UCRANIA: CONTRA EL IMPERIALISMO, POR LA UNIDAD DE LOS TRABAJADORES

A finales de 2013, una nueva crisis política sacudió Ucrania. Durante tres meses decenas de miles de manifestantes ocuparon la plaza de Maidan, en Kiev. Los elevados índices de desempleo, los bajos salarios en contraste con los elevados precios de los productos de primera necesidad, y los abusos y la corrupción generalizada (bajo los distintos gobiernos que se han sucedido desde la independencia) alimentaron la movilización de la pequeña burguesía y de las capas superiores de la clase obrera. Las fracasadas negociaciones del gobierno de Yanukóvich con la Unión Europea alentaron la ilusión entre los sectores movilizados de que ésta era la única salida posible.
La situación de Ucrania es catastrófica. Con un PIB de 113.000 millones de dólares, tiene una deuda externa impagable que se acerca al 100%. Este año deberá destinar 20.000 millones al pago de ésta. Sencillamente, no puede pagar ni la deuda, ni el gas procedente de Rusia, ni siquiera los sueldos de los funcionarios de la administración.
Para evitar el colapso el gobierno pidió ayuda a Bruselas, que exigió a cambio la firma de un tratado, que suponía la apertura de Ucrania al capital y los productos de la UE, y que habría supuesto en la práctica el desmantelamiento de la industria y la entrega de las tierras más fértiles del continente a las multinacionales occidentales. Los mandarines de la UE exigieron además, un brutal ajuste de las ya de por sí difíciles condiciones de vida de los ucranianos (recortes de sueldos, subvenciones al gas y presupuestos sociales, limitación de los derechos laborales) que el gobierno no podía asumir sin poner en peligro su ya precario dominio de la situación. La crisis política se desencadenó cuando Yanukóvich prefirió aceptar la oferta de 15.000 millones de Putin (además del descuento de una tercera parte del precio del gas), para mantener a Ucrania en la órbita rusa.
A un año de acabar el mandato de Yanukóvich, la crítica situación económica y social, los escándalos de corrupción y nepotismo en la administración, y el mal explicado rechazo del tratado con la UE, ofreció a Washington y Bruselas la oportunidad de derribar al gobierno para instalar en Kiev otro más acorde con sus intereses. Bajo las órdenes de las embajadas occidentales y los servicios secretos, la oposición “naranja” y las organizaciones fascistas consiguieron capitalizar las protestas contra el gobierno que ya se encontraba contra las cuerdas. En medio de las movilizaciones, una delegación de la UE llegó a Kiev, para presionar a Yanukóvich para que firmara su “adhesión”. La negativa de la cúpula militar a intervenir en la represión contra los manifestantes, y las vacilaciones de los mandos policiales hicieron el resto. El gobierno se desmoronó y el presidente huyó del país. Salvo algunos casos, la oligarquía cambió de bando para apostar al nuevo caballo vencedor.
La caída de Yanukóvic dió paso a un tira y afloja entre las potencias, para formar un gobierno de unidad que dirigiera el proceso hacia unas nuevas elecciones. Finalmente un golpe de fuerza, apadrinado por USA, impuso un gabinete títere de la embajada norteamericana, que sigue al pie de la letra las órdenes del FMI. En pleno derrumbe social y con la amenaza de una hambruna generalizada entre la población, su obsesión es el pago de la deuda. Ni la UE, ni USA están dispuestos a soltar un céntimo en una economía quebrada, que no puede hacer frente al pago de su deuda. El 26 de febrero, el gobierno pidió un préstamo al FMI que exige a cambio un “ajuste de las cuentas” del país, con un brutal plan de austeridad que ya ha empezado a llevar a cabo, en un clima de guerra civil, sin que le importen las consecuencias que pueda sufrir la población.

EL CHOQUE ENTRE LOS IMPERIOS. CRUZANDO LA LINEA ROJA.
Desde la desaparición del bloque del éste y la desaparición de la URSS, la OTAN no ha hecho otra cosa que avanzar sus posiciones hacia las fronteras rusas. El objetivo es la completa colonización por el capital del espacio de la antigua URSS. La reciente instalación en Polonia, de un escudo antimisiles con el pretexto de defender a la UE de un hipotético ataque nuclear iraní, o las intrigas para convertir a Georgia en un puesto avanzado en el Cáucaso no son más que movimientos en el tablero de ajedrez mundial, que pretenden la colonización económica del antiguo espacio soviético y el desmembramiento de Rusia.
