Mundialización, pobreza extrema, destrucciones del entorno y guerras: la irracionalidad del capitalismo en el corazón de la cris

François Chesnais

(Traducción nuestra, a cargo de Toni. La primera parte del presente texto fue publicada en el número anterior de EDM)

La crisis ecológica, factor cualitativo agravante del cambio del período histórico

Partimos de la declaración sobre el “curso autodestructivo” de la sociedad contemporánea de una especialista americana en el recalentamiento climático. Hay que situar, pues, la crisis ecológica dentro de a interpretación de conjunto aquí esbozada. Los prolegómenos de la crisis climática son anteriores a la transición hacia el período de la mundialización. Pero el hecho de que esta crisis venga en la madurez y se acelere con el advenimiento de aquella (ha sido a causa de la adopción por China, no sólo del capitalismo, sino también por la fracción de la población susceptible de incorporarse a un giro interno del ciclo de valorización del capital, del “modo de vida americano”), viene a agravar cualitativamente el conjunto de los procesos y de los problemas que marcan el giro del período histórico. La crisis climática no es una imaginación. Ha progresado ya tan deprisa en veinte años que no sólo amenaza la continuidad de las condiciones de reproducción social de ciertas clases, de ciertos pueblos, es decir de ciertos países, sino que ya las ha destruido en determinados lugares del mundo. Por otra parte, las proyecciones científicas, cada vez más precisas sobre los ritmos de fusión de la capa de hielo en el Ártico y en el Antártico y sobre sus efectos muestran que en muy poco tiempo los países capitalistas industriales sufrirán sus efectos, tanto los antiguos como los nuevos. Entre la cantidad de fuentes de emisión de gas con efecto invernadero, los transportes por automóvil, camión y avión vienen en primer lugar. Pero los planes y las proyecciones del “crecimiento” mundial se fundan sobre estos medios y las industrias que los producen. Las economías de energía se piensan a varios niveles, pero jamás en relación con los despilfarros inmensos asociados a la debilidad de la población que puede expresar una demanda monetaria y a la que necesitan imponer unas mercancías que las gentes en cuestión ya poseen. Tales son algunos de los caminos tomados por el “cegamiento”, el “curso autodestructivo”. ¿Cómo explicarlo?
La explicación más inmediata, y en gran medida la más fácil, es evidentemente el papel que juega el muy poderoso “bloque de intereses” de los grupos industriales con fuerte intensidad destructiva de la ecosfera en particular y del entorno en general: los del complejo petro-automovilístico y de la petroquímica, y del complejo militar-industrial con quienes están vinculados, sino también los grandes grupos de materia primas como los minerales, la agro-industria y el papel. Los beneficios de estos oligopolios dependen de la continuidad de los modos de vida (el uso del automóvil y las preferencias urbanas, etc.) tiene los mayores efectos en términos de emisión de gases de efecto invernadero, en particular de CO2. Sustituir con el automóvil los transportes públicos y las bicicletas de una parte, aunque sea mínima (el diez por ciento) de los mil cien millones de habitantes de China es el objetivo que se han marcado estos grupos industriales con la colaboración activa del PCC y de los nuevos capitalistas locales. Poco importan los efectos ecológicos, puesto que el mercado chino garantiza al capitalismo mundial una década de “crecimiento” permitiendo a los mercados bursátiles, a Wall Street, a Tokio y a los de Europa, retrasar el momento en que la dimensión misma de la acumulación de capital ficticio (de títulos que representan una “promesa”, una pretensión futura de reparto de las riquezas creadas), desembocará en un crac financiero mundial.
