Un debate urgente y necesario: DEL ANTICAPITALISMO HACIA EL SOCIALISMO

Decía Marx que un modo de producción sólo desaparece cuando agota todos sus recursos y capacidades para seguir desarrollándose. El capitalismo sin embargo hace tiempo que muestra signos de decrepitud. El último capítulo ha sido el actual derrumbe financiero, que abrió las puertas a la que quizás sea la más grave crisis de su historia. Algunos la equiparan con el crack del 29, pero las consecuencias y la profundidad de la actual todavía están por ver.
La actual crisis no empezó hace tres años, sino mucho antes, en la década de los 70 del siglo XX. Desde entonces la tendencia al estancamiento y la sobreproducción ha sido irrefrenable, sólo ralentizada por el crédito barato y el endeudamiento generalizado. Para escapar del colapso, el capitalismo se transformó en un gigantesco casino, en el que a través de la especulación, los capitalistas obtenían grandes beneficios a costa de incrementar la miseria. El estallido de 2008 fue la señal de que el intento de huir a sus propias contradicciones tocaba a su fin, y de que éstas no pueden ser superadas desde el sistema.
KEYNES HA MUERTO Y ALGUNOS SIGUEN SIN ENTERARSE.
Con la evolución de la crisis queda demostrado que el derrumbe del capitalismo “neoliberal” no puede curarse con dosis de keynesianismo. Con el crack financiero de 2008 los gobiernos capitalistas de todo el mundo corrieron presurosos a vaciar las arcas públicas para socorrer a los bancos y a las multinacionales. Unos hablaron de refundar el capitalismo, otros de que se crearían los mecanismos para que no volviera a ocurrir. Pura cháchara destinada a engañar a los tontos y a los que querían ser engañados. El capitalismo no puede ser reinventado, ni humanizado. El brutal rostro del “neoliberalismo” es la única forma que puede adoptar el capitalismo en su etapa de decadencia. La plusvalía debe continuar multiplicándose para que el sistema no se hunda, aunque sea a costa de liquidar el “Estado del bienestar”, globalizar la miseria y destruir el planeta.
La intervención de los gobiernos en ayuda de la banca ha provocado una monumental crisis fiscal. Las arcas estatales están vacías y la deuda pública se ha disparado. En USA se ha pasado del 40 al 100% del PIB, en el estado español del 30 al 80%. La intervención estatal, no sólo no ha contrarrestado crisis, sino que le ha dado un nuevo impulso. La amenaza de quiebra de los bancos es ahora la de los estados. En un momento en el que caen los ingresos fiscales, el paso siguiente es el recorte de los presupuestos públicos (sanidad, educación…), el aumento de los impuestos directos (que gravan el consumo y que recaen principalmente sobre las clases populares), una nueva oleada de privatizaciones y… el ajuste social.
La izquierda y la derecha del sistema se dan la mano. Su objetivo es el mismo: la preservación del capitalismo. La izquierda keynesiana oculta que la intervención del estado y el aumento del gasto social, en un momento en el que se reducen drásticamente los ingresos fiscales, provoca el aumento desmesurado del déficit y vuelve impagable la deuda. La derecha neoliberal disimula que con el recorte de las ayudas y los subsidios, crece la pobreza y el desempleo, y agrava la caída de los ingresos, convirtiendo también en impagable la deuda. Todos los caminos conducen a Roma. La izquierda y la derecha capitalistas ofrecen el mismo producto, con envoltorios diferentes, pero el final es el mismo: La globalización de la pobreza y el recorte de las conquistas y derechos de los trabajadores, y las clases populares.
El endeudamiento de los estados amenaza con hacer saltar por los aires el mecanismo de drenaje que entrega el dinero de los impuestos a los grandes capitales. Un nuevo crack puede hundir al mundo en una nueva era de barbarie. Las potencias imperiales se apresuran a tomar posiciones en el pulso por el reparto del menguante pastel.
¿HAY VIDA MÁS ALLÁ DEL CAPITALISMO?
