La deserción de la izquierda
Sólo perduran en el tiempo aquellos grupos que, desde el corazón mismo del padecimiento, han logrado tramitar lo estupefacto en una auténtica lucha militante.
Ejemplo de esta evidencia es la asociación Madres de Plaza de Mayo, que ha conseguido tramitar la melancolía de la pérdida en la apropiación de los ideales de sus hijos desaparecidos. Extender los seudópodos y trascender las lindes de una reivindicación histórica le ha conferido un prestigio pero a la vez funda un modelo de coherencia en imaginarios operativos.
Es esperable que la micropolítica de su legalidad interna sufra vaivenes y rupturas gracias a personalismos y disidencias, pero los tironeos narcisistas nunca aparecen como contradicciones que invalidan la superestructura y los contendidos del discurso.
La progresía que conforma grupos militantes, en cambio, no se impregna del dolor por la injusticia, de manera que es la mala conciencia la que la arrastra a lo social sin haber sido víctima dilecta del desastre.
Pequeñas ambiciones, bajadas de línea asamblearias y un tufillo de refuerzos "democráticos" son los vectores por los que se implanta la ilusión de que todos pertenecen al mismo bando frente a un enemigo común: la derecha y la banca internacional como su socia.
Pero mientras que desde el llano hay quienes se organizan para la resistencia, la progresía de izquierda sobrevuela la lucha de clases desde sus cubiles clasemedia y se separa de esa masa que defiende a románticos ponchazos de manual.
Será que de esto se trata, precisamente, la izquierda en la actualidad.
Después de la caída del muro la palabra "socialismo" se despega del cuco estalinista y vacía nuevamente el concepto para ya no devolverlo a sus auténticos orígenes.
Con el término expropiado, se desactiva fácilmente en sus dos anteriores acepciones por un mentor oportunista: la llamada socialdemocracia europea, temerosa del pasado de la RDA y sus servicios secretos, de la Unión Soviética y del "telón de acero" en las repeticiones insidiosas de los ciclos.
Cómoda usufructuaria del recién inaugurado Estado de Bienestar, la socialdemocracia europea absorbe a la palabra socialismo y la registra en su oquedad como heredera de un linaje de partido dentro de un mascarón de proa ocasional.
La novedosa privatización de la mente partidaria consolida la base de lanzamiento de las democracias liberales, que no cuestionan lo heredado ni recobran los viejos postulados marxistas sino que, por el contrario, imponen lo presentado como normal y manipulan conciencias en la naturalización de todos sus pastiches ideológicos.
Muestra alarmante de esta estandarización de una verdad incontestable es el hecho de que los servicios públicos permanecieran imperturbables en manos de las empresas transnacionales.
Por otra parte, habiéndose rematado el baluarte del Estado (petróleo, gas, ferrocarriles, teléfonos, correos) en los llamados "países en vía de desarrollo", no surge ni un sólo intento de recuperarlos durante la gestión de gobiernos latinoamericanos llamados de izquierda.
La privatización de la salud desampara hoy a millones de ciudadanos en el área de la atención primaria. Los seguros asistenciales ofician de propietarios implacables a la hora de intervenciones quirúrgicas de urgencia, dejando expuestos a los pacientes a una suerte administrativa que arrasa los derechos elementales publicitados por los guardianes de la democracia liberal. Tal es el caso del Amo Estados Unidos, paradigma del modelo neoliberal capitalista.
En los países pobres de gobiernos "socialistas", el hospital público está desmantelado en provecho de la salud privada y su circuito asistencial.
Si bien en Europa la lucha de clases se disimula y mitiga con subvenciones y créditos, la recesión es visiblemente la próxima parada que amenaza este precario estado de bienestar consumista.
Los imaginarios en venta, sin embargo, señalizan contrastes bien groseros en una realidad que se naturaliza sin oposición de las masas trabajadoras.
