La quiebra del modelo financiero ahonda la crisis estructural capitalista

La extensión de la crisis económica ha cambiado el panorama político. Donde había alegre endeudamiento y desaforado consumo hay miedo y desconfianza, baja actividad o, directamente, se produce la destrucción del “tejido productivo”. Los capitales invertidos se han evaporado en todo el mundo a una velocidad pasmosa desde Setiembre. No se trata de la quiebra de algunos “bancos irresponsables”, ni siquiera de la caída del mercado inmobiliario que había sido precedida por un exuberante y desmedido crecimiento: estos son elementos desencadenantes de un nuevo episodio de la crisis estructural del sistema capitalista, con todos sus elementos a la vista. Sobreproducción, caída de la tasa de ganancia, retracción del consumo, recesión, desempleo creciente y aumento de la lucha de clases en todo el mundo: estos son los rasgos de nuevo período en que hemos entrado plenamente, una etapa aguda de la descomposición capitalista.
Se trata de un fenómeno internacional que afecta a todos los segmentos de países, desde las potencias centrales, a los semicoloniales y atrasados, pasando por los del Este, cuyos sueños del capitalismo dorado y consumo glamoroso han durado bien poco, para darse de bruces con la realidad creada por el incontrolable depredador que destruye y desvaloriza los capitales a mayor velocidad de la que se amasaron.
Y es una crisis estructural porque no se trata de una coyuntura o de un “ciclo” de unos pocos años, como suelen decir los analistas y “expertos” burgueses. Son los mismos que no han podido evitar la emergencia de la crisis, ni siquiera prevenir a sus amos o encontrar un recaudo seguro y fiable donde materializar la enorme masa de beneficio acumulada en la fase expansiva. El otoño de 2008 supone el agotamiento final de una serie de recursos de crisis ensayados por el sistema capitalista para soslayar sus propias contradicciones. Desde los años años 80 el capital lanzó una ofensiva en varios frentes para contrarrestar la crisis de sobreproducción de los 70 y frenar la constante caída de la tasa de ganancia que había llegado a niveles marginales: estas vías fueron la desregulación y la retirada de restricciones estatales al movimiento de capitales y la reducción de impuestos para conseguir dar un nuevo impulso a la acumulación de capital, a costa de aumentar la desigualdad social y reducir los subsidios y servicios sociales. En segundo lugar hubo una ofensiva de la “globalización” o incorporación, rápida y sin mediaciones, en el mercado capitalista de enormes territorios que todavía mantenían sistemas pre-capitalistas, áreas de agricultura e industria tradicional para el mercado doméstico y remanentes de la economía planificada y burocratizada, dando una extraordinaria amplitud al comercio mundial, a los volúmenes negociados y a la circulación de mercancías, incluyendo Rusia y China en un mercado global casi irrestricto. En tercer lugar, como hemos señalado en otras ocasiones, ha habido un desplazamiento muy significativo del capital productivo hacia operaciones financieras: muchas empresas pasaron de ser multinacionales presentes en varias ramas productivas a ser básicamente conglomerados financieros, colocadores de fondos en un esquema especulativo global, del que esperaban obtener beneficios mayores y mucho más rápidos que con la producción de artículos para mercados saturados y con márgenes comerciales cada vez más estrechos debido a la competencia feroz, de alcance mundial.. Esta financiarización del sistema dio durante un tiempo la apariencia de robustez del crecimiento y del beneficio, para revelarse inmediatamente como lo que es: un simple movimiento parasitario que favorece la formación de “burbujas” especulativas y hace más violenta la crisis, profundizando las caídas. El descalabro de la economía de casino es ahora tan completo que los “expertos” del sistema y su corte de periodistas y comentaristas aventuran ahora toda clase de recetas y medidas reguladoras o de inspiración moral para evitar los “excesos” anteriores. Se niegan otra vez a ver la evidencia de las causas profundas de la crisis estructural y siguen buscando cómo lograr un capitalismo autorregulado, socialmente más justo y con un crecimiento sostenido y hasta “sostenible” ecológicamente: una verdadera quimera.
Reuniones y cumbres internacionales, planes de salvamento financiero, inyecciones de fondos públicos de emergencia a bancos y compañías de seguros, etc. Están fracasando una tras otra, sólo sirven para amplificar la percepción del desastre y arruinar la confianza en el sistema político como causante de la quiebra económica.

