Perspectivas: ¿Hacia la fascistizacion de Israel? (publicado en EDM nº 78)

"El racismo, víctimas del cual históricamente han sido los judíos europeos, ha estado oculto en las profundidades de la sociedad sionista desde el comienzo de la expulsión de los palestinos de sus tierras y la colonización de Palestina" (Holberg A. "Antisemitismo y sionismo. Dos productos del imperialismo").

Desde su nacimiento Israel lleva en sus entrañas el sueño reaccionario del sionismo: la creación de un estado homogéneamente étnico, basado en la teocracia de la religión judía, en toda la Palestina histórica. Para conseguirlo no ha dudado en aprovechar todas las circunstancias para expulsar por la violencia y el terror a sus antiguos habitantes, mientras presiona y discrimina a las minorías "no judías", que pese a todo, se aferran a sus lugares de origen. Un estado de esta naturaleza rompe incluso con las reglas más elementales de la democracia capitalista. El agotamiento del sionismo -la parálisis del expansionismo, el "problema demográfico" y la crisis económica- lleva a los israelíes a una encrucijada: el fin del sionismo para conseguir la paz y la convivencia entre los pueblos, o una peligrosa espiral fascistizante que alcanzará sin duda nuevas cotas de sangre y horror, y de la que serán víctimas tanto los judíos, como los palestinos.

El enemigo en casa.

Con la fundación de Israel en 1948, 150.000 palestinos quedaron dentro de sus fronteras. Desde el primer momento fueron considerados unos indeseables a los que por el momento había que soportar. En 1952 consiguieron la ciudadanía pero continuaron discriminados. El estado sionista inició una política de expropiaciones con el objetivo de "judaizar" la tierra. Las propiedades de los huidos y expulsados, a los que no se les permitía volver, fueron requisadas por la "ley de los ausentes", las de los que continuaban dentro del país sufrieron el mismo proceso, no por más lento, menos inexorable. Si el ejército declaraba una "zona de seguridad", ningún palestino podía vivir o entrar en ella. Si allí se encontraba una aldea, sus habitantes eran expulsados, y si había tierras no se les dejaba cultivarlas y acto seguido se les aplicaba la ley de ausencia. La Autoridad de Tierras, órgano del Fondo Nacional Judío, prohíbe el arrendamiento de la tierra bajo su control (92% de la tierra) a los "no judíos", restricciones similares existen con el acceso al agua, o la asistencia financiera del gobierno. Estos derechos están vetados a los israelíes "no judíos". Las aldeas de los palestinos ni siquiera existen en los mapas, o son ignoradas por los servicios públicos. Cuando se han movilizado en defensa de sus derechos, o en solidaridad con sus hermanos de Gaza y Cisjordania, han sido reprimidos sin contemplaciones. El objetivo del estado es desarticularlos como minoría organizada, y separarlos de sus hermanos "del exterior". El racismo sionista engendra intolerancia y desarrolla la idea de que los grupos "no judíos" que viven en el país, aunque formalmente sean israelíes, no pueden ser integrados.
En la óptica sionista el palestino israelí es un infiltrado, un terrorista potencial, un quinta columnista que en el seno de Israel, simpatiza y conspira con sus hermanos "del exterior". Las calles de Jerusalén están llenas de pintadas reclamando la limpieza étnica. Nadie las borra, ni detiene a sus autores. Para agravar su paranoia, la natalidad palestina triplica la de los judíos. Hoy son casi un 20% de la población, pero al ritmo actual las dos comunidades se igualarán en 2050. Todos los esfuerzos para contener la bomba demográfica han sido infructuosos. En Jerusalén se les niega el permiso de residencia y construcción, mientras que sus casas son demolidas con el menor pretexto. Sin embargo en 30 años los palestinos han pasado del 26,5 al 32,5 % de la población.
