La crisis estructural del capitalismo y la actitud de la izquierda (4)

Ya desde la década de 1980, Wallerstein alertaba sobre ello en un libro
de escasamente 90 páginas (“El Capitalismo histórico”) pero de un
valor teórico, metodológico y programático insuperable cuando
planteaba:
“Uno de los puntos fuertes de los movimientos antisistémicos es que han
llegado al poder en un gran número de estados. Esto ha cambiado la
política vigente en el sistema mundial. Pero este punto fuerte ha sido
también su punto débil, dado que los llamados regímenes
posrevolucionarios continúan funcionando como parte de la división social
del capitalismo histórico. Por tanto, han actuado, queriendo o sin querer,
bajo las implacables presiones de la tendencia a la acumulación incesante
de capital. La consecuencia política a nivel interno ha sido la continuada
explotación de los trabajadores, aunque de una forma reducida y mejorada
en muchos casos. Esto ha llevado a tensiones internas paralelas a las
existentes en estados que no eran ‘posrevolucionarios’, y esto a su vez
ha provocado la aparición de nuevos movimientos antisistémicos dentro de
estos estados. La lucha por los beneficios ha proseguido tanto en estos
estados posrevolucionarios como en todas partes, porque, dentro del marco
de la economía-mundo capitalista, los imperativos de la acumulación han
operado a lo largo del sistema. Los cambios en las estructuras estatales
han alterado la política de la acumulación, pero todavía no han sido
capaces de terminar con ella”.(54)
“Lo primero y lo más importante que hay que recordar en una valoración
de este tipo es que el movimiento socialista mundial, y de hecho todas las
formas de movimientos antisistémicos, así como todos los estados
revolucionarios y/o socialistas, han sido productos íntegros del
capitalismo histórico. No han sido estructuras externas al sistema
histórico, sino la excreción de unos procesos internos de ese sistema.
Por consiguiente, han reflejado todas las contradicciones y limitaciones
del sistema. No podían ni pueden hacer otra cosa”.
“Sus defectos, sus limitaciones, sus efectos negativos forman parte del
estado de cuentas del capitalismo histórico, no de un hipotético sistema
histórico, de un orden mundial socialista, que todavía no existe. La
intensidad de la explotación del trabajo en los estados revolucionarios
y/o socialistas, la negación de las libertades políticas, la persistencia
del sexismo y del racismo, tienen mucho más que ver con el hecho de que
estos estados continúan estando situados en zonas periféricas y
semiperiféricas de la economía-mundo capitalista que con las propiedades
peculiares de un nuevo sistema social. Las pocas migajas que han existido
en el capitalismo histórico para las clases trabajadoras se ha concentrado
siempre en las áreas del centro. Esto sigue siendo cierto de forma
desproporcionada”.
“Un vez que estos movimientos se han hecho con el poder político en las
estructuras estatales, su comportamiento ha dejado más que desear, dado
que las presiones sobre ellos para que cambien sus tendencias
antisistémicas, tanto desde fuera como desde dentro de los movimientos, se
han incrementado de forma geométrica.”(55)
Para finalizar este epígrafe una última reflexión: la estrategia que la
izquierda elaboró desde el siglo XIX para hacer frente al sistema
capitalista como se ha venido analizando ha entrado en crisis (la
revolución de 1968 lo evidenció por primera vez, y los acontecimientos de
1989 lo ratificaron); pero, ¿todo ha sido infructuoso?, ¿no ha valido
para nada?, ¿qué influencia ha tenido en la suerte y el discursar del
sistema que el primer paso de la estrategia (tomar el poder) haya tenido un
éxito bastante general y que el segundo paso (transformar el mundo)
intentó al menos chocar con las estructuras del régimen burgués, aunque
sin llegar a destruirlo ni a transformarlo significativamente?.
