Documento para debate. Propuesto a discutir en Red Roja

1. La quiebra del capitalismo internacional: un pozo sin fondo

El traslado de la crisis capitalista a los trabajadores a nivel internacional ha empujado de forma creciente a la resistencia a grandes sectores de la sociedad en todo el mundo. La protesta social y sindical se ha puesto en marcha, muchas veces por encima de la resistencia y titubeos de las burocracias sindicales y de los partidos parlamentarios que se autodenominan de izquierdas. La actividad de los movimientos de masas, impulsados en primer lugar por una juventud combativa y sin tradición política, ha insuflado nuevas fuerzas a luchadores con más tradición pero desgastados por años de traición de las direcciones sindicales y pasividad de los partidos parlamentarios. La presencia de este movimiento ha provocado rupturas y crisis en la izquierda extraparlamentaria. La izquierda combativa que se reclama defensora de los intereses de los trabajadores, de forma independiente del estado y de las burocracias, y que se reivindica anticapitalista está ante nuevas posibilidades y responsabilidades. Este breve documento plantea la necesidad de un debate dentro de esos sectores con el objetivo de generar un polo de reagrupamiento profundo. Un reagrupamiento que no gire en torno a una experiencia electoral, pasajera por definición. En nuestra perspectiva ese debate debería contribuir a la construcción de un frente de izquierdas para el combate por los intereses de los trabajadores y en contra de una salida capitalista a la crisis.

1.1 La profundización de la crisis capitalista
Desde la quiebra de los bancos de inversión y el estallido de la burbuja inmobiliaria en 2008 se ha descrito infinidad de veces la crisis del capitalismo, sus desencadenantes, los perversos detalles de la especulación y la acumulación de capital improductivo, los mecanismos que la han agravado estimulando el crédito hasta hacerla imparable… No vamos a abundar en ese tipo de descripciones pero si importa fijar algunas posiciones frente a distorsiones y lecturas interesadas en confundir –para luego conciliar- con el propio sistema capitalista.

1- La crisis actual no es nueva, ni empieza en 2008, se trata de un episodio de la crisis estructural del sistema capitalista que se procesa desde hace décadas cuyo trasfondo es la sobre-acumulación de capital y la caída de la tasa de ganancia sobre tan enorme masa de capital que no encuentra colocación rentable en la economía productiva pero necesita seguir expandiéndose hasta el límite.
2- Una vez que el capital financiero, representado por los bancos, grandes gestores de fondos y capitales más concentrados de la industria, se han apropiado de las rentas de los años futuros por medio del endeudamiento público y privado hasta el extremo de generalizar el riesgo del impago amenazando la propia estabilidad del sistema, incluyendo la economía productiva y la gobernabilidad de las instituciones burguesas (gobiernos, bancos emisores y organismos reguladores), el debate se sitúa en quienes y cómo pagarán las deudas. Mientras, la sospecha sobre la contabilidad real y la falta de confianza mutua bloquean el flujo de nuevos créditos, retrasan la inversión tendiendo al estancamiento.
3- El capitalismo genera su propia crisis, pero el beneficio siempre procede de la explotación sobre la fuerza de trabajo: todo el debate se centra en cómo hacer pagar a los trabajadores y los pueblos por las deudas que se les impusieron durante la supuesta fase de expansión económica: ese es el sentido de todos los planes de austeridad y de los debates sobre aumentos de competitividad.
4- En la UE hubo un primer rescate de bancos y cajas inyectando fondos públicos ante la emergencia de la crisis hipotecaria. La segunda fase, la crisis de las deudas soberanas de los países periféricos (Grecia, Irlanda, Portugal, España, Italia, …) de la zona euro es en el fondo también un asunto central del conjunto porque los tenedores de la deuda pública son los grandes bancos alemanes, franceses y holandeses, pero no hay capacidad política para imponer a los contribuyentes un segundo rescate bancario.
5- En estas condiciones, la estabilidad del euro y de la propia Unión Europea dependen de los planes de estabilización fiscal, es decir de subidas de impuestos y recortes de gasto público –sacrificando parte de las partidas sociales, empleo público, pensiones, sanidad, educación y obras públicas, etc.- hasta cubrir la deuda y los elevados intereses de los nuevos “apoyos” financieros necesarios para pagar los anteriores, ahogando de esta forma el crecimiento económico.
6- El desempleo masivo y el crecimiento nulo o débil seguirán durante bastantes años siendo característicos de los países imperialistas mientras la ventaja competitiva de los bajos salarios y la subida de precio de las escaseantes materias primas centra el crecimiento de forma transitoria en los países “emergentes”, donde se genera nuevo consumo y clases medias tendiendo a la equiparación de condiciones con las antiguas metrópolis dentro del mercado global. Sin embargo en la medida que la crisis sufre procesos de agudización la demanda de las materias primas cede y los precios de las mismas vuelven a bajar amenazando con fuertes salidas de capitales y desestabilización en los países denominados emergentes.

1.1 La Unión Europea: ¿hacia la gran Alemania?

La crisis de la deuda soberana ha puesto de manifiesto los límites y debilidades intrínsecas de la Unión Europea. De los tres motores de la economía, la producción para la demanda interna y externa, la política monetaria y la política fiscal, el primero y principal está casi parado por falta de demanda . El segundo, la política monetaria, está anulado internamente por la constitución de la moneda única y es inaccesible para los estados en vías de suspensión de pagos tanto la emisión monetaria como la vuelta a las antiguas monedas nacionales. Un proceso de ese tipo supondría una devaluación catastrófica y un congelamiento de los depósitos bancarios, algo políticamente inasumible por los respectivos gobiernos. Supondría inevitablemente la caída del gobierno que optara por esta opción. Y abriría un curso de crisis social aun mayor que el presente. No se puede sin embargo descartar que una alternativa de este tipo se precipite aun en contra de los propios intereses capitalistas más subordinados a la integración europea. Mientras, todo se centra, pues, en el tercer motor, la política fiscal para generar una base competitiva que permita el funcionamiento de la economía con extracción de plusvalías para hacer rentables nuevas inversiones a la vez que se asegura el pago de las deudas anteriores: es decir se trata de una sobreexplotación brutal, la liquidación de legislación social y laboral y el recorte drástico de las conquistas sociales históricas englobadas en el llamado “estado del bienestar”.

