La crisis estructural del capitalismo y la actitud de la izquierda (2)

Los neoliberales con sus políticas de las últimas décadas han logrado
reducir estas presiones estructurales, pero cada vez menos de lo que las
aumenta la siguiente subida.
Las tres tendencias seculares analizadas se aproximan a sus asíntotas,
“cada una de ellas, por tanto, está creando límites a la acumulación
del capital, y como la acumulación sin fin de capital es el rasgo
definitorio del capitalismo como un sistema histórico, la triple presión
tiende a volver inviable el motor primario del sistema y, en consecuencia
está creando una crisis estructural”.(17)
El agotamiento en la producción de valor y la llegada del capitalismo a
sus límites históricos
Hasta aquí hemos abordado las tres grandes tendencias seculares que van
llevando al capitalismo a alcanzar su frontera histórica, basándonos en
la obra del estudioso norteamericano creador de la teoría del
sistema-mundo Immanuel Wallerstein. Ahora, trataremos otro aspecto del
capitalismo (el más medular de todos), la producción de valor que
también toca su techo histórico.
Es un tema que curiosamente no trata directamente en su obra el profesor
estadounidense, pero que, por complementar sus tesis sobre la crisis
estructural del capitalismo resulta insoslayable añadirlo a esta parte
del ensayo.
Atropelladamente, pudiéramos conceptualizar el valor como el trabajo
materializado en la producción de cualquier mercancía, y la esencia del
capitalismo en la apropiación de una parte de ese trabajo (que
llamaríamos excedente), apoyándose para ello en el empleo de las
relaciones monetarias y de cambio. Se desprende de ello, que la vitalidad
del capitalismo depende de cuanto más trabajo materializado haya en las
mercancías producidas y destinadas al cambio.
¿Qué ocurre entonces con la producción de mercancías, por qué aunque
su producción aumenta el trabajo humano contenido en la fabricación de
las mismas, de cuya apropiación depende la vida y la salud del capitalismo
disminuye?.
¿Cuáles son los límites intrínsecos en el desarrollo del capitalismo,
límites que van más allá de la existencia de un enemigo declarado (el
proletariado y los pueblos oprimidos) y del simple agotamiento de los
recursos naturales?.
¿Por qué la posibilidad de que un día la máquina capitalista se
detenga por sí sola, de que su dinámica se agote, es un hecho que puede
hacerse realidad?.
“La producción capitalista de mercancías contiene, desde el inicio,
una contradicción interna, una verdadera bomba de relojería colocada en
sus mismos fundamentos”.(18)
La única manera de hacer crecer el capital y por tanto de acumularlo es
explotando la fuerza den trabajo. Pero el trabajador que es el que crea el
valor, para que pueda generar beneficios para quien lo emplea, debe estar
equipado por instrumentos y tecnologías cada vez más productivas ya que,
como las mercancías no se venden en el mercado por su valor individual
sino por su valor social, el cual es resultado de las condiciones medias de
intercambio y productividad existentes en la sociedad, aquel primer
empleador de tales tecnologías más productivas sale ganando, cuya
cuantía esta en proporción a la diferencia entre el valor individual con
el cual es producido y el valor social por el cual es vendido. Pero sí
desde el punto de vista individual esto es beneficioso para los
capitalistas, desde el punto de vista social es perjudicial, pues el
sistema entero sale perdiendo por cuanto las tecnologías reemplazan al
trabajo humano, que no es ocioso repetirlo es el creador del valor en el
capitalismo la savia de la cual se nutre este sistema. Es constatable que
cada vez se producen más mercancías, pero cada una de ellas en particular
contiene una porción cada vez más exigua de trabajo humano que es, sin
embargo, la única fuente de plusvalía y por tanto de beneficio.(19)
¿Qué hacer entonces ante ese callejón prácticamente sin salida, ante
ese avance virtualmente hacia el abismo?.
El capitalismo ha acudido a dos remedios: el primero, ampliar la
producción de mercancías a escala mundial como medio de compensar la
tendencia a la disminución del valor de cada mercancía. “Desde hace
doscientos años, el capitalismo evita su fin corriendo siempre un poco
más rápido que su tendencia a derrumbarse, gracias a un aumento continuo
de la producción”(20); pero como hemos visto más arriba el capital
prácticamente a copado todas las áreas del planeta y ya quedan muy pocos
espacios libres por explotar.