El papel de este bloque de intereses es real. Está documentado en algunos puntos, como el de las estrategias puestas en marcha para desacreditar a los científicos e introducir la duda allí donde no debería haber ninguna. Su alcance no se debe subestimar pero la explicación no es suficiente. ¿Cómo explicar la audiencia que tiene aún esta propaganda, frente a la amplitud y la proximidad de la amenaza? Un primer factor de explicación es el grado en que la concepción, forjada durante cuatro siglos, de la relación de los hombres con la “naturaleza” impregna nuestro pensamiento. La frase célebre de uno de los primeros teóricos del capitalismo naciente, según la cual “la naturaleza (está) aquí para ser tomada como una prostituta”, es decir, sometida sin freno a las exigencias de la producción para el mercado, data de mediados del siglo XVII. Luego, prácticamente toda la actividad científica y tecnológica ha estado impregnada de esta concepción, cuando no ha sido sometida directamente a las exigencias del ciclo de valorización industrial.
El capitalismo tendrá la mayor dificultad para salir de esta posición, sea cual sea la gravedad de los efectos del cambio climático o de la escasez de los recursos. Pero ha tenido y conserva todavía en parte su vertiente “socialista” bajo la forma de la interpretación del papel progresista del capital desde la perspectiva del “desarrollo de las fuerzas productivas”. Otro factor que explica la sordera relativa de todavía la mayoría de los asalariados de los países industriales tiene que ver ciertamente con la polarización social mundial y con el hecho de que el deterioro de las condiciones cotidianas de los asalariados ( el empleo, el poder adquisitivo, etc.) les parece el problema prioritario,
Como las personas que sufren primero el impacto directo de la crisis ecológica están situadas con la mayor frecuencia o bien en lo que se denomina hoy “el Sur” o bien en el antiguo “Este”, y como los demás procesos son complicados de explicar y comprender, para la mayoría de los asalariados de los países industriales, la amenaza sigue siendo lejana y por tanto abstracta. El tiempo muy largo de gestación de los efectos plenos de los mecanismos presentes en el capitalismo desde sus orígenes, ha sido y sigue siendo más que nunca un potente factor de inercia social en los países capitalistas avanzados.
Los grupos industriales y los gobiernos de los países de la OCDE sacan mucho partido de este hecho para difundir la idea de que la degradación de las condiciones físicas de la vida social forma parte de los males “naturales” que ciertos pueblos estaría llamados a sufrir. Está sería para ellos una “desgracia” más. Y en lo que a “nosotros” respecta, los habitantes de los países industrializados, tenemos tiempo para verla venir. Tanto más cuando el desafío es absolutamente inmenso, ya que de hecho se trata, nada menos que de sacar la “naturaleza” de la problemática del valor de cambio, es decir del reino del capital.
Desde que alguien empieza a interesarse por las cuestiones del cambio climático y de la destrucción de los recursos del planeta, comprende bastante deprisa que no son cambios marginales los que se requieren de los países avanzados, en su modo de vida cotidiano y en su organización social, sino un giro copernicano. Toda la organización de la vida social tendrá que repensarse después de haberla sustraído del mercado y luego de que el ejercicio del derecho a la propiedad privada haya sido seriamente encuadrado. La incapacidad o el rechazo de los partidos Verdes al afrontar esta evidencia es lo que hace su balance tan limitado, sus crisis y el descrédito de que son objeto.
El origen último de los problemas ecológicos reside en que, en el cuadro del capitalismo, el trabajo interactúa con la “naturaleza”, no como trabajo concreto productor de valores de uso, sino como trabajo abstracto productor de valores de cambio, en el seno del movimiento sin fin de la valorización del capital. Cuando se ha demostrado la necesidad, o sobre todo percibida de modo empírico, como lo ha sido por ciertas comunidades campesinas, el trabajo productor de valores de uso ha podido establecer con la “naturaleza” una relación de “gestión prudente”, fundada en el reconocimiento de la cantidad limitada de unos recursos dados, así como en el respeto a las exigencias de la reproducción de las especies vivas terrestres y acuáticas. La producción de valor de cambio en aras del beneficio no puede hacerlo, sobretodo cuando las empresas conocen una feroz competencia internacional y sufren el dictado de los accionistas. La disminución de los costes y la maximización de los rendimientos, mandados por la producción orientada al beneficio, conducen obligatoriamente a la extensión relevante de la explotación “minera”. Esta consiste en extraer de la “mina”, que puede ser también una zona de pesca en el océano, un bosque, unas tierras de subsistencia, toda la materia prima de la que es capaz la producción capitalista, tanto tiempo como sea rentable, sin preocuparse por los estragos sociales o ecológicos (tratados a lo mejor como en las guerras, a modo de “daños colaterales”), y luego a marcharse y volver a empezar la operación en otra parte.