También se ha escrito mucho sobre esto y no es necesario insistir, pero si conviene destacar que en Europa se ha producido una carrera hacia el aumento de la productividad y la rebaja de los costes salariales así como de las cotizaciones empresariales. Unos países como Alemania y otras economías vinculadas a ella (Austria, Países Bajos) mantienen el empleo basado en las exportaciones, otros han caído debido al peso de la deuda, la concentración excesiva en el sector de la construcción o la baja competitividad industrial. Esto va a continuar con la masiva destrucción de capital, la quiebra de multitud de empresas y la subsiguiente concentración del capital.

Si el euro empezó siendo el marco cambiado de nombre que extendía su influencia, la crisis ha revelado los límites y contradicciones políticos de la UE: no hay unión económica posible con 27 políticas fiscales distintas. Alemania se niega a liderar el rescate de Grecia y demás países en quiebra potencial si no es bajo sus condiciones, aún a riesgo de que la situación se agrave hasta lo inmanejable. El BC y el FMI sólo recomiendan las mismas recetas de austeridad y “flexibilidad”: retraso de la edad de jubilación, la eliminación de complementos de antigüedad y desvinculación de los salarios respecto al IPC, es decir la competitividad obtenida por la vía del ataque puro a las condiciones laborales y sociales (salarios indirectos).

En estas condiciones, el estallido del euro no es descartable. La UE se juega su futuro sin opciones: o bien la disgregación en grupos de estados de distinto comportamiento económico o bien el reforzamiento del control alemán sobre las instituciones y la orientación general a su servicio de la economía de la UE. El pacto de competitividad también llamado “pacto del euro” es un paso en esta dirección. Merkel y Sarkozy alinean a las burguesías europeas bajo la dirección alemana para imponer los equilibrios presupuestarios acabando con la soberanía presupuestaria de los países miembros, intervención sobre la fiscalidad de las empresas para tratar de mejorar su competitividad, además de la imposición de criterios de salarios y de competitividad ya comentados.

1.2 Las fricciones inter-imperialistas y la quiebra de los equilibrios

El dólar norteamericano sigue siendo la moneda de referencia pero está cada vez menos respaldado por una economía hegemónica. El gran endeudamiento de EE.UU. llega hasta el punto de que sus propias agencias de calificación amenazan con rebajar la puntuación de su deuda pública si no se pone límite al déficit. La UE también tiene un desempeño crecientemente marginal en la economía mundial debido a la crisis financiera y al desplazamiento del crecimiento de la producción industrial a los países emergentes, China e India, pero también Brasil y Sudamérica, la recuperación de Rusia apoyada en el precio de sus exportaciones de materias primas y el crecimiento de otros muchos del Sudeste asiático como Indonesia, en Asia central y Occidental como Turquía desafían el orden económico establecido desde la segunda mitad del S.XX.
La emergencia de la crisis y la competencia exacerbada por el control de las materias primas y la recolonización de Africa están redibujando los mapas de reparto imperialista, donde el peso del capital financiero es más importante que la influencia militar.
El sueño de Bush de una hegemonía militar norteamericana duradera se erosiona rápidamente con las intervenciones de Irak y Afganistán. La OTAN en Libia de la mano de Francia abunda en este impasse: la guerra es una perspectiva pero ya no son inamovibles las estructuras y alianzas históricas, sus límites y divisiones afloran paralelas a los distintos intereses económicos de los viejos estados nacionales neutralizando y complicando la diplomacia. Cada vez se celebran más cumbres internacionales y con resultados menos relevantes, nuevos actores quieren participar e influir sobre los problemas históricos que el imperialismo ha sido incapaz de resolver en un siglo –justamente debido a que el capitalismo ya no aporta un carácter progresivo ni es capaz de un desarrollo generalizado de las fuerzas productivas- y trata de mantener estructuras y privilegios de clase con la represión y la limitación de libertades democráticas y derechos nacionales- cuando no es atacando pura y llanamente las conquistas sociales de los trabajadores y los pueblos.

1.3 El debate sobre la salida de la crisis: no hay solución reformista

Es un lugar común de todos los reformistas –la “izquierda” del sistema, incluidos algunos que pasan por formar parte de una “extrema izquierda” transformadora, el buscar soluciones en una redistribución de la riqueza. Achacan al neoliberalismo la responsabilidad de la deriva parasitaria y especulativa del sistema capitalista y pretenden hacer correcciones o reformas para regularlo y “humanizarlo” o “socializarlo” ante la evidencia que los grandes capitales escapan a todo control y fiscalidad e incluso corrompen gobiernos, parlamentos e instituciones supranacionales.
Una vez más se planteó hace dos años la “refundación del capitalismo” cuando se asomaron al abismo de las deudas y las quiebras bancarias. Y se habló de estímulos de tipo keynesiano para restablecer los niveles de producción y consumo… sin que se concretase otra cosa que el salvamento del capital financiero a base de sacrificios presupuestarios públicos. La etapa actual de la crisis, la de la “deuda soberana” transcurre bajo las mismas condiciones que entonces y con los mismos causantes de la crisis, de nuevo encargados de recuperar la economía.
El viejo debate entre reformistas y revolucionarios se plantea de nuevo, sólo que esta vez hay experiencias generales y cercanas que avalan clamorosamente la necesidad de cambiar el sistema por otro que permita satisfacer las necesidades de la mayoría de la Humanidad.
¿Por qué no es posible un distribución distinta de la riqueza y un desarrollo regulado y más equitativo de la economía capitalista? Las razones no están en criterios morales perversos, intereses espúreos o vicios democráticos que pudieran corregirse con la presión de la mayoría, sino en el mismo funcionamiento del sistema.
La crisis financiera y su causa inmediata, la especulación hipotecaria y crediticia, fueron causadas por una inmensa acumulación de capital –producto de expropiación de una porción creciente de las plusvalías de la riqueza generada con el trabajo-. Precisamente generó los mercados de capitales porque la especulación y las deudas públicas y privadas eran el único modo de mantener las tasas de beneficio sobre la masa de capital acumulado que ya no podía encontrar una vía de reproducción acumulada en el circuito de la producción y el consumo… hasta alcanzar su propio límite que le obliga a la destrucción masiva de fuerzas productivas para volver a funcionar y acumular del único modo que puede hacerlo: la inversión rentable tras la recuperación de la tasa de beneficio.
Mientras tanto, durante la fase recesiva o de crecimiento casi nulo, la única manera para “mejorar la competitividad” es decir aumentar el beneficio es rebajando costes salariales e impuestos (un estudio reciente demuestra la rebaja continua del impuesto de sociedades en toda la UE hasta niveles inferiores al 10%) es decir recortando los salarios indirectos. Aún más grave es la dificultad para crear nuevos puestos de trabajo que absorban el paro, porque no sólo es necesario que la tasa de beneficio se haya recuperado para estimular nuevas inversiones en la economía productiva, sino que además es obligatorio que el crecimiento de la capacidad productiva rebase los avances de la productividad de los empleos existentes.
Limitar los dividendos por ley, obligar a la inversión en sectores no productivos, redistribuir los beneficios por medio de aumento de salarios o de los tipos impositivos son medidas temporales o directamente inaplicables bajo el sistema –que jamás invierte sin expectativa de beneficio- y que recupera inmediatamente con el manejo de la política monetaria y la inflación todo lo que se ha visto obligado a ceder bajo presión social.
Para escapar al ahogo mortal de la sobre-acumulación de capital que no puede invertirse a una tasa de beneficio sostenida, sólo cabe cambiar el sistema y no reformarlo. En última instancia, sólo una posición revolucionaria defiende consecuentemente los intereses de los trabajadores, mientras que toda componenda hace el juego al sistema y esteriliza los esfuerzos del movimiento hacia reformas ilusorias.