El otro recurso utilizado por el capitalismo para reparar el daño que el
creciente uso de tecnologías va ocasionando en la producción de valor,
esa energía y elemento vivificante del sistema consiste, en mercantilizar
todas las esferas de la vida; si en el siglo XIX se había apoderado de la
industria y la agricultura, así en el siglo XX, invadió la reproducción
cotidiana, sobre todo bajo la forma de “servicios”, “…la necesidad
bulímica del capital de encontrar esferas siempre nuevas de valorización
del valor le empuja a ‘poner en valor’ esferas vitales que hasta ese
momento, eran ‘sin valor’. Esta ‘colonización interior’ de la
sociedad ha desempeñado un papel al menos igual de grande que la
‘colonización exterior’ para contrarrestar la tendencia endémica de
la producción de valor a agotarse, a causa de la menor cantidad de valor
‘contenida’ en cada mercancía particular debido a que la tecnología
reemplaza al trabajo vivo, única fuente del valor mercantil”.(21)
Sin embargo, este proceso de ‘puesta en valor’ de lo que todavía no
está sometido a la lógica del valor no ha terminado, ni podrá terminar
jamás, pero está terminando, la evolución de las tendencias seculares
arriba analizadas llegan inexorablemente a sus asíntotas, por eso la
sentencia de Anselm Jappé en este sentido es conclusiva: “Si el capital
lograse alguna vez transformar todo en valor, este triunfo sería al mismo
tiempo su fin. El valor no es la ‘totalidad’, una realidad que lo
engloba todo y del que se trataría de apoderarse, sino que el mismo es
‘totalitario’, en el sentido de que tiende a reducirlo todo a sí
mismo, pero sin poder lograrlo. La totalidad no existe sino en cuanto a
‘totalidad quebrada’”.(22)
Como el capitalismo ha resurgido después de cada crisis, renaciendo de
cada una de ellas como el ave fénix renace de sus cenizas, cambiando en
cada una de ellas, y en efecto, el capitalismo de hoy es muy diferente al
de 1800 o al de 1930, muchos se preguntan, si no estaremos asistiendo a
otra mutación de este tipo, en la que cambia para perdurar mejor (o peor,
pero perdurando); o por qué habría de ser la crisis actual peor que
cualquier otra desde hace más de 200 años; o qué tendría de raro que el
capitalismo siguiera existiendo bajo formas atípicas, entre catástrofes y
guerras; o de sí no será la crisis la forma eterna de sus existencia;
incluso algunos (teóricos inclusive) consideran que las ruinas y
destrucciones que provoca, no serían necesariamente un síntoma de
derrumbe, al contrario, crearían necesidades y sectores de mercado siempre
renovados, que permitirían la continuación de la acumulación de
capital.
Pero dicho argumento no se sostiene, “los que describe es el nacimiento
y la perpetuación de formas siempre cambiantes de dominación y de
explotación, pero no la aparición de nuevos modelos de acumulación
capitalista. Las formas ‘no clásicas’ de creación de beneficios no
pueden funcionar más que en cuanto participación indirecta en el mercado
mundial y, en consecuencia, parasitando los circuitos globales del valor.
(…) En términos generales, hay que tener siempre presente que los
servicios no son un trabajo que reproduzca el capital, sino que dependen de
los sectores productivos. Esto no sólo lo afirma la teoría de Marx, sino
incluso la experiencia de cada día: en tiempos de recesión, la cultura y
la educación, la preservación de la naturaleza y la sanidad, las
subvenciones a las asociaciones y la defensa del patrimonio, lejos de poder
servir de ‘motor de crecimiento’, son las primeras en ser sacrificadas
por ‘falta de fondos’”.(23)
Con relación a la fabricación de valor cuya producción se agota, por el
creciente uso de tecnologías que desplazan a la fuerza de trabajo,
verdadera creadora del mismo, hay un espejismo engañoso que viene a nublar
el análisis que venimos haciendo; y todo ello basado en el hecho de que en
las últimas décadas después de la incorporación plena a los diferentes
circuitos del capitalismo mundial de Rusia, Europa del Este, China, India y
el sudeste asiático, se han sumado al contingente de la fuerza de trabajo
mundial más de 2500 millones de personas, con lo que presuntamente, se
habría incrementado y no reducido la base para la producción de valor,
resumidas cuentas de que es la fuerza de trabajo el que lo hace
fructificar.
Pero el argumento anterior como ya se ha insinuado es pura ilusión;
primero, porque “la gran masa de trabajo industrial en esos países se
realiza a un bajísimo nivel de productividad y por eso, medido según el
estándar de las fábricas automatizadas y superracionalizadas, representa
sólo una fracción muy reducida de valor. Pues desde el punto de vista de
la producción de valor no cuenta el mero número de las horas trabajadas.
