Latinoamerica es el Sur

La gran miseria ha ganado la esfera y el desprecio es faro y timón de su ventura. Ahora mismo, los Condenados de la Tierra rozan la cifra del 80% de la población total, y ese león, que mordisquea sin hambre su presa, descansa sobre flamantes y blindadas ciudadelas donde afuera acechan los pobres e indigentes.

En el tercer mundo latinoamericano hay ciudades aherrojadas que expiden basura lejos de las lindes del suburbio, donde vemos ojos y bocas humillados por la desproporción obscena de las diferencias. Ojos que contemplan lo que no producen ni consumen, esto es, bienestar, tecnologías, despilfarro y garantías individuales de unos pocos.

Es costumbre acatar sin chistar los entuertos groseros del poder de turno, sus migajas de verdad, sus indecencias. Allí, los represores y asesinos conviven con los descreídos, con los desahuciados y los que resbalan sin red del mapa productivo. Los indignados presumen de memoriosos y guardan en la manga la osadía para desplantes tibios.

El presente latinoamericano es punto de partida de la mirada sin flema, de la fiera dentellada por poner en acto el cambio. Y es, quizá, punto de llegada del vacío conceptual, de la herencia renegada y de un triunfo sin mérito del Capital refritado en nuestra globalizada hegemonía.
Allí también la ley del Padre Mercado volatiliza la diversidad, y el pensamiento del orbe se hace Uno e imbatible.

Hay toques mágicos a la aldea de hombres gentiles que comparten un paisaje común guardado en monitores que miran al primer mundo como unica salida.

Pero América Latina es, en realidad, la cuna del latifundio y el quehacer de menudeo esclavo y cuentapropista. Es un páramo de sol donde el fútbol reemplaza a la vieja conciencia de clase, y su goce voyeur hará aflojar el paso ciudadano el día del partido cuando la tarde desluce su lamento tardío de tedio e impostura.

Allí viven los indios, ahogados en el espejo tutelado por la imagen de su sangre. Y ahora son ellos quienes toman el bastión de sus riquezas terrenales en Bolivia, y pareciera que Dios y los santos impuestos por la conquista, los dejan tranquilos por un rato acariciar ese sueño merecido. Extraño.

Hace tiempo, Cortés y Pizarro llenaban a cuatro manos las arcas de Flandes sólo para mejorar un poco el invierno de sus vidas sujetadas a salvar el pellejo del peligro. Murieron pobres y asesinados ambos, y no fue el reino de España, precisamente, el que se enriqueció con la Conquista.

Tupac Amaru había fundado, sin sospecha, el imaginario guevarista mientras Juana Azurduy rasgaba su europea camisa para dar el pecho claro al Alto Perú, que hoy baja dócil otra vez detrás del pulgar de un burgomaestre de derechas llamado Alan García. Sí, otra vez Alan García, ese impune dinosaurio regresa con un cargo no prescripto por la violación a los derechos humanos y la entrega de llaves a la mafia fujimorista.

Y el Cuzco malherido, y la selva paraguaya, y el Matto Grosso y el Amazonas cargando lo rapaz de multinacionales que depredan sin reparos. Y el Corcovado, y sus favelas como escoltas de fuego, y la patagonia trágica, y la ruina jesuita de huella humanista, y Teotihuacán desertado una noche de invierno y sudestada, y la cloaca y el gasoducto, y los sinceros cantegriles, y el pisco inmigrante vomitado sobre la calzada de una avenida parisina en la rubia Buenos Aires.
Y la traición sin demora, y la liturgia clerical bendiciendo la tortura, y luego la sangre obrera, mestiza, judía, pensadora, libertaria. Y la música de sikuris y de quenas, de ocarinas, de marimbas y guitarras duelistas, de tambores de parche quebrado, de silbato de trenes ingleses, de nuevos himnos patrios y colosos de barro.