Parte de estas interrogantes ya han tenido respuesta en la larga cita
arriba mencionada del profesor Wallerstein. Sólo queríamos recalcar el
hecho de que las luchas y presiones de la clase trabajadora reclamando
determinados derechos en el ámbito económico, político y social han
obligado a la clases dominantes a ofrecerle una serie de concesiones
(léase una parte del excedente, que de lo contrario quedaría en sus
manos) so pena de que la ira popular arruinara las condiciones mínimas que
supondrían mantener la acumulación interminable de capital o destruyeran
la coraza política del sistema.
Pero lo dicho tiene que ver con lo que esta estrategia en calidad de
subproducto, ha representado para las masas de desposeídos del sistema
burgués, pero en la práctica ¿qué ha representado para el sistema como
tal, para su decursar y futuro devenir, para los que ostentan en verdadero
poder en el mismo, para el excedente que se apropian y que constituye su
savia, en fin para la acumulación incesante de capital?.
Debemos decir que la lucha de los pueblos enmarcada en esa estrategia de
la izquierda, pese a su evidente y constatable fracaso (en su fase dos) no
ha sido en vano, ha obligado al sistema a recular, recomponerse, pero
siempre a la baja, a moverse constantemente de sitio, lugar y ramas de
producción, pero no por libre voluntad sino obligado, a huir hacia
adelante, a atenuar las contradicciones en el presente, pero sólo a costa
de agudizarse en el futuro, a erosionarse, a ir agotando los espacios de su
reproducción ampliada, a perder vitalidad.
Dicho en palabras de Wallerstein “Las revoluciones nunca funcionaron en
la forma en que sus promotores esperaban o del modo que sus opositores
temían. Eso no significa que fueran irrelevantes. En realidad, el patrón
repetido de tales levantamientos ha sido un elemento importante en el
establecimiento de ciertas tendencias seculares cuyo impacto estamos
sintiendo apenas desde 1945, y aún más desde 1989”. (56)
C. La estrategia de los nuevos movimientos antisistémicos a partir de
1968.
Como ya se ha dicho en el epígrafe anterior los movimientos
antisistémicos clásicos (en sus distintas corrientes) a pesar de haber
llegado al poder en casi todo el mundo (de una forma u otra) entre 1945 y
1970, y pese a haber hecho un gran número de reformas (algunas muy
radicales) que mejoraron en mayor o menor medida la situación de amplias
capas de población, prometieron algo más que eso, prometieron transformar
el sistema mundo capitalista en una sociedad más justa, no polarizada y
donde no se excluyera a nadie por la razón que fuera.
Consecuencia de todo ello, ha sido un gigantesco y creciente desencanto
con los movimientos antisistémicos. No puede decirse que hayan perdido
todo el apoyo popular, conservan algo, pero incuestionablemente son
percibidos como un grupo reformista (pese a que algunos se autotitulan
revolucionarios), algo mejor que una alternativa más de derecha, pero no
como heraldos de la nueva sociedad.
El resultado ha sido que las masas del mundo tras haber visto el pobre
accionar de los Estados como agentes de transformación, se han refugiado
ahora en un escepticismo sobre la capacidad de los Estados para promover y
lograr la transformación a la que aspiraban.
Con este contexto y ante estos antecedentes es lógico suponer, como así
fue, que la izquierda antisistémica posterior al torbellino de 1968 optara
por una estrategia antiestatista, ya no estaría la toma del poder del
Estado entre sus prioridades, dejaron de creer en él, en la posibilidad de
conseguir un futuro glorioso o un mundo más igualitario teniendo las
riendas del mismo, por eso dejaron de legitimarlo, retirando su fe en el
Estado como un mecanismo de transformación.
