Paleolítico, neolítico... antropoceno, ?dictadura de los inversores, ¿y luego qué?

1 Al creernos la historia de Adán y Eva es posible que no nos demos cuenta del papel devorador que juega nuestra especie en este planeta. Las religiones monoteístas sitúan el hombre en el centro de todos los acontecimientos del mundo. Y nuestra especie es sólo una entre 5 y 30 millones que habitan el planeta según unas fuentes. Otras dicen que sólo se han descrito 1,7 millones de especies entre 100 millones estimadas, cosa que refuerza aún más su papel como controlador desproporcionado y absoluto de los recursos naturales.
En el pequeño relato de Galeano sobre su relación con la sociedad de los desechables «Me caí del mundo y no sé por dónde se entra» deja claro su alejamiento del camino capitalista que nos lleva a la expoliación extrema de los recursos naturales. Cuando pasó por Madrid y Barcelona en plena rebelión del 15-M (los indignados) este mes de mayo me gustó su contraste en positivo de la misma reflexión, dónde demuestra que ha vuelto a entrar:
Éste es un mundo más bien infame, no es muy alentador el mundo en el que hemos nacido, pero hay otro mundo en la barriga de este mundo esperando. Es un mundo diferente y de parición difícil, no es fácil que nazca, pero sí es seguro que está latiendo en este mundo. Y yo lo reconozco en estas acampadas. Y algunos me preguntan: “bueno, ¿pero qué va a pasar?” Yo simplemente conozco lo que nace de mi propia experiencia y digo: “bueno, nada, no sé que va a pasar y tampoco me importa mucho. Me importa lo que está pasando. Me importa el tiempo que es y lo que ese tiempo que es anuncia sobre un posible tiempo que será. Pero qué será al final no sé. Es como si cuando me enamoro, cuando siento que vivo y no me importa morir en ese momento mágico me preguntar … El amor es como esto, es infinito mientras dura, y lo importante es que sea infinito mientras dura: no hay que plantearse todo como si una estuviera en el balance de un banco. A ver: saldo, probabilidades… Y a mí qué mierda me importa lo que nos espera.
Sabia manera de entender los cambios gigantescos que están por llegar. Mejor no especular demasiado sobre las salidas concretas de la quiebra de la expansión infinita de un capitalismo caduco y unos recursos limitados. Lo importante es que una nueva generación de jóvenes nos ha demostrado que se está gestando una ruptura «en la barriga de este mundo».
Desde las barricadas de 1968 nuestra generación pensaba que todos los cambios sociales importantes dependían de ella (Rubalcaba todavía se lo cree, sin asumir los cambios). Hace tiempo que se ha hecho visible vías distintas a las que salieron de nuestros esfuerzos. El movimiento antiglobalización fue el primer gran impacto rompedor con estructuras anteriores de protesta social. Por la primera vez en la historia hubo respeto mutuo entre movimientos muy dispersos que sabían moverse en la misma dirección a pesar de ideas y visiones diversas en una protesta de masas con repercusión global, y por la primera vez los partidos y sindicatos se vieron obligados a ponerse en la cola de las manifestaciones.
El denominador común que ha facilitado la generosidad hacia los demás y la unidad amplia entre la diversidad contra el capitalismo global en decadencia es probablemente las injusticias tremendas que el poder del capital está produciendo a un ritmo acelerado. El contraste entre rico y pobre ha llegado a niveles perversos, poniendo los recursos naturales en peligro de extinción en nombre del «libre mercado» y haciendo visible contradicciones que antes se percibían como «naturales» entre muchos. Y a nadie se le puede escapar la presencia de un cierto balance sobre el sectarismo y las estructuras existentes de izquierda –no explícito pero sí muy profundo– presente en la manera innovadora de organizar las protestas del 15-M.
Este es el primer gran logro en la conciencia social entre los jóvenes «indignados» y, afortunadamente, no se podrá perder por mucha represión que llegue (Siria nos lo está demostrando matando cada día a manifestantes que exigen el fin de la dictadura y Cameron en Gran Bretaña está anunciando más mano dura contra los jóvenes levantados). Las masas empiezan a abrir los ojos y a entender lo que ven sin los prejuicios derivados del sistema capitalista en decadencia. Incluso en Israel los indignados se han dejado inspirar por sus vecinos árabes. Entre lo poco positivo que nos ha llevado la globalización podemos constatar que empieza a funcionar una cierta resistencia interrelacionada y con influencias dialécticas en el planeta. La manera de rebelarse contra la falta de futuro para una nueva generación en el «primer mundo» y de pueblos enteros en el «tercer mundo» varía según las circunstancias. Pero en general domina la opción por las vías pacíficas para evitar rupturas en las protestas y porque estas vías ponen a los gobernantes sin argumentos y ante las cuerdas. Sean cuales sean las formas, el poderío de lo que los políticos y los medios de comunicación llaman mercados, otros «inversores» (eufemismo de especuladores), se está socavando. Estamos entrando en una etapa de gran avance en la conciencia social sobre la realidad de injusticia en todos los terrenos.