La intervención imperialista en la crisis ucraniana fue la línea roja que el régimen de Putin no podía dejar sin respuesta, sino estaba dispuesta a capitular. Ucrania es un mercado al que se dirigen el 25% de las exportaciones rusas, además de ser el país puente por el que se transporta una buena parte del gas que se envía a la UE (además de consumidor del mismo). Crimea es también la puerta de Rusia hacia el Mediterráneo, y es en ella donde tiene instaladas las bases de la flota del Mar Negro. La separación de Ucrania de la órbita rusa sería una amenaza potencial para la unidad nacional, que podría estimular el surgimiento de nuevas fuerzas centrífugas entre el conglomerado de nacionalidades que componen su geografía. Además, el acercamiento de Ucrania a la UE haría saltar por los aires su proyecto aduanero que pretende establecer en el antiguo espacio soviético ( integrado ya por Bielorrusia. Kazajastán y Armenia).
Washington ha ido tejiendo desde hace tiempo su tela de araña en torno a Ucrania con el objetivo de convertir el país en un nuevo títere, como es el caso de Polonia. La consecución de sus objetivos permitiría no sólo amarrar de cerca a la oligarquía rusa y desactivar su proyecto de unión aduanera. También le ayudaría a debilitar a sus socios y rivales europeos y hacerlos más dependientes. USA está preocupada por un hipotético acercamiento estratégico entre Rusia y la UE que pondría en peligro sus intereses.
Bruselas por su parte juega a atraerse a Ucrania a su área de influencia (apertura de los mercados a sus productos y capitales), pero no puede permitirse su integración, que agravaría todavía más su crisis interna. Alemania y en menor medida otros países de la UE, hace tiempo que amagan la idea de establecer una alianza estratégica con Rusia, para poder competir con USA. Las infraestructuras que transportan el gas a la Unión Europea, y las enormes inversiones en Rusia han creado una situación de interdependencia, que es vital para ambas partes. El capitalismo alemán y por lo tanto la UE necesitan el gas y las materias primas de Rusia, mientras que la oligarquía rusa depende de las inversiones de Europa Occidental.
Tras la aparente unidad bajo la bandera de la OTAN, se adivinan las tensiones que agrietan el bloque occidental. La burguesía alemana y gran parte de la europea no están dispuestos a sacrificar sus intereses por la crisis ucraniana. Más de 6.000 empresas alemanas, establecidas en Rusia, temen las represalias. Una vuelta a la guerra fría entre Rusia y Occidente llevaría a la UE definitivamente a la recesión, y estimularía los conflictos internos en su seno. Por su parte, una escalada en el intercambio de sanciones agravaría el malestar social en Rusia y podría provocar un estallido revolucionario que la oligarquía quiere evitar a toda costa. El inicio de la crisis provocó el derrumbe de la bolsa de Moscú y la huida de más de 60.000 millones de dólares. También en USA se ha registrado una retirada de más de 100.000 millones de dólares, que se atribuye a los fondos rusos. Tampoco es ninguna casualidad que Angela Merkel haya manifestado en repetidas ocasiones que la solución a la crisis ucraniana pasa por un acuerdo que satisfaga a Rusia.
USA y la UE se tomaron con mucha calma la anexión rusa de Crimea. La anunciada batería de sanciones no pasó de una serie de medidas simbólicas contra el grupo de oligarcas que rodea a Putin. El despliegue del ejército ruso duró dos semanas. Durante este tiempo los mandos del ejército ucraniano no recibieron ninguna orden del gobierno de Kiev. Pese a las protestas y los rasgamientos de vestiduras, la anexión fue reconocida en la práctica por el imperialismo occidental. Sin embargo Obama y sus socios europeos advirtieron a Rusia, que la situación podría cambiar si Putin se decidía a apoderarse del este del país.
El imperialismo occidental y Rusia buscan un acuerdo que les haga superar una crisis que amenaza con descontrolarse. El reciente acuerdo de Ginebra apunta en esa dirección. El actual gobierno de Kiev y el que salga después de las elecciones del 25-M, tendrá como tarea una reforma constitucional que permita la “federalización” del país, con amplios poderes para las regiones, es decir, que tras una aparente unidad, Ucrania se dividirá en áreas de influencia, sellada con un estatuto de neutralidad, al estilo de Finlandia. USA es el más reticente al acuerdo y prefiere mantener una actitud más agresiva hacia Rusia, pero no puede permitirse chocar con sus socios europeos. Ucrania es un país quebrado y en plena descomposición y tanto USA, como la UE son conscientes de que un enfrentamiento abierto con Rusia no ayudaría a estabilizar la situación. Todo lo contrario. En este marco, Rusia sólo puede ser parte de la solución.

GUERRA ÉTNICA O DE CLASES. POR UNA UCRANIA UNIDA, INDEPENDIENTE Y SOCIALISTA
El actual gobierno provisional impuesto por USA tras la caída de Yanukóvich no es reconocido por la mayoría de la población, especialmente por la ruso hablante que habita en el este del país. Las torpes y provocativas decisiones que tomó apenas nombrado: la anulación de la cooficialidad de las lenguas, la introducción de visados con Rusia donde trabajan 3 millones de ucranianos, venganzas y represalias contra la oposición... acentúan la división y en enfrentamiento de la población con criterios étnicos.
