La crisis estructural del capitalismo y la actitud de la izquierda (3)

2. La actitud de la izquierda hacia el sistema capitalista.
A) Estrategia de lucha contra el sistema capitalista desde el siglo XIX
hasta los años 70 del siglo XX.
Como ya se ha dicho más arriba una de las características del sistema
mundo moderno es que es un sistema desigual, jerarquizado y polarizado;
pues bien, entre los perdedores de este sistema (la mayoría) emergieron en
el siglo XIX una serie de movimientos antisistémicos.
El objetivo declarado de los mismos era transformar el sistema en algo
más solidario, democrático e igualitario. Adoptaron dos formas distintas:
las de los movimientos sociales (socialdemócratas y comunistas) y la de
movimientos nacionales (los Movimientos de Liberación Nacional).
Geográficamente los primeros operaron en las zonas centrales de la
economía mundo, y los últimos en las zonas periféricas de la misma.
Como apunte adicional podemos agregar que originalmente durante toda esta
etapa de emergencia (comprendida entre 1850 y 1945) los movimientos
antisistémicos fueron muy débiles.
Para la transformación social desarrollaron una estrategia: “el famoso
plan de los dos pasos” según definición de Immanuel Wallerstein que
consistía en: primero, movilizarse para alcanzar el poder del Estado en
todos los Estados y luego (segundo paso) usar el poder del Estado para
transformar la sociedad.
Esta estrategia fue adoptada por todos (socialdemócratas, comunistas,
Movimientos de Liberación Nacional, movimientos de las mujeres, minorías.
etc) entre 1850 y los años 70 del siglo XX.
¿Era esta una estrategia correcta?. Según el profesor Wallerstein,
creador de la teoría de los dos pasos no es que fuera correcta sino que,
“en 1900 esta estrategia parecía el único camino visible para estos
movimientos, y es probable que así fuera”.(28)
Y aunque el camino por el que se optaba parecía difícil, entre 1945 y
1970 todos estos movimientos “llegaron paradójicamente (o tal vez no tan
paradójicamente) al poder”(29):asumiendo la forma de partidos comunistas
en los países socialistas del Elba al Yalu; como partidos
socialdemócratas o sus equivalentes en el mundo paneuropeo de Europa
occidental, América del Norte y Australasia (ciertamente en muchos casos
alternándose en el poder); como M.L.N en Tercer Mundo y de manera
equivalente, como movimientos populistas con políticas desarrollistas en
América latina.
Es decir, en la consecución del primer paso, muy vinculado a la fase
movilizativa y de emergencia de estos movimientos, no hubo muchas
dificultades, el éxito es constatable, y para colmo y mayor asombro
mirándolo en retrospectiva, fue conseguido en pleno apogeo de la
hegemonía norteamericana en el sistema mundo.
El hecho de que en la práctica casi todos los estados del mundo
capitalista llegaran a ser controlados por toda la variopinta gama de
movimientos antisistémicos, que venían precisamente luchando por ello
desde aproximadamente un siglo, puede significar un hecho insólito incluso
para los historiadores, analistas y estudiosos del sistema burgués,
constituye una de las cuestiones más complicadas de resolver y que
tradicionalmente no ha sido bien solucionada.
Pero lo que ocurrió en la realidad es que, a pesar de haber copado el
poder estatal en la mayoría de los Estados del sistema-mundo (el ansiado
primer paso), los movimientos antisistémicos pudieron hacer en la
práctica muy poco en la consecución del segundo paso, el de transformar
las estructuras existentes en otras más democráticas, solidarias y
equitativas.
Lo cierto es que desde el punto de vista de los que detentan el verdadero
poder en el sistema-mundo, el hecho de que sus eternos y viscerales
enemigos (los movimientos antisistémicos) llegaran al control de la
maquinaria estatal era algo muy bueno, y precisamente por ello se
convirtió en algo muy malo, algo además muy constatable hoy en día.
