Destrucción acelerada del empleo

El crecimiento del paro ha puesto la directa. Según las cifras oficiales, ha subido un 60% durante el año 2008, es decir 1.200.000 trabajadores más se han quedado sin empleo. El Ministerio de Trabajo ya no descarta “oficialmente” llegar a los cuatro millones de parados este año 2009.
Otros dan aún más graves predicciones: Josep Piqué calcula la posibilidad de alcanzar los 5 millones de desempleados en 2010 -si no se hace una reforma laboral de inmediato, dice él-. En la campaña electoral de hace apenas un año, unos y otros partidos del sistema prometían el pleno empleo, sin sonrojarse ni reirse por lo bajo. Ahora, la quiebra que primero se resistían a calificar de crisis y que después han dado en llamar “crisis financiera e inmobiliaria”, se está transformando en un creciente drama humano. Se contabilizan 900.000 hogares con todos los miembros desempleados. La asistencia social y las ONG se desbordan de peticiones de necesidades básicas de comida, vestido y vivienda.
La Seguridad Social ha registrado la baja de un millón de cotizantes, que ha pasado a demandantes de empleo y, una parte de ellos, percibe subsidio durante unos meses. Y la aceleración prosigue: en enero se han sumado 200.000 mil parados más, y seguimos a 40.000 mil por semana, sin que esta cifra refleje más que parcialmente la realidad, no sólo porque el Ministerio correspondiente haya “borrado” medio millón de parados de sus estadísticas, como se ha denunciado reiteradamente sino porque hay otro ajuste invisible para las estadísticas, que afecta al empleo precario y en negro, a la no renovación de contratos temporales e incluso al cese forzoso de actividad de miles de trabajadores “autónomos” dependientes de los pedidos de otras empresas. La mitad del llamado “tejido productivo” español se compone de tales autónomos y mini-empresas sin capacidad financiera para superar una fase recesiva y de difícil acceso al crédito. Las grandes o medianas emplean los ERE o directamente las suspensiones de pagos. Sólo en Catalunya, más de 700 empresas tienen en curso tales procesos en el mes de febrero.
Y esta situación viene a abundar sobre un sustrato habitual del 14% de la población activa desempleada, el doble de la tasa media de la UE.
Además, el estado está llegando al tope de sus posibilidades de maniobra para hacer medidas anti-crisis: ha disparado el déficit público más allá de lo permitido por la Unión Europea para hacer una batería de concesiones fiscales y apoyos crediticios acompañados de obras públicas menores, que son poco más que paños calientes para un enfermo grave. No hay fondos ni medios para recuperar la inversión y la confianza en un mercado quebrado y un consumo deprimido por la rapidez con que se han evaporado los fondos y el espanto ante la velocidad de aceleración de la caída económica. Esta vez no queda el recurso de vender las empresas públicas para reducir la Deuda del Estado: ya vendieron todo lo privatizable en las pasadas décadas de los 80 y 90. Sólo queda una deuda astronómica para ensombrecer el futuro de los españoles actuales y probablemente, legársela a las siguientes generaciones. Mientras la caja de Hacienda se vacía y disminuyen proporcionalmente los ingresos fiscales, los crecientes gastos de asistencia social y cobertura al desempleo están mermando con igual rapidez las posibilidades de la Seguridad Social para atender sus compromisos –hasta que la mayoría de los que van quedando en paro agote el cobro del subsidio, en cuyo momento los problemas sociales adquirirán otra dimensión-.
Este fenómeno de desempleo masivo con subsidio agotado y sin perspectivas de encontrar trabajo puede venir dentro de unos meses. Algunos analistas burgueses ya pronostican una convulsión social o directamente aspiran el humo de los recientes incendios de los levantamientos sociales en Grecia y en la Martinica. De momento crecen a ojos vista la mendicidad y la prostitución. Es más frecuente la pequeña delincuencia –los que se dedican al robo por primera vez, acuciados por la necesidad- y también otros fenómenos típicos, como la rebusca de chatarras y basuras para sobrevivir. Los “sin techo” ya no son un fenómeno marginal ligado a drogadicción o enfermedad mental, ahora están creciendo los deshaucios de familias por impago de hipotecas y alquileres, por deudas propias o avaladas a otros... sin que la administración se preocupe más que de asegurar la represión para controlar la situación y tratar de ocultar las miserias.

