Mundialización, pobreza extrema, destrucciones del entorno y guerras: la irracionalidad del capitalismo en el corazón de la crisis de civilización planetaria.
François Chesnais
Publicamos aquí, por razón de espacio, sólo la primera mitad de este artículo reciente de François Chesnais, conocido autor y militante francés, que forma parte de la redacción de la la revista Carré Rouge-La brèche (www.carre-rouge.org). En el próximo número trataremos de publicar el resto del texto. La traducción es nuestra, realizada por Toni.
Unas palabras de advertencia preliminar, ya que el título puede confundir. El lector no encontrará aquí una presentación o análisis de datos relativos a estos tres campos, a lo sumo una tentativa provisional de clasificación de las formas contemporáneas de la guerra. El objetivo perseguido es proponer un cuadro analítico susceptible de ser alimentado de datos, tanto por otros como por mí mismo, y de este modo hacer evolucionar su configuración.
Partamos de una idea que gana terreno. Es una sospecha lancinante para unos, una hipótesis de trabajo para otros, angustiosa pero científica. Lejos de ser el sistema racional que describen sus apologistas, la sociedad fundamentada sobre “el mercado” estaría marcada por una irracionalidad profunda, tan profunda que incluso llevaría en sí misma su autodestrucción. “Puede parecer imposible que una sociedad tecnológicamente avanzada pueda elegir autodestruirse. Sin embargo, eso es lo que estamos haciendo”. Con estas palabras por ejemplo concluyó su libro sobre los cambios climáticos Elizabeth Kolbert, una de las grandes periodistas estadounidenses sobre las cuestiones medioambientales. Muchos dirán que el tipo de autodestrucción evocada por el autor es discutible, que nada prueba se modifique tan deprisa, ni tan claramente como dicen los “eco-pesimistas”. Todo depende de lo que hablemos. Una sociedad puede haber destruido su “civilización”, entendida como los fundamentos de su “convivencia”, mucho tiempo antes de que el proceso de autodestrucción afecte a las condiciones de reproducción de la vida de todos sus miembros.
En las sociedades estructuradas en clases y en un cuadro internacional en el que las diferencias entre países se profundizan cada vez más, ciertos países y ciertos grupos sociales pueden escapar de él mucho tiempo, mientras que otros caen en la miseria de manera inexorable. Es en esta vía en la que “nosotros”, la sociedad capitalista mundial contemporánea, estamos empeñados. La conversión en ghettos de los centros de las ciudades de la periferia parisiense y de las coronas de las ciudades de provincias en vías de des-industrialización, el futuro que encierra radicalmente en la mayoría de ellas y a los que nacen en ellas, y los reflejos de miedo ante sus reacciones, efectivamente violentas a veces por parte de los jóvenes que se nos han convertido en “extraños”, son las expresiones “locales” de procesos mundiales.
La palabra inglesa más usada para designar el motivo por el cual una empresa está habilitada para poner en paro a sus asalariados es el hecho de que son “redundant”, cuya traducción exacta es superfluos. Esta palabra dice bien la realidad del capitalismo contemporáneo. Ya no hay ningún lugar del mundo en el que los asalariados puedan considerarse al abrigo de los procesos que les convierten en superfluos. En ciertas partes del mundo, el “telescopaje” (“télescopage” en el original. N. del T) entre los procesos económicos y las transformaciones climáticas hacen las cosas infinitamente más graves. Allí, los explotados y los dominados están confrontados con la combinación de mecanismos caracterizados como “económicos” y de fenómenos llamados “ecológicos”, elevando especialmente los cambios climáticos. Su juego combinado tiene como efecto el prohibir, cada día un poco más, el acceso a las condiciones elementales de vida a millones de niños, mujeres y hombres, el de expropiarles de lo poco que les queda en ciertas partes del globo, y por otra parte, destruir el medio físico en el que se hacía su proceso de reproducción social colectiva. Aquí es donde encontramos la cuestión de las relaciones entre el capitalismo contemporáneo y las guerras contemporáneas. Los procesos combinados de rapiña imperialista y de atrición de las condiciones elementales de supervivencia (en el caso de un continente como África están incluso estrechamente ligados) son el sustrato de ciertas formas de estos estados de “guerra permanente”, de guerras llevadas “sin retención”, ante todo contra las poblaciones civiles. Ante la crisis ecológica mundial y sus impactos sociales, y por tanto políticos, ya se han puesto a punto estrategias de defensa del “orden mundial”.