Saramago decía que el principal enemigo de los trabajadores es la resignación. Durante décadas, la traición de la izquierda tradicional y la descarada colaboración de las burocracias sindicales, junto al consumismo desenfrenado en las metrópolis y el machaqueo de los medios de comunicación hizo creer a los trabajadores de que vivíamos en el mejor de los mundos posibles. La conciencia de clase se hundió a niveles históricos, que recuerdan épocas preindustriales. Los trabajadores ya no sé sentían como tales, sino como “clases medias” y como consumidores (o aspirantes a serlo) en el paraíso sin fin que les ofrecía el capitalismo.
La crisis y los ataques a los derechos y conquistas populares ha hecho que muchos empiecen a despertarse del sueño, para ver la cruda realidad. El desmantelamiento del “estado del bienestar”, la masificación del paro y del trabajo precario, y la falta de alternativas han provocado una ola de pesimismo y apatía generalizada. La derecha y la izquierda del sistema no se cansan de repetir que no hay otra salida que la de los recortes y los ajustes sociales, y que una vez superada la crisis, todo volverá a ser como antes.
El temor al despido, la dispersión de los trabajadores y el conservadurismo de la “clase media” han sido decisivos hasta ahora, para contener el estallido social, pero el descontento y la miseria crecen por doquier. En un momento que el capitalismo descarga con toda su fuerza la crisis que ha generado, sobre los jóvenes, mujeres, inmigrantes y el pueblo trabajador en general, éstos no tienen quien defienda sus intereses: una fuerza política independiente de la burguesía con un programa obrero. Sin embargo el derrumbe económico ha empezado a crear las condiciones para un cambio de escena.
¿QUÉ SENTIDO TIENE EL MOVIMIENTO ANTICAPITALISTA?
La recesión capitalista ha agudizado con fuerza las diferencias sociales y ha sacado a la luz las contradicciones insuperables del sistema. La supervivencia del capital exige aplastar toda resistencia de los trabajadores, para que acepten pagar el peso de una crisis que no han provocado. La catástrofe del capitalismo nos pone de nuevo ante una encrucijada de camino: el que conduce al socialismo, o el que nos lleva a la barbarie.
Cuando las patronales de todo el mundo exigen abiertamente la congelación de los salarios, el abaratamiento y desregulación de los despidos, el aumento de la explotación, el recorte de los presupuestos sociales, la privatización de las empresas rentables del sector público y el desmantelamiento de los sistemas de pensiones. Cuando la vieja izquierda se quita la máscara y descubre que hace mucho tiempo que está al servicio de la dictadura del capital. Cuando la burocracia de los sindicatos, generosamente subvencionados por los Estados, renuncia a defender las conquistas y derechos de los trabajadores, y sólo ofrecen una retirada ordenada frente a las exigencias de los capitalistas. Cuando la juventud sabe que no tiene futuro, y que vivirá en condiciones mucho peores que sus padres. Cuando la gente se siente impotente ante el cambio climático y la amenaza de extinción de muchas especies que siempre nos acompañaron (que las futuras generaciones conocerán por vídeos y fotografías), y considera que el parloteo en las conferencias y congresos internacionales no sirve para nada. Entonces se dan las condiciones para que surja un nuevo movimiento revolucionario en escena, para defender los derechos de los oprimidos y la supervivencia del planeta. No valen las medias tintas, no hay posibilidad de acuerdos, no existe el capitalismo “civilizado” y con “rostro humano”. Los capitalistas quieren salvarse de nuevo a nuestras expensas, y para conseguirlo no les importa llevarnos un poco más cerca del abismo. Es, o ellos o nosotros. Que la crisis la paguen los que la han provocado.