Fue bueno en el sentido de que las irredentas masas, al contar con los
cuadros de los movimientos antisistémicos en las altas esferas de
dirección de los gobiernos del sistema mundo, rebajaron considerablemente
su beligerancia ante los poderosos del sistema, mientras por otro lado, los
líderes de los movimientos antisistémicos desde sus posiciones en la
estructuras estatales predicaron la confianza en su liderazgo y, por
tanto, predicaron la paciencia; en ese sentido han sido agentes que han
contribuido mucho a la desmovilización política de las masas, por
consiguiente fue bueno para los poderosos que llegaran al poder (aunque
éstos se revolvieran por dentro de rabia y cólera) por cuanto “alejaron
a la gente de un análisis agudo de las estructuras verdaderas del sistema
mundo moderno y por tanto hicieron más sencillo para los privilegiados del
sistema-mundo mantener estas estructuras día tras día”. (30)
Por otra parte, la estancia en el poder de los movimientos antisistémicos
que pujaban por ello desde mediados del siglo XIX, ha resultado y resulta
muy malo para quienes detentan el auténtico poder en el sistema-mundo por
una razón muy sencilla: cuando las amplias masas de gente vieron que ni
siquiera tomando el poder, era suficiente para transformar el mundo en algo
más justo, vino el desencanto también hacia sus propios líderes, que
habían hecho muy poco en post de ello, se sintieron engañados y
traicionados en muchos casos, y no debe olvidarse que “uno de los rasgos
estabilizadores clave del sistema-mundo moderno es la confianza que las
poblaciones depositan en sus estructuras estatales como sus eficaces
defensores políticos”(31); por ello, ahora cuando las masas quebrantan
la confianza en las estructuras del Estado (en los que han estado sus
compañeros de viaje y lucha, sin llegar a poder cumplir sus objetivos y
aspiraciones de un mundo mejor) remueven el constreñimiento que provocó
la desmovilización política cuando los movimientos antisistémicos se
hicieron de las riendas del Estado en casi todas partes, hecho que ocurrió
como se ha dicho entre 1945 y 1970; y por todos es conocido que el capital
es miedoso por naturaleza (32) huye de las riñas y tumultos, ninguna de
las cuales crea condiciones propicias y buen clima para la acumulación
incesante de capital, objetivo supremo del sistema.
En resumen, “aunque estos movimientos antisistémicos desde luego
movilizaron a amplias masas de gente en contra del sistema, asimismo
sirvieron paradójicamente en términos históricos como garantías
culturales de la relativa estabilidad política del sistema”.(33)
Y cuando su ejecutoria en el poder demostró que le era imposible
contrarrestar la polarización en todos los sentidos en el sistema mundial,
cuya brecha no ha hecho más que ensancharse (hoy en día es famoso eso del
1 % contra el 99 %) vino la desilusión de las masas cuyo símbolo cimero
fue la revolución de 1968 (que analizaremos a continuación), aunque es
bueno destacarlo no solo fue contra la decepcionante Vieja Izquierda en
todas sus formas (como ahora comenzaremos a llamar a aquellos movimientos
antisistémicos anteriores a 1968), sino también contra la hegemonía
norteamericana en el sistema mundial y la colusión soviética con la
misma.
B) La Revolución de 1968 y la crisis de la estrategia de la Vieja
Izquierda.
Antes de referirnos a los acontecimientos de 1968, es necesario a fin de
comprender su verdadero significado, analizar las distintas corrientes
políticas que se desarrollaron en el sistema mundial a partir de la
Revolución Francesa.
Si partimos para dicho análisis de la Revolución Francesa es porque a
partir de ella se produjo según Anderson la “invención de la
idolología”, ella fue “desde el punto de vista de la economía-mundo
capitalista, el momento en que la superestructura ideológica se puso por
fin en el mismo nivel de la economía”.(34)
Lo que ocurre con la Revolución Francesa, y por ello se erigió un
símbolo a lo largo de dos siglos, es que inauguró una nueva teoría de la
historia, en la que ésta podía verse “como un proceso ascendente”
(35), no importa lo terrible que fuera el presente, los que creían en ella
(y según Wallerstein casi todos éramos creyentes) los dominaba una
profunda convicción en la idea de la irreversibilidad del proceso
histórico, y que se podría contar con la esperanzadora certeza de que al
final la historia ofrecía un final feliz.