La incapacidad del capitalismo para “autolimitarse”
La reaparición de la hipótesis de que la humanidad se habría empeñado en una carrera hacia el abismo bajo el efecto de un proceso de autodestrucción ha resurgido en el pensamiento desde hace algún tiempo. Representa un tema central de los filósofos políticos (hoy en día poco numerosos) que se sitúan siempre (¿o hay que decir “todavía”?) en el terreno de una crítica de la sociedad capitalista, y que buscan librar de ella los fundamentos. Así, en una de sus últimas entrevistas, Castoriadis caracterizaba “la sociedad capitalista [como] una sociedad que corre hacia el abismo, desde todos los puntos de vista, ya que no sabe auto-limitarse”. Y añadía: “Ahora bien una sociedad verdaderamente libre, una sociedad autónoma debe saber auto-limitarse, saber que hay cosas que no se pueden hacer o que ni siquiera hay que intentar hacer ni desear”.
Dejemos de lado la cuestión del “deseo”, que volveremos a encontrar en un artículo posterior, en el que se abordará el papel central que juega el fetichismo, tanto de la mercancía como del dinero, como soporte cojo de la valorización del capital y como medio de dominación ideológica y política. Retengamos por contra esta idea de la incapacidad de la “sociedad capitalista” (sinónimo del capitalismo) de “ponerse límites”, incluso cuando su necesidad se hace clamorosa, de reconocer su existencia antes de que choque violentamente. El tema del movimiento de autodestrucción de un sistema que, por razones ligadas a sus propios fundamentos, no puede darse límites es igualmente central en el trabajo de los filósofos alemanes del grupo Krisis, Robert Kurtz y Anselm Jappe. Este trabajo es importante. Muy contestable en algunos puntos, comenzando por la construcción de una oposición mítica entre un “Marx exotérico” y un “Marx esotérico”, en otros puntos renueva la lectura de Marx, sobre todo por el lugar que estos autores dan a la teoría del fetichismo. Una gran debilidad lleva a la elección teórica y política de Krisis de abordar la categoría del capital bajo el ángulo único de la mercancía y del dinero, sin tomarlo así como una relación de producción antagónica, que pone al capital en relación con los proletarios (los que están obligados a vender su fuerza de trabajo). Ahora bien, el dinero se convierte en capital y se reproduce únicamente apropiándose del producto del trabajo vivo. Eso que Marx denomina “la conversión del trabajo (actividad viva y eficiente) en capital” es indispensable.
Esta conversión se hace en condiciones antagónicas, que hunden sus raíces en los propios fundamentos del capitalismo. Esto no es porque las direcciones social-demócratas o estalinizadas del movimiento obrero han hecho del “reparto equitativo de la riqueza producida” el terreno principal de la acción obrera, que el papel jugado por un antagonismo portador de mayores contradicciones debe ser negado. El hecho de hacerlo conduce a estos teóricos a asociar el movimiento de autodestrucción de la producción capitalista a las únicas determinaciones de la mercancía. De ahí procede, por ejemplo, el título del libro de Jappe, Las aventuras de la mercancía, y una teorización donde el término capital puede ser omitido, y la compra y utilización de la fuerza de trabajo, excluidos. Así como el pasaje donde Jappe dice que “la sociedad basada en la producción de mercancías con su universalidad exteriorizada y abstracta es necesariamente sin límites, destructiva y autodestructiva”. La ausencia consustancial de capacidad para la auto-limitación es cierta. No obstante, la sociedad capitalista no está fundada simplemente sobre la producción de mercancías. Está fundada por lo menos tanto sobre un antagonismo esencial, sobre un antagonismo fundador. Es el del capital, de los propietarios de los medios de producción y de los poseedores de las riquezas acumuladas bajo la forma financiera, con respecto al “trabajo”, término que designa al conjunto de aquellas y aquellos a los que el capital y el Estado les han cortado en un momento dado el lazo directo con las condiciones de producción, y que se encuentran pues situados en el estatuto de individuos a los que el capital gobierna su suerte. Se verá más adelante el alcance de la contradicción central que ve a las empresas, mudas por un antagonismo consustancial a la existencia del capital, considerar sobre todo a los asalariados que ellos emplean, de los que se apropian de un sobre-trabajo y del que dependen como compradores de las mercancías producidas, como una fuente de “costes”. La categoría fundamental de la que hay que partir, es pues el capital. Su movimiento de auto-valorización, que efectivamente no puede tener fin, exige en efecto un paso por la transformación en mercancía. Pero es la naturaleza del capital lo que hay que comprender. Para esto, hay que empezar por hacer abstracción de sus configuraciones concretas del momento, la de los grupos industriales y de los grupos de la gran distribución transnacionales (las sociedades transnacionales, o STN) así como la cada vez más decisiva hoy de los inversores institucionales (los grandes bancos, las compañías de seguros y los fondos de inversión financiera). Hay que hacer el esfuerzo de comprender el capital bajo la forma de lo que en filosofía se llama una “abstracción concreta”. Al nivel más elemental, pero también el más fundamental, el capital está constituido por sumas de valores cuyo objetivo exclusivo es la auto-valorización, la reproducción con un aumento, un beneficio, un plus añadido, una plus-valía. Estas sumas de valores se presentan bajo la forma de dinero, de moneda en una de sus variantes. De ahí esos pasajes clave donde Marx explica que es del capital, en tanto que dinero que busca crecer sin fin, de donde nace la ausencia de límites. Así “el capital, en tanto que representa la forma general de la riqueza –el dinero- tiene la tendencia irrefrenada e ilimitada de superar sus propios límites. Si no, cesaría de ser capital, es decir, dinero que se produce a sí mismo”. Tras el “desarrollo de la fuerzas productivas” siempre ha habido coexistencia entre las dimensiones “heroicas” de la comprensión y de la dominación del mundo en tanto que “Naturaleza”, así como de aquellas, más desordenadas, de conquista y de sumisión de las sociedades no capitalistas, con el hecho de que el “principal motor de la producción capitalista” es “hacer dinero” y hacerlo sin límites.