CAMINANTE NO HAY CAMINO. EL CAMINO SE HACE AL ANDAR
Por su origen y heterogeneidad, la naturaleza del anticapitalismo es ambigua y confusa y no define sus objetivos con claridad. Refleja, como no puede ser de otra forma, el retroceso histórico que ha sufrido la conciencia de los trabajadores durante décadas. En su seno convive un amplio espectro de tendencias y sensibilidades políticas, que van desde el ala izquierdista de la socialdemocracia, hasta las corrientes con orientación más radical y antisistema. Estar en contra del capitalismo salvaje no implica que todos estemos necesariamente de acuerdo en el qué queremos, ni en el cómo debe ser sustituido. Mientras unos abogan por su regularización y control “democrático”, para eliminar sus aspectos más negativos, otros en cambio consideramos que la pretensión de humanizar el capitalismo es una quimera reaccionaria que debe de ser combatida sin concesiones. Pero ni siquiera los que defendemos la sustitución revolucionaria del capitalismo por un sistema alternativo (que algunos nos empeñamos en llamar socialismo), logramos ponernos de acuerdo en el contenido y la naturaleza de éste, o en la forma de llegar a él. El movimiento anticapitalista se opone enérgicamente a los desmanes (económicos, sociales y ecológicos) del capitalismo depredador, pero tiene serias dificultades a la hora de presentar un proyecto alternativo creíble. Su heterogeneidad ha contribuido a ampliar y enriquecer los puntos de vista, haciendo más complejo el debate. Simultáneamente, el retroceso político de la movilización democrática y social en la última década, dificulta la clarificación y la maduración política.
La futura organización de los trabajadores nacerá cuando las necesidades más apremiantes de las clases populares (salarios, puestos de trabajo, pensiones…) obliguen a buscar nuevas formas de lucha y organización. La crisis ha creado las condiciones en las que, pese al tremendo atraso de la conciencia de clase, los intereses de los explotados necesitan nuevas formas de expresarse. La decadencia del capitalismo no tiene camino de retorno. No tiene nada que ofrecer, salvo paro y miseria generalizadas, y la profundización de la barbarie a niveles jamás imaginados (hambrunas, pandemias, guerras, desastres ecológicos, fascismo).
Aunque no sea de forma consciente, la recesión económica concentra las aspiraciones de las clases populares en un contexto de lucha contra el capitalismo. Un sector cada vez más numeroso de nuestra sociedad, de la juventud y los trabajadores, siente que sus organizaciones tradicionales ya no defienden sus derechos. Y que el futuro que les aguarda es cada vez más negro y amenazador. La vieja izquierda se ha convertido en el instrumento más eficaz del capitalismo para desmantelar la sociedad del bienestar. Hace todo aquello que la derecha no se había atrevido a realizar… hasta ahora.
Todavía muchos dudan a la hora de enfrentarse a sus gobiernos y partidos “de izquierdas”, aunque sea desde éstos, desde donde parte la ofensiva del capital, porque hasta hace poco se sentían identificados con ellos. El conservadurismo social y la falta de alternativas creíbles fuera del sistema, que defiendan de forma intransigente las conquistas de los trabajadores, convierte al capitalismo en descomposición, en un callejón sin salida. Esta situación es explotada por la extrema derecha del capital, que bajo un ropaje populista, aumenta su apoyo social a costa de dividir y enfrentar a los trabajadores, entre autóctonos e inmigrantes, reclamando el derecho de los primeros a ser explotados sin contemplaciones por el gran capital, y que “los otros” sean expulsados del país, o condenados a la marginación social.
DOS MÁS DOS, SUMAN MUCHOS.
En política, dos más dos, no suman cuatro. Dispersos y reducidos a pequeños grupos, los anticapitalistas apenas han podido ir más allá del testimonialismo. La tarea de reagruparlos no es fácil. Las corrientes anticapitalistas expresan los intereses de clases y grupos sociales, que no siempre pueden ponerse de acuerdo. El anticapitalismo revolucionario y clasista sólo será una opción creíble demostrando su madurez en la calle, en la defensa de los derechos y reivindicaciones de los trabajadores y las capas más pobres de la sociedad.
La crisis capitalista se está encargando de poner a cada uno en el lugar que le corresponde. El desarrollo de la crisis y la lucha de clases han dejado al desnudo los límites insalvables de los que reivindican el anticapitalismo sobre la base de las relaciones sociales… capitalistas. Recientemente, por ejemplo, algunos gobiernos europeos reclamaron la imposición de una tasa a los bancos, para contribuir a su saneamiento fiscal. ¿Qué tiene ahora que decir ATTAC, que reclamaba la Tasa Tobín, cuando el mismo capitalismo asume sus planteamientos?
