¿Es posible el capitalismo en armonía con los recursos de la naturaleza y con la justicia social?

Puede que el titular sea algo ingenuo para muchos lectores, pero hemos llegado a una situación social que no nos permite contestar EL SOCIALISMO a todo. La percepción política varía en función de los cambios sociales y económicos, y los conceptos se entienden con matices de diferencia en cada generación. Hay que buscar argumentos que sepan responder a estos cambios en vez de repetir discursos que no lograron superar un capitalismo ya en decadencia cuando la generación de mis abuelos se despertaron políticamente. Las acampadas de los «indignados » nos enseñan por la enesima vez la necesidad de buscar nuevos caminos, discursos y maneras de ser partícipe en la rebelión social, evitando todo intento de estructurar el movimiento verticalmente o a buscar figuras «líder». Esta ruptura de formas anteriores de organización de las protestas sociales, políticas y de las movilizaciones solidarias viene de lejos. Para mi fue visible la primera vez en la campaña de Ayuda obrera a Bosnia a principios de los 90 donde los jóvenes lograron reducir el protagonismo político de los partidos de siempre, y paralelamente creció el movimiento 0,7 cuya importancia muchos no logramos a entender por su tímida exigencia. Sin embargo, de allí salieron luego muchos de los movimientos sociales y gran parte de la coordinación llamada «antiglobalización» que tanto impacto han hecho en las acciones sociales en el inicio de este siglo. Hemos llegado al momento cuando la nuevas generaciones nos obligan a sentarnos para escuchar su mensaje, el profe al fin está obligado a aprender de sus alumnos. Las verdades de antes se han convertido en mentiras: ya no se puede salir de la crisis a base de crecimiento, la estructura piramidal –por muy democrática que sea– de las organizaciones políticas y sindicales está caducada y ha perdido toda atracción. No obstante, en todo momento histórico de ruptura con lo antiguo sirve volver a estudiar la historia y las obras de los impulsores de la transformación social en otras épocas para poder redescubrir perspectivas olvidadas o ignoradas por la mayoría de sus seguidores. Marx y Engels dejaron en este sentido un material inagotable para orientarnos de nuevo, siempre que sepamos aplicar sus conocimientos en relación a las transformaciones sociales, en vez de hacer un copiar-pegar. Y, al inverso, de poco sirve buscar fórmulas anteriores del capitalismo para salir de la crisis actual dado que su sistema se encuentra en una decadencia reconocible por estratos sociales más allá de los que nos encontramos regularmente en las manifestaciones. Los consejos de Keynes quedan obsoletos cuando el crecimiento ya no da para más, si llegamos a entender que los recursos naturales del planeta son finitos. Pero este discurso anticapitalista no entra en el esquema ni de los representantes institucionales que se consideran comunistas o de izquierdas. Siguen insistiendo en la necesidad de crecer, «de forma sostenible», para salirnos de la crisis, en vez de orientar el discurso hacia una ruptura y cambio de sistema. El crecimiento se ha convertido en el lema de los cobardes por la izquierda que nunca encuentran el momento histórico para romper con el sistema en el que nacieron.

¿Porqué cruzar el río para conseguir agua?