Este repentino auge del antiestatismo en las masas (que ha ido creciendo
desde los años 70) en proporción directa al aumento del descontento
popular, con el accionar de los presuntos gobiernos de izquierda en el
poder, también ha repercutido sobre la clase capitalista, ésta tampoco ha
salido bien librada de sus nefastas consecuencias. Y es que “sin Estados
fuertes no puede haber monopolios relativos, y los capitalistas tendrían
que sufrir las negativas de un mercado competitivo. Sin Estados fuertes no
pueden darse las transferencias financieras con la intermediación del
Estado, ni la externalización de los costos sancionada por el
Estado”(57) De este modo en el mismo momento en que los capitalistas se
topan ante sí con los tres apretones estructurales (ver capítulo1
epígrafe B)) en las tasas de ganancias a nivel mundial, y por ende en sus
capacidad para acumular capital, se encuentran con que los estados tienen
un poder menor que antes para ayudarlos a resolver estos problemas. Por eso
Wallerstein afirma que “la economía-mundo capitalista ha ingresado en
una crisis final”. (58)
En cuanto a la Vieja Izquierda, éste antiestatismo generalizado en las
masas se ha traducido en una apatía general por la política (“todos los
partidos son iguales”); y aunque aún grandes sectores de la población
les voten en las elecciones “su voto se volvió defensivo en aras del mal
menor, no fue la afirmación de una ideología o de una expectativa”.
(59)
Pese a lo anterior, desde 1968, ha habido una constante y persistente
búsqueda de un tipo mejor de movimiento antisistémico que guíe en verdad
a un mundo más democrático e igualitario. Ha habido cuatro intentos.
El primero fue la efervescencia de los múltiples maoísmos. Su
inspiración estuvo en el ejemplo de la Revolución Cultural. Todos
fracasaron debido a la lucha entre ellos y a que a la muerte de Mao
desapareció la fuente de inspiración.
Un segundo tipo de movimiento fueron los movimientos sociales: Verdes,
feministas, de las minorías raciales, etc. En la actualidad siguen siendo
significativos en ciertos países, pero su apariencia se acerca cada vez
más a los partidos socialdemócratas con relación a los cuales lucen
apenas un poco más antisistémicos sobre todo después que los movimientos
de la Vieja Izquierda incorporaran a sus formulaciones programáticas
cuestiones sobre ecología, género, la elección sexual y el racismo tras
la lección que obtuvieron de los acontecimientos de 1968.
El tercer tipo de aspirante al status antisistémico han sido las
organizaciones de derechos humanos, que aunque han logrado cierto impacto
en su quehacer, en el proceso se han convertido más en adjuntos de los
estados que en sus oponentes. Se han convertido en Organizaciones No
Gubernamentales (60), ubicadas casi sin excepción en las zonas centrales
de la economía mundo capitalista, aunque ponen en práctica sus políticas
en la periferia, convirtiéndose las mismas en agentes de su Estado de
origen más que como sus críticos, dando “a duras penas la impresión de
ser muy antisistémicos”.(61)
Y el cuarto y más reciente aspirante al status antisistémico han sido
los movimientos en contra de la globalización.
En el caso de este movimiento observamos algunas diferencias respecto a
los anteriores, puesto que buscan reunir a todos los tipos anteriores
(Vieja y Nueva Izquierda, movimientos de derechos humanos, etc), así como
un objetivo común: la lucha en contra de los males sociales consecuencia
del neoliberalismo y el respeto común a las prioridades inmediatas de cada
quien. Lo único raro es que busca hacer esto sin crear una superestructura
general.
Por último en este epígrafe debemos referirnos a los que parece ser una
negación o excepción de la regla en la estrategia desarrollada por los
movimientos antisistémicos en el periodo posterior a 1968-1989 donde
quebró la estrategia de la Vieja Izquierda, y es el caso de América
Latina.