El capitalismo con rostro humano no existe, es una falacia “progresista” que encubre una retirada paulatina hacia el desastre social. Las opciones que hoy en día defienden la posibilidad de transformación del capitalismo mediante reformas, niegan en realidad que pueda existir una alternativa fuera del sistema, y en última instancia se aferran a un clavo ardiendo para evitar su hundimiento. Ese es el camino que hace tiempo siguió la socialdemocracia, y es el que ha tomado gran parte de la vieja izquierda procedente de los antiguos partidos comunistas, e incluso sectores que se reclaman del anticapitalismo. Por ejemplo, recientemente el Bloque de Izquierdas de Portugal votó a favor de la contribución de Portugal al fondo de rescate y el plan de austeridad de la Unión Europea para Grecia. ¿Defendemos el brutal ajuste que el capitalismo internacional pretende imponer a los trabajadores griegos (y al que éstos se han opuesto ya con seis huelgas generales), con el pretexto de que la suspensión de pagos de este país sería peor? Para tan corto camino, no hacían falta tantas alforjas.
El proceso de clarificación política sólo puede hacerse a través del debate democrático y fraternal, lejos del consenso, en el que la mayoría se adapta a los sectores más atrasados, pero también lejos del sectarismo y del aparatismo. Las distintas corrientes anticapitalistas necesitan dirimir entre ellas sus diferencias, y para ello necesitan contar con el derecho a expresarse y a constituir tendencias y fracciones, creando una nueva cultura democrática de base, que refuerce la unidad. El derrumbe del capitalismo exige estar a la altura del reto al que nos enfrentamos. Es necesario abrir una discusión en la que participen los trabajadores y todos los luchadores antisistema. Hay que marchar hacia un proyecto que articule las organizaciones y movimientos dispersos, clarificar los objetivos políticos, sin caer en las trampas que han atado históricamente al movimiento obrero al devenir de la burguesía. El peligro de construir una nueva socialdemocracia no se puede obviar y tendrá que ser combatido sin concesiones.
El proyecto anticapitalista sólo puede capitalizar el creciente descontento social, recuperando las banderas que le fueron arrebatadas al viejo movimiento obrero. Hay que organizar asambleas y colectivos de barrio en las ciudades, en los pueblos y en las empresas y fábricas en las que nos encontremos. Hay que construir una verdadera oposición antiburocrática y combativa que vaya más allá de los estrechos cauces que ofrecen las direcciones de los sindicatos, subvencionadas por el estado. Hay que construir un verdadero tejido social solidario que acerque y organice a la juventud, a los trabajadores y a todas las capas oprimidas de la sociedad. El viejo movimiento obrero de finales del siglo XIX y principios del XX creó ateneos, casas del pueblo, cooperativas de trabajo y de consumo, escuelas populares… en torno a los que se organizaban sus miembros. No van a ser los discursos, ni las frases bonitas, las que van a hacer que se acerquen y se organicen, sino la tenacidad y la solidaridad cotidiana. Tienen que comprobar con su propia experiencia que el proyecto anticapitalista no son unas siglas más, sino su movimiento, su organización, donde se sientan protegidos y apoyados por sus iguales, y donde puedan defenderse y hacerse oír.
El capitalismo en su versión democrático burguesa se jacta de ser la sociedad de los derechos humanos. Sin embargo cuando los capitalistas y sus representantes se llenan la boca con esas palabras, en realidad sólo están defendiendo los derechos de la burguesía, como clase dominante. Los derechos de la mayoría son continuamente pisoteados y convertidos en pura retórica. Son derechos formales, más que reales. No puedes tener derechos reales, si no tienes dinero para comprarlos. El derecho a la propiedad privada (en realidad, de la gran propiedad capitalista) se antepone al derecho a una vida digna, a la vivienda, a una educación y una sanidad gratuita, satisfactoria e igual para todos. La dictadura de los mercados (es decir, del capital) está por encima de los derechos de la inmensa mayoría. Los ajustes sociales, el abaratamiento de los despidos y la desregulación del mercado laboral, el recorte de las pensiones, ayudas y subsidios… todo debe de sacrificarse, en aras del capital.