Desde el siglo XVII, cuando la producción capitalista había agotado la explotación de una materia prima, o bien se desplazaba para volver a empezar la operación e otra parte, o bien le encontraba un sustituto en la naturaleza, o bien pedía a los científicos que lo creasen con ayuda de las actividades de investigación científicas y tecnológicas guiadas por las necesidades del capital. La humanidad, la sociedad humana planetaria, ha alcanzado un punto en el que este modo de proceder desemboca en crisis terribles. Salvo para hundirse en el caos, una de cuyas caras es la guerra, el porvenir de la sociedad planetaria exige, o exigiría, que se sustituya la competencia feroz por las materias primas escasas o en vías de rápido agotamiento, por su socialización, la planificación negociada de sus utilización más racional con respecto a las necesidades sociales mundiales y su reparto. ¿Existen otras salidas al curso auto-destructivo?

Las guerras multiformes de la época de la mundialización

La posición que defiendo relativamente respecto a la relación entre el capitalismo y la guerra es la siguiente. El “capitalismo leva en sí mismo la guerra, como las nubes traen la tormenta”, más que nunca, pero en condiciones y bajo formas diferentes a las del tiempo de Jaurès.
Es el conjunto de las relaciones antagónicas, de los procesos contradictorios y de las tendencias ciegas que se han esbozado, las que forman el sustrato de las guerras de principios del siglo XXI. Esto es lo que proporciona un elemento importante de explicación de varios de sus aspectos. Hay su carácter multiforme. Está el hecho de que en circunstancias siempre numerosas, las guerras son dirigidas contra las poblaciones civiles y contra ellas se produce una parte de las operaciones. También hay el hecho que las mejor “planificadas” de entre ellas se lanzan sin embargo en el marco de políticas de huida hacia adelante, expresando los callejones sin salida en los que se han encerrado los países sobradamente armados. Estos aspectos, que no son limitativos, hacen que las guerras se presenten como una de las dimensiones, la más paroxística, pero no la única, de un mundo marcado por el caos, del que la “súper potencia” y los otros estados menos armados, aliados o rivales, forman parte y al que contribuyen en gran medida. Las guerras de este principio del Siglo XXI han de tomarse en este giro del período, del que el artículo ha intentado mostrar la naturaleza y las causas, con el lugar que toma una competencia cada vez más ciega, la multiplicación de los “desequilibrios de la naturaleza”, la extensión de la esfera de la privatización por parte de los estados que quieren “aligerar” sus gastos, todo en el cuadro de este sistema que no produce toda la plusvalía que necesita.
Uno de sus aspectos, a escala mundial, es la multiplicación desde los años 1990 de las guerras que desgarran los llamados países del “Sur” (la expresión Tercer mundo ha desaparecido). Un tercio de los países clasificados por el Banco Mundial como “países menos avanzados” han estado envueltos en una guerra al menos durante un año. Estas guerras, tanto guerras civiles como guerras fronterizas, de las que las poblaciones civiles son víctimas casi exclusivas, afectan particularmente al continente africano. Los partidarios de la mundialización las presentan como el producto de un “mal gobierno” (corrupción, derechos de propiedad mal definidos, debilidad de la democracia, rivalidades étnicas, etc.) y de un retraso en la adhesión de los gobiernos y de las poblaciones a los procesos de globalización. Se califican tan pronto de “guerras por los recursos” como de “guerras locales”. En realidad combina estos aspectos. Son “guerras imperialistas por las materias primas clave”, dirigidas muy a menudo por personas interpuestas en el contexto de la competencia por las materias primas que los países capitalistas centrales llevan entre ellos, que no quieren ni pueden restablecer las formas de dominación política directa de la época colonial. Los países que conocen este tipo de guerra están dotados de importantes recursos naturales cuya producción, transporte y negocio están en manos de multinacionales.
