El exilio de los explotados

El personalismo cambia los signos y trivializa lo que antiguamente llamábamos explotación del hombre por el hombre.
Para el asalariado europeo, el explotador se convierte en persecutorio de sus cualidades personales, y un jefe no sería ya ejecutor de condiciones laborales injustas sino ese personaje malvado que lleva a mal traer al empleado para empacharse de poder...

Este personalismo habla de lo íntimo de una subjetividad perdida por fuera de las redes, en una disolución de lo comunitario como categoría de pensamiento. De manera que lo que se personaliza es la plusvalía, tramitada hoy en la sensación de desprecio hacia las capacidades productivas de cada cual. Hasta este punto está despolitizado el trabajador neoliberal.

La histórica tragedia de la explotación se transforma así en un malestar privado, una neurosis singular que contamina la afectividad y aliena en la convicción de que el que manda lo tiene a uno entre ceja y ceja.

Esta sensación de intimidad es el resultado de un fracaso de las luchas reivindicativas y la consiguiente búsqueda de amparo en los vínculos. Sustituciones pintorescas de la novela familiar en la proyección de los roles de la oficina y la fábrica, en los que el jefe es el padre arbitrario y culpabilizador, y los compañeros, competidores a mansalva por el amor del mismo.
Todos pelean en campos fragmentados de acción, en movidas de piso y traiciones fomentadas para afianzar la separatividad y el confinamiento a la suerte del más apto.

La programada aniquilación del universo laboral en el imaginario de la gente origina la queja a un único nivel individual, donde esta queja no se refiere a los horarios ni al ritmo desaforado sino a una pesadumbre subjetiva que un jefe inflige por tratar mal o desconsiderar.

La paranoia reemplaza, entonces, a la lucha de clases, como dolor nunca colectivo.
Segregados en tiempos sombríos, la legalidad atroz del mercado sobredetermina de este modo las relaciones laborales y afectivas. No hay un acopio de rencores organizables para la mejora del salario sino huidas y temores al paro, salvación rasante y momentánea, una paciencia de aislamiento, y siempre el dolor personal como telón de fondo y disparador.

En las clases medias, los contratos basura tercerizados aparecen como anverso de la miserabilización de la vida cotidiana: amores neuróticos, soledad aterradora, sexo acotado, ocio vacío, pastillajes de remiendo, apoliticidad orgullosa.

El discurso fatalista del desencanto ordena al mundo para el conformismo instantáneo y la salida tibia de una escena de despojo insoportable a otra menos cruenta y apacible.
Si alguien se desborda por la presión, la psiquiatría oficiará de gendarme mercenario para regular posibles desmanes asociales porque no es ya la plusvalía la que acucia sino lo inadaptado de su rechazo sintomático.

El abismo es la próxima parada pero todos vivimos como si no percibiéramos ningún peligro.
¿Qué ley exterior ha dejado de regir y en cuál registro se vuelca la señal de la última catástrofe?

La causa abrazable de las clases enteradas es ahora el fenómeno climático, aislado de cualquier mecanismo político, y homologable a la insistencia setentista de la Bardot por evitar el uso de nutrias y visones.
Todos leemos el diario, comparamos el armado exquisito de mentiras y tendencias, y pareciera que andamos por la vida de lo real como si fuéramos turistas de los hechos.
¿Qué significa esta escena del mundo? ¿Qué su crueldad afanosa y triunfadora?

En la inscripción obsesiva de la Historia humana, seremos una generación más que pasará sin demoras ni vanguardias, y sin grandes cicatrices para las generaciones futuras.
El viento parece el mismo en toda época, y las estaciones nos ubican en un tiempo construido que sucede, implacable.

Por doquier, la lucha de clases es la misma rebelión contra la muerte aunque nadie lo mencione. Separados, sin sueños, sin redención ni utopías a la vista, con el discurrir varado de una izquierda desinflada y cobarde, sólo el consumo y sus señuelos son nuestro refugio del exilio del sí mismo.

Laura Marzo 2008