Todo esto es Latinoamérica con sus hordas de perros salvajes, la suma de olor a sarro malevo y a cadáveres valientes sin nombre ni fosas royendo la memoria altiva de sus deudos.
El malestar en la cultura de deuda onerosa e imposible de saldar. Aquella deuda de las revoluciones burguesas desanudando cintas y escarapelas para entramparnos con nuevas banderas a las colonias del FMI y el Banco Mundial.

Latinoamérica es también la rabia ancestral del oro y la plata esfumados en la cubierta de un buque que se aleja, mientras se cargan picos y azadas, y a los veinte años también se cargan las manos en los socavones de minas inconscientes.

Allí permanecen las almas cristianadas en el hábito de sopesar lo perdido sin remedio: Moctezuma doblado en llanto y degradado, la superestructura hecha pura ceniza en la derrota. La cartografía estelar en la contemplación no reglada del cielo y sus estrellas.

Y también Tlatelolco en su zócalo atestado de estudiantes masacrados. Y el cura Romero, y Chico Méndez, y los buscadores de oro, y el carnaval de Río con su reguero de muertos que no salen en los diarios.

Latinoamérica es la maravilla del encuentro fatídico con los dioses y un pase de Amo para la historia venidera. Aquel estrago de la cruz católica implantando un Padre Eterno, quien inculpa sin respiro a sus fieles enrolados en la Fe a pura fuerza bruta y latigazo.

Cultura de síntomas estables por los siglos de los siglos, cronificada en la ceguera de algo nunca redimido.

Las voces de los muertos centenarios gritan su endecha de gloria y desafuero por encima de los desocupados colombianos, brasileños, ecuatorianos, chilenos. Porque América Latina es una casa de todos para nadie, una casa con puertas que zafan de sus quicios y ventanas siempre abiertas hacia el fondo de una nada orientada al punto cardinal menos cercano y conveniente.
En Chiapas todavía y desde el 95, los zapatistas leen poemas de Rilke y Baudelaire a los cañones legales. En Brasil, todavía los escuadrones de la muerte exterminan pulcramente a los pixotes callejeros.

Las Crónicas de Indias son, entonces, acervo que regresa como enigma en la impunidad por otras sangres expuestas al aire de lo visto y olvidado. Pero desde ese olvido gigante insisten en ser ligadas a la memoria siempre lábil de los pueblos.

Lo que retorna es el síntoma, insidioso y extraño. Aquello que no habiendo sido conciliado en la conciencia popular debió ser expulsado como hecho no comparecido en el recuerdo.

Es el poderoso síntoma de West Point formando represores mestizos. Es el síntoma de la Doctrina de Seguridad Nacional norteamericana. Es el síntoma que nos recuerda la suba precipitada del barril de petróleo y el temblequeo económico mundial en los setenta.
Es el síntoma de los planes económicos aplicables a rajatabla en los países periféricos para evitar esa gran crisis, y la consiguiente reacción violenta en forma de guerrillas dirigidas por inmunes que hoy residen en el Norte.

Es el síntoma de la represión indiscriminada por parte del Terrorismo de Estado en toda latinoamérica. Es el síntoma de aquella gente armada que secuestra gente desarmada. Esa gente que asalta hogares familiares, saca personas de sus camas calientes en mitad de la noche, les roba la vida, la historia, cosas personales y enseres, escrituras de propiedad, la identidad de sus hijos.

Es el síntoma reprimido de la vecindad, que no ve ni escucha nada de esto pero sigue maniatando ese latido inacabable de compás rotundo. Es el síntoma de la negación maníaca y el pacto de silencio colectivo.

Un contrapunto maldito de horror y bonhomía pulsa, por debajo de callecitas urbanas, su lamento de siglos deshollados en carne viva a la intemperie. Sueños asesinados durante el festín bacanal de la nocturnidad y sus "excesos". Esos son los desaparecidos chilenos, argentinos, uruguayos, mexicanos, guatemaltecos, salvadoreños.