Estos recursos son destinados, casi exclusivamente, a los mercados de los países industrializados, comprendida China. Cuanto más bajo sea su precio, mayor economía de capital constante habrá (ver más arriba).
Los recursos minerales indispensables para la producción de ciertos bienes manufacturados críticos son apropiados y exportados hacia los países desarrollados, en el contexto de guerras provocadas deliberadamente.
A modo de ejemplo, el caso de las “guerras del coltán”, un metal necesario para la fabricación de condensadores electrónicos, ha sido documentado por los informes de la ONU y de las ONG que han cuestionado la responsabilidad de las compañías occidentales en las guerras mortíferas en la República Democrática del Congo. Las conexiones son estrechas igualmente entre los recursos naturales destinados al consumo de las familias de los países ricos (maderas de obra y diamantes) en las guerras de Liberia y de Sierra Leone. La otra dimensión imperialista está en el papel de los operadores de los mercados financieros en la cadena que va de la extracción/depredación de los recursos hasta la venta en los mercados solventes.
La desregulación de los mercados financieros ha reforzado la opacidad de las transacciones financieras y multiplicado los paraísos fiscales, dos elementos que facilitan la circulación del “dinero sucio”. Se han colocado así inmensas fortunas en lugar seguro por parte de los grupos industriales, las élites locales, los intermediarios remunerados para establecer estas pasarelas entre los lugares de producción de los recursos (el Sur) y de su utilización (el Norte), ciertos políticos del Nort que se benefician de las retro comisiones (por ejemplo las de la venta de armas que alimentan las guerras del Sur).
Las “guerras por los recursos” tienen por escenario, muy a menudo, los estados o las regiones donde viven, o más bien sobreviven, aquellos que pueden llamarse los “mendigos de la globalización”. Las víctimas de ellas son invariablemente las poblaciones civiles. Tanto más cuando estas guerras pueden abrir paso o servir de cortina a otras guerras, cuyo objetivo identificable procede de una voluntad de tipo genocida de aniquilación de decenas o de cientos de miles de hombres y de mujeres con los que anteriormente había prevalecido la convivencia en el territorio. Llevadas en nombre de la religión o de la pertenencia étnica, estas son guerras atizadas por una forma de competencia que las gentes más miserables llevan par obtener los medios de su subsistencia. El “telescopaje” de las expresiones de la barbarie en ascenso, propia del período en el que hemos entrado quiere que estos estados o estas regiones sean también frecuentemente aquellas donde el cambio climático ya se ha traducido en una destrucción de los medios tradicionales de reproducción social y donde ha empezado a provocar los movimientos migratorios propios de tales situaciones.