La indiferencia completa respecto al carácter y al uso de las mercancías producidas.
A los ojos de aquellos que poseen o que centralizan el dinero “ocioso” y que buscan ponerlo en valor, “el proceso de producción capitalista aparece sólo como un intermediario inevitable, un mal necesario para hacer dinero”. La comprensión de este aspecto es capital. El desarrollo de las fuerzas productivas, y en particular el de la tecnología, nunca han sido la finalidad de la producción capitalista. Ha sido un subproducto, alumbrado por la competencia capitalista y por la lucha contra la tendencia a la baja de la tasa de ganancia. Incluso es a eso a lo que se alude hoy hablando del “empleo”. Comprometerse en el complicado proceso consistente en poner gente a trabajar para hacerles producir un sobre-trabajo, que es apropiado bajo la forma de mercancías que luego hay que vender, jamás ha sido para los poseedores de dinero a revalorizar nada más que “un mal necesario para hacer dinero”, otras fracciones de la burguesía ven en la construcción de la industria un imperativo político, uno de los fundamentos del poder del Estado. Hoy, a causa del proceso, iniciado hace treinta años, de centralización de una masa inmensa de dinero “ocioso” en busca de maneras de reproducirse, creciendo de período en período, en los viejos países industriales, empezando por los Estados Unidos, el poder capitalista decisivo ha pasado a manos de la nueva forma de propiedad concentrada en los fondos de pensiones y de inversión ( los Mutual Funds), La forma de capital a la cual la liberalización y la desreglamentación han abierto el espacio planetario de la mundialización contemporánea, lleva así, más todas las otras anteriores a ella, atributos asociados al “valor en proceso”, a esta fuerza impersonal, orientada exclusivamente hacia su auto-valorización y su auto-reproducción, que Marx intentó comprender en los Grundrisse. Hoy, estos atributos incluyen la extrema movilidad de los flujos de capitales de imposición, y la flexibilidad muy grande en las operaciones de valorización del capital industrial, en fin una indiferencia radical en cuanto al destino social de las imposiciones, o de sus consecuencias sociales o ecológicas. Esta indiferencia no data del capitalismo bajo dominio accionarial. Hay que producir mercancías susceptibles de ser vendidas, pero su naturaleza y su destino importan poco al capital. La valorización del capital mediante la venta de material para las cámaras de gas de los campos de exterminio nazis, sigue siendo el ejemplo más extremo de esta indiferencia fundamental del capital respecto a lo que produce y vende, por poco que tenga una “demanda solvente”. Pero la producción y la venta de armas de todos los calibres traducen el mismo agnosticismo. El pillaje de los recursos naturales también: a partir del momento en el que la producción exige materias primas y que la competencia entre capitalistas es un mecanismo central de reparto de los beneficios entre capitalistas, estas materias primas serán explotadas hasta el agotamiento. Del mismo modo, ya que el logro del cierre del ciclo recorrido por todo capital que sigue el camino de la valorización por la producción exige la venta de las mercancías producidas, toda mercancía que ha encontrado compradores, un “mercado”, lo seguirá siendo, sean cuales sean el coste ecológico y los efectos sociales.
Los efectos del dominio del valor de cambio y del trabajo abstracto
Una vez establecida la naturaleza esencial del capital, hace falta efectivamente ir a la cuestión de la mercancía de la que los teóricos del grupo Krisis hacen la principal causa de la irracionalidad del capitalismo. El capitalismo ha surgido como un momento de desarrollo y de cambio cualitativo de una sociedad mercantil, que se ha tomado siglos para emerger de la sociedad feudal antes de preparar la muerte de la misma. Una de las dos formas tomadas inicialmente por el capital ha sido la del capital mercantil, cuyos mecanismos de valorización han consistido, en particular, en comprar el resultado del trabajo en sociedades no mercantiles (por ejemplo el de las naciones indias de América del Norte antes de que la expansión del capital requiriera su exterminio) para venderlos con un beneficio elevado en Europa.