En esta región a partir de la victoria de Hugo Chávez en Venezuela en
1998 que fue la primera elección de un candidato presidencial de izquierda
ocurrida en América Latina en la actual etapa histórica, han llegado al
poder más de una decena de gobiernos insertados en lo que podemos llamar
revolucionarios, de izquierda o progresistas, varios de ellos han alcanzado
más de un mandato algunos incluso más. Por eso debemos hacernos algunas
preguntas: ¿Rompen los gobiernos progresistas y movimientos de corte
antisistémicos que han llegado al poder en América Latina en los últimos
cuatro años, con el esquema antiestatista observado por los movimientos
antisistémicos a nivel mundial, después de 1968-1989?, ¿Queda invalidada
la teoría de Wallerstein al respecto?, ¿Es América Latina una excepción
de la misma?, ¿Hay un nuevo resurgir pendular de la estrategia de la Vieja
Izquierda?, ¿Ha habido una corrección de dicha estrategia (de resultado
nefasto en el pasado como se ha visto) por los latinoamericanos?.
En primer lugar debemos decir que parte de los gobiernos de corte
progresista que han llegado al poder en los últimos años en América
Latina, profesaban o aún profesan las concepciones estratégicas de lucha
contra el capital que enarbolaba desde el siglo XIX la Vieja Izquierda; en
segundo lugar, muchas de las organizaciones que han llegado, participan o
simplemente apoyan a dichos gobiernos son partes de los que hemos estado
conceptualizando como Vieja Izquierda, y en el tercer lugar, y esto nos
parece todavía más importante: las mayorías que han votado por ellos lo
han hecho en gran medida como voto de castigo a las fuerzas políticas de
la derecha, en protesta por los efectos de las políticas neoliberales que
en los últimos decenios han destrozado el tejido económico y social de la
región, ha sido un voto no ideológico ni político, mucho menos cautivo
de la izquierda, que puede perder el poder si sus ejercicios de gobierno no
satisface las expectativas, que es lo que sucedió a la izquierda clásica
hasta su entierro definitivo en 1989.
Estas fuerzas progresistas una vez que han tenido en sus manos el poder
aplicaron una política económica de corte distributiva que benefició a
las grandes mayorías olvidas desde antaño, por una pléyade de gobiernos
neoliberales, en parte favorecidos por la coyuntura favorable que han
tenido los precios de las materias primas y otros productos que exporta la
región; en política social la obra no ha sido menor, grandes han sido los
avances de la región en materia de salud y educación; y algunos gobiernos
(los menos, pero de forma más contundente) han logrado cambiar las
respectivas constituciones de sus países que confirmará la nueva
correlación de fuerzas de clase; en lo internacional, han iniciado un
difícil proceso de unidad y coordinación dejando por primera vez fuera a
EE. UU., la potencia hegemónica en la región. Sin embargo tras estos
primeros pasos, algunos logrados con inusitado ímpetu, podemos decir que
el proceso de transformación social revolucionaria o de reforma social
progresista (según la profundidad con que se ha dado en uno u otro país)
se ha estancado, no avanza, y cuando esto sucede el proceso revolucionario
o la reforma progresista muere (62), abriendo espacio a la
desestabilización del imperialismo y de las fuerzas de la reacción
interna, provocando las desmovilización en las masas defraudadas, su voto
de castigo o la abstención; es decir, la repetición del mismo esquema de
desilusión y desencanto de las masas con la actuación de la izquierda
clásica que de una forma u otra gobernó el mundo entre 1945 y 1970, y que
colapsó finalmente en el periodo 1968-1989,91.