Se puede hacer un paralelo, al menos parcialmente, entre las “guerras locales” de África y las guerras del tipo de aquellas a las que ha dado lugar el estallido de Yugoslavia, a saber, las guerras ligadas al proceso de “balcanización” que la mundialización ha puesto en movimiento. De la misma manera que, en una fase histórica anterior, la constitución de estados unitarios ha correspondido a las tendencias de fondo del desarrollo del capitalismo, su dislocación expresa las tendencias en obra cuando dominan la liberalización y la privatización. Para el capital, las fronteras son una molestia y no ve en el Estado más que una institución de mantenimiento del orden. Las multinacionales y los gobiernos de los países de las que proceden no ven pues inconvenientes en el estallido de los estados unitarios, y ellos (o algunos entre ellos) incluso los pueden fomentar, como Alemania en la ex-Yugoslavia. La globalización del capital conduce a lo que los geógrafos llaman “la economía de archipiélago”, la que ve formarse los islotes de prosperidad en un mar de estancamiento y de miseria. Este proceso incluye, en los países capitalistas centrales, la polarización de las actividades alrededor de las metrópolis y de las regiones neurálgicas, a expensas de las regiones en vías de “desertización”. En los países dominados, hace de los países una simple yuxtaposición de territorios dependientes de las relaciones dirigidas por las inversiones de tal o cual multinacional, acompañada de estas inmensas concentraciones de gentes expulsadas de sus tierras o privadas de trabajo por las empresas, que son las grandes ciudades del “Cuarto mundo”.

Los Estados Unidos, potencia hegemónica propagadora del caos

Contrariamente a otras visiones del análisis de la guerra contemporánea, que ponen la política de los estados, y sobre todo de los Estados Unidos, de golpe en el corazón del análisis, nosotros nos hemos dado como punto de partida la comprensión del capitalismo contemporáneo. Aquí, no hacemos otra cosa. Debe introducirse ahora el papel de los grandes estados, que han construido y preservado las relaciones mundiales de intercambio desigual, de depredación y de dominación. La vía de entrada se ha sugerido más arriba. Es la de la economía mundial comprendida como totalidad diferenciada y jerarquizada tanto en el plano económico como en el plano político.
Hasta el presente, la mayoría de las multinacionales han sido originarias de países desarrollados que tenían los medios para ejercer en el exterior un poder económico que podía prolongarse militarmente. El grado de injerencia internacional de estos países, bien para espolear los conflictos armados o bien para participar en ellos directamente, es variable, pero nunca es nulo. El militarismo no ha desaparecido nunca en países como Francia o el Reino Unido, que son la sede de grupos industriales activos en los campos del petróleo, del gas y de los recursos naturales, y que han consagrado una parte de su presupuesto a la financiación de importantes industrias de armamento, cuyos “productos” particulares han de ser vendidos. El militarismo conoce un renacimiento en Japón, que también tiene una industria de armamento, y levanta la cabeza en Alemania. En el seno de este grupo de países, y más ampliamente a nivel mundial, los Estados Unidos ocupan desde 1945 un puesto aparte, que han consolidado entre 1989 y 1992 y que conservan hoy, incluso con las relaciones políticas cambiando, quizá más rápidamente de lo que se cree en general.
Una de las principales de la liberalización y de la desrreglamentación ha sido la creación de las condiciones que han visto dos pulsos de fuerza de los Estados Unidos. De entrada, han aportado, en apariencia al menos, un desmentido a la teoría de la “decadencia americana”, ya que ha pasado en una década de una situación marcada por el retroceso industrial frente a rivales como Japón y Alemania, a la posición ocupada desde 1992, de potencia hegemónica sin rivales en el doble plano de las finanzas y de la fuerza militar.
Después de haber asentado, en el mismo lapso de tiempo, el funcionamiento de su economía en el día a día sobre una inmensa acumulación de capital ficticio, sobre relaciones de dependencia profunda, cuando no de depredación del resto del mundo.
Las obligaciones inherentes a estas relaciones, de las que los múltiples déficits económicos son americanos son los indicadores económicos, así como el sentimiento de inseguridad generado por esta dependencia, son un elemento constitutivo decisivo de las diferentes guerras que han protagonizado los Estados Unidos en este principio de siglo.
Algunos defienden la idea de que una parte al menos de las guerras hechas por Estados Unidos serían “guerras ideológicas”. Los Estados Unidos estarían a la ofensiva para extender “la democracia y el mercado”. Nada me parece menos cierto. La responsabilidad particular que los Estados Unidos tienen en la agravación del militarismo expresa tanto su vulnerabilidad como su fuerza.