Pero resulta que hoy mismo, a veintitrés años de finalizada la última dictadura argentina, el presidente Kirschner batalla contra las cúpulas castrenses que reivindican con impudicia el genocidio. Esta posibilidad surrealista es también latinoamérica.

Y acabar con el último aborigen indomable no fue nada fácil para la última colonia ni para sus ahijados patriotas. Desde su grito póstumo en el viento transido de la pampa, otros gritos de obreros del tanino y el quebracho colorado, de la hulla y el carbón, de la molienda y las fábricas de acero, van soldando su gemido final de rota rebeldía.

Porque el retorno de lo reprimido es aquello que vuelve a cobrarse su deuda de sentido en la madrugada del lumpenaje, casi como el cordón rojizo de una cicatriz que conmemora las razones de su herida.

Al sur del Río Grande, la cocaína ausculta las bocas selladas en fiebres de inercia. La botella de aguardiente y las balaceras son apenas el fervor de la supervivencia. Y los pobres matan a otros pobres para robarles las monedas. Porque ellos son una flota muriente de desposeídos en un mar de asfalto triste y empellón.

Lo que retorna es el síntoma, lo que no mostrando en su acontecer la causa, insiste como acto de iracundia contra cualquier resistencia de mando y poderío. Es un síntoma de escudo bestial y de insurgencia sin señales. Estalla en una encrucijada de calles de tierra y viviendas de cartón prensado para matarse entre los pobres, como quieto fragor en el goce sordo de la muerte, adocenado en presentes de despojo e injusticia que a diario se naturalizan sin asco.

El posmodernismo se llevó las bellas narraciones que acunaban a la Historia. ¿Adónde quedaron, entonces, el yunque y el martillo o el canto legendario de la lavandera negra?¿Quién ha escuchado por última vez en aquella casa latinoamericana el bramido de las insurrecciones?
Ya no queda en el frasco ni un poco de aquella certeza modernista de progreso lineal hacia el futuro de paz y equidad, de la revolución francesa. Pero queda, en cambio, la nueva orfandad de una miseria sin precio, del libre acceso a las tecnologías de punta, de saberse sin dueño pero también sin posesiones, o de fantasear un consumo que casi nadie toca más que con la engañosa virtualidad de las iconografías.

América Latina es un continente drogado de lluvias y de especias dulzonas a un costado de los bosques siempre desvastados. Continente vengativo y burlón, de catástrofes a la hora más temprana de la vida.

Las cárceles latinoamericanas se repletan de piernas y de brazos, de alientos de desidia, de carroña furiosa y hurones violentos, mientras las ciudades capitales construyen en sus conurbanos más arcas de Noé en sus barrios cerrados a legiones de hambrientos y desesperados.
En el tercer mundo los puentes levadizos se clausuran del otro lado del muro que separa los dos bandos del planeta, en tanto el Estado de Bienestar del Norte hace agua aunque nadie lo perciba. Parece que ya no es suficiente el antiguo usufructo para sostener el confort de los bien alimentados y educados del gran mundo.

Por lo pronto, las reservas petrolíferas que abastecerán a todo el continente americano por cuatro generaciones, siguen en poder del "chico malo" Venezuela, y los hidrocarburos, nacionalizados ahora por Evo Morales mientras no quemen las papas y haya que volver a incautarlos, como la reserva acuífera paraguayo-brasileña, custodiada por miles de marines.
Un dato pintoresco: curiosamente, en España llaman "sudamericanos" a todos los latinoamericanos, y "americanos" sólo a los estadounidenses, cuando sabido es que América Latina comienza en México.

La inferencia deductiva instantánea es que el sur será siempre la pobreza, aunque sabemos de sobra que la arbitraredad cartográfica de los primeros navegantes dispuso lo cardinal desde sí misma como centro.

En estos términos, el sur también será Africa, la India, medio Oriente e incluso hasta Rusia. Porque el sur no es una entelequia simpática ni una abstracción condescendiente sino el almacén del Norte, y gracias al cual el Norte siempre sobrevive.
Laura