Esto como es de suponer abrió una “caja de Pandora”, generando
aspiraciones, expectativas y esperanzas populares, que todas las
autoridades constituidas entonces buscaron la forma de abordar. Estas
autoridades fueron las corrientes político-ideológicas del
conservadurismo y del liberalismo.
La estrategia conservadora (fiel al término que la designaba) se
pronunció por fortalecer la autoridad de las instituciones a fin de
mantener todos y cada uno de los privilegios, y si fuera necesario usar la
fuerza represiva; mientras los liberales, comprendiendo lo obsoleto de
dichas instituciones para contener el “genio” dentro de la botella y
ante la inevitabilidad de reconocer las demandas populares de soberanía
popular, normalidad del cambio y ciudadanía (destapadas a partir de la
revolución Francesa) optaron por poner en práctica estas reformas, de
forma gradual y controladas por expertos que determinarían el ritmo,
cediendo apenas lo preciso, de forma tal que no se viese afectada la
acumulación incesante de capital.
Estaban enfrascados conservadores y liberales en esta lucha (que se dio
entre 1815 y 1848) cuando se produjeron los acontecimientos de 1848,
resultado de la inquietud popular en diferentes formas y lugares, que trajo
como resultado el surgimiento de la tercera corriente ideológica del
sistema mundial: el socialismo, cuya estrategia para transformar el mundo
en dos etapas hemos analizado en el epígrafe anterior.
Sobre la estrategia socialista de la búsqueda del poder debería
subrayarse una precisión que hace Immanuel Wallerstein, y es que “a la
larga no había mucha diferencia con respecto a la estrategia liberal del
cambio racional administrado por expertos. Sólo que los expertos se
ubicaban en la estructura del partido, más que en la burocracia.”(36)
De esta forma en el período posterior a 1848 tenemos dos patrones muy
definidos. Por un lado, una tríada de ideologías (conservadora, liberal y
socialista) compitiendo en casi todas partes. Y por otro lado, “el
liberalismo centrista se convirtió en la ideología dominante en todo el
mundo, precisamente porque los programas tanto de conservadores como de
socialistas tendían a convertirse en meras variantes de la estrategia
liberal subyacente de reforma administrada. Ambos patrones permanecieron
vigentes no sólo hasta 1917, sino hasta 1968”.(37)
Entonces: ¿qué pasó en 1968?, ¿por qué marcó un hito crucial en la
crisis de la estrategia que hasta ese momento se había marcado la
izquierda?, ¿por qué dicha quiebra se produce a fines de la década de
1960 y no antes o después?, ¿quiénes participan en ella y qué reclamos
hacían?.
La Revolución mundial de 1968 se disparó por todos aquellos descontentos
que quedaron fuera del “bien organizado” orden mundial de la hegemonía
estadounidense. Al igual que la Revolución de 1848, la de 1968 (120 años
después) fue un conjunto de acontecimientos que ocurrieron en unos pocos
años, se encendió muy rápido (aunque desde luego más globalmente que la
de 1848) y se extinguió casi con la misma rapidez, fue como un ave fénix,
pero las repercusiones geopolíticas (las más importantes) “hicieron
cimbrar el sistema”(38). Como consecuencia de ello el liberalismo
centrista cayó del trono que ocupaba desde las revoluciones europeas de
1848 como el metalenguaje y la geocultura del moderno sistema mundial.
Al desaparecer el liberalismo como ideología dominante que, desde su
centrismo, había permitido cooptar por igual a las otras dos tendencias
políticas (conservadores y radicales) hizo que estas ideologías volvieran
a ser lo que habían sido en sus orígenes: los conservadores volvieron a
ser conservadores, los radicales volvieron a ser radicales, y los liberales
centristas no desaparecieron pero quedaron mermados, con lo cual estas
ideologías volvieron a representar una verdadera escala de opciones; la
revolución de 1968 en el tema ideológico ayudó a separar el grano de la
paja, “el mundo regresó a una división ideológica realmente
trimodal”. (39)
El consenso centrista anunciado por la ideología liberal en el siglo XIX,
que pudo (y supo) contener a las masas con su teoría esperanzadora de la
historia, que sin importarle lo terrible que fuera el presente su
convicción de que la historia estaba de su lado las llevaba a creer de que
tendrían un final feliz, ya no existe, forma parte de la historia pasada
del sistema mundial que “en 1968 fue desafiado de manera fundamental y en
1989 quedó sepultado”.(40)
Pero la Revolución de 1968 fue además, de la oposición a la hegemonía
norteamericana (como ya se dijo al final del epígrafe anterior) una
respuesta casi universal a la colusión soviética con dicha hegemonía.