Campaña mediática internacional

Enmarcada en este escenario de crisis se ha producido la última fase de las elecciones norteamericanas que han tenido varias características destacables:
- se han “cubierto” periodísticamente en todo el mundo como ninguna otra campaña., en un esfuerzo mediático-propagandístico para apuntalar las ilusiones en el sistema ante la crisis política abierta no sólo por el desgaste del sistema sino por la fase aguda del descalabro económico.
- en Estados Unidos se ha invertido la tendencia abstencionista creciente, lo que indica renovación de ilusiones, participación de sectores nuevos, jóvenes y minorías como los hispanos. El presidente electo tiene un escenario desastroso pero se beneficia de un crédito político y una mitificación mediática que se apoya en el atraso de las masas y postración del movimiento obrero norteamericano, empezando por los sindicatos infeudados al aparato del partido Demócrata.
- En las elecciones de 2008, la política y los programas no son el centro de la elección sino la “imagen” de los candidatos, su perfil personal -aunque este fenómeno no es nuevo, se acentúa más que nunca-. La mitificación del “cambio” por el triunfo del candidato negro y la catarsis colectiva subsiguiente de los que quieren creer que con él todo será posible, ignora y oculta que Obama era, simplemente, el candidato preferido por el sistema para tratar de “organizar el consentimiento” de las masas a los tiempos duros que se van a atravesar, es el candidato que más donaciones había recibido de las grandes corporaciones y el que más apoyo diplomático suscitaba. Su línea política no va a separarse de lo esencial del programa imperialista. El gabinete que ha elegido corrobora lo dicho, se trata de un abanico de pesos pesados, gestores de la era Clinton y responsables del ejecutivo de Bush: lo más alejado posible de cualquier cambio, ni siquiera cosmético, con acusado perfil conservador incluso para la pacata oposición pública norteamericana. De momento, se anuncian envíos de más tropas para Afganistán tratando de frenar la derrota frente a la creciente resistencia a la invasión, y la confirmación de los responsables de la ocupación de Irak nombrados en el último mandato de Bush, sin precisión sobre las promesas de retirada de tropas. ¡Vaya cambio! En la esfera económica siguen los estériles pero costosísimos programas de salvamento de grandes bancos, incluso con “nacionalizaciones temporales”, adquisición masiva de “bonos tóxicos” con dinero público y planes de salvamento de coste astronómico para las grandes multinacionales –especialmente del sector del automóvil y su industria auxiliar que se encuentra virtualmente paralizada-. Las primeras impresiones del nuevo gobierno norteamericano dan la medida de su impotencia para encarar la crisis estructural del sistema y se proyectan sobre todo el mundo.
Los planes de la UE y algunos rasgos de esta crisis.

En Europa la crisis económica golpea igualmente y los gobiernos se reúnen una y otra vez, por separado o entre sí, y aplican similares recetas de rescate financiero. Además disponen de diversas directivas que, si bien no van a resolver la crisis, ayudarán a la burguesía a trasladar el grueso de los sacrificios a los trabajadores. Entre estas directivas está la de la jornada máxima de 65 horas –que cobra todo su sentido reaccionario en el momento que el paro crece rápidamente-, la directiva que endurece las leyes de extranjería facilitando la expulsión de inmigrantes, la directiva que permite la privatización de los servicios públicos ...
La patronal, tanto la autóctona como la de las multinacionales, ha vuelto a generalizar las amenazas de cierre de empresas y a exigir flexibilidad laboral y mayor productividad. Es decir, congelaciones salariales, adaptación de plantillas y horarios a los flujos de la demanda comercial, abaratamiento del despido de los trabajadores con contrato fijo, etc. Nada nuevo, ciertamente. Pero esta argumentación tan pobre y tramposa encuentra apoyo en dirigentes “de izquierda” como el “president” Montilla o el ministro Sebastián, y en las direcciones sindicales de CC.OO. y UGT, siempre dispuestas a aconsejar y practicar la política del “mal menor”: aceptar expedientes temporales para que no sean definitivos, aceptar ERE y firmar despidos para que no cierre la empresa, aceptar sacrificios salariales para conservar el empleo, etc. Es archisabido y no nos corresponde señalarlo, pero éste es el camino de la derrota de las luchas por la defensa de los puestos de trabajo, que suelen terminar negociando indemnizaciones por despido. No tiene porque ser de este modo: ¡se puede y se debe defender el empleo! Las empresas declaradas en crisis se organizan, salen a hacer luchas defensivas -por mantener el empleo y el salario- y esperan solidaridad. Es hora de levantar un movimiento de conjunto en torno a las reivindicaciones de clase.
Con decisión, valentía y auto-organización, algunos sectores del movimiento obrero pueden galvanizar al resto para sacarlo de la parálisis y la dispersión en que está tras una década de retroceder en sus posiciones y conquistas, para volver a reconocerse como trabajadores, explotados con intereses comunes por los que es urgente luchar.
Ante los golpes de la crisis capitalista y el escándalo de los planes de rescate financiero, la lucha de clases resurge en medio mundo sin que nadie la haya convocado, de modo defensivo, desorganizado, a veces incipiente o de modo instintivo, donde había decaído la tradición de lucha sindical o en lugares que no la habían conocido. La lucha de los estudiantes contra el Plan Bolonia –que supone un paso más en el camino de poner la universidad al servicio del capital a través de la mercantilización de los planes de estudio y de distribuir jóvenes becarios por las empresas para que trabajen gratis- se junta con la protesta de los jóvenes sin trabajo estable, vivienda ni futuro. Un gran potencial de lucha recorre las asambleas y los encierros universitarios y sus objetivos no son sólo académicos: hay un compendio del malestar social y la frustración de la juventud trabajadora. Ha estallado en Atenas, como hizo anteriormente en Italia, en los suburbios de Paris... y puede ocurrir en el Estado español. La lucha de clases es permanente y se ha iniciado un nuevo ciclo paralelo al giro de la situación política: vamos a combinar la reflexión política y la elaboración de experiencias históricas con la acción, para favorecer un nuevo ascenso anticapitalista.
08-12-08