"El carácter del Estado de Israel, que por un lado aspira a ser democrático, y por otro a ser el Estado del pueblo judío, conduce a una contradicción que sólo puede terminar en calamidad".
"El nuevo interés en la demografía llega al corazón de la existencia del estado, su definición como estado judío. Por primera vez en la historia del discurso público, incluso los más devotos izquierdistas han sido requeridos para confrontar su más íntima verdad. Es posible buscar refugio en frases banales como ‘no hay contradicción entre un estado democrático y un estado judío’, o huecos eslógans acerca de la coexistencia. Cualquiera que se aferre al concepto de estado judío no puede ignorar lo que las cifras demográficas ponen en blanco y negro en docenas de publicaciones sobre el tema. El carácter del Estado, su tarjeta de identificación ahora depende de las definiciones derivadas de esas cifras. El hecho de que la gran mayoría de los ciudadanos judíos se ciña a la definición de Israel como un Estado judío no deja salida"[1].
El crecimiento demográfico de la población palestino israelí es una verdadera bomba de tiempo, que amenaza la idea de un Estado étnico judío. De ahí que todas las variantes sionistas, desde el izquierdismo hasta la ultraderecha, se planteen diferentes opciones para desactivarla. Desde los "moderados" que hablan de "transferencias voluntarias", hasta los llamamientos incendiarios del fascista Avigdor Lieberman, que propone su expulsión, o el canje de tierras en las que estos son mayoría, por otras en Cisjordania[2].
El estado sionista llama a las comunidades judías de todo el mundo para que emigren a Israel, mientras les hace la vida imposible a los palestino israelíes, para que se marchen "voluntariamente" del país y a los refugiados les niega el derecho a volver a sus hogares de antaño[3]. En el mejor de los casos podrán volver a los bantustanes a los que quedará constreñido el futuro "Estado palestino".
El enemigo exterior. El mito de la democracia sitiada.
"La guerra de 1948 no ha terminado, sólo el 78% de Palestina ha sido liberado". Así se expresa irónicamente el pacifista israelí Uri Avneri[4]. El programa expansionista de Israel descansa sobre tres pilares: aplastar la resistencia palestina, contar con el apoyo de una parte de la sociedad israelí y la crítica internacional debe de ser silenciada.
En la actualidad, aunque continúa la colonización de los territorios ocupados, el proceso expansionista está herido de muerte. Las potencias imperiales no están dispuestas a apoyar incondicionalmente a los sionistas en una guerra sin final, que acabaría por desestabilizar el precario equilibrio en el mundo árabe. Sin embargo el cambio de rostro de Israel esconde su necesidad de continuar extendiéndose. Las diferencias entre los supuestos "palomas" y los "halcones" sionistas se limitan a la extensión de las anexiones deseadas por una u otra parte. Es una disputa sobre como ampliar al máximo posible las fronteras del estado, sin incluir en su seno la bomba de relojería palestina.
Durante todos estos años el mito de la democracia sitiada ha camuflado sus objetivos: apoderarse de toda la Palestina histórica. Las guerras contra los árabes, calificadas como defensivas, han servido para extender los territorios ocupados. La imagen del pequeño David sionista frente a los Goliats árabes no tiene nada que ver con la realidad. Oculta no sólo la mezquindad y la mediocridad de las clases dirigentes árabes, sino también la mano agresora de las grandes potencias mundiales. El mito de la democracia sitiada servía para justificar la anexión de nuevos territorios y la represión palestina. La desesperada resistencia de la población en los territorios ocupados se convierte en obra de fanáticos árabes que odian por encima de todas las cosas el paraíso israelí. La muerte de civiles (daños colaterales), el bloqueo a la entrada de víveres y medicamentos en Gaza y Cisjordania, la destrucción de las infraestructuras y los campos de cultivo, la demolición de miles de viviendas con el pretexto de que servían de refugio a los terroristas, la detención de los cuadros de la oposición, la persecución y el exterminio de las organizaciones palestinas. Desde 1967 Israel ha practicado más de 800.000 detenciones entre la población árabe. Todo, por supuesto, en defensa de la democracia sitiada. Gaza es una gigantesca prisión en la que sobrevive confinada y en condiciones miserables la población palestina. El sionismo persigue extender el terror entre la población para que claudique o se marche. Tal como dijo cínicamente un asesor del gobierno sionista, la política israelí pretende "hacer que (los palestinos) adelgacen pero que no se mueran de hambre"[5]. La imagen del pequeño David se convierte en una grotesca burla cuando la "guerra defensiva" da paso a los bulldozers[6], avanzadilla de los fanáticos colonos judíos que llegan para repoblar la "tierra prometida".