Dentro del cuadro europeo, se ha asistido paralelamente a la expansión, lenta al principio pero muy rápida más tarde, de redes comerciales que comportan el intercambio entre productores que eran todavía artesanos y campesinos, de productos cuyo “valor” ya no venía del propio uso que hacían de ellos, sino de lograr su venta. Esta exigía el recurso al dinero como instrumento de cambio y como medida de valor. Dinero y mercancía se han desarrollado juntos pues, al fin, prácticamente en un sólo y mismo movimiento. En el momento en que el capitalismo se ha apoderado de la producción urbana y agrícola, la expansión de las relaciones de intercambio ya era tan grande que se había hecho posible, como Marx señaló muy pronto, “para la economía política [el concebir] la comunidad de los hombres bajo la forma del cambio y del comercio [...]. La sociedad, dijo Adam Smith, es una sociedad comerciante. Cada uno de sus miembros es un comerciante”. En los Grundrisse, Marx trata de la mercancía en el capítulo sobre el dinero. No se puede dejar de prestarle una atención muy grande, En El Capital le da a la mercancía un trato selecto, y empieza su libro por un primer capítulo muy largo y un segundo más corto que le están enteramente consagrados. Esta selección ha sido y seguirá siendo objeto de intensos debates teóricos. Digamos aquí que Marx parece haber querido anticiparse a las evoluciones futuras. El cuidado que toma para explicar las diferencias entre el valor de uso y el valor de cambio traduce una voluntad de poner los jalones que permitirán a las discusiones futuras sobre las características dominantes de las mercancías producidas y vendidas (los “bienes y servicios”) el entablarse sobre sólidas bases metodológicas. Igualmente, las pistas abiertas sobre el “fetichismo” asociado a la mercancía y al dinero facilitan, por poco que tomemos prestadas sus ideas, la comprensión del ethos de una sociedad marcada por la omnipresencia de las mercancías. La cuestión del fetichismo es una de las que la lectura de Jappe es de una gran comprensión, pero los límites de este artículo exigen remitir la presentación de su análisis a una próxima ocasión. Con el paso de la economía mercantil al capitalismo, el valor de uso se encuentra definitivamente subordinado al valor de cambio, incluso si todas las consecuencias no son aparentes enseguida. El capital no sólo se apropia de la mercancía sino también y sobre todo del trabajo, del cual organiza la puesta en acción o en movimiento, llamada también explotación, en las nuevas empresas. El cambio de las mercancías se efectúa con ayuda
del dinero, pero en adelante está determinado por las cantidades relativas de fuerza de trabajo utilizadas para producirlas. En este plan el trabajo está indiferenciado. Para el capital, es un “trabajo abstracto” productor de valores de cambio, de los que sólo cuentan los precios (de ahí la importancia del coste de la fuerza de trabajo y la intensidad de su puesta en obra) y la aptitud de estos valores para encontrar un mercado.
Serán entonces las características de una sociedad dividida en clases y marcadas por contradicciones y vías sin salida nacidas de esta división que gobernaron las características de las mercancías producidas. Aquí la lectura de Jappe es totalmente útil. Por ejemplo, cuando explica las consecuencias del hecho de que “el trabajo abstracto [lo reduce] todo a la unidad, a un gasto, simple o multiplicado, de esta facultad de trabajar que todos los hombres tienen en común, de manera que el trabajo es social en tanto que está vaciado de toda determinación social. Si el aspecto social de una cosa o de un trabajo no reside en su utilidad, sino solamente en su capacidad para transformarse en dinero, las decisiones en sociedad no se toman sobre la base de la utilidad individual o colectiva. El contenido de los trabajos concretos, sus presupuestos, sus consecuencias sociales, los efectos que tienen sobre los productores y sobre los consumidores, su impacto sobre el medio ambiente: todo esto no forma parte de su carácter social. Sólo es social el proceso automático e incontrolable de la transformación del trabajo en dinero”. Y Jappe concluye justamente que “la subordinación de la utilidad de los productos, que se convierte en una dimensión puramente privada, tiene a su intercambiabilidad, su única dimensión social, no puede más que conducir a resultados catastróficos”.
Un antagonismo “objetivo”, consustancial al capitalismo
Para que el dinero se convierta en capital y pueda auto-valorizarse, reproducirse con una ganancia, una plusvalía, es imperativamente necesario que establezca; apoyándose casi necesariamente en las instituciones políticas, el Estado en primer lugar; una relación, directa o indirecta, con el trabajo humano, que le permita apropiarse de una parte de los resultados. El capital de préstamo usurario de la Edad Media y más tarde el capital comercial del inicio de los tiempo modernos han llegado