HOLOCAUSTO

Una avalancha de cieno
ensombrece los cristales,
un estruendo de ignominia
retumba en los soportales.

Caen, mustias y asfixiadas,
las flores de los aleros,
callan las aves su canto,
enmudecidas de miedo.

Se oscurecen los paisajes
al paso de este cortejo,
la tierra se vuelve lúgubre,
presagio de cementerio.

Pierde el color la amapola,
sus pétalos el almendro,
y resuena en las baldosas
un tétrico taconeo.

Vuelve otra vez la liturgia
de los esbirros a sueldo,
con correas para perros
y con látigos de hielo.

Esconden tras sus insignias
la impotencia de su credo,
no necesitan razones
les basta con su veneno.

Y en cada casa un espía,
en cada esquina un “guerrero”,
unas botas de charol
y un manto de luto negro.

Y en cada aullido del viento
un histórico recuerdo,
que cual dedo acusador,
nos golpea en el cerebro.
¿Es verdad? ¿no estoy soñando?
¿Qué es lo que está sucediendo?
¿Ya vuelven a estar aquí
los asesinos sangrientos?

¿Es posible que los pueblos
olviden que aún no hace tiempo,
la misma bestia que asoma
asoló el mundo entero?

¿Dónde están los que callaron?
¿Y dónde los que encubrieron?
¿es posible que, otra vez,
retorne el monstruo de hierro?

Horrorosa pesadilla
de gritos y de lamentos,
de miradas que taladran
como cuchillos de acero.

De zapatitos de niño
y barbas de noble viejo,
de pechos sin esperanza
que sólo amamantan duelo.

De cuerpos llenos de vida
que no llegaron a puerto,
varados ya para siempre
en las playas del silencio.

Cuando veo que el fascismo
asoma su faz de nuevo,
me revienta el corazón
en un cósmico lamento.

Uno a uno entre millones
anidáis en mi recuerdo,
y estaréis eternamente
¡Vivos en mi pensamiento!
Lois Novo. Barna 87