2. Estado español. Crisis económica, agotamiento político y fractura social

2.1 La quiebra del “estado del bienestar”

La debilidad estructural de la economía española, que había acentuado la concentración de la población activa en la construcción y los servicios turísticos durante los años de expansión especulativa y la dependencia de las importaciones energéticas a precio disparado, ha dado también una afectación mucho mayor de la crisis que en el entorno de la UE. Los porcentajes de desempleo en torno al 20% (en caso de los jóvenes hasta el 40%), y la destrucción de cientos de miles de empleos en su mayoría sin protección por tener contratos precarios que no se han renovado a su término o bien han sufrido despidos con irrisorias indemnizaciones, han destruido la confianza y parte del consumo de masas. Los cinco millones de parados, muchos de ellos con la prestación de desempleo agotada y sin perspectivas ha extendido también el miedo a quedarse sin trabajo de los demás, y todas sus secuelas sociales (mayor precarización del empleo, retorno de algunos inmigrantes, fuga de cerebros, trabajo en negro y abusos de todo tipo a los colectivos más vulnerables incluyendo mujeres y jóvenes).
Como resultado, ha crecido la fractura social, aumenta el diferencial del abanico salarial y se reduce la base social de “clase media”, trabajadores autónomos y pequeños empresarios más un sector de trabajadores con empleo fijo y condiciones salariales anteriores a la batería de reformas laborales, sobre la que se sustentaban tanto el mal llamado “estado de bienestar” como el electorado principal de los dos partidos centrales del régimen, PP y PSOE.
Los recortes sociales y presupuestarios implantados a toda prisa (salud, educación, cultura, transportes, empleo público, pensiones…) contra toda promesa o compromiso y, junto con las consabidas corruptelas, han hecho el resto para generar un proceso de desconfianza social y deterioro de la confianza política en el arco parlamentario entero. Partiendo además de una democracia de boquilla, lastrada por las instituciones heredadas del franquismo y los irresueltos problemas nacionales cuyo modelo burgués de “Estado de las Autonomías” se ha agotado sin dar satisfacción ni a unos ni otros y ahora está además en franca regresión a caballo de los recortes presupuestarios y su lectura partidista.
A la preocupación por la escasez de empleo y la inestabilidad del que subsiste hay que sumar una creciente irritación social por la crisis de la vivienda ya que la caída de la actividad ha vuelto impagables una gran parte de las deudas hipotecarias y créditos de vivienda tomados con tasaciones artificialmente elevadas. La amenaza de desahucio y el abuso de la legislación hipotecaria que no permite la dación de la vivienda en pago de la deuda han generado un problema social de primer orden en el país de Europa que más viviendas vacías acumula –y apenas ha construido vivienda social- en los últimos diez años. Vista con perspectiva, la principal actuación del gobierno Zapatero en el contexto económico abierto desde el otoño de 2007 es el desembolso de fondos públicos para el rescate de entidades del sistema financiero, incluida la intervención directa de dos cajas, para facilitar su posterior venta a la gran banca, siguiendo el modelo común de los gestores capitalistas: privatización de los beneficios y socialización de las pérdidas. El PSOE y la izquierda del sistema han acabado de desacreditarse con las reformas antisociales, abriendo un enorme espacio a la crítica por la izquierda, que se expresa en la resistencia obrera y las manifestaciones populares contra todos los políticos..

