que naturalmente facilita formular una sentencia condenatoria. Por suerte ni la acusada ni su abogado se dejaron arrastrar por el camino fantasmagórico de defenderse ante las suposiciones. En consecuencia, la defensa ha recorrido la sentencia al considerar que las pruebas de la acusación están ausentes. Sabemos que su encarcelación y siguiente condena no han sido errores. Se trata de perseguir la discrepancia, las ideas, la combatividad y la movilización que se realizan fuera de los canales previstos por las instituciones. Viviendo alejado de la realidad de la calle, el poder se reafirma a base de represión, criminalizando a la juventud radical por no estar contenta con lo que se le ofrece. En la decadencia de todas las sociedades anteriores pasaba lo mismo... pero al final cayeron una tras otra.
Sabemos también que hay casos similares con menos esperanzas y menos apoyo popular por tratarse de personas inmigradas. Tanto el caso «Dixan» como el del Raval demuestran que hoy, otra vez, se puede encarcelar y condenar sin pruebas. El desconocimiento del otro es suficiente para intrigar, provocar, suponer y condenar, sin rastro de pruebas. Y, de vez en cuando, sale en la prensa la opinión de algún «experto» (para dar un toque intelectual) sobre temas de terrorismo islamista, como Fernando Reinares, dirigente del «Programa de Terrorismo Global» (artículo publicado en El País el 14/9-09, ¿Cómo iba a ser el segundo 11-S?)), quien presenta su visión sobre algo que no se ha producido, a base de especulaciones sin ni intentar demostrar lo que probablemente para él es la evidencia. Al vivir lejos y encima de la vida de los barrios sobre la qué opina ni se entera de la poca fiabilidad de sus propias palabras. Desde su tribuna confía en que todos los lectores le siguen... y para disimular queda publicado en un medio de comunicación que se considera independiente del poder.
Los que han perdido la confianza en la justicia de la sociedad capitalista y los que nunca la tuvimos volveremos a la movilización por la absolución de Núria y los detenidos y encarcelados a base de suposiciones e invenciones. Y esto con más razón después de que los políticos institucionales últimamente se llenan la boca con la expresión "presunción de inocencia" cuando hablan sobre los casos de corrupción de los suyos.
Octubre 2009, Jonas