En última instancia el derecho a la libertad de expresión bajo el capitalismo es el derecho de los voceros de la burguesía a manipular a la sociedad. Los grandes capitalistas (Berlusconi, Murdoch…) construyen sus imperios de la comunicación, compran periódicos, cadenas televisivas, emisoras de radio… verdaderos monopolios desde los que se engaña a la opinión pública, mientras que la mayoría no tiene acceso a ningún medio desde el que poder expresarse. También el derecho de asociación es una formalidad vacía de contenido. Los trabajadores y las clases populares no pueden organizarse en la práctica, porque no tienen ni dinero, ni medios para hacerlo. Si no hay dinero, no hay locales, no hay medios, no hay nada. En la práctica el sistema capitalista sólo permite organizarse en el catálogo de ofertas que financia generosamente y que no implican ninguna amenaza seria para su existencia y funcionamiento (sectas religiosas, ONGs…).
Reivindicamos un medio ambiente sano, en el que el ser humano pueda convivir en paz y de forma sostenible, con la naturaleza de la que formamos parte. Sin embargo, cada día asistimos impotentes a nuevos desastres provocados. Recientemente hemos visto el golfo de Méjico seriamente dañado por la irresponsabilidad y la codicia de las grandes multinacionales. Pese a todo, nadie en su sano juicio puede pensar que será el último. En realidad las catástrofes son más frecuentes de lo que la gente piensa, sólo que se dan en lugares más lejanos de las metrópolis. Cada día se destruyen miles de hectáreas de bosques y de selva, cada día los desiertos avanzan, cada día se exterminan nuevas especies, cada día vemos agravarse el cambio climático. Reuniones, cumbres, congresos y conferencias, estudios y manifiestos. La sensación del ciudadano corriente es que nada sirve para nada y de que hace tiempo ya, que estamos descendiendo desbocados por la pendiente que nos conduce al abismo.
Ecologistas, sindicalistas, feministas, socialistas, nacionalistas, libertarios,… son muchas las corrientes, muchas las sensibilidades, que están obligadas a entenderse. Si no somos capaces de estar a la altura del reto que se nos plantea, no merecemos llamarnos anticapitalistas.
¿POR QUÉ AHORA Y NO MAÑANA?
No es casualidad que surjan corrientes y reagrupamientos que reivindican la bandera del anticapitalismo. Son muchos, cada vez más, los que intuyen que la unidad de la izquierda clasista y combativa es hoy una tarea necesaria y urgente. Aunque hasta el momento, la mayoría de las experiencias sólo hayan tenido una expresión electoral (o electoralista, que es peor), su aparición refleja que el creciente descontento y malestar de la juventud y los trabajadores, necesita encontrar sus propios cauces de lucha y expresión.
La nueva organización debe de basarse en la democracia directa (asamblearia), donde todo esté sujeto a la discusión y a la voluntad de las bases. Nadie es imprescindible, pero todos los que aspiramos al socialismo y a la emancipación de la humanidad, somos necesarios. La libertad de tendencias (el derecho de expresión, organización y publicación, siempre que se sitúe en el campo del anticapitalismo) debe de ser el pilar de la organización que aspire a agrupar y representar al conjunto de la clase obrera. El camino es largo y difícil, surgirán errores y malos entendidos y el peligro de la degeneración siempre estará latente (al fin y al cabo expresará la realidad de la sociedad en la que nos encontramos y a la que combatimos).
El anticapitalismo debe clarificar cuáles son sus objetivos y cómo pretende conseguirlos. Huir tanto del electoralismo, como del antielectoralismo. Las elecciones no son un fin en sí mismo, sino un medio para llegar a todos a los que no podemos llegar normalmente, por falta de medios. No aspiramos a tener la mayoría en los parlamentos, porque ningún parlamento acabará con el capitalismo. Pero tampoco podemos despreciar los mecanismos de la democracia burguesa, para dar a conocer nuestras ideas. Aspiramos a agrupar y conquistar a la inmensa mayoría de los trabajadores. Nuestra democracia participativa sólo puede ser horizontal, a través de la organización territorial de los trabajadores y las clases populares.
La unidad y la clarificación política del movimiento anticapitalista son ahora más urgentes y necesarias que nunca. La crisis del capitalismo se está convirtiendo en una catástrofe para la humanidad y el planeta. No podemos, ni debemos resignarnos.
Barcelona, 14 de agosto de 2010
Enric Mompó