¿Porqué promover el crecimiento, si ya el año 1991, según las Naciones Unidas, la renta neta de las 358 personas más ricas del mundo era igual a la suma de los ingresos del 45% más pobre de la población mundial, es decir 2.3 billones de personas? ¿Cómo se le puede ocurrir a alguien que se considera comunista apoyar 18 el crecimiento como remedio para salirnos de la crisis en una situación tan absurda? No es necesario cruzar el río para conseguir agua. ¿No sería menos destructivo y más justo empezar a compartir la riqueza de estas 358 personas infelices, que encima, en vez de disfrutar de su fortuna, pierden toda su vida en vigilarla? Visto desde la perspectiva contraria el mismo informe explica que 85 % de la población mundial recibió solamente el 15 % del ingreso mundial. Más perversión en cuanto a la distribución de la riqueza global es difícil de imaginar. No hace falta ser muy brillante en matemáticas para entender que la riqueza del esfuerzo humano podría ser distribuida de forma algo más justa para eliminar el hambre sin haber de crecer por ningún lado. Es decir, el defensor del crecimiento económico como salida de esta crisis se puede considerar un ignorante en matemáticas y sociales, un cobarde a quien le cuesta hacer saltos hacia adelante o un rudo defensor de los privilegios y la injusticia económica y social. Si a esto se añaden por un lado las millonadas que actualmente se reparten entre los ejecutivos de empresas a las que paralelamente consideran necesario recortar, despedir, aplicar EREs y convertir profesionales en mileuristas, y por el otro el gasto diario de 54 millones de euros (número estimado por Arcadi Oliveres) para mantener el ejército ¿no sería razonable buscar otra salida antes que liquidar el esfuerzo de generaciones de trabajadores? Claro, nos obligaría romper esquemas y a cuestionar el capitalismo. Este es el problema para la mayoría de organizaciones políticas, sindicales y sociales que viven o dependen del sistema en una u otra forma, y también para gran parte de las masas trabajadoras en el primer mundo, paralizadas por las hipotecas y adormecidas por el consumismo barato.

Los gobernantes reales... elegidos por los ricos

Si uno mira la distribución y evolución de la riqueza calculada por las mismas Naciones Unidas es fácil comprobar –incluso para los que pensaban que exagerábamos– que los gobernantes políticos del mundo son, lo que tanto tiempo íbamos anunciando, simples ejecutores de la voluntad de los gobernantes financieros situados en el FMI y el Banco Mundial y en otras entidades privadas menos conocidas, a quienes los ciudadanos no podemos elegir pero que llegan a poder valorar la cuantía de la deuda y fijar las condiciones de devolver la supuesta deuda de los estados escogidos como víctimas de sus planes. Para los que tenemos problemas para entender nuestra relación con los bancos para pagar las hipotecas, nos es aun más complicado entender cómo entidades privadas hayan llegado a tener poder para calificar la deuda de estados, incluyendo a los EEUU. Los mismos políticos que llegaron a privatizar la supervisión de las cuentas económicas de sus estados son ahora víctimas de sus propias decisiones liberales. No hace falta ser de izquierdas para entender que este rumbo nos llevará a un caos superior al desorden económico actual.

Expander el capital sin freno

La dinámica del capital le empuja hacia la expansión para evitar su propia muerte, a la vez que el planeta empieza a dar señales de cansancio físico. Esta necesidad se expresa en las empresas multinacionales que ya no tienen suficiente con mucho, siempre necesitan más. Hasta el extremo de presentar EREs en empresas con beneficio, como en Telefónica y Grupo Prisa. Sin embargo, en el movimiento por el decrecimiento económico hay los que opinan que el capitalismo puede llegar a ser compatible con una economía estable a nivel planetario (decreciendo en una parte y creciendo en otra hasta llegar a un equilibrio). Aunque no tenga ninguna relación directa, esta tendencia ayuda la izquierda institucional y acomodada a convertirse en defensores explícitos de un capitalismo que nunca había estado tan podrido como ahora. Si Iniciativa per Catalunya aceptó con orgullo el cargo de Interior en el gobierno anterior de Catalunya en un momento de putrefacción social en aumento será por falta de vergüenza y brújula. Las fuerzas de represión en manos de «compañeros comunistas»... que además supieron aplicarla con contundencia contra jóvenes antisistema, okupas, trabajadores en huelga y estudiantes en protesta... Hasta allí hemos llegado. Al ver la caída del «segundo mundo » piensan que el capitalismo ha ganado, que tiene mucha vida por delante (a base de crecer o no), y se adaptan hasta el extremo de dirigir la represión policial e institucional contra la discrepancia. Al final no es tan difícil entender porque a mucha gente con criterio político no le interesa meter ninguna papeleta dentro de las urnas. En el tiempo de Marx y Engels no había nadie que plantease la posibi19 lidad de conciliar el capitalismo con una economía estable no creciente, y quizá por eso no se encuentra en sus obras ningún apartado específico que trate este tema. Hecho que no quiere decir que tuvieran dudas sobre el carácter expansivo e imparable del capital. Lo que pasa es que hay que volver a leer principalmente Das Kapital y Grundrisse para encontrar los pasajes que nos pueden orientar en este aspecto, con claridad pero de manera fragmentada y situados en un contexto diferente del actual. El capitalista sólo es respetable en cuanto personificación del capital. En cuanto a tal, comparte con el acaparador el afán absoluto de enriquecerse. Pero lo que en este se manifiesta como manía individual, en el capitalista es el efecto del mecanismo social, en el que dicho capitalista no es más que una rueda del engranaje. El desarrollo de la producción capitalista impone que el capital utilizado en la empresa individual se expanda sin parar, y la competencia impone las leyes inmanentes de la producción capitalista, como si fueran leyes coercitivas externas del modo de producción capitalista. Lo obliga a expandir continuamente su capital para conservarlo, y no es posible expandirlo sino por medio de la acumulación continuada. (El capital, vol. 1, traducción completada consultando la versión original en alemán.) Se trata de una formulación muy clara sobre la imposibilidad sistémica del capitalismo de controlar el acelerador, y su desinterés de ni tan solo buscar el freno para evitar estrellarse.

