La transcendencia de las próximas elecciones catalanas

Hace dos años los partidos principales de la burguesía catalana formaban el llamado “gobierno de los mejores” aupado electoralmente por el descrédito del PSOE-PSC y sus socios catalanes de Tripartit (ERC e ICV) impotentes ante la emergencia de la crisis. En el programa de CiU iba el pacto fiscal para mejorar la financiación autonómica y una difusa esperanza de mejora económica basada en la confianza que debía inspirar un gobierno cohesionado y con perspectiva “nacional”.
La crisis ha puesto a cada uno en su lugar. La imagen para la historia es la del presidente Mas tomando un helicóptero para acceder al Parlament rodeado por manifestantes que querían impedir la votación de los recortes sociales. Cuatro oleadas de recortes han dejado maltrechas las prestaciones sociales, reduciendo la educación y la sanidad a mínimos insoportables , mientras suben las tasas y los impuestos, ahogando a las familias trabajadoras. Pero, como era obvio, esas medidas impuestas sólo han agravado la crisis a cambio de un mínimo progreso en la consolidación fiscal y la Generalitat de Catalunya se ha visto abocada al retraso de pagos a proveedores, a la Seguridad Social, a empresas concertadas que prestan buena parte de los servicios públicos, al impago de subvenciones y al recorte de nóminas. El ahogo financiero y el portazo del Gobierno español a la negociación del pacto fiscal dejaban a CiU sin salida, dependiendo del PP para aprobar unos presupuestos con un tremendo desgaste social.
En esta situación, CiU intenta cerrar el flanco nacionalista que le está presionando y puede desbordarle. Se trata de un renovado y ascendente movimiento de masas por la independencia, alimentado por la frustración popular ante las sentencias del Tribunal Constitucional contra el Estatut de autonomía de 2006 y contra el modelo escolar de inmersión lingüística que aseguraba la unidad en una sola comunidad educativa. Las consultas populares locales sobre la independencia, la campaña de declaraciones municipales (650 ayuntamientos de entre 900 han votado a favor de la independencia de Cataluña), la campaña contra los peajes de las autopistas (amortizadas pero siguen cobrando en Catalunya, cuando en el conjunto del estado las vías rápidas son mayoritariamente gratuitas, lo que irrita a miles de usuarios), junto con otros agravios históricos como la restricción a las selecciones deportivas catalanas por ser competencia potencial a la “nación” española han aportado un avivamiento de la cuestión nacional con carácter de masas. La tradicional impotencia y atomización de los partidos independentistas ha facilitado a CiU el giro calculado para envolverse en la bandera, ganar tiempo frente al desgaste inexorable por la política de recortes sociales y avanzar una nueva perspectiva de estado. Disolvió el Parlamento, convocó elecciones anticipadas y planteó la candidatura de Mas como plebiscitaria para alcanzar el objetivo de la realización de un referéndum de autodeterminación de Catalunya.
El objetivo de la burguesía catalana con esta convocatoria es doble: plantean el objetivo del Estado propio pero se conformarían con rehacer las relaciones con el Estado español frenando la política imperial-re-centralizadora del PP, reivindicando autonomía financiera, el reconocimiento especial (un papel de co-liderazgo en España al que se consideran acreedores por el dinamismo económico y cultural) y recuperar la mayoría absoluta en Catalunya aprovechando el descalabro del aparato socialdemócrata. Efectivamente, la manifestación del millón de participantes en el pasado 11 de Setiembre ha eclipsado y desplazado del centro de la actualidad las constantes luchas sociales. Pero están ahí: el inició de curso más conflictivo por los recortes presupuestarios y el despido de docentes, la huelga estudiantil tras la gran subida de matrículas, movilizaciones de funcionarios, de transportes públicos, de la sanidad …
Son luchas constantes, que apuntan al corazón de los problemas, los causantes de la crisis, las políticas de la UE y el FMI que los gobiernos de Rajoy y de Mas obedecen sin rechistar. Por eso, la manifestación del 11 de Setiembre no puede analizarse sólo por su apariencia (puramente independentista) ni por la gestión de sus convocantes formales (la “Assemblea Nacional de Catalunya” donde CiU tiene un gran peso y de la que se desmarca la izquierda más consecuente). Los manifestantes no querían el “pacto fiscal” con el gobierno central ni un acuerdo autonómico de soberanía limitada y concedida al estilo de Baviera, que son las opciones que maneja el presidente. A Mas no se le oye pronunciar jamás la palabra independencia y cuando le preguntaron por la contradicción entre pedir el pacto fiscal y construir el “estado propio” dijo: “Bueno, en los dos casos tenemos que hacer agencias tributarias catalanas”.