Los pocos ricos del mundo son cada vez más ricos y no engrosan su club sino que mantienen un equilibrio numérico en la depredación de los recursos, en tanto que los pobres -las mayorías- son convidados a las migajas miserables del banquete y a la consecuente delincuencia marginal, esa que no obtiene prebendas sin mancharse la ropa detrás de un escritorio.
La violencia y la inseguridad ciudadanas se convierten, entonces, en la maldición de las clases medias, que a su vez exigen a sus gobiernos la represión policial con el fin de conservar una integridad a prueba de nuevos despojos rápidamente condenables.
La manipulación ideológica de los diarios y los medios electrónicos en poder de la burguesía, regulan los estallidos sociales y esculpen la opinión pública mientras la proliferación de sectas religiosas multinacionales y el fútbol ejercen un control maníaco y eficiente sobre los desposeídos de la tierra.
Todo marcha sobre rieles con la precisión de un mecanismo que aceita sus engranajes sin esfuerzo, y foguea el combustible de la alienación y la obediencia espontánea.
Ahora bien, nos asombramos de que en latinoamérica la rosa de los vientos orientara el poder hacia el Norte de la izquierda.
La decepción es siempre simétrica a una esperanza inmotivada, o quizá se trate de que los pesimismos políticos delatan una idealización frustrada en el principio.
El resultado es que al haber ocupado la izquierda, por fin, lugares por los que el socialismo trabajó durante los últimos setenta años, hoy no atina en el poder a desarrollar o cumplir ni siquiera los mínimos de su histórico manifiesto.
Los partidos de izquierda aparecen siendo alternativos a la socialdemocracia y no opuestos radicalmente en su propuesta.
Edulcorados por la urgencia de aggiornarse en los tiempos que corren, sus portavoces no lamentan la traición a su pasado sino que circulan en la impunidad de una vergüenza que no sienten.
El haber tenido que disfrazarse para alcanzar el poder sin asustar a las clases medias, los ha transformado en liberales conversos, y de sobra sabemos que un converso suele ser más fanático que el creyente de carrera.
Eso sí, para retener de su lado en los comicios a la masa de lectores "enterados" y a la progresía suelta o independiente, han debido tratar el asunto peliagudo de los derechos humanos violentados por los lacayos militares, pero sin tocar en sus guaridas a los verdaderos responsables económicos de un genocidio programado.
En el llamado primer mundo, a la izquierda no le queda ni tan siquiera un órgano de comunicación que se compare a lo que fuera aquel periódico francés "Liberation", fundado por el optimista Jean Paul Sartre.
Su último director, antes de ser vendido el diario a la banca Rotschild para evitar su quiebra, se hizo famoso por haber echado a un redactor que ganó el Pulitzer. "Un periodista de esta publicación no puede aceptar un premio del establishment porque no sería congruente", argumentó entonces.
Sin canal de difusión, sin unidad ideológica, sin gremios adeptos ni sindicatos reales, la izquierda europea es un flan abstracto que nadie quiere comer y yace en el plato de los sectarios cafetineros que musitan diatribas en las que ya nadie se interesa.
Republicanos españoles divididos, izquierdas unidas divorciadas, socialismos franceses refractarios, suecos modelos imposibles, divismo y decadencia, soledad y sitios vacantes dejados sin culpa a las derechas. Todos parecen querer ser funcionaristas para arañar un pedazo de crema de la torta.
¿Dónde andará gestándose otra voz del mundo que pare esta corrida feroz hacia el abismo?
La crítica no basta, ni los pacatos e insulsos "Le Monde Diplomatique", ni los intelectuales declarando su indignación en reportajes.
Lo que venga como contrapartida de esta derechización mundial sin reacción, ya no será la izquierda inoperante y vaciada que hoy se esconde y pasea en la traición.
Cruzando los dedos, quizá el antiguo espíritu socialista que disparó la Comuna de París baje a limpiar de fantasmas manoseados el concepto.
28-06-07
Laura