A pesar de la escenificación del desmantelamiento de unas cuantas colonias inviables en Gaza, el sionismo ha creado nuevos asentamientos en Cisjordania, en los territorios más fértiles que continúan en manos palestinas. El muro de Ariel Sharon, supuestamente construido para impedir la infiltración de la resistencia palestina, no es más que un proyecto más de la limpieza étnica, que aísla a la población de sus campos de cultivo e impide la vida diaria. Los que finalmente se nieguen a marcharse, vivirán en verdaderas "reservas indias", vigiladas por el ejército israelí, y administrados por una brutal y corrupta Autoridad Nacional Palestina, convertida en la carcelera de su propio pueblo. Israel declara estar dispuesto a ceder una parte de los territorios ocupados a cambio de la paz y el reconocimiento a su existencia, mientras tanto sigue colonizando Cisjordania y declara innegociable la anexión de Jerusalén, como capital eterna del estado de Israel. En realidad están dispuestos a abandonar unos territorios ingobernables por la gran concentración de población árabe, y que no piensan ocupar en un acuerdo definitivo, a cambio de modificaciones de las fronteras, favorables a sus intereses. El objetivo sigue siendo el de siempre, un estado étnicamente homogéneo, lo más extenso posible, en el que los palestinos hayan desaparecido, o sean tan solo un residuo. Tal como vociferaba Yosef Weitz, (dirigente del Comité para la transferencia y las operaciones de confiscación de tierras): "La única solución es la transferencia de los árabes de aquí a los países circundantes. No debe quedar ni una sola aldea, ni una sola tribu"[7].

Una sociedad aterrorizada. Una sociedad militarizada. Una sociedad manipulada.

Además de ser un espléndido negocio[8], el estado de guerra permanente en el que vive Israel desde su fundación y el mito de la democracia sitiada son las dos grandes coartadas del sionismo. La existencia del "enemigo" permite acallar las divisiones y recortar los derechos democráticos. Todo, por supuesto, en defensa del estado de Israel. Tal como expresó Rodolfo Walsh: "Desde hace un cuarto de siglo (ahora serían más de cincuenta años) la política oficial del Estado de Israel consiste en simular que los palestinos son jordanos, egipcios, sirios o libaneses que se han vuelto locos y dicen que son palestinos, pero además pretenden volver a las tierras de las que se fueron voluntariamente en 1948, o que les fueron quitadas, no tan voluntariamente en las guerras de 1956 y 1967. Como no pueden, se vuelcan al terrorismo. Son en definitiva terroristas árabes"[9]. Un enemigo satanizado y convertido por los medios de comunicación en fanáticos sedientos de sangre judía, es ideal. El miedo acalla las críticas y disciplina las propias filas. Una voz disidente es una grieta y un peligro para la supervivencia de un pueblo que se siente amenazado, y es peor todavía si esta voz procede de un miembro de la propia comunidad. La paranoia en la que vive la población judía en Israel es un reflejo del profundo trauma que se arraiga en su memoria colectiva: el del Holocausto nazi. Un horror convenientemente recordado y manipulado por la burguesía israelí, a través de sus secuaces: "Estamos sitiados, estamos nuevamente librando una batalla de vida o muerte"[10]. El recuerdo del Holocausto se traslada a Palestina, los nazis ahora son los palestinos, que odian a los judíos por el simple hecho de ser judíos. En su imaginario, el "otro" se transforma en una bestia, y la conquista de las tierras que están en poder de los palestinos, en una lucha por la supervivencia. "Tomando en cuenta la opresión de los judíos en la historia europea, el miedo de los judíos a los gentiles (no judíos) es comprensible. Sin embargo, cuando asume la forma de política activa, este temor es peligroso, como demuestra el caso de Palestina. La expulsión y la expropiación de los palestinos, en tanto presupuesto para la creación del Estado de Israel, derivan de este temor paranoico. Era la doctrina de Ben Gurión, ahora documentada por todos los historiadores. Pero es esa doctrina la que todavía está aferrada. Propone la perpetración de un homicidio por temor a que la víctima, si permaneciese con vida, pudiera hacer mal al asesino"[11].
