Fuerzas productivas y necesidad de decrecimiento

El artículo central del número anterior de EDM escrito por Enric Mompó abre caminos para seguir desarrollando ideas allí expresadas, hecho que explica esta contribución. En las últimas décadas ha crecido la conciencia sobre los límites de los recursos naturales del planeta y el actual expolio de ellos por el sistema capitalista, aspecto que durante mucho tiempo fue ignorado por la izquierda tradicional, probablemente porque no entraba en el esquema algo simplificado de la lucha de clases en el que habíamos estado formados. La preocupación ecológica estaba muchas veces considerada como una desviación pequeñoburguesa de la lucha de clases. Poco a poco las cosas están cambiando, gracias sobre todo al surgimiento de las movilizaciones internacionales del movimiento altermundista/ antisistema, que ayuda situarnos en la realidad. De todas formas, por lenta que haya sido nuestra reacción ante el acelerado cambio de la sociedad, creo que todavía estamos en condiciones de poder aportar algo en cuanto a historia, experiencia vivida y perspectivas hacia adelante. En esta aportación me centraré en el concepto desarrollo de las fuerzas productivas para llegar al objetivo de decrecer económicamente, que para muchos parece una paradoxa insalvable pero donde creo que hay que poner por lo menos matizes. En tiempos de revaloración histórica siempre hay una tendencia a rechazar todo lo anterior como equivocado para empezar desde una base «limpia de contaminación», sin tener en consideración que todo nuevo nace de lo antiguo, no del cero. En tiempo de Marx y Engels los problemas de medio ambiente se situaban en un lugar de menor importancia y no tiene mucho sentido intentar demostrar que fueron también ecologistas a parte de su papel revolucionario en el tiempo de la industrialización. Sin embargo Marx y Engels emplearon a menudo la expresión el desarrollo de las fuerzas productivas como motor de la historia en un sentido que iba acompañado de la mejora del bienestar de la humanidad, un aspecto ignorado por muchos. En su obra «La ideología alemana» escrita entre 1845 y 1846 expresan esa idea con bastante claridad: «En el desarrollo de las fuerzas productivas se llega a una fase en la que surgen fuerzas productivas y medios de intercambio que, bajo las relaciones existentes, sólo pueden ser fuente de males, que no son ya tales fuerzas productivas sino más bien fuerzas destructivas (maquinaria y dinero); y, a la vez, surge una clase condenada a soportar todos los inconvenientes de la sociedad sin gozar de sus ventajas, que se ve expulsada de la sociedad y obligada a colocarse en la más resuelta contradicción con todas las demás clases» (destacado mío). O sea, se trataba ya para ellos de un concepto que no se puede reducir al desarrollo técnico –y aun menos al dominio técnico de la naturaleza– sin relacionarlo con la evolución de la calidad de 30 vida para la humanidad, y no sólo para unos pocos, mientras las masas queden atrás e incluso empeoren su nivel de vida, como actualmente pasa en primer lugar fuera del «primer mundo» pero también (cada vez más) dentro. Insisten en la dependencia de la humanidad a la naturaleza en una formulación contundente: «Decir que la vida física e intelectual del hombre está indisolublemente ligada a la naturaleza no significa otra cosa que la naturaleza está ligada indisolublemente a ella misma, porque el hombre es parte de la naturaleza» («Manuscritos de 1844» de Marx). Y como las fuerzas productivas no pueden existir ni fuera de la actividad humana ni de la naturaleza no se puede llegar a entender su evolución y decadencia fuera de esta relación. En la misma obra Marx va más allá al afirmar que, cuando se llegue a abolir la propiedad privada, volverá la humanidad a «la verdadera solución del conflicto entre hombre y la naturaleza y del hombre contra el hombre, la verdadera solución de la pugna entre la existencia y la esencia, entre la objetivación y la afirmación de sí mismo, entre la libertad y la necesidad, entre el individuo y la especie» (Ibid). Hoy estamos en mejores condiciones para entender que no se trató de una afirmación gratuita, sino muy acertada por previsora. La mente reductora de muchos intérpretes de Marx y Engels, centra su atención en el conflicto hombre contra hombre (=lucha de clases) y se olvidan del pensamiento