Nuevos ataques, más sacrificios para todos

Estos días se han oído declaraciones de responsables de la patronal a favor de una nueva reforma laboral, lo que se concreta básicamente en la eterna demanda de abaratar el despido. Encima, tanto desde el gobierno PSOE como diversos miembros de Tripartito catalán hablan de la necesidad de “moderación salarial” (después de una pérdida constante de poder adquisitivo de los salarios en los últimos diez años), incluyendo a los funcionarios, a los que se alude como “privilegiados”, por no tener riesgo de perder el empleo como los demás trabajadores. Las recetas de estos políticos de “izquierda” consisten en dar aún más facilidades fiscales a las empresas, comprometer ayudas directas a entidades financieras y subsidiar empresas y organismos privados para que vayan haciendo continuas “reestructuraciones” en vez de un cierre definitivo...
El chantaje a los trabajadores con la amenaza del despido es constante para recortar en la práctica el ejercicio de los derechos y las condiciones laborales y de salud básicas. Ahora el mismo chantaje se extiende al sacrificio salarial: trabajar más horas (incluso no declaradas) y ganar menos, renunciando a primas y complementos, aceptando congelación salarial o aumentos ínfimos, inferiores al 1% anual. Esta es la tesitura que se ha planteado en el sector del automóvil, exigiendo a los sindicatos “responsabilidad para salvar la empresa” a base de aceptar la destrucción de empleo y recorte salarial. Las centrales sindicales, acostumbradas a negociar indemnizaciones por despido individual, no atinan ahora a enfrentarse al dilema: se metieron hace tiempo en la lógica empresarial y no saben -y quizás ni pueden- enfrentarse a la gran empresa para defender los puestos de trabajo, aunque quisieran. El burocratismo y la colaboración de las direcciones de CC.OO. y U.G.T. durante décadas han generado además un desarme ideológico tal que a la hora en que ya no se puede vivir como antes y es imperativo responder con la lucha, sólo queda confusión respecto a los objetivos y las formas de organización.
Los efectos de la subcontratación, la dispersión de condiciones laborales, la proliferación de la contratación temporal y el desprestigio del sindicalismo de resignación y colaboración de clases han dejado al maltrecho “movimiento obrero” (como se decía no hace tantos años) en difícil situación para responder a los nuevos ataques patronales. No se puede hablar seriamente de “rigidez” del mercado laboral cuando se está produciendo una ola de cierres y despidos casi sin trabas, y sin embargo, patronales y gobierno, siguen maquinando una reforma laboral para dar la puntilla definitiva al sector de asalariados que aún tiene contrato fijo y antigüedad suficiente como para que su despido, aunque libre, suponga una indemnización costosa: quieren poder sustituirlos por jóvenes o inmigrantes casi sin derechos y a mitad de sueldo.
La experiencia, la dedicación, la “fidelidad” a la empresa y los servicios prestados dejan de ser un mérito ante la tremenda ventaja competitiva del “dumping social” proyectado.
Sólo faltaba la Junta del BBVA para que su presidente, que se embolsa 16 millones de euros al año, reclame a los políticos un gran pacto social de estado para “volver a ser competitivos”. Traducción de ese pensamiento en la práctica: el capital y los inversores han registrado una enorme pérdida, ahora pretenden socializarla para que los trabajadores y el conjunto de la sociedad carguen con ella a base de sacrificios. La recuperación de la tasa de beneficio así obtenida estimulará posiblemente la inversión y tal vez se recupere la creación de empleo (aunque no digamos en qué condiciones). Es la pura lógica del capitalismo, tramposa y perversa, pero las burocracias políticas y sindicales están tan impregnadas de ella, que ni aún cuando amenaza la quiebra del sistema son capaces de abandonarla: están atadas a la burguesía nacional.
Eso sí, todos hacen coro estos últimos meses contra la especulación y el “mal” capitalismo financiero y se reúnen una y otra vez con toda clase de representantes de la burguesía que prometen un nuevo sistema regulado, reglamentado y moralizado. ¿Por fin veremos el “buen” capitalismo?