Las declaraciones de algunos dirigentes árabes sobre la futura destrucción de Israel, sin explicar qué destino les aguardaría a los judíos en una situación como esa, le hacen un flaco favor a la causa palestina. Las exhortaciones a la masacre confirman los peores temores de la población judía y consolidan el poder del sionismo, que se erige como el último baluarte "defensivo" entre las víctimas y sus potenciales verdugos. Con respecto a los ataques suicidas de los palestinos, si bien son comprensibles sus causas, el odio y la desesperación contra sus verdugos y opresores, sus efectos resultan nefastos. El terror indiscriminado contra la población civil en ningún momento llega a ser una amenaza seria contra el estado sionista, su ejército o sus instituciones, pero siembra el pánico y alimenta el odio hacia los árabes, favorece el clima para las expulsiones y la limpieza étnica, y coloca a la opinión pública mundial a favor del sionismo.
El israelí David Grossman afirma: "(Es la hora de liberarse) De la tiranía de la verdad única, la historia oficial que dice que Israel es un país sitiado, amenazado, inseguro, así se cuenta así mismo. Debemos liberarnos de este cuento porque se convierte en una trampa para el país y le condena a estar continuamente atrapado en situación de guerra; somos víctimas de nuestra historia, nuestra psicología, nuestro miedo"[12].

Los trabajadores judíos frente al capitalismo. Una sociedad que se resquebraja.

Desde 2002 Israel atraviesa la peor crisis económica de su historia. Tal como decíamos más arriba la guerra puede ser un excelente negocio para algunos, especialmente para los sectores vinculados a la industria militar y a las ayudas que proceden de USA, pero otros pagan el precio. También la ralentización de la economía capitalista mundial pasa su factura en Israel, en especial en el sector High Tech (altas tecnologías). El continuo aumento de los gastos de defensa[13], el creciente déficit presupuestario y el endeudamiento internacional han elevado el desempleo a más del 10% de la población trabajadora, en un país en el que hace tan solo unos años no existía, o era marginal. Con el desempleo, la pobreza y la desigualdad social no han cesado de agravarse. En los últimos años la situación social y laboral de los trabajadores, israelíes o palestinos se ha ido deteriorando. El 35% de los trabajadores no cobra el salario mínimo y 1.600.000 israelíes viven por debajo del umbral de pobreza (según el diario Yediot Aharonot, que cita un estudio sobre la pobreza en 2005, elaborado por la seguridad social). Hace unos años, los palestinos de los territorios ocupados cubrían las necesidades de mano de obra barata de la burguesía israelí y presionaban a la baja los salarios de los trabajadores judíos, especialmente entre las capas más pobres. Las Intifadas y los ataques suicidas cortaron el flujo. En la actualidad la entrada de inmigrantes de otros países, todavía peor pagados y con menos derechos laborales que los palestinos, cubre la demanda del capitalismo sionista. Pero estos parches no son suficientes para atajar la crisis, la burguesía necesita reducir el poder adquisitivo de los trabajadores, ya sean judíos o palestinos (ni que decir de los que viven en los territorios ocupados) y recortar sus derechos laborales, desde el sistema de pensiones hasta el de sanidad, pasando por la educación. Cuando las necesidades del gran capital arrecian, los delirios mesiánicos del sionismo se disipan y dejan paso a las mismas politicas antiobreras que en el resto de los países capitalistas, privatizaciones y recortes del llamado "estado del bienestar".