La resistencia prorrusa en el este ha llevado al gobierno a lanzarse a la aventura militar, iniciativa que puede forzar a Rusia a romper las negociaciones diplomáticas, para intervenir en ayuda de sus simpatizantes. Los primeros intentos han tenido resultados desastrosos para el gobierno de Kiev y han acentuado la descomposición y la división interna del ejército La población sublevada rodeó las columnas militares y se apoderó de varios carros blindados, sin apenas resistencia por parte de los soldados. También se han dado numerosos casos de deserción y de negativa de las tropas a enfrentarse a su propio pueblo.
La Rusia oligárquica de Putin también apuesta por la salida étnica. Agita la bandera del chovinismo gran ruso y el sentimiento de fortaleza asediada para neutralizar el creciente malestar de la población y atraer hacia su terreno a los ruso hablantes de Ucrania. El referéndum de Crimea ha dado el pretexto al gobierno de Kiev para someterse incondicionalmente a la UE. Ucrania se ha convertido en un protectorado de la OTAN. Con una economía destruida y unas arcas públicas exhaustas que convierten la deuda externa en impagable, Kiev ha solicitado un préstamo al FMI y ha empezado a aplicar un brutal plan de ajuste que hundirá todavía más a las clases populares en el hambre y la miseria... La bandera del nacionalismo antirruso es la cortina de humo detrás de la que se ocultan los partidarios de convertir a Ucrania en una colonia del imperialismo occidental. La Rusia que reclama el derecho a defenderse de la OTAN es la misma que se apoderó de la propiedad estatal de la antigua URSS, la misma que oprime actualmente a otras naciones. Nada tiene que ver con la Rusia obrera y campesina que protagonizó la revolución de octubre, ni la que llevó a cabo el primer intento de construcción del socialismo de la historia.
El imperialismo y la oligarquía capitalista rusa negocian el reparto de Ucrania en zonas de influencia. No es cierto que la única salida posible sea la división del país y el sometimiento a la tutela de uno los dos bandos. La lucha contra los partidos dominantes del sistema es la lucha contra el poder oligárquico que se apoderó de las empresas y la riqueza estatal, después de la desaparición de la URSS y la proclamación de la independencia del país. La ideología del partido de Yanukóvich (todavía mayoritario en el parlamento de Kiev) es la misma que la del partido de Timoshenko, o de la extrema derecha nacionalista: la defensa de la propiedad privada y la economía capitalista.
La crisis de Ucrania ofrece grandes posibilidades revolucionarias. Los anticapitalistas consecuentes no pueden apoyar a ninguno de los dos bandos opresores, sin vender su alma a uno de los dos bandos opresores. ¡Ni el imperialismo occidental, ni la oligarquía capitalista rusa!. La brutal política reaccionaria del gobierno títere de Kiev y las agresiones de las bandas nazis han provocado un resurgimiento del chovinismo en Rusia y en el este de Ucrania, pero Putin y sus amigos oligarcas utilizan el chovinismo para hacer valer sus intereses y no vacilarán en traicionar a las masas rusas por un acuerdo con el imperialismo occidental. La crisis ucraniana ya ha tenido sus repercusiones en la economía rusa con el desplome de la bolsa, la fuga de capitales y la devaluación del rublo.
Los enemigos de los trabajadores ucranianos no son los trabajadores y las clases populares que hablan otra lengua, o pertenecen a otra etnia o religión, sino las clases dominantes de sus propios países, que están dispuestos a enfrentarlos al servicio de intereses inconfesables. Hace ahora precisamente un siglo, los revolucionarios bolcheviques defendieron las tesis del derrotismo revolucionario en el inicio de la I Guerra Mundial y apelaron al internacionalismo socialista frente a los que proclamaban el apoyo a uno u otro bloque imperialista. Apoyar la subordinación de Ucrania a la UE implica ser cómplice del imperialismo occidental y de su expolio contra los pueblos. Apoyar la integración de Crimea en Rusia conlleva serlo de Putin y la oligarquía restauracionista que tienen sus propios intereses, que nada tienen que ver con los trabajadores y el pueblo ruso. Nuestra lucha es por una Ucrania unida, independiente y socialista, contra la depredación de los capitalistas de ambos bandos. Sólo un gobierno de los trabajadores, basado en los consejos obreros y campesinos, puede garantizar los derechos democráticos de las diferentes etnias que componen el país. Sólo la unidad de la clase obrera contra el capital, sin distinción de etnias, puede derrotar a los opresores. En Ucrania, en Rusia, en la Unión Europea y en todo el mundo.
Barcelona. 20 de abril de 2014.
ENRIC MOMPÓ