El contexto político de las elecciones anticipadas
Hemos visto desde 2007 como en todo el ámbito de la UE la ilusión del crecimiento sostenido y la ampliación del espacio único de “derechos y libertades” daba paso a un improvisado plan de desmantelamiento del “Estado de Bienestar” en varias fases, siempre con la excusa de su defensa y consolidación, para acomodarlo a la competencia global del resto del mundo –donde nunca ha existido más que en proyecto-, es decir liquidar en nombre del mercado las conquistas sociales del siglo XX en el conjunto de Europa.
Este plan se publicita además como la “única alternativa posible” frente a la dictadura de los “mercados”. Todos los partidos del sistema se pliegan a este nuevo dogma tomado por incuestionable y se aprestan a modificar presupuestos y legislaciones –incluso la Constitución- a instancias de las agencias de rating, las necesidades de liquidez de los bancos y las imposiciones de los organismos supranacionales (BCE, FMI y Consejo de la UE). La característica de estas vacas sagradas de la política es que no se someten al sufragio universal y pueden servir abiertamente los intereses del Capital sin coste político inmediato, revestidos de un halo de cientificidad y expertise que les da su status por encima de derechos nacionales y sociales y del control de los pueblos afectados.
La construcción de la UE se ha hecho a favor de los enemigos de la democracia y la soberanía popular, grandes empresarios y monopolios, bancos e imperios financieros, cadenas de comunicación, inmobiliarias y de distribución, que han rediseñado los partidos del sistema, la administración y las instituciones para eliminar los controles democráticos y los criterios fiscales conquistados con la lucha popular.
En el Estado español se concreta en el ascenso descarado de los medios de comunicación ultraderechistas, la permanencia del aparato judicial de raíz franquista y las presiones constantes a favor de los privilegios de la Iglesia católica y contra los derechos de las nacionalidades por la vía del ahogo económico y del bloqueo estatutario. La crisis económica y las amenazas sobre la deuda soberana constituyen la excusa perfecta para que el PSOE justifique el giro reaccionario y haga causa común con el PP en torno al programa españolista y de inserción imperialista de la burguesía española.
Este programa no escrito constituye una propuesta de relectura de la Transición, tanto respecto al agotado modelo de Estado de las Autonomías, como una revisión en clave reaccionaria de los elementos de pacto social y político que contiene la Constitución de 1978 y el desarrollo legislativo amparado en ella. Tratan con esto de garantizar una política basada en la desigualdad económica (con regresión impositiva y pérdida de soberanía fiscal) y la precariedad laboral, la marginalización de los interlocutores sociales (sindicatos y organizaciones de izquierda) minimizando la capacidad negociadora de CC.OO. y UGT y ninguneando su representatividad. Además, en aras de hacer caja y de equilibrar el déficit público se pone en venta lo que queda de patrimonio público, se liquida el modelo de las cajas de ahorro abriendo su cuota de mercado a los bancos nacionales y extranjeros tras sanear las deudas con apoyo público, se confirma el avance de la sanidad y la educación privada sobre los criterios de servicio público y produce una regresión de las normativas de protección de los bienes culturales y naturales, facilitando nuevos y devastadores negocios a costa del medio ambiente y el patrimonio cultural.
Pero ese giro reaccionario no se puede imponer sin resistencia. La genuflexión del gobierno Zapatero desde Marzo de 2010 ante la presión del capital financiero imponiendo el paquete de reformas y recortes ha desgastado completamente a un gobierno débil y desacreditado –por mucho que se esfuerza en “explicar” las bondades de los ataques sociales, el propio desarrollo de la crisis desmiente sus tesis pedagógicas y no sólo no se crea empleo sino que se destruye aún más cuanto más se “flexibiliza” la normativa y se precarizan las condiciones laborales.
En estas condiciones, la Huelga General del 29-S, las luchas sectoriales siguientes y finalmente, el surgimiento del Movimiento del 15-M han agotado las posibilidades de maniobra del gobierno PSOE, obligándole al anticipo electoral. Por primera vez desde la transición, un movimiento independiente, autoorganizado asambleariamente ha tomado el primer plano de la actualidad, cuestionando globalmente la agenda política y a todo el arco político además de despreciar a las burocracias sindicales y rechazar todo control externo. Las elecciones municipales y autonómicas del 22-M pasaron a segundo plano frente a las acampadas y el ascenso de la juventud movilizada que conectó rápidamente con las diversas resistencias sectoriales.
Las propias elecciones dieron la puntilla al proyecto “socialista” de secuestro de la izquierda para hacer la política del capital. El aparato político del PSOE experimentó el mayor retroceso de su historia ya que gran parte de sus votantes prefirieron abstenerse antes que respaldar los ataques a los derechos sociales. El aparente progreso del PP no es un gran avance en votos sino la ocupación del espacio político que representa mejor con su proyecto netamente regresivo. Mientras, crece la polarización social y se preparan nuevos choques de clase, sólo que esta vez pesará menos el estorbo de los aparatos burocráticos y la integración de la izquierda parlamentaria en el sistema.
Las próximas elecciones del 20-N no podrán abrir un escenario distinto ni apenas generar ilusiones en una alternativa parlamentaria, visto que PP y PSOE comparten las líneas generales del mismo programa (la última demostración es la reciente presentación de una reforma constitucional consensuada para limitar el déficit y condicionar los presupuestos estatales y autonómicos). Es evidente a estas alturas que ni Rubalcaba ni Rajoy tienen, ni pueden tener, soluciones a la crisis distintas de los recortes sociales y fiscales pro-cíclicos exigidos por los “mercados” financieros y que tienden a agravar la situación.
Por otra parte, aunque en este momento está en primer plano la presión sobre la deuda soberana y la falta solvencia de los bancos, subsisten todos los problemas históricamente heredados, las diferencias interburguesas agudizadas por la crisis (nadie quiere pagar por los excesos de los demás) y sobre todo el conflicto irresuelto de las nacionalidades, que la deriva reaccionaria del estado va a enconar todavía más.
El alto el fuego de ETA y la aparición de Bildu con un resultado abultado en el 22 M ponen en cuestión el modelo autonómico limitado y represivo. La cuestión se reabre públicamente con todos sus elementos encima de la mesa (Ley de Partidos, pacto antiterrorista, instituciones, tratamiento de víctimas y presos políticos…). El PSOE no es monolítico tampoco en este terreno ni tiene una política alternativa a la represión, una vez fracasado el pseudo modelo federalizante y agotado el margen constitucional para el recorrido de los nuevos estatutos de autonomía como el de Catalunya. No hay encaje para las burguesías nacionales y PNV, CiU o BNG estarán obligados a definirse ante un proyecto que comprime y relega sus posibilidades de desarrollo particular.
La cuestión para el movimiento obrero y popular es saber articularse aprovechando las contradicciones del capital. Recoger las reivindicaciones sociales, democráticas y nacionales en un programa de acción para aunar esfuerzos y converger en las luchas, poniendo en primer plano la defensa del empleo, la vivienda, la educación y la sanidad públicas, organizándolo a partir del profundo surco abierto por el movimiento del 15-M.
En torno a este movimiento se plantea la reconstrucción del tejido social y sindical de la izquierda fuera de la influencia de los colaboracionistas de clase. El debate sobre la necesidad y contenido de una nueva Huelga General para este otoño, la táctica ante las próximas elecciones generales y la elaboración de un programa alternativo para el movimiento de masas son tareas inmediatas que la situación va a imponer a un reagrupamiento político con voluntad de superar el sistema.