El agravamiento de la crisis económica hace que ésta sólo pueda resolverse mediante una explotación cada vez más intensa de la clase obrera, empezando por la de origen palestino, pero que también afecta a la judía, y a través de una política expansionista (en estos momentos en crisis). La peor parte se la llevan los palestinos de los territorios ocupados que se han quedado sin trabajo. La economía palestina está colapsada. A finales de 2005, cuatro de cada diez palestinos vivía con apenas dos dólares diarios y el desempleo "oficial" superaba el 40% de la población activa. Una gran parte de la población sobrevivía mediante la "economía informal", que va desde el contrabando hasta el comercio callejero. El índice de pobreza pasó del 61% en 2004 al 66% en 2005. Desde entonces la situación ha empeorado. La población de Gaza y Cisjordania sobrevive gracias a las "ayudas" de la UE y los gobiernos árabes, que las utilizan (salvo honrosas excepciones) como forma de presión para que claudique y acepte los planes que deciden a sus espaldas, Israel y las potencias imperiales del planeta.
En 2005 el ex ministro de finanzas, Binyamín Netanyahu, lanzó un programa de privatizaciones y desmantelamiento de los servicios sociales: el programa Winsconsin, que ha reducido los gastos estatales por subsidios de desempleo en un 35%. En el mismo informe se explica que el 10% de los parados ha perdido sus derechos porque no se presentaron a registrarse, y otro 10% porque no cumplían los requisitos obligatorios. El plan, lejos de crear puestos de trabajo, ha llevado a miles de familias a la pobreza, principalmente en el sector palestino israelí (aunque también afecta a los trabajadores judíos). Se sabe que la compañía responsable del cumplimiento del programa envió a desempleados a ocupar puestos de trabajo ficticios en los que no los necesitaban, o bien a lugares donde los empleaban por salarios muchos más bajos que el mínimo legal.
Enmascarada por los mitos de la unidad frente al enemigo y la democracia sitiada, la lucha de clases sigue desarrollándose en Israel. El sionismo mina la conciencia de los trabajadores judíos. Les exige que renuncien a las huelgas y a las movilizaciones con el pretexto de que perjudican los intereses de la nación. Pero la realidad es más tozuda y acabará por imponerse. Existen algunos ejemplos que permiten ver las grietas que se van abriendo en el monolito sionista. En 2006, el movimiento de parados empezó a cobrar fuerza y a inquietar al gobierno. Se reúnen fuera de los locales del programa en Nazaret, convocados por Sawt el-Amel (Voz Obrera). En las asambleas la mayoría de los participantes son palestino israelíes, pero también empiezan a participar los judíos.
La clase obrera judía corre el peligro de ser aplastada sin resistencia por su propia burguesía, si no consigue desembarazarse del lastre sionista. Tal como indicábamos más arriba, el estado de guerra y el mito de la democracia sitiada confunden a los trabajadores judíos y los hacen cómplices de la barbarie del estado sionista.
Cuando el genio fascista salga de la botella.