mucho más global de sus «maestros». Entre las aportaciones actuales de gente activa en el movimiento ecologista se muestra a veces un desconocimiento sobre la sensibilidad de Marx y Engels de la debilidad de la humanidad ante la naturaleza, y se les acusa de haberse fijado en el desarrollo de las fuerzas productivas sin tener en cuenta los límites del planeta. En el pequeño escrito de Engels «El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre » podemos comprobar que tenía una visión global bastante desarrollada: «Resumiendo: lo único que hacen los animales es utilizar la naturaleza exterior y modificarla por el mero hecho de su presencia en ella. El hombre, en cambio, modifica la naturaleza y la obliga así a servirle, la domina. Y ésta es, en última instancia, la diferencia esencial que existe entre el hombre y los demás animales, diferencia que, una vez más, viene a previstas por nosotros, pero en segundo y en tercer lugar aparecen unas consecuencias muy distintas, imprevistas y que, a menudo, anulan las primeras. Los hombres que en Mesopotamia, Grecia, Asia Menor y otras regiones talaban los bosques para obtener tierra de labor, ni siquiera podían imaginarse que, al eliminar con los bosques los centros de acumulación y reserva de humedad, estaban sentando las bases de la actual aridez de esas tierras [...] nuestro dominio sobre la naturaleza no se parece en nada al dominio de un conquistador sobre el pueblo conquistado, que no es el dominio de alguien situado fuera de la naturaleza, sino que nosotros, por nuestra carne, nuestra sangre y nuestro cerebro, pertenecemos a la naturaleza, nos encontramos en su seno, y todo nuestro dominio sobre ella consiste en que, a diferencia de los demás seres, somos capaces de conocer sus leyes y de aplicarlas adecuadamente.» Si Engels levantara la cabeza para ver en que situación se encuentra el medio ambiente hoy seguramente hubiera matizado el optimismo final de la cita. Con su teoría sobre la evolución humana Charles Darwin expresaba una idea similar a la de las fuerzas productivas como motor de la historia pero desde la perspectiva biológica. La evolución humana era, según él, producto de su capacidad de adaptarse a su entorno y de sus esfuerzos para reducir el tiempo laboral necesario para su propia subsistencia. No sabremos nunca quién influía más en el otro, pero fue Marx quien advirtió sobre la tendencia de convertir las fuerzas productivas en fuerzas destructivas (con otras palabras, pero presente en «El manifiesto comunista...», «El Capital», primer tomo, «Grundrisse» y en otros lugares, acusando a la cultura burguesa de valorar todo, no por su utilidad sino por su capacidad de ser convertido en beneficio privado), tendencia que Lenin desarrolla en su obra «El imperialismo...» y que Trotsky en «El programa de transición » (en vigilias de la 2ª Guerra mundial) considera hecho consumado. Y ahora estamos llegando al límite de lo que los recursos del planeta pueden soportar. Por mucho que el desarrollo de la técnica y el conocimiento sobre la naturaleza incremente, hecho innegable, no se debería hablar de un desarrollo de las fuerzas productivas 31 mientras estas adquisiciones no estén al servicio de la humanidad para aumentar su calidad de vida, y no se respete el equilibrio ecológico en la naturaleza, esto es lo que tiene que añadirse de manera expresa. Es importante insistir en eso para no confundir las fuerzas productivas con un simple aumento del poder de adquisición de productos informáticos, móviles, dvds, lavaplatos, bistecs y gambas para un amplio sector social en occidente a costa del empobrecimiento de las masas en el «tercer mundo» y una explotación salvaje de los recursos naturales, hasta el punto de poner en peligro la vida planetaria. Los repetidos anuncios vergonzosos de los gobernantes de turno sobre los objetivos y esperanzas de crecimiento económico contrastan con el hecho de que el consumo humano mundial ya en el año 2003 había superado en un 25 % la capacidad de regeneración del planeta. Y no hablamos de hipotecas, sino de los recursos de este planeta. Se entiende que hay algo que falla para salvar las próximas generaciones... nuestros descendientes. Antoine de Saint-Exupéry (autor de «El pequeño príncipe») formuló este conflicto con mucha elegancia: «No heredamos la Tierra de nuestros padres, la tenemos prestada de nuestros