Hay que volver a leer «El pequeño príncipe» (Antoine de Saint-Exupéry) y «Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas» (Lewis Carroll) para reaprender cómo formular las preguntas ante los impulsos que nuestros sentidos adormecidos hasta ahora hemos percibido sin procesar. Se trata de un ejercicio útil para todos aquellos que quieren participar y aportar algo en el desarrollo social y planetario.
El segundo gran logro de este nuevo impulso en el cambio social es el haber dejado el pilar del sistema capitalista constitucional, los partidos, de lado. Ya el movimiento antiglobalización empezó a abrir este camino, y ahora los «indignados» lo están confirmando con su «No nos representan». En el siglo 19 el movimiento obrero sabía organizarse más eficazmente ante el patrón en sindicatos y políticamente en partidos obreros. La incomunicación entre los explotados, y la represión obligaban a crear estructuras centralizadas con capacidad de tomar decisiones rápidas e importantes sin haber de esperar al próximo congreso 5 años más tarde. Los partidos (parlamentarios y extraparlamentarios) continúan actuando como si todavía se encontraran en el tiempo de Franco, ignorando interesadamente que la evolución comunicativa permite funcionar de otra manera. Pero de todas formas, lo que empieza tiene un fin, y en el siglo 21 estas formaciones organizativas están bajo sospecha. El sistema político del capitalismo está diseñado para que cuando los votantes se sienten insatisfechos con un partido, el otro siempre estará listo para tomar las riendas. Este discurso ya no convence a las nuevas generaciones por ser las indicadas a pagar la crisis actual con sueldos de miseria, si no eres «hijo de...».
Es cierto que en nuestra generación somos bastantes los que hemos gastado muchísimos esfuerzos en construir partidos revolucionarios para romper con el capitalismo (sin éxito), pero somos muy pocos los que ni nos hemos dejado llevar por el camino de la integración en el sistema ni nos hemos quedado atrapados en sectas estériles. Por tanto, los jóvenes tienen razones fundadas en no confiar, hay que reflexionar en serio sobre la estructura organizativa de las masas para romper y superar el capitalismo. Mientras nosotros hablábamos de centralizar, los indignados prefieren descentralizar y coordinar. Las estructuras que tienen verticalidad no son de agrado porque tienen la puerta demasiada abierta a la manipulación.
Queda algún que otro reducto de partido extraparlamentario entre los movimientos reales de transformación que aun está más o menos aceptado por haber participado en los movimientos antiglobalización, pero bajo control de lupa y con caducidad aún por determinar. En la batalla no se trata de poder controlar nada desde abajo, hace falta una relación horizontal entre todos, según una parte significativa del 15-M. Por esto no salen líderes de esta movilización. La historia demuestra sin embargo que en cada movilización salen –de forma natural e inevitable– personajes con más representatividad que otros, entre los que siempre se encuentran algunos con intención de encarrilar la protesta en vías de otras épocas. Esta última intención creo que hay que evitar, por motivos que he explicado en otras ocasiones: cada generación percibe las contradicciones sociales con matices de diferencia por la sencilla razón de la transformación constante e imparable de la misma realidad, hecho que cuesta asimilar –a pesar de formar parte del abc del marxismo– para muchos de nosotros (me incluyo) que llevamos décadas aportando al entierro de este sistema productivo.
El tercer logro todavía por conquistar –pero que empieza a tomar cuerpo– es el saber distinguir entre el expolio de los recursos naturales por parte del gran capital, su indiferencia ante el hambre en el mundo, la muerte de 19.000 niños al año por enfermedades curables, el mileurismo y un largo etc. por un lado... y la crisis del capitalismo por el otro.
Santiago Alba Rico nos explica que todo esto pasaba antes de la crisis y lo formula de la siguiente manera:
Hablamos de crisis capitalista cuando matar de hambre a 950 millones de personas, mantener en la pobreza a 4700 millones, condenar al desempleo o la precariedad al 80 % del planeta, dejar sin agua al 45 % de la población mundial y al 50 % sin servicios sanitarios, derretir los polos, denegar auxilio a los niños y acabar con los árboles y los osos, ya no es suficientemente rentable para 1.000 empresas multinacionales y para 2 millones y medio de millonarios...
Es decir, la voluntad personal de cada empresario, millonario o no, tiene poco interés e influye de forma limitada en sus decisiones. Su negocio le empuja cada vez más hacia el papel de déspota. Esta locura de un sistema caduco es la que amenaza con acabar en una confrontación de violencia extrema, a pesar de la impresionante capacidad de los indignados de mantener la calma en situaciones de provocación y estrés hasta ahora.
Dejo el final del titular (¿Y luego qué?) sin responder por falta de propuesta seria, para no repetir lo que decía Galeano (Y a mí qué mierda me importa lo que nos espera.)
Jonas, agosto 2011