La política de Israel es una amenaza no sólo para los palestinos, sino también para los propios israelíes. Tanya Reihart, profesora por la Universidad de Tel Aviv, considera que el sistema político ha entrado en un proceso gradual de desintegración. Uno de los síntomas de la degeneración son los repetidos escándalos de corrupción que sacuden periódicamente a la casta política y que restan credibilidad entre la población. El Banco Mundial en un informe presentado en abril de 2005 considera que Israel es uno de los países más corruptos e ineficaces de "Occidente". Aunque en la sombra, en un país que ha estado en una situación de guerra desde su fundación, el ejército israelí ha sido y sigue siendo un factor determinante en la política del país, incluso para los temas que nada tienen que ver con "Defensa". Bajo esta óptica, la palabrería de uno de los fundadores del país, Ben Gurión, adquiere tonalidades inquietantes: "En Israel, todo ser humano es un soldado y todo soldado es un ser humano". La guerra se vende como un esfuerzo infatigable para conseguir la paz. La creciente militarización de la sociedad alcanza extremos que permiten cuestionar su naturaleza democrático burguesa.
Israel se enfrenta a un futuro sombrío. El expansionismo muestra indicios de agotamiento. Tal como indicábamos, los padrinos no están dispuestos a seguirle hasta el final. Israel es una de las piedras angulares del orden imperialista en la región, pero no la única, y USA no está dispuesta a debilitar el resto. Las ansias coloniales israelíes tienen que conformarse con arrancarles a los palestinos pedazos de lo poco que les queda.
Para agravar la situación la población palestina israelí no cesa de crecer y empieza a ser un problema para los ideales racistas del sionismo. La bomba de tiempo amenaza con volverse incontrolable. Además, la sociedad judía israelí es todo menos homogénea. El aluvión de la inmigración reúne a judíos de todo el mundo, que apenas tienen algo en común. La élite sionista promueve y manipula a los judíos de todo el mundo para que emigren a Israel, con los que piensa sustituir a los palestinos. Sin embargo la llegada de nuevos inmigrantes no basta para compensar el fuerte crecimiento demográfico de estos. Para colmo, muchos recién llegados al cabo de un tiempo deciden marcharse, porque o no soportan el ambiente opresivo y no están dispuestos a ser sus cómplices, o bien por temor a las acciones de la resistencia palestina.
La naturaleza del estado sionista es racista y discriminatoria. La "judaicidad" de Israel sólo puede sobrevivir negando al otro, al no judío, y en el momento en el que éste deja de ser una minoría marginal, aplastarlo. Israel Shalak, un viejo activista de los derechos humanos, un judío antisionista, declaró irónicamente que: "los judíos, en los últimos 200 años, habían reclamado la igualdad de derechos en todos los países en los que vivían, excepto en Israel"[14]. Mientras los judíos de todo el mundo pueden vivir en Israel por el simple hecho de ser judíos (aunque haga más de dos mil años que sus antepasados se fueron de estas tierras), a los palestinos se les niega volver a sus lugares de origen (en los que vivían tan solo hace unas décadas). La tortura está reglamentada (como en USA) según normas y procedimientos escritos y el tribunal superior de justicia la ha legalizado de hecho al aprobar su uso en casos particulares. En nombre de la preservación de la homogeneidad étnica los matrimonios mixtos están prohibidos. Ya Hanna Arendt señaló a comienzos de los 60 que las leyes discriminatorias israelíes no eran muy distintas a las promulgadas por los nazis en Nuremberg. "Es verdad que Israel no ha instalado cámaras de gas en ciudades y pueblos palestinos. Sin embargo no ha cesado de asesinar y atormentar palestinos de diferentes maneras, cuya brutalidad e infamia absoluta no difieren en esencia del comportamiento nazi"[15]. Sin embargo el problema va mucho más allá de la persecución a los palestinos y afecta a los propios judíos, para los que supuestamente se ha creado el estado de Israel. ¿Qué puede unir a los judíos de todo el mundo después de siglos y siglos de separación? No hay una lengua común (aunque el sionismo pretenda imponer el hebreo moderno como lengua oficial, se hablan 32 lenguas en todo el país), no existe una raza (las comunidades judías se han mezclado con los pueblos de los países en los que vivían), no hay ni siquiera una religión, ya que gran parte de la sociedad es atea, agnóstica o simplemente laica y no está dispuesta a acatar las directrices religiosas de los rabinos. ¿Qué ocurre cuando los judíos no están dispuestos a vivir como marcan los preceptos sionistas? Recientemente los homosexuales judíos tuvieron que celebrar su "día del orgullo gay" encerrados en un gueto, vigilados por la policía y agredidos por la extrema derecha religiosa y sionista. Los soldados que se niegan a seguir reprimiendo y denuncian las atrocidades que se comenten contra los palestinos son acusados de ser unos traidores a sus hermanos. Sin embargo esa pequeña minoría no ha cesado de crecer en los últimos tiempos[16].