Maximizar los beneficios a corto plazo

La contradicción entre esta naturaleza expansiva del capitalismo y las limitaciones de los recursos naturales del planeta no les escapa a las empresas multinacionales que empiezan a sustituir las previsiones a largo plazo por el expolio salvaje para maximizar los beneficios a corto plazo mientras todavía sea posible. Tienen prisa porque entienden que los tiempos están cambiando (allí sí tienen perspectiva de futuro). Con la globalización de los mercados, de la economía y de los medios de comunicación también empieza a cambiar la conciencia de los pueblos en los países históricamente subordinados al imperialismo occidental, bien visible en varios países de Sudamérica y en la orilla sur del Mediterráneo en plena rebelión contra sus propios regímenes anacrónicos. Empieza a crecer la conciencia de que la sumisión no es ley de ningún dios sino de las exigencias del sistema productivo dominante actual, llamado capitalismo, y de que este es sustituible por otro más justo y comunitario. Al caerse los países del Este, los pensadores del capital vieron su sistema productivo invencible. Esta prepotencia no duró ni dos décadas. Pronto quedó en evidencia que las contradicciones principales del capitalismo no se encuentran fuera de su propio sistema productivo. Este aspecto, tratado por Marx desde la perspectiva de su época, está presente en la siguiente cita: Mientras el capitalismo continua siendo débil, todavía se basa en las muletas de los modos de producción anteriores, o de los que están en vías de desaparición, a medida que vaya creciendo. Tan pronto como se siente fuerte, tirará las muletas y se moverá de acuerdo con sus propias leyes. Tan pronto como empiece a asentarse y darse cuenta de su papel como obstáculo al desarrollo, buscará refugio en formas que, al restringir la libre competencia, parecerá hacer el dominio del capital más perfecto, pero a la vez serán los heraldos de su disolución y de la disolución del modo de producción apoyado en él. (Grundrisse) Son las contradicciones inherentes las que conminan su supervivencia, aunque todavía se resisten fuerzas neoconservadoras del capital que quiere atribuirle al islam, los talibanes y Al Qaida el papel de amenazadores de sus sistema.

Vientos del sur al norte

Las primeras expresiones de cambios significativos en la historia a menudo se hacen visibles lejos de lo que se considera «el imperio», y las revueltas populares en el sur del Mediterráneo podrían ser el inicio de un cambio de más calado. Al principio pocos pensaban que los acontecimientos allá podrían influir en las luchas sociales y políticas en Europa. Ahora con las acampadas reivindicativas en nuestro lado del Mediterráneo queda evidente por lo menos una de sus fuentes, aunque la fuente principal e innegable son las medidas anticrisis desesperadas por parte del gran capital y sus gobiernos títeres las que rápidamente están convirtiendo lo que antes era una suma de individuos –complicada de mover por unos objetivos colectivos– en una masa obligada a unirse en defensa de su dignidad más elemental. Las acampadas de «indignados» en todo el estado español son los nuevos heraldos de la caída de un orden que se aguanta por el mutuo apoyo entre los poderes fácticos y los políticos hasta que digamos basta y lo reventemos desde abajo. Jonas