Contrariamente a lo que se conoce como absolutamente cierto hasta aquí,
de que la Unión Soviética representaba a las fuerzas de izquierda en el
mundo, para quienes era el objetivo a imitar si con ello se quería dar
cumplimiento al segundo paso de la estrategia (transformar el mundo), en la
práctica, tras la segunda guerra mundial, EE. UU. y la U.R.R.S. acordaron
respetar el status quo (que quedó rubricado en los Acuerdos de Yalta)
mediante el cual la Unión Soviética controlaba aproximadamente un tercio
del mundo y EE. UU. el resto.
Este status quo se puso seriamente a prueba solo en tres ocasiones; el
bloqueo de Berlín, la Guerra de Corea de 1950-1953 y la crisis cubana de
los misiles en 1962. En todos los casos el resultado fue la restauración
del status quo; las dos primeras acabaron en treguas que confirmaron las
líneas divisorias originales, fueron como dice Wallerstein “las coronas
de este acuerdo global”(41); la tercera crisis (conocida históricamente
como la crisis de los misiles del Caribe, o Crisis de octubre de 1962 en
Cuba (42) 6 años antes de los acontecimientos del mayo francés, que
fueron los que hicieron famosa y por los que se conoce histórica y
mundialmente la Revolución de 1968, demostró aún más nítidamente la
bochornosa actuación de la dirigencia soviética, como presunta vanguardia
de la izquierda mundial. La U.R.R.S. desestimó enfrentar a EE. UU., el
hegemón del sistema-mundo del momento, hasta las últimas consecuencias,
pese al pedido de Fidel Castro (43), quien en la práctica actuó como un
antisistema radical y hasta por cuya edad (36 años cumplidos en aquel
entonces) lo ubicaban en las fronteras de la generación sesenta y ochista.
Jruchov no sólo aceptó retirar los misiles, sino que aceptó de
conformidad (en un acto de humillación sin precedentes en la dirigencia
soviética) la presión norteamericana de inspeccionar la retirada de los
misiles en suelo cubano, a lo que Fidel Castro (actuando una vez más como
un antisistema radical) se opuso tajantemente, planteando que sí los
soviéticos aceptaban la inspección estadounidense de la retirada de los
misiles, ésta tenía que llevarse a afecto en los barcos soviéticos y en
aguas internacionales; era en tan breve periodo de tiempo la segunda
ocasión, en que la considerada potencia de la izquierda antisistémica
mundial era humillada, por la verdadera y auténtica potencia del sistema
mundial capitalista en el cenit de su hegemonía. Por ello Armando Hart
Dávalos, uno de los históricos de la Revolución Cubana en el suplemento
cultural Patria del diario Granma manifestaba que “la crisis de los
cohetes marcó el declive definitivo que condujo a la derrota socialista en
la Guerra Fría”(44). Sólo cabe ante tan certera conclusión una
precisión, dicha derrota estratégica no comenzó con la crisis cubana de
los misiles en 1962, venía desde antes, lo que no quita el más mínimo
ápice de mérito a la certera deducción del prestigioso intelectual
cubano.