El proteccionismo, la xenofobia y las alternativas del capital

A medida que transcurren los meses y se hace evidente que lo crisis va a ser prolongada, ha aparecido un ingente debate entre los círculos económicos de la burguesía sobre qué medidas tomar para volver a la senda del “crecimiento”. Este debate ha empezado valorando los bandazos que dan los respectivos gobiernos en los “planes de rescate” de los mercados financieros: primero propuestas de compra de activos “tóxicos”, luego inyecciones directas de capital en forma de crédito –que no llega al público-, después entrada temporal de los estados en el capital de las entidades financieras -sin tomar su gestión ni cambiar a los responsables- y finalmente un debate sobre la “nacionalización” global del sector financiero, con toda clase de matices, como forma de dar paso a una nueva regulación fiable: estatizar las pérdidas y asegurar la cobertura pública de las inversiones.
El debate prosigue desde diferentes perspectivas ideológicas del sistema, metidos en un laberinto del que los capitalistas y sus economistas, periodistas, políticos serviles y otros lacayos similares, son incapaces de salir. Constatan que la primera fase de los planes de rescate no ha funcionado y la intervención de los bancos es un semi-fracaso. Han gastado billones en fondos públicos y endeudado las cuentas públicas para décadas, sin lograr más que parar temporalmente la ola de pánico. El trasfondo de la crisis de sobreproducción sigue operando y la caída persistente de la demanda y la inversión está produciendo un acelerado cierre de empresas y la destrucción acelerada de puestos de trabajo en todo el mundo, lo que, a su vez, hunde aún más el consumo y alimenta el círculo vicioso de la crisis, ahuyentando la inversión.
Independientemente del debate, cada organismo y gobierno toma sus medidas particulares y aparecen las tensiones de siempre. Se dicen: “si el pastel global se ha reducido, reservemos al menos nuestro pedazo” y vuelven a plantearse las devaluaciones competitivas de las divisas, las medidas proteccionistas en diferentes países de los mercados y empresas nacionales, incluso se endurece la legislación contra los inmigrantes. Las propias medidas de estímulo de los gobiernos, basadas en la emisión de deuda y la emisión monetaria tienden a desvalorizar la moneda, a preparar las condiciones de un aumento futuro de la inflación y a producir tensiones comerciales entre distintos países por la manipulación de los precios en el mercado internacional.
La pequeña burguesía endeudada reclama para sí las ayudas que se han dado a los bancos y aparecen tensiones entre grupos de trabajadores por la adjudicación de la escasa demanda a unos u otros. Ha sido significativa la huelga de los trabajadores británicos de Total para evitar que se contrataran unos 200 obreros italianos y portugueses para la construcción de una nueva refinería. En Francia se oye desde hace mucho tiempo el grito de “los franceses primero” y en Estados Unidos era un argumento-fuerza de la campaña republicana. No todo se puede calificar de xenofobia, en el trasfondo de estas actitudes está la crisis y la confusión sobre cómo defender las condiciones laborales, producto de la derrota y el olvido de las experiencias de la lucha de clases. En el Estado español crecen las tensiones con la expulsión de “sin papeles”, las cuotas de detención de inmigrantes y la sustitución de peones extranjeros del campo por autóctonos excedentes del paralizado sector de la construcción. El ministro de trabajo declara que, con más de tres millones de parados no pueden mantenerse los cupos de contratación legal de inmigrantes... Y la española es la versión suave: en Italia se ha lanzado una campaña de caza del inmigrante, involucrando incluso a los profesionales de la sanidad en la obligación de denunciarles.
Todos estos elementos abonan un proceso de desintegración social, a pesar de la evidencia de que el castigo a los más débiles y el nacionalismo económico no son soluciones a la crisis, sino que la pueden agravar a medio plazo deprimiendo el comercio y los intercambios.
Las “nacionalizaciones” bancarias no son tales ni tienen sentido más que si se convierten en la toma del control de todo el sistema bancario por el estado y el establecimiento de su gestión por organismos democráticos de los trabajadores, echando a los ejecutivos y otros depredadores: no sirve la versión moralizante burguesa que han adoptado las centrales sindicales y los partidos que se reclaman de la izquierda. Se trata de vulgar reformismo apoyado sobre la ilusión de que el sistema capitalista se puede controlar, de que sus problemas pasados se deben al déficit de regulación, a los corruptos y a la deficiente aplicación de unas normas contables que se “deben” de endurecer para encauzar la globalización sobre la senda productiva y no tanto sobre la mera especulación financiera... El problema no es si los ejecutivos reciben extra-bonus o incluso si algunos van a devolver los exorbitantes sobresueldos cobrados, sino qué gestión y en que condiciones políticas hay que ejercer en las instituciones financieras para que actúen reguladas democráticamente y al servicio de toda la sociedad a largo plazo, en vez de responder al puñado de sus principales accionistas y al reparto anual de dividendos entre ellos.
Es, entonces, evidente que no hay salida dentro del sistema capitalista ya que por muchas reformas y reglamentaciones que se le quieran imponer, no podrá cambiar su naturaleza depredadora. Pero, ante la crisis es necesario dar respuestas día a día y no se puede tampoco esperar que el sistema caiga por sí mismo, lo que no va a suceder, para que se pueda alcanzar la satisfacción de las reivindicaciones básicas de los trabajadores, y en primer lugar la defensa del empleo.
Por eso, cuando leemos en la prensa burguesa las especulaciones y los comentarios sobre la posible “nacionalización” de bancos, creemos que se trata de rescates del capital, de planes para facilitar la concentración de empresas propia de todas las crisis capitalistas y en ningún caso de nada que se acerque al socialismo.
Para luchar contra el paro no hace falta facilitar y abaratar el despido para que los empresarios “pierdan el miedo” e inviertan, sino lo contrario, empezar por defender los puestos de trabajo que existen, exigir la apertura de los libros de cuentas y el control de la empresa por parte de los trabajadores ante el anuncio de cierre o reestructuración. Y tampoco sirve la intervención en algunos bancos o cajas si no es de conjunto y está acompañada de la expropiación de las grandes empresas de la industria, la energía, la distribución, etc. para garantizar que se cubren las necesidades del conjunto de la población. Estas son medidas socialistas que se necesita implementar en el presente, para que los trabajadores no carguen con las privaciones que genera la crisis.
No hay contradicción alguna entre defender un programa anticapitalista consecuente y participar en la lucha cotidiana, limitada, defensiva o reivindicativa. Precisamente, sabiendo que ese tipo de luchas sólo pueden ganarse temporalmente y asimilando las experiencias actuales e históricas es como se puede evitar el caer en el error de recortarse el salario para satisfacer al patrón (como en SEAT) o entrar en el juego perverso de la competitividad entre trabajadores, que nos divide y debilita.
La lucha unitaria y radical, apoyada en la auto-organización de los trabajadores no es una garantía de victoria, pero es la mejor manera de plantar cara día a día al capital y también de defender el empleo existente.

Toni

15-03-09