Un informe muy importante aparecido en el 2000 sitúa la defensa de la “viabilidad y de la estabilidad de la globalización” (entendida como “el conjunto de los mayores sistemas globales que son las redes comerciales, financieras, de transporte y de energía”) en el primer rango de los “intereses vitales” cuya amenaza justifica acciones militares. Estas incluyen, por supuesto, las acciones cuyo objetivo es la creación de condiciones políticas que aseguran a los Estados Unidos la máxima seguridad de aprovisionamiento de petróleo y de gas. Las dos guerras contra Irak entran parcialmente en este esquema de “guerras del petróleo”, hechas para controlar un recurso estratégico, y que poseen una dimensión de rivalidad económica inter-imperialista. Pero la intención de guerras como la de Afganistán, así como la afirmación del “derecho” de actuar preventivamente, aparte de toda agresión, o de escarnecer los tratados como la Convención de Ginebra, es sobretodo de avisar de la voluntad y de la capacidad de los Estados Unidos de hacer perdurar, a toda costa, las relaciones exteriores necesarias para la perennidad del “modo de vida americano”. Esta problemática es anterior a los ataques del 11 de Setiembre. Estos han revelado a una amplia parte de la población la inestabilidad de sus relaciones con el resto del mundo, y han despertado su miedo.
La “guerra sin límites” declarada a un enemigo terrorista que está en todas partes y en ninguna, y cuya identidad es variable por definición, tiene los rasgos paradójicos y paroxísticos de una guerra conducida tanto para conjurar un sentimiento de inseguridad como para enfrentarse a enemigos identificables. Su vertiente doméstica comporta la colocación de un sistema político y judicial liberticida (la Patriot Act y todos los añadidos ya hechos o que están en preparación), potencialmente preparatoria de un verdadero “totalitarismo de economía de mercado”.
Sería muy importante saber si la victoria de los Demócratas en las elecciones de noviembre de 2006 tradujo, en parte, una toma de conciencia y una reacción a este peligro, y también ver si éstos retiran al menos una parte de la legislación reciente. La política e incluso la acción militar como tal, de países que hacen la guerra al menos en parte para conjurar la inseguridad y el miedo, sólo puede revestir el aspecto de una huida hacia adelante. Se encuentran confrontados hoy a una combinación contradictoria entre una capacidad muy grande para alcanzar unos objetivos circunscritos, fundada sobre un gran dominio de tecnologías tanto “duras” como “blandas” (la dirección científica apoyada por la informática), la inconsistencia de los objetivos estratégicos y la pérdida de control sobre el terreno (Estados Unidos en Irak, Israel en Líbano), por desconocimiento no sólo de las realidades políticas y sociales locales, sino también de los rasgos profundos de un período histórico en el que han sido liberadas las fuerzas del caos. Este caos se acentúa aún más por el recurso cada vez más importante que se hace a las empresas especializadas en proporcionar mercenarios designadas bajo el nombre de sociedades militares privadas, cuyo papel se ha hecho cada vez más aparente desde el puesto que Estados Unidos y el Reino Unido les hacen desempeñar en Irak. Claude Serfati informa que hay alrededor de 20.000 “asalariados” de las sociedades americanas de mercenariado presentes hoy en Irak, de modo que representan “el segundo ejército de ocupación”.