Keynes ha muerto, pero algunos siguen sin enterarse.
Con el agravamiento de la crisis queda demostrado que el derrumbe del capitalismo “neoliberal” no puede curarse con dosis de keynesianismo. Con el crack financiero de 2008 los gobiernos capitalistas de todo el mundo corrieron presurosos a vaciar las arcas públicas para socorrer a los bancos y las multinacionales. Unos hablaron de refundar el capitalismo, otros de que había que crear los mecanismos para que no volviera a ocurrir: pura cháchara destinada a engañar a los tontos y a los que querían ser engañados. El capitalismo no puede ser reinventado, ni humanizado. El rostro brutal del “neoliberalismo” es la única forma que puede adoptar el capitalismo en su etapa senil. La plusvalía debe de continuar multiplicándose para que el sistema no se hunda, aunque sea a costa de liquidar el “estado del bienestar”, globalizar la miseria y destruir el planeta.
La intervención de los gobiernos en ayuda de la banca ha agudizado la monumental crisis fiscal, de la que nadie sabe cómo salir. Las arcas públicas están vacías y la deuda pública se ha disparado. En USA se ha pasado del 40 al 100% del PIB y continua (Obama advierte de un nuevo crack mucho peor que el anterior, si el senado no aprueba un mayor endeudamiento), en el estado español ha pasado del 30 al 80%. Grecia que se ha convertido directamente en una colonia franco alemana, trata de alejarse de la bancarrota vendiendo los muebles… hasta después del verano. La intervención estatal no sólo no ha contrarrestado la crisis, sino que le ha dado un terrorífico nuevo impulso. La amenaza de quiebra de los bancos se ha trasladado a la amenaza de quiebra de los estados. En un momento en el que caen los ingresos fiscales, el paso siguiente es el recorte de los presupuestos públicos (sanidad, educación…), el aumento de los impuestos que gravan el consumo y que recaen principalmente sobre las clases populares, una nueva oleada de privatizaciones y… el ajuste social.
La izquierda y la derecha del sistema se dan la mano. Su objetivo es el mismo: la preservación del capitalismo. La izquierda keynesiana oculta que la intervención del estado y el aumento del gasto social, en un momento en el que se reducen drásticamente los ingresos fiscales, provoca el aumento desmesurado del déficit y vuelve impagable la deuda. La derecha neoliberal disimula que con el recorte de las ayudas y los subsidios crece la pobreza y el desempleo, y agrava la caída de los ingresos, convirtiendo también en impagable la deuda. Todos los caminos conducen a Roma. La derecha y la izquierda capitalistas ofrecen el mismo producto con envoltorios diferentes, pero el final es el mismo: la generalización de la miseria y el recorte de los derechos de los trabajadores y las clases populares.
La izquierda del sistema lloriquea exigiendo un reparto equitativo de los sacrificios, consciente de que el capitalismo, en lucha por su supervivencia, no está dispuesto a ceder un ápice en su lucha contra los trabajadores. Tal como dijo un alto ejecutivo del FMI: lo que está pasando es lo que ustedes llaman lucha de clases, y la estamos ganando.
El endeudamiento de los estados amenaza con hacer saltar por los aires el mecanismo de drenaje que entrega el dinero de los impuestos a los grandes capitales. Un nuevo crack puede hundir al mundo en una nueva era de barbarie.

La burocracia sindical en su laberinto.
Tras la última huelga general, la burocracia de CCOO y UGT enterró el hacha de guerra que en realidad nunca llegó a desenterrar. Se limitó a lanzar amenazas vacías y convocar manifestaciones, en las que apenas movilizó a sus cuadros, contra la modificación del sistema de las pensiones y la reforma laboral, mientras con la boca pequeña abría conversaciones con el gobierno y la patronal, e intentaba endulzar los nuevos ataques para hacerlos más tragables a los trabajadores. Pero ni por éstas. La patronal, seriamente presionada por la crisis, está dispuesta a llevar hasta el final su ofensiva contra los salarios y los derechos de los trabajadores, aunque ésta acabe incendiando el estado. Su supervivencia en el mercado internacional está en juego.
La burocracia sindical es una casta parasitaria que se ha nutrido desde sus orígenes de la intermediación entre trabajadores y empresarios. Generosamente subvencionados por los distintos gobiernos capitalistas, han dejado que la situación se pudriera sin hacer nada para impedirlo. Las consecuencias están ahí: cerca de cinco millones de parados y casi la mitad de los trabajadores con empleos precarios (el resto ya puede ser despedido sin grandes costes para la patronal).
El derrumbe capitalista los puso entre dos fuegos, entre una ofensiva patronal que exige más y más, para poder sobrevivir en su pugna por los mercados, y el creciente malestar de los trabajadores, que ven como sus derechos y conquistas son abiertamente cuestionados. No van a ir más lejos, porque son conscientes de que sus privilegios y prebendas dependen de su utilidad como apagafuegos. La burocracia sindical está atada de pies y manos al capitalismo, y no contempla ninguna alternativa ajena a éste. Cualquier movilización queda supeditada a la negociación con el gobierno y los empresarios. La burocracia moviliza para revalorizar sus cartas en la lucha de clases, consciente de que su supervivencia depende de éstas. El problema es que el incendio provocado por el derrumbe capitalista amenaza con írseles de las manos.

El nacimiento de los “indignados”. ¿Porqué un movimiento “reformista” tiene potencialidades revolucionarias?
El movimiento del 15-M no nace por una casualidad histórica, sino que es consecuencia del agravamiento de las contradicciones insalvables del capitalismo, y por consecuencia de una acentuación de la lucha de clases. No es un fenómeno local o estatal, sino que forma parte de un vasto movimiento internacional que se levanta contra la brutal ofensiva del capital en todo el mundo. Las revoluciones democráticas en los países árabes y el movimiento de los indignados en el estado español, Grecia y Portugal forman parte de la respuesta popular a la profundización del derrumbe capitalista. Por supuesto, en cada lugar adopta su propia forma, dependiendo de la historia, de la cultura y de las características que allí adopta la ofensiva capitalista. Mientras en Túnez y Egipto la causa primera es la subida del precio de los alimentos, provocada por una burbuja especulativa; en Europa la chispa que enciende el polvorín son los recortes draconianos que impone el capitalismo a través de sus agentes en Bruselas, sobre los derechos sociales, laborales y económicos de los trabajadores y las clases populares y en USA empiezan a multiplicarse las protestas contra los recortes de derechos laborales en numerosos estados. Mientras en un lugar se lucha contra las dictaduras corruptas y cómplices del imperialismo, en Grecia y el estado español se reclama una verdadera democracia frente a la dictadura de los mercados, es decir, del capital. La respuesta es espontánea: mientras en los primeros países las dictaduras no han permitido la existencia de alternativas estables y con influencia de masas, en los segundos la izquierda del sistema hace tiempo que se ha subordinado por completo a los planes del gran capital, y la izquierda anticapitalista está reducida a una pequeña minoría que hasta ahora no ha sido capaz de influir en las masas.
Concretamente, en el estado español hay casi cinco millones de parados, más del 40% de los jóvenes sin trabajo, ni perspectivas de tenerlo. La precariedad se generaliza. Los pocos que consiguen un puesto lo hacen en pésimas condiciones. Hace unos años el mileurismo era el signo de la decadencia de los salarios, ahora es casi un lujo. Los que todavía tienen la suerte de tener un puesto de trabajo fijo ven como se abarata el despido, se les presiona para que acepten la congelación de los salarios bajo la amenaza de despido en un momento en que el despido cuesta cada vez menos. Los funcionarios (o los que sin serlo tienen la mala suerte de trabajar en empresas ligadas a los servicios públicos) ven como se les recorta directamente los salarios. Se liquidan los derechos laborales y se vacían de contenido los convenios. Progresivamente se desmantela la educación y la sanidad. Se congelan las pensiones y se atrasa la edad para la jubilación. Aumentan los impuestos que pagamos todos por igual, mientras se eliminan los que gravan las grandes fortunas. Se ayuda con dinero público a los bancos y a las multinacionales, mientras se les deja seguir especulando y enriqueciéndose a costa del erario público. Se expulsa a miles de trabajadores por el simple hecho de haberse quedado sin trabajo y no poder pagar la hipoteca… No solo las causas del nacimiento de los indignados son objetivas, sino que sorprende que haya tardado tanto en estallar y que la masiva simpatía que despiertan, todavía no se haya convertido en rabia activa, por parte del resto de la población trabajadora.