hijos». Este contexto es lo que permite entender la conversión de la mayoría de las fuerzas productivas en destructivas en el modelo capitalista de producción, y que a la vez hace imposible distinguir unas de otras. El capitalismo tardío pero desgraciadamente actual, impide convertir los avances tecnológicos en fuerzas productivas, dado que el fruto de estos avances cada vez aumenta la distancia entre unos pocos ricos y una masa creciente de desposeídos, expulsados de sus pequeñas propiedades. Por primera vez en la historia hay ahora más población en las urbes que en el campo, dado que el cultivo familiar de la tierra ya no es factible en el tiempo de las empresas transnacionales que se apropian hasta del derecho de autoría de las plantas y semillas que encuentren en las tierras que acaban de adquirir. Si el tema del acelerado expolio de los recursos naturales no está presente en las campañas electorales es porque este modo de producción no permite frenar nada. Todo tiene que ir a más. Tal como dice el artículo central del número anterior de esta revista, el capitalismo necesita expansión continua, sino se estrella. Las fuerzas productivas no deberían, por tanto, ser analizadas o entendidas sin tener en cuenta la relación entre el hombre y la naturaleza a través de las técnicas y conocimientos adquiridos. Se trata de una relación dialéctica entre estos tres elementos (hombre-técnica-naturaleza) en la cual el elemento decisivo es la naturaleza y no el hombre, y aún menos la técnica. Sin la naturaleza no puede haber ni hombres ni técnicas. Cuando la tecnología juega un papel mediador entre el hombre y la naturaleza es cuando se convierte en fuerza productiva. Es decir, una invención tecnológica sólo se convierte en fuerza productiva en el momento que ayuda al hombre a mejor aprovecharse de las riquezas de la naturaleza, asegurándose de su renovación. Bajo la tutela de un estado capitalista con una capacidad fuerte de intervención en la política económica seguramente se puede encontrar ejemplos en este sentido, pero como regla general los aparatos estatales son ya títeres en manos de las grandes empresas. Los conocimientos y descubrimientos actuales son propiedad de la libre competencia neoliberal que promociona la máxima explotación y consumo, es decir, el máximo gasto de recursos naturales para aumentar el beneficio de unos pocos, y no de la humanidad como tal. Como consecuencia, le quedan pocos márgenes al capital para obrar en un sentido socialmente más respetuoso, todo se orienta hacia un «sálvese quien pueda mientras haya tiempo, porque esto se hunde». Por eso somos antisistema en el sentido de hacer lo que podamos para ayudar a la nueva generación a superar no únicamente «los errores» del capitalismo sino también su sistema como tal. Es imposible conciliar un comportamiento respetuoso con los recursos naturales del planeta con la propiedad privada de los mismos. Los recursos ya escasean pero cada propietario quiere vender lo que pueda para hacerse más rico. Y si contrastamos el nivel de vida aquí con las justas exigencias del mundo empobrecido se pone en evidencia la necesidad de cambiar el discurso habitual de los políticos sobre el «crecimiento » por un decrecimiento de forma sostenible en el mundo desarrollado. Como las posibilidades de crear nuevos mercados són reducidas le queda un último recurso al capitalismo para mantenerse a flote: crecer hacia dentro y transformar el sector público en un sector «de interés público», según el nuevo vocabulario de la UE, es decir privatizándolo. Desde hace años vamos por este camino y así se complica aún más la posibilidad de evitar el despilfarro de los recursos naturales básicos para la supervivencia. La necesidad, por ejemplo, de racionalizar el uso de agua ante la sequía actual choca con el interés de las compañías privadas de distribución de agua en que el ciudadano consuma lo máximo. Toda la estructura del capitalismo se fundamenta en el crecimiento económico y demográfico, a pesar de estar ya situada en los límites de lo que el planeta puede soportar. Muchos institutos estadísticos miden todavía el nivel de desarollo de un país por la cantidad de basura que se produce por cápita. Es hora de buscar indicadores sobre el desarollo de la humanidad en conceptos menos primitivos que los derivados del consumo y capacidad de desechar.
Jonas, abril 2008