"Lo más alarmante y lo que confiere a los abusos que cometen en Israel, su carácter único son los incesantes esfuerzos que hace el Estado para legitimar abiertamente unos actos ilegales, para justificar lo que no se puede justificar"[17]. El sionismo pretende hacer pasar cualquier crítica a Israel como antisemitismo, es decir, como una amenaza al conjunto de los judíos. Se quejaron incluso de las pancartas de las manifestaciones contra la guerra del Líbano, en las que se denunciaban las atrocidades que estaba cometiendo el ejército. Las acusaciones se dirigen incluso a los judíos que, como el dirigente judío alemán Schleswing Holstein, que denunció la violencia antipalestina y criticó a los gobiernos de la UE de estar demasiado cerca del gobierno israelí. Fue obligado a renunciar de inmediato a su cargo[18].
El Estado de Israel no puede resolver sus contradicciones con métodos democráticos. La negación de la realidad palestina dentro y fuera de sus fronteras sólo podrá perpetuarse por la vía de la militarización y la fascistización. Hace tiempo que el régimen muestra síntomas de agotamiento. Con esta perspectiva el ejército jugará cada vez más un papel omnipresente y omnipotente en la sociedad. a ultraderecha sionista espera capitalizar la situación y llevar el agua a su molino. Avigdor Lieberman, caudillo de "Israel es nuestro hogar" y apodado por muchos como el Le Pen israelí, entró a formar parte del descompuesto gobierno de Ehud Olmert, sin ocultar que su intenciones de modificar la estructura del sistema político, para establecer un régimen autoritario encabezado por un líder poderoso (que, por supuesto sería él). Olmert y Peretz demostraron que no tenían escrúpulos en formar gobierno con los sectores más racistas y xenófobos del sionismo. El pacto de los canallas está servido.

¿Hay alternativas?

No existe ningún futuro en los bantustanes palestinos, ni en la partición de la región en dos estados, como reclaman algunos sectores de la izquierda, tanto los que lo plantean desde la perspectiva burguesa y democrática, como los que lo hacen desde su versión "socialista". Cualquiera de las dos opciones confirma la negación del derecho al retorno de los palestinos y la confiscación de sus tierras que significó la creación del estado de Israel. La idea de un estado judío homogéneo, sólo puede llevarse a cabo mediante el aplastamiento del pueblo palestino, y por supuesto con la complicidad o al menos la indiferencia de las masas árabes de todo el mundo. Porque sólo una derrota total puede hacer que los palestinos den por buena la expoliación. Si eso fuera posible, Israel y sus padrinos lo habrían conseguido hace tiempo, cuando las condiciones económicas, políticas y militares eran mucho más favorables que ahora. La mayoría de los gobiernos árabes habrían dado su bendición al proyecto si no hubiesen chocado con la solidaridad sus propios pueblos. La paz sólo puede construirse cuando sea posible una relación entre los pueblos en términos de igualdad, sin opresores ni oprimidos, sin vencedores ni vencidos. El estado sionista es un obstáculo para que algún día esto sea posible.