El desarrollo de las empresas de mercenarios, cuya cifra de negocios alcanzaría en 2005 los 100 mil millones de dólares, traduce un proceso de privatización de las funciones estatales. Como escribe Serfati, esto entra en la “agenda neoliberal”. Para el neoliberalismo, el desplazamiento de las fronteras de lo económico y de lo político, que va más allá de los cambios de relaciones entre el “mercado” y el Estado, se vuelve a encontrar hasta en las funciones propias de los estados. Las funciones de defensa y aún más la producción de armas, tienen vocación de privatizarse, así como el sistema penitenciario y una parte del aparato judicial. La privatización de las “tareas de seguridad” está en el primer nivel de los procesos de externalización y de subcontratación llevados a cabo por los grandes grupos activos en la energía, las materias primas y los metales preciosos. Es porque desde hace dos décadas las multinacionales han recurrido, con la autorización tácita, cuando no con la ayuda de sus estados, a los servicios de las sociedades militares privadas, especialmente en África. Para los grandes grupos multinacionales que han invertido en las regiones desgarradas por las guerras, para quienes “los negocios han de continuar” durante las masacres de las que a menudo son co-responsables, los mercenarios son unos “colaboradores” indispensables. En Angola. La complicidad de los grupos petroleros (americanos, británicos, franceses, etc.), del ejército gubernamental y de las empresas de mercenarios ha sido denunciada por las ONG desde hace tres años largos. Los estudios serios estiman que los grupos multinacionales consagran entre el 3% y el 5% de su cifra de negocios al mantenimiento de fuerzas de seguridad. Estos batallones de mercenarios serán las tropas de choque de las multinacionales de todos los países depredadores de materias primas cuando empiecen las guerras de los movimientos migratorios de masas provocados por el cambio climático. Si el Pentágono ha sido el primero en llevar a cabo estudios al respecto, los ministerios de defensa de los principales países les siguen. En este plan, se puede estar seguro de que, a la luz de las medidas de “lucha contra la inmigración”, que se formará un bloque compacto para defender a “Occidente”.

Límites de la hegemonía americana y crecientes amenazas de guerra

Habría que poder hablar de Rusia donde el conjunto de los procesos esbozados parece estar en marcha, Pero, a falta de la capacidad para tratar de ella, la he dejado de lado. El desarrollo más reciente de la cuestión concierne a la multiplicación de expresiones de los límites de la hegemonía militar de los Estados Unidos, de la demostración de hecho de que la hegemonía militar no garantiza la hegemonía política, Las expresiones de los cambios en curso, que muestran los límites de la hegemonía política americana, si no la cuestionan parcialmente, no vienen de Europa. El desacuerdo expresado por Jacques Chirac y Gerhard Schröder sobre la invasión de Irak y su rechazo a entrar en la coalición representa el máximo de oposición de que son capaces los estados europeos frente a Estados Unidos, y es posible que sea la última vez que se produzca. Francia y Alemania están entre los países que han tomado el relevo de los Estados Unidos en Afganistán, y que forman la espina dorsal de la combinación política y militar que actúa en Líbano para salvar la apuesta de Israel y, por tanto, también de los Estados Unidos.
La “política exterior común” no tiene la misión de ponerse como “alternativa” a la de los Estados Unidos, sino la de cubrir los terrenos y levantar las acciones donde las de ellos fracasen. En Asia es donde las correlaciones se modifican rápidamente. El análisis de las modalidades y las consecuencias del desplazamiento geopolítico del corazón de la acumulación efectiva y de la entrada en escena de China como potencia capitalista, ocupará un lugar cada vez más central en el análisis del nuevo período. La transformación de China en “taller del mundo”, bajo el impulso de mecanismos endógenos, pero también la ayuda masiva privada extranjera constituida por la llegada de las multinacionales americanas, japonesas y ahora europeas, estará en el centro de los procesos en los que el capital verá levantarse ante él las barrera que ha conocido ya en momentos anteriores, y que conocerá ahora bajo formas agravadas y además la barreras nuevas, que no ha conocido antes. Pero aún hay otra cosa. Asistimos al “desacoplamiento”, por decirlo así, de los países donde se han situado los centros financieros que son los bastiones del capital de colocación de tipo rentista, y de los países de Asia, donde se realiza la acumulación efectiva, la que ve la incorporación en el ejército de proletarios explotados por el capital de centenares de millones de nuevos reclutas, a la que se añade la acumulación de los nuevos medios de producción y de comunicación que exige esta explotación. Cuando los países concernidos tienen la talla, la cultura multisecular y las ambiciones de China o incluso de India, este “desacoplamiento” ha de acompañarse necesariamente de cambios mayores en la configuración de las relaciones políticas y militares.