Lo que expresa el movimiento por la independencia es la voluntad de autodeterminación, un nuevo comienzo a partir de la República Catalana, sobre la que las masas proyectan las ilusiones nacionales pero también todas las reivindicaciones sociales. Como la historia no va para atrás, el agotamiento del régimen de la transición española replantea las cuestiones democráticas y sociales históricamente pendientes, que fueron esquivadas en los setenta a la salida de la dictadura franquista por medio de la traición de las direcciones del movimiento obrero. Pero el debilitamiento de PSOE y PCE , el desgaste de la Monarquía y las instituciones ha sido impulsado por la crisis: movimientos como el 15M cuestionan el sistema político, denuncian la corrupción y exigen una asamblea constituyente. Las centrales sindicales convocan la segunda Huelga General del año para el 14 de Noviembre y su preparación desborda el ámbito de las empresas para tomar un carácter social y político de repudio a la política que profundiza el paro y la miseria (para pagar la deuda externa a la banca europea y el rescate de la banca española).
Pero en la Transición no sólo quedó pendiente la forma de Estado, al respaldarse la monarquía instaurada por Franco, sobre todo se dio continuidad al delirio imperial de la burguesía española que considera su papel en el mundo una herencia directa de la proyección imperial de Castilla. La realidad de la diversidad plurinacional del territorio español se integra compulsivamente, por “derecho de conquista” en un estado centralista que intenta históricamente uniformizar territorios y poblaciones, asociado a los sectores más conservadores (terratenientes, iglesia, ejército, cuadros de la administración). Este hecho ha impedido la estructuración democrática del Estado e incluso sigue dividiendo a la “izquierda” oficial que sigue siendo incapaz de ponerse de acuerdo en un modelo de Estado que resuelva el déficit de estructuración democrática española. El PSOE de Zapatero fue incapaz de dar fundamento federal al desacreditado marco autonómico y hoy el PSC (PSOE catalán) se divide ante la presión nacionalista, mientras prosigue su marcha hacia la irrelevancia. Los resultados de las elecciones vascas y gallegas destacan también por la abstención y la caída de los socialistas, poniendo de relieve la misma problemática histórica.
En este contexto, las elecciones catalanas del 25 de Noviembre, planteadas de modo plebiscitario por el gobierno catalán (referéndum de autodeterminación si o no) van al choque institucional, no sólo porque la consulta es ilegal sino porque las ilusiones de las masas y el movimiento popular no se paran por decreto ni por sentencias de Tribunal Constitucional. La burguesía catalana es incapaz de romper sus lazos y negocios con el capital español, su prioridad es dejar clara la vinculación a la UE y la voluntad de que nada cambie, salvo quizás la bandera. La pequeña burguesía se moviliza radicalizada en el eje nacional ondeando la bandera de la independencia por separado del movimiento popular mientras el 15M catalán ha sido reacio a asumir el derecho a la autodeterminación, por lo que hasta la izquierda independentista lo ha visto como algo ajeno (con alguna simpatía pero sin involucrarse).
Lo característico de la cita electoral del 25N es que no hay alternativas políticas: la bandera nacional catalana en manos de CiU porque el independentismo político está dividido (ERC, SI) o ha caído en la órbita de Artur Mas (los grupos de Carretero y Laporta). El PSC no tiene oferta creíble e ICV-EUiA critican tímidamente los recortes sin dar una alternativa de clase al sistema y en lo nacional, la novedad es que admiten la independencia como una opción más dentro de un abanico que incluye diversas posibilidades federales.
La novedad en estas elecciones es la presencia de las Candidatura de Unidad Popular (CUP), movimiento basado en asambleas locales y luchas populares que agrupa los diversos partidos de la izquierda independentista . Se ha dirigido también al tejido asociativo vecinal y a las candidaturas municipales autónomas para ofrecer una plataforma de unidad combativa, recibe además el apoyo de varias organizaciones anticapitalistas (Revolta Global, En Lucha, Lucha Internacionalista, Red Roja …) y ha empezado la actividad recogiendo más de 27.000 avales en tres días. Es un buen comienzo de campaña, que requerirá de continuidad, esfuerzo y debate programático para avanzar no sólo en votos sino sobre todo en cohesión política.
La tarea de unir las reivindicaciones democráticas y nacionales con las luchas sociales está ahí: en dar la prioridad a las asambleas obreras y populares que permitan levantar y organizar la voz de los trabajadores, la juventud y las capas populares. La falta de dirección del movimiento obrero hay que suplirla con una práctica consecuente, desde abajo y no con una simple propuesta electoral. La CUP puede ser un paso en esa dirección si los luchadores más conscientes se implican en reforzar una posición revolucionaria hacia el parlamento burgués, generando conciencia y organización más allá de las elecciones y son capaces de explicar que la independencia no es un fin en sí mismo: tan sólo abre la puerta a un proceso objetivamente revolucionario.
21-10-2012
Toni