¿Por qué es “reformista” el nuevo movimiento?
El nuevo movimiento es “reformista” porque no puede ser de otro modo. Nace de las condiciones históricas y sociales realmente existentes, y no de lo que les gustaría a algunos izquierdistas que se indigestaron con el marxismo. Después de décadas de retroceso en la conciencia de clase, de una izquierda que traicionó a los trabajadores para convertirse en el más sólido sostén político del sistema, la conciencia social del 15-M no podía ser otra. Defiende un programa de reformas democráticas del sistema, para que el poder político esté realmente controlado por la sociedad, y no por los poderes fácticos del capitalismo. Reivindican transparencia en la gestión pública y denuncia la corrupción generalizada que se ha instalado en las administraciones y reclaman que la crisis no la paguen los de siempre. Sin embargo el programa real de los indignados apunta sin saberlo contra el corazón del sistema capitalista. Fruto de la respuesta a la brutal ofensiva del capitalismo, su programa ataca el intolerable crecimiento de la desigualdad social, donde unos pocos se enriquecen ostentosamente a costa de la generalización de la pobreza y la negación de un futuro digno para las futuras generaciones. El programa de los indignados nace contra el pesimismo y la resignación que se han instalado en la cabeza de amplios sectores de la población, contra la idea de que todo lo importante se decide muy por encima de la voluntad popular. Exigiendo una “democracia real” está pidiendo lo que el sistema no puede dar, pone en cuestión la dictadura del capital, y parafraseando a Marx, exige tomar el cielo por asalto.

¿Dónde está la clase obrera?, ¿qué queda del viejo movimiento obrero?
La falta de capacidad de la clase obrera a nivel internacional merece un tema mucho más extenso que lo que nos podemos permitir en este documento. Sería importante que analizáramos sin prejuicios ni dogmas los cambios que se han dado en las últimas décadas, por lo menos en Europa. En cualquier caso no estamos planteando que el sujeto histórico sea otro, sino que se ha transformado, el proletariado industrial que se organizaba en grandes concentraciones industriales en la primera mitad del siglo XX ya no existe, o por lo menos en su mayor parte se ha trasladado a América y Asia. Podríamos decir que aquel viejo proletariado se ha transformado en lo que podemos llamar “trabajadores”, obreros que venden su fuerza de trabajo (cuando pueden) en pequeñas industrias al servicio de las multinacionales, en el sector servicios (maestros, personal sanitario, conductores de metro y autobuses…), en trabajadores cualificados… casi todos ellos trabajando de forma dispersa, en pequeñas instalaciones, en pequeñas fábricas, o en pequeñas oficinas. En nuestro país estos cambios han ido acompañados de circunstancias que han agravado el problema: cinco millones de parados, la mitad de los que trabajan lo hacen de forma precaria. La izquierda tradicional, la socialdemocracia y una gran parte de los viejos partidos comunistas se pasó con armas y bagajes al campo de la burguesía, aceptando que vivíamos en el mejor de los mundos posibles (el estado del bienestar), o defendiendo que el socialismo había fracasado y que el capitalismo todavía tenía cuerda para rato. En el campo sindical, la burocracia de los sindicatos mayoritarios impuso un control férreo de las organizaciones, liquidando cualquier resto de democracia asamblearia que pudiera sobrevivir, para ponerlo todo en manos de un aparato generosamente subvencionado por el estado capitalista. El miedo a perder el trabajo y la falta de alternativas creíbles en el seno de los sindicatos han creado un clima de pesimismo y apatía, que costará de superar.