Por su parte Fidel Castro y los cubanos, cuya revolución a pesar de haber
seguido el mismo patrón estratégico de las demás (los dos pasos), había
sido díscola, en el sentido de que fue organizada y desarrollada con
independencia total y absoluta del núcleo de la Vieja Izquierda, ahora
recibían un baño de desilusión, que no cambiaría con los años, al
contrario se acentuaría (45) pues ante la estrategia de la dirigencia
caribeña de incendiar el mundo (estrategia nada desdeñable y de la cual
el Che Guevara sería un maestro) creando uno, dos, tres, varios Viet Nam,
la nomenclatura soviética permaneció impasible. Al respecto Wallerstein
ha sido conciso y contundente: “El siglo estadounidense (XX) fue una
realidad geopolítica, pero una realidad geopolítica en la que la otra
llamada superpotencia, La Unión Soviética, tiene un papel, una voz, pero
no el poder real para hacer otra cosa más que pavonearse dentro de su
jaula; y así, en 1989, la jaula explotó [pero] hacía dentro”.(46)
Y sí la crisis de los misiles del Caribe en 1962 había significado el
comienzo del enfrentamiento de la Nueva y contrastante izquierda radical
que tendría como protagonista a Fidel Castro y al pueblo cubano (izquierda
que también caducará, pese sus buenas intenciones, al chocar con las
realidades y las condicionantes del sistema mundial) con la Vieja
Izquierda, fueron los acontecimientos de 1968 los que en realidad valoraron
la eficacia de la estrategia de un siglo de duración de esa izquierda.
Esta estrategia como se ha dicho en el epígrafe anterior consistía en
tomar el poder y una vez conseguido éste transformar el mundo; lo primero,
como también se ha dicho ocurrió de una forma u otra en casi todo el
mundo entre 1945 y 1970, pero lo que ocurrió fue que al llegar al poder
éstos movimientos mostraron que en realidad eran incapaces de cumplir con
su promesa histórica, según la cual al hacerse con el poder del estado
podían y de hecho construirían una nueva sociedad, transformándola en un
mundo más igualitario y democrático.
Al no conseguir esto vino la desilusión, y fue ese desencanto lo que
marcó dramáticamente la revolución mundial de 1968. Como dice
Wallerstein “la desilusión vino después de la ilusión del
éxito”(47) puesto que, a pesar de las supuestas reformas y de los
éxitos de la Vieja Izquierda, a nivel mundial la polarización era mayor
que nunca (y no se detiene), aumentando cada vez más la distancia entre
los privilegiados y los de abajo (que ha seguido ensanchándose) haciendo
que el éxito pareciera menos que real, puesto que los beneficiarios de los
cambios fueron un grupo pequeño.
La gran lección que nos dejó la revolución mundial de 1968, a partir de
la cual la Vieja Izquierda ha sido destronada del poder en casi todo el
mundo; “conversa” en otros lugares y abandonada por masas incrédulas
por doquier “es que nuestra visión de la lucha era profundamente
errónea [de ahí la importancia de una nueva estrategia, algo que
abordaremos al final del ensayo] y que los oponentes no eran verdaderos
oponentes y los aliados no eran verdaderos aliados, fuera cual fuera el
lado en el que se estuviera”.(48)
Pero si el 68 se encendió muy rápido y casi con la misma rapidez se
extinguió, su eco tuvo repercusiones para los años venideros: 1989, el
año simbólico de la caída del comunismo en Europa del Este y la
U.R.S.S., fue continuación de 1968(49). “La verdad es que Unión
Soviética y su zona de influencia en Europa del Este se desplomaron debido
a la desilusión popular con la Vieja Izquierda”(50); en 6 meses cayeron
todos los regímenes del este europeo y dos años después la U.R.S.S.
dejaba de existir desintegrándose como estado multinacional, en un proceso
prácticamente incruento, donde nadie, absolutamente nadie entre las masas
salió a defender ninguno de aquellos gobiernos.
El leninismo y su producto supremo la Revolución Rusa, que se produjo
cuando la teoría de la historia que inauguró La Revolución Francesa (con
su fe absoluta en el progreso) no pareció sobrevivir muy bien la prueba de
la experiencia, erigiéndose entonces en una especie de codicilo de ésta,
de la misma forma que aquélla tuvo un 1848, el leninismo tuvo 120 años
después y casi por los mismos motivos, un 1968, donde recibiría una
derrota como estrategia de la izquierda, que se hizo contundente 20 años
después, con la desaparición del socialismo en la Unión Soviética y
Europa Central y del Este.