Más bien el valor de una mercancía depende del nivel de productividad
socialmente válido, que a su vez, hoy en día es definido por los sectores
de producción dominantes en el mercado mundial. [2] Y como el nivel de
productividad en estos sectores sube permanentemente como resultado de la
constante tercera revolución industrial, esto a su vez significa, que el
trabajo en los segmentos subproductivos “produce” cada vez menos valor.
Por eso, desde la perspectiva capitalista, la producción en estos sectores
es sólo rentable siempre y cuando se ejecute con salarios cada vez más
bajos y en condiciones laborales más miserables.”(24)
Ante la incompetencia de los dos remedios anteriores para mantener en pie
la generación de valor y con ello al sistema en su conjunto, el capital
acude a lo que es su última tabla de salvación: el crédito, que no es
otra cosa que una anticipación de las ganancias futuras previstas. Pero
cuando la producción de valor se estanca (lo que no tiene nada que ver con
un estancamiento de la producción de cosas, ya que el capitalismo gira en
torno a la producción de valor y no de productos en cuanto valores de
uso), solo las finanzas permiten a los propietarios de capital extraer los
beneficios que ahora son imposibles de obtener en la economía real. De
ahí que el neoliberalismo, muy asociado al desproporcionado papel de las
finanzas en la economía no haya sido una sucia maniobra de los
capitalistas más ávidos, ni un golpe de Estado gestado con la complicidad
de los políticos complacientes, como quiere hacérnoslo creer la
izquierda “radical”, sino la única manera posible de prolongar
todavía un poco más la vida del sistema capitalista.
Es gracias al crédito, ante las crecientes dificultades para financiar la
valorización de la fuerza de trabajo, y en consecuencia para invertir en
capital fijo, que aún éste sistema no se ha hundido por completo, al
crédito es que debe su supervivencia provisional, y en consecuencia el
recurso al mismo no puede más que aumentar con el transcurso de los años
y encaminarse hacia un punto sin retorno. Lo que si hay que advertir es que
“el crédito, como beneficio consumido antes de haberse realizado, puede
posponer el momento en el que el capitalismo alcance sus límites
sistémicos, pero no puede abolirlo”.(25)
Hasta nuestros días, para las distintas generaciones de revolucionarios
su tarea era combatir frontalmente al capitalismo, el que disponía de
infinidad de armas para defenderse. Si esa lucha resultaba victoriosa, el
advenimiento del socialismo, el comunismo o cualquiera que fuera el nombre
de la radiante futura sociedad soñada, era automática. Conforme a esta
visión , la existencia de una clase lo suficientemente fuerte, como para
llevar a su fin el programa de los oprimidos, era lo único que se podía
hacer para doblegar al capitalismo, el cual sólo desparecía, según esta
concepción, por la acción de un enemigo que actuaba precisamente con el
objetivo de reemplazarlo por otro orden social.
Ahora estamos frente a una situación inédita, estamos frente a una
máquina que se autodestruye, que consume todos los vínculos sociales y
todos los recursos naturales para salvaguardar el mecanismo de acumulación
de valor, algo que cada vez le resulta más difícil. El capitalismo socava
cada día sus propias bases, su hundimiento gradual es patente. Su fin
llega, como se ha visto, por sí mismo, en modo alguno como resultado de la
intervención consciente de los hombres deseosos de reemplazarlo por algo
mejor, sino como consecuencia de su lógica básica, que “es lineal,
acumulativa e irreversible, y no cíclica y repetitiva como otras formas de
producción. Es la única sociedad que haya existido jamás que contiene en
su base una contradicción dinámica, y no solamente un antagonismo: la
transformación del trabajo en valor esta históricamente condenada al
agotamiento a causa de las tecnologías que reemplazan al trabajo”. (26)
Y finalmente, antes de pasar a la actitud de la izquierda hacia el sistema
capitalista subrayar, que la reducción de la creación de valor en el
mundo entero, la insuficiencia de la maquinaria capitalista de fabricarlo,
no es un problema secundario, está en la esencia del sistema y sus
consecuencias son de una enorme trascendencia, debido a ello “…por
primera vez, existen –y en todos lados- poblaciones en exceso,
superfluas, que ni siquiera sirven para ser explotadas. Desde el punto de
vista de la valorización del valor, es la humanidad la que empieza a ser
un lujo superfluo, un estorbo, un gasto que eliminar, un ‘excedente’.
¡Y aquí sí se puede hablar de un factor completamente nuevo en la
historia!”.(27)