Los Estados Unidos han permitido a India que, como Israel, nunca se ha adherido al tratado de limitación de la proliferación nuclear, se dotara del arma atómica. El objetivo es hacer de ella un aliado en las confrontaciones que vendrán con Pakistán y sobretodo con China. Los Estados Unidos son la única potencia hegemónica que ha ayudado a un estado que tiene la propiedad de ser el único susceptible de convertirse en su rival directo, a franquear de manera acelerada las etapas decisivas del recorrido que conduce a este resultado. Los grandes grupos de la industria manufacturera y de la gran distribución han sido los instrumentos, mediante la puesta en acción de estrategias industriales concebidas bajo la presión de la rebaja de los beneficios y de las exigencias de su accionariado y de los mercados bursátiles.
Como expresión de una huida hacia adelante hecha bajo el imperio de las leyes ciegas de la competencia, es difícil hacerlo mejor. Los Estados Unidos tienen las manos aún menos libres en Asia que en cualquier otra parte del mundo. Como lo demuestra la crisis nuclear norcoreana, son los grandes países asiáticos, China y Japón, quines deciden las respuestas a dar. Lo hacen en las condiciones de rivalidad creciente y de rearme del Japón. En la península india, los Estados Unidos están en situación de pedigüeño frente a Pakistán, el único capaz de ayudarles a salir del atolladero afgano.
¿Quién imprime su marca en el movimiento de generalización de las situaciones de guerra en Oriente Medio? Después del hundimiento de los Estados Unidos en Irak cuyo estallido han precipitado, ¿no son Israel, Irán y Arabia Saudita tanto como ellos? Se puede uno alegrar, pero también hay que medir hasta qué punto este debilitamiento está acompañado de procesos de diseminación del arma nuclear y ha suscitado en los Estados Unidos el relanzamiento de los estudios sobre el empleo “táctico” de bombas atómicas en miniatura.
En fin, el capital “liberado” que ha provocado, sino el desencadenamiento del caos, al menos su aceleración, se traduce en la emergencia de otros actores privados en el campo militar y de la seguridad internacional. Junto con otros, Claude Serfati les llama redes violentas internacionales, término que le “parece a la vez más inclusivo que el de organizaciones criminales transnacionales (mafias, etc.) y más neutro que el de redes terroristas mencionadas generalmente en los documentos estratégicos de los países desarrollados, ya que se sabe que ninguna definición consensuada de “terroristas” se da por parte de las organizaciones internacionales. Estas redes disponen de medios tecnológicos a veces muy eficaces. La diseminación de armas de destrucción masiva (nuclear, bacteriológica, química) por las multinacionales está, sin duda, en camino; que su punto de partida se encuentra en los países que las producen o en la simplicidad relativa de ciertas tecnologías utilizadas para fabricar estas armas. A falta de disponer de tales armas, estos grupos transforman vectores civiles (aviones, vehículos trampa, etc.) en instrumentos de destrucción”.
Tal es el contexto de la acción política de hoy. Sin embargo, en la campaña electoral que empieza, estas cuestiones quedarán sin tratarse, situación de la que, desgraciadamente, todas las formaciones políticas sin excepción serán responsables, bajo el pretexto de que se trata de “cuestiones demasiado difíciles para los electores”. Medido con este rasero y llevando su campaña sobre el cambio climático como la hace, Al Gore es un gigante, más allá de las enormes debilidades de sus remedios. Pero, sin duda habría sido necesario de entrada haber sido un “ex-futuro presidente” para considerar el explicar a la gente, incluso con un solo informe, a donde se dirige la sociedad del planeta.