Casi sesenta años de racismo y opresión han envenenado seriamente las relaciones entre palestinos y judíos, hasta crear un odio mortal entre las dos comunidades. La mayoría de la sociedad judía ve a los palestinos como a sus mortales enemigos, fanáticos prestos a exterminarlos. La misma izquierda sionista (Meretz, Paz Ahora), que ve con preocupación el avance de la militarización y la fascistización de Israel, se mantiene equidistante entre los carniceros y sus víctimas, considerando a los dos bandos igual de responsables. Es responsabilidad de la izquierda antisionista (Bloque por la paz, Hijos del país, PC, Comité de Acción por una República Democrática y Laica y otras pequeñas organizaciones revolucionarias), todavía una pequeña y valiente minoría, tender los puentes que serán la base de la futura alianza entre los dos pueblos. Suya es la tarea de desenmascarar al sionismo y demostrar a los judíos israelíes que sus verdaderos enemigos no son los palestinos, ni los árabes. Los hombres bombas y los misiles Kassam son consecuencia de la desesperación en la que el sionismo ha sumido al pueblo palestino desde hace décadas. Los palestinos no son antijudíos porque sí, sino porque ven en ellos a quien les expulsó de sus hogares. La igualdad sólo puede ser establecida en una república democrática, laica y socialista en toda la Palestina histórica, sin discriminaciones étnicas o religiosas. "¿Cabe la esperanza de una solución pacífica en este amargo y perdurable conflicto? Sin duda alguna, y se basa en el desmantelamiento del sionismo y la creación de un estado único, cívico y democrático en Palestina-Israel, donde judíos y árabes vivan como ciudadanos iguales." [19]
César Díaz León (20.01.06)

[1] SHARON BARNEA: Galili, "a jewish democratic state", Hal Aretz, 28.06.2002)
[2] Liberman pide despojar a los palestino israelíes de sus derechos y colocarlos bajo jurisdicción palestina: "Los árabes a los que se permita permanecer en Israel tendrían que prestar prueba de lealtad o se arriesgarán a perder su ciudadanía". Los asentamientos en Judea y Samaria serían incorporados a Israel.
[3] Se estima que los refugiados y sus descendientes superan los 6 millones de personas.
[4] EDM 33 Argentina (Abril 2004)."Ideología sionista, no judíos y Estado de Israel. Ur Shlonsky
[5] BBC Mundo, 18.02.06.
[6] Desde 1988 se han demolido más de 22.000 viviendas palestinas.
[7] Central Zionist Archives, Weitz Diary. A 246/7 20.12.1940, p. 1090-1091
[8] Israel es el primer receptor mundial de ayuda militar norteamericana.
[9] REBELION. "Árabes e israelíes, una historia inconclusa", cita a R. Walsh, "La revolución palestina". Noticias, Buenos Aires 1974.
[10] AVI SHABIT. Haaretz, "¡Put and end to he Oslo ecslasy!", The Courier International 52, 19.10.00
[11] SALMAN ABU SITTA, "Poner en práctica el derecho de retorno". Marco Tropea Ed. Milán 2002, publicado por EDM nº 33 (Argentina) Abril 2004.
[12] MOHAMED SAFA. "Palestina, una herida abierta", cita a David Grossman. CSCAweb 12.10.06.
[13] El control y la colonización de los territorios ocupados implica que un 37% del presupuesto estatal se destine a gastos militares, que no absorben menos del 75% de los recursos fiscales.
[14] ISRAEL SHALAK: Jewish Religión: The weight of three tousand years. Pluto press, 1994.
[15] KHALID AMAYNEH. "Hay que disolver el sionismo para alcanzar la paz". Alquds.com
[16] Hasta la fecha hay un total de 1362 soldados israelíes acusados de objeción de conciencia. MARTIN SMEDJEBACK. ¿Puede la objeción de conciencia poner fin a la ocupación?
[17] EITHEN FELNER: "Israel y los derechos humanos". Papeles. Otoño 1999, p.42
[18] LE MONDE 05.09.06
[19] KHALID AMAYREH. Op.cit.