¿Tiene capacidad el sistema capitalista para absorber y neutralizar el movimiento del 15M?
En eso se concentra la potencialidad revolucionaria del movimiento de los indignados. Durante décadas la conciencia de los trabajadores fue adormecida por la izquierda del sistema y por la capacidad de éste de suavizar los aspectos más agresivos de su explotación (sociedad del bienestar). En cualquier caso el yugo más pesado de la explotación recayó sobre los trabajadores de los países coloniales y semicoloniales. El imperialismo en su esplendor drenaba enormes cantidades de riqueza hacia Europa, USA y Japón, lo que les permitía dejar caer algunas migajas de la mesa, para comprar la estabilidad social y económica en las metrópolis.
El derrumbe capitalista ha tenido la virtud de acabar con ese orden de cosas. Ya no hay migajas con las que comprar la estabilidad social, todo, absolutamente todo tiene que ir destinado a la supervivencia del gran capital. El estado del bienestar va siendo progresivamente desmantelado, el sistema de pensiones peligra y se recorta, los derechos laborales que creíamos ampliamente consolidados, como es la negociación y la ultraactividad de los convenios, o el vínculo del crecimiento de los salarios con la inflación, todo está siendo cuestionado, para tranquilizar a los “mercados”.
Pero para poder imponer el control más absoluto sobre los trabajadores y las clases populares, el capitalismo necesita de una “clase política” ampliamente corrupta y sumisa, dispuesta a hacer lo que haga falta en beneficio de los grandes capitales. La corrupción es el aceite que engrasa la máquina política del capitalismo. Los políticos saben que tienen que darlo todo por el amo, hasta llegar si hace falta al suicidio político (después ya se les recompensará generosamente colocándolos en puestos bien remunerados de la administración, o en algún alto consejo de alguna gran empresa).
El sistema “democrático” del capitalismo senil no tiene capacidad para asimilar el programa de los indignados, ni siquiera en sus aspectos más ingenuos y elementales. ¿Transparencia?, ¿control de la ciudadanía?, ¿consultas populares? ¡Imposible!. Todo eso apunta directamente al corazón del sistema, pone en evidencia la dictadura camuflada en la que vivimos. El PSOE y la izquierda del sistema (IU, ICV, ERC…) en bancarrota pueden coquetear con ellos, decir que les comprenden, e incluso opinar que algunas de sus reivindicaciones son sensatas y posibles, y les recomiendan que busquen aliados (ellos), pero son conscientes de que no tienen margen de maniobra y que no tienen nada que ofrecer.
Cuando al candidato socialista le preguntaron si se consideraba monárquico o republicano, Rubalcaba se creyó muy inteligente escapándose por las ramas y declarándose “constitucional”. Queda claro, el PSOE no está dispuesto a cuestionar ninguno de los pilares del sistema de la transición. Su “constitucionalismo” no es más que la bandera de la defensa del sistema político que ha adoptado el capitalismo, tal como los grandes grupos de poder, han querido que sea. Sin embargo, tampoco los grupos situados a la izquierda de la socialdemocracia están dispuestos a ir demasiado lejos en esa dirección, porque perderían su credibilidad política como socios de un eventual futuro gobierno de izquierdas, (municipal, autonómico, nacional o estatal). Como ejemplo un botón, Los dirigentes de IU se han subido por las paredes, ante la rebelión de sus bases en Extremadura, porque no querían ser, una vez más, los palancaneros del PSOE, a cambio de la entrega de algunas parcelas de poder en el gobierno autonómico. El discurso de simpatía hacia los indignados estaba muy bien antes de las elecciones, para la captación del voto de los despistados, pero al día siguiente tocaba el reparto de las prebendas. Los dirigentes de la izquierda del sistema (IU, ICV, ERC) defienden una eventual alianza con el PSOE, con el pretexto de impedirle el paso a la derecha, sin embargo eso no les impidió mantener sus acuerdos en Euskadi (cuando formaron parte del gobierno con el PNV y EA), ni del Tripartito en Catalunya (cuando se aplicaron los recortes salariales y sociales dictados por el gobierno de Zapatero, a las órdenes del gran capital). Parece que las bases de IU en Extremadura, no lo habían entendido de la misma forma.
Los términos “izquierda” y “derecha” se utilizan de forma oportunista, para esconder su subordinación a los planes del gran capital. Hay que denunciar que tanto el PSOE, como el PP (o CiU) no son más que instrumentos políticos que representan los intereses del gran capital. Independientemente de sus orígenes y su historia, hoy en día sus diferencias son tan sólo de forma.
Virar hacia la izquierda sí, pero siempre y cuando no se traspasen las fronteras del sistema. Marx fue sustituido por Keynes, mientras en sus programas políticos la lucha por el socialismo daba paso a la reivindicación de una idea reaccionaria y utópica de un capitalismo con rostro humano, que no ha existido nunca, ni puede existir.

¿Cuáles son las perspectivas?
El movimiento del 15M tendrá que hacer su experiencia, comprobar cómo hasta sus reivindicaciones más elementales son burladas y desoídas por la democracia del capital. La propuesta de asumir algunas de sus demandas quedará en nada, a lo sumo en algunos cambios cosméticos, que no cambiarán la realidad. La acentuación de la ofensiva del capitalismo contra los trabajadores y las clases populares, y la frustración que genera, provocará la radicalización. El capitalismo no tiene ninguna intención de ceder ni siquiera la más pequeña parcela de su poder, sino es arrancado por la lucha y la movilización. A lo sumo, y si no tiene más remedio, intentará desviarlo y neutralizarlo para que sea absorbido y deje de ser una amenaza. Combinarán la represión y las campañas de desprestigio, con los intentos de dividir al movimiento, cooptando a los sectores más atrasados hacia el populismo de extrema derecha.
Mientras las causas que han despertado a los indignados sigan existiendo y tiendan a agravarse, el movimiento no puede ser destruido sino es imponiendo una derrota definitiva a los trabajadores y las clases populares, circunstancia que hoy por hoy está lejos de poder provocar. Cualquier revés o retroceso, sólo puede ser temporal y volverá a brotar después, más radicalizado y con mayor experiencia. La ofensiva del capital no puede hacer otra cosa que alimentar y expandir las bases sociales de los indignados. En la actualidad, el grueso de los trabajadores y de las clases populares ven con simpatía el movimiento del 15M, pero todavía adoptan una actitud pasiva. Sin embargo el agravamiento de la penuria de las condiciones materiales los conduce inevitablemente hacia la lucha y la movilización contra el capitalismo.

La encrucijada del movimiento anticapitalista.
El movimiento anticapitalista tiene una causa común: la lucha contra el capitalismo; pero su propia heterogeneidad le impide poder presentar un proyecto común. Mientras unos, como ATTAC, apuntan hacia una profunda reforma del sistema que le impida desarrollar sus aspectos más depredadores y perversos (capitalismo con rostro humano), otros defendemos su definitiva liquidación y su sustitución por un sistema social y económico al servicio de los trabajadores. Pero incluso los que pretendemos acabar con el sistema, tenemos diferencias insuperables. La unidad del movimiento anticapitalista sólo puede lograrse con la colaboración y la participación en los nuevos movimientos sociales que surgen como consecuencia de la crisis.
La cuestión que deberíamos plantearnos es si estos movimientos sociales pueden, por sí solos, conseguir sus objetivos, como defienden los sectores anarquistas o autónomos, que sobrevaloran la capacidad del espontaneísmo de las masas. La experiencia histórica nos da la respuesta: Por sí solo los movimientos no tienen salida y se estrellarán contra las “líneas rojas” del sistema.
¿Cómo podemos activar y desarrollar la conciencia de clase? Partido y movimiento son dos cosas distintas que se interrelacionan y que son necesarias. Un partido sin un movimiento que lo nutra y lo empuje está condenado a la esterilidad política. Un movimiento sin partidos, ni corrientes organizadas en su seno, que propongan una línea a seguir, no puede enfrentarse con posibilidades de éxito a la ofensiva capitalista y se desgranará ante los primeros embates de ésta, o será desvirtuado por los defensores del capitalismo con rostro humano.
Lo que nosotros planteamos es una organización política abierta a las corrientes y grupos que defienden la necesidad de acabar con el capitalismo y construir el socialismo. Una organización con un funcionamiento democrático, donde las bases propongan y discutan el programa político y las acciones que se deben llevar a cabo. Una organización que permita en régimen de igualdad y fraternidad dirimir las diferencias políticas, con libertad de expresión y publicación, y con derecho de tendencia. Una organización donde la base sea soberana y pueda controlar a sus dirigentes, que nazca de los barrios de las ciudades, de los pueblos, de las fábricas y de las empresas.