Aún quedan creyentes en el leninismo, sería erróneo reconocer otra
cosa, pero ya no representan un porcentaje sustancial de las poblaciones
del mundo, y esto es un cambio geocultural que no es menor; el fracaso de
los gobiernos de corte leninista en la transformación del mundo (fase dos
de la estrategia como se ha dicho) ha resultado particularmente
desconcertante para la izquierda del mundo, la cual apostó la mayor parte
de sus fichas (si no es que todas ellas) a la corrección al menos de la
versión de la Revolución Francesa, con su correspondiente teoría de la
historia.
En resumen: las conclusiones que las poblaciones del mundo sacaron del
desempeño de los movimientos antisistémicos clásicos en el poder fue
negativa; y en esta coyuntura “el problema principal de la izquierda del
mundo que se desarrolló en el siglo XIX está hecha añicos y
consecuentemente está actuando con incertidumbre y debilidad, y se
encuentra en un estado general de depresión”.(51).
Al llegar a esta altura del análisis, algunas interrogantes son
necesarias: ¿por qué la izquierda ha fracasado en su estrategia de
transformar el mundo?, ¿el fallo es teórico o práctico?, ¿se debe a
causas objetivas o subjetivas?, ¿por qué hasta un líder de la talla de
Fidel Castro, que hasta en sus inicios revolucionarios, tuvo su
“encontronazo” con la izquierda histórica clásica (como ya se ha
comentado), al final de su carrera al frente del gobierno de Cuba, confesó
al periodista Jerry Goldberg que “el modelo cubano ya no funciona ni
siquiera para nosotros”?.(52)
El fracaso de esta estrategia se debe en primer lugar al desconocimiento
del funcionamiento del sistema-mundo moderno, que es como se ha dicho una
economía capitalista mundial. La estrategia de la izquierda surge (siglo
XIX), alcanza sus primeros éxitos (1917, Revolución Rusa) y llega a su
apoteosis (entre 1945-1970), precisamente en una etapa en que las
tendencias seculares que van lastrando el accionar del sistema avanzan,
pero están lejos de hacerlo encallar; se produce en un momento de madurez,
esplendor del sistema, un periodo de tiempo (de hecho largo) en que el
mismo no se contrae, sino que se expande; tiene salud no está enfermo; es
fuerte, no débil; y es muy difícil (casi imposible) derribar a un
organismo que esta aún pleno de vida, y eso es lo que le ha ocurrido a la
izquierda en su frenética y tenaz lucha por derrocar el capitalismo y
construir en su lugar una sociedad nueva. Valen aquí las palabras de Marx
“No es la conciencia del hombre la que determina su ser sino, por el
contrario, el ser social es lo que determina su conciencia… Ninguna
formación social desaparece antes de que se desarrollen todas las fuerzas
productivas que caben dentro de ella, y jamás aparecen nuevas y más
elevadas relaciones de producción antes de que las condiciones materiales
para su existencia hayan madurado dentro de la propia sociedad antigua. Por
eso, la humanidad se propone siempre únicamente los objetivos que puede
alcanzar, porque, mirando mejor, se encontrará siempre que estos objetivos
sólo surgen cuando ya se dan o, por lo menos, se están gestando, las
condiciones materiales para su realización…”(53) y esto precisamente
ha sido la razón por la que la izquierda se ha visto golpeada en su
estrategia frente al capitalismo.
Como ya se ha dicho anteriormente cuando los sistemas históricos
funcionan normalmente (que es cuando el mismo cuenta con los propios
mecanismos capaces de restablecer el equilibrio que temporalmente pierde
por el accionar de sus componentes contradictorios) las grandes
fluctuaciones, por muy intensas que sean arrojan resultados relativamente
menores, y eso es lo que ha ocurrido a las acciones contra el sistema
capitalista desde el siglo XIX hasta nuestros días.
Es decir, que más allá de los errores cometidos por los cuadros de los
movimientos antisistémicos y revolucionarios (cuya cuota de
responsabilidad no los eximirá del juicio de la historia), y más allá de
las nefastas tácticas particulares que hayan empleado en el marco de la
estrategia general por transformar el sistema burgués, el imperativo
categórico que se interpuso en su camino fue de índole objetiva, no de
elección y planificación subjetiva.