Roberto Regalado, un politólogo cubano, buen conocedor de la izquierda
latinoamericana, por sus estrechos vínculos con ella en representación
del partido Comunista de Cuba, advierte sobre el peligro que significa para
un proceso revolucionario o progresista detenerse:
“La historia enseña que la reforma progresista del capitalismo solo
prosperó en aquellos lugares y momentos en que fue compatible con el
proceso de reproducción del capital. Esa compatibilidad no existe hoy, ni
en América Latina, ni en ninguna otra región del mundo. Puede
argumentarse que, a raíz del agravamiento de las contradicciones del
capitalismo, es imposible que esa compatibilidad vuelva a presentarse. De
esta realidad se deriva que, tarde o temprano, el contenido popular y la
“envoltura” capitalista de los procesos políticos desarrollados hoy
por la izquierda latinoamericana entrarán en una contradicción
insostenible: solo una transformación social revolucionaria, cualesquiera
que sean las formas de realizarla en el siglo XXI, resolverá los problemas
de América Latina.”(63)
De aquí que en las actuales condiciones de claro empantanamiento y
estancamiento de los procesos progresistas en América latina, la
advertencia que plantea el intelectual cubano coloca a los mismos ante un
serio dilema de futuro cuando dice “…debemos preguntarnos si los
actuales gobiernos de izquierda y progresistas están enrumbados hacia la
edificación de sociedades «alternativas» o si serán un paréntesis que,
en definitiva, contribuya al reciclaje de la dominación del
capital.”(64)
Y Rosa Luxemburgo dilucidaba en el siglo pasado la estrecha relación
entre los procesos de reforma y revolución , madeja que parece no ha
sabido (o no ha podido según la tesis de Wallerstein) desenredar la
izquierda latinoamericana “para dar el salto de la reforma social
progresista a la transformación social revolucionaria, sin la cual
quedará atrapada en el mismo círculo vicioso de reciclaje del capitalismo
concentrador y excluyente que la socialdemocracia europea”. (65)
Finalmente, y como demostración de que el último esfuerzo emancipador
latinoamericano parecería ser un espejismo engañoso, lo cual avalaría la
tesis Wallersteniana de que los errores de la izquierda, la estrategia
fracasada y su insuficiencia operativa, “son un resultado casi inevitable
de las operaciones del sistema capitalista en contra del cual luchaba la
izquierda”(66) al imponerle en su accionar una serie de trabas, camisas
de fuerza y presiones estructurales que limitan su libre accionar, es el
caso de Brasil, el gigante sudamericano, la potencia emergente, el flamante
integrante latinoamericano del BRIC.
Para ello dejemos a la autorizada palabra de Iván Pinheiro, Secretario
general del Partido Comunista Brasileiro, cuando decía “las medidas
neoliberales no han sido movidas en Brasil, pese a los dos períodos de
gobierno del Partido de los Trabajadores encabezado por ‘Lula’ y ahora
el de Dilma Rousef… La izquierda latinoamericana cree o dice que Brasil
es progresista, antiimperialista porque Lula que ha sido un gran líder
sindical y se quedaron con esa imagen… el Brasil de hoy está pasando por
un proceso de revolución, pero revolución capitalista… Los comunistas
brasileños decimos que el imperialismo no es un enemigo externo o interno
porque Brasil es parte del imperialismo…(y ahora lean las entrelíneas de
estas palabras de Lula ‘América Latina no necesita más espadas de
Bolívar, necesita créditos’”. (67)
D. ¿Cuál debe ser la estrategia de la izquierda antisistémica en la
actual etapa de caos y bifurcación histórica del sistema-mundo
capitalista.?
Las causas del fracaso de la izquierda en su lucha por transformar el
sistema burgués, ya se han abordado en parte al final del capítulo 2
epígrafe B, pero antes de abordar cuál debiera ser la estrategia a seguir
en la actual etapa de caos y bifurcación histórica del sistema-mundo
capitalista, debemos puntualizar algunos aspectos en torno de la misma.
Parece ser (como lo corrobora la praxis) que la estrategia que la
izquierda mundial desarrolló a lo largo del siglo XIX y continuó
ejecutando durante el siglo XX, hasta que entró en crisis definitiva entre
1968-1989, estuvo mal en muchos aspectos, porque no fue exitosa.
Como la estrategia (que contaba de dos pasos), en su primer paso no tuvo
muchos inconvenientes para realizarse y de hecho así ocurrió entre 1945 y
1970, las causas del fracaso comenzaron a buscarse en el segundo paso,
así, durante mucho tiempo se han dado dos causas fundamentales: la
dirigencia en cierto modo había traicionado y/o se había vendido; y unido
a esto, la idea de que las masas tienen una falsa conciencia.
Las dos analíticamente resultan estériles, y políticamente
paralizantes; es cierto que algunos dirigentes colocan la ambición
personal por encima de los principios que proclaman, del mismo modo que
ciertas personas comunes y corrientes no parecen creer en los mismos
principios en los que muchos (casi todos) de los suyos creen. Sin embargo
la pregunta es: ¿por qué prevalece esta gente?.
La explicación que ofrece Wallerstein es larga:
“El problema básico no es ético o psicológico sino estructural. Los
Estados en el interior del sistema-mundo capitalista tienen un poder
enorme, pero sencillamente no son todopoderosos. Quienes están en el poder
no pueden hacer todo lo que quieren y a pesar de ello seguir en el poder.
Quienes están en el poder están de hecho bastante limitados por todo tipo
de instituciones y en especial por el sistema interestatal. Ésta es una
realidad estructural con la que se han topado, una y otra vez, todos los
movimientos que han llegado al poder. Como árboles en una tormenta, dichos
regímenes o se han doblado o se han quebrado. Ninguno ha permanecido
erguido. Y en muchos modos era peligrosamente ingenuo esperar que sí lo
hicieran.”
No es que nadie desde la izquierda no advirtiera nunca sobre los peligros
de la estrategia de los dos pasos. Sucede que quienes discutieron sobre sus
peligros nunca lograron convencer a la mayoría de que podía existir una
ruta alternativa eficaz. El hecho de que los poderosos del mundo
controlaran las armas –por la vía de los ejércitos y de las fuerzas
policiales del estado- parecía volver imposible la realización de ningún
cambio verdaderamente fundamental antes de que estos movimientos obtuvieran
el poder el estado. Y la mayoría de la izquierda probablemente estuviera
en lo cierto en este punto. De hecho, no había un camino alternativo en
tanto estuvieran operando dentro del ámbito del sistema-mundo capitalista
que gozaba todavía de una situación básicamente estable.”(68)
Lo que ocurre hoy sin embargo, es que la situación en la que se encuentra
el sistema-mundo en el que vivimos hace más de 400 años ha cambiado
diametralmente, nos encontramos en su otoño, las tendencias seculares
(analizadas en la primera parte de este ensayo) que lo van erosionando,
comienzan a llegar a sus asíntotas sin que pueda sobrepasarlas,
metiéndolo en un período de caos, desorden (palpable ya por doquier) y
desintegración.
Cuando un sistema goza de una vida pletórica, es saludable y funciona
“normalmente” el mismo cuenta con mecanismos que tratan de restaurar (y
de hecho lo logran) el equilibrio que sus contradicciones internas van
alterando, y poco se puede hacer contra él, por muy voluntariosas y
fuertes que sean las acciones; en esta situación las fluctuaciones que se
producen en sus seno por grandes que sean “tienen efectos relativamente
menores…Es por eso que a largo plazo las revoluciones francesa y rusa
podrían percibirse como ‘fracasos’. Ciertamente lograron menos en
cuanto a transformación social de los que sus partidarios esperaban. Pero
cuando los sistemas se alejan mucho del equilibrio, cuando se bifurcan, las
pequeñas fluctuaciones pueden tener efectos serios. Ésta es una de las
razones principales por las que el resultado es tan impredecible. No
podemos siquiera imaginar la multitud de pequeños detalles que tendrían
un impacto crucial.”
“traduzco este marco conceptual al lenguaje antiguo de la filosofía
griega. Opino que cuando los sistemas funcionan normalmente el determinismo
estructural pesa más que el libre albedrío individual y colectivo. Pero
en tiempos de crisis y transición el factor libre albedrío se vuelve
fundamental…”.(69)