El partido revolucionario.
Tal como decimos más arriba, ese partido anticapitalista no puede desarrollarse sin la existencia de un movimiento social mucho más amplio. En el seno de la alianza de los trabajadores y las clases populares, su función será la de ayudar a fomentar la conciencia de clase y la lucha por el socialismo, no como amo y señor del movimiento, no como “custodio de la verdad revolucionaria”, sino ganándose día a día su influencia como sector más decidido en la defensa de los intereses del conjunto de los explotados.
Tenemos que aprender de nuestra experiencia y de nuestros errores. Sabemos, porque lo hemos sufrido en nuestras propias carnes, lo que no queremos hacer. Somos conscientes de que utilizando los mismos métodos de siempre, llegaremos al mismo sitio de donde salimos y juramos nunca más volver. Hemos de combatir los viejos métodos y los vicios que desvirtuaron los viejos movimientos revolucionarios. Tenemos una amplia experiencia de adonde nos lleva el sectarismo, el aparatismo y el maniobrerismo de los pequeños aparatos: a la esterilidad política y a las viejas capillitas que no inciden en la realidad, ni le importan a nadie. Pero también hemos aprendido que no podemos adaptarnos a las ilusiones que arrastra el movimiento, como consecuencia de la intoxicación y de la penetración de la ideología burguesa en el seno del movimiento obrero.
Aprender del pasado, y en una palabra, ser marxistas, implica una guerra sin cuartel a los viejos dogmas que ya no sirven. Eso no quiere decir partir de cero, sino ser capaces de cuestionarlo todo, de analizar en cada momento adonde queremos llegar, y cómo hay que hacerlo. El pasado es una herencia de valor incalculable, con la condición de que mantengamos un espíritu crítico y abierto, ser capaces de aprender de los errores que cometimos nosotros y todas las generaciones de revolucionarios que nos precedieron. No proponemos la construcción de “más de lo mismo”, no pretendemos construir un partido más, sino que planteamos algo nuevo. Solo así seremos capaces de ganarnos a lo mejor de las nuevas generaciones, en la lucha por el socialismo.
Somos conscientes de que la realidad de la lucha de clases es riquísima, y que en ella captamos una infinidad de matices que debemos integrar y valorar. Por ese motivo reivindicamos para todos los que formemos parte de este proyecto, la libertad de expresión y publicación, el derecho de tendencia y fracción, con el único límite en la actividad política de la subordinación de la minoría a la mayoría.
El 15M es lo que durante tanto tiempo estuvimos esperando, es la primera respuesta de los explotados a la agonía del capitalismo. Es el fin de la travesía del desierto. Es ahora cuando tenemos que demostrar lo que realmente somos y estar a la altura del reto al que nos enfrentamos.

Sobre la cuestión del programa.
Un proyecto se define principalmente por el programa que defiende. ¿Programa mínimo?, ¿programa máximo? El programa no es un libro de cocina acabado, con recetas pensadas para cada ocasión, sino algo vivo, que evoluciona y madura a medida que evoluciona y madura la realidad. Si las cosas fueran tan sencillas, todo dependería de unas cabezas pensantes e iluminadas que pensarían y ofrecerían el programa para una revolución socialista ideal. Sin embargo no es así (por suerte), grandes programas han acabado en el cajón, porque eran inaplicables. Si el programa es algo vivo, tiene que nacer de la realidad viva y llena de contradicciones que nos envuelve. Después de décadas de retroceso de la conciencia de clase, el nuevo movimiento que se levanta, defiende un programa lleno de ingenuidades y contradicciones. Exige una verdadera democracia, transparencia, participación social y la lucha contra los excesos del capital. Eso ha hecho que algunos “marxistas” hayan despreciado su potencial, tachándolo de ser un movimiento pequeño burgués. Estos señores no han entendido nada. No comprenden que esas demandas llevan implícito, sin saberlo, la lucha por el socialismo. Porque la verdadera democracia, la participación y la horizontalidad, la transparencia y la lucha contra el capitalismo, sólo son posibles bajo la bandera del socialismo. Pero que el movimiento de los indignados sea consciente de ello, depende de los que somos conscientes de que es así.
Un programa mínimo son las reivindicaciones básicas, inmediatas y concretas (vivienda, trabajo, democracia…), que el movimiento puede comprender y hacer suyas, mientras que el programa máximo define el modelo de sociedad al que aspiramos, en este caso, el socialismo. Ambos programas necesitan de una serie de puentes que ayuden a elevar la conciencia de los trabajadores y las clases populares, es decir, que partiendo de las necesidades inmediatas puedan plantearse el modelo de sociedad en el que quieren vivir.
¿En qué consisten los puentes que tenemos que establecer entre ambos? Cuando planteamos “trabajar menos (sin rebaja salarial), para trabajar todos”, no lo hacemos porque creamos que el capitalismo puede ceder ante esta reivindicación, sino porque el conjunto de los trabajadores comprende que todos tenemos derechos a un salario y una vida digna, y que si el capitalismo ya no tiene capacidad para hacerlo, sólo le quedarán dos opciones: o los cinco millones de parados se mueren de hambre (el resto cada día las pasará más canutas para llegar a final de mes, mientras ve como su horario laboral se alarga y se endurece cada día más), o hay que cambiar el sistema por otro.
Necesitamos un programa abierto y en constante evolución, capaz de recoger, desarrollar y avanzar en las reivindicaciones y aspiraciones que plantee el movimiento en la realidad concreta de la lucha de clases. Un programa que nos permita profundizar en aquellos puntos, tácticas y estrategias que nos hagan avanzar en la construcción del socialismo. Un programa que partiendo de la conciencia existente nos permita incentivarla, incluso desde una cultura común (democracia directa, participación popular…) en contra de la que nos impone el capitalismo.

Necesitamos nuestro órgano de prensa, que explique nuestro proyecto.
Un proyecto de construcción de una organización anticapitalista, socialista y revolucionaria, tan sólo puede cuajar a través de un debate abierto y fraternal, pero sin concesiones. Hemos de partir de que las diferencias entre nosotros, lejos de ser una amenaza, enriquecen nuestros análisis de la realidad. Lejos de ocultar el debate y nuestros desacuerdos, estamos obligados a darlos a conocer. No pretendemos construir una secta con un pensamiento único, sino integrar y cohesionar las diferentes sensibilidades del socialismo revolucionario. Por ese motivo, planteamos la necesidad de crear un órgano de expresión que vertebre nuestra corriente y nos permita, a nosotros y a muchísimos compañeros que en la lucha no se sienten representados por ninguna de las formaciones políticas existentes, organizarnos y expresar nuestra forma de ver las cosas, como nuestra aportación a la construcción de una organización clasista y revolucionaria, en la defensa de los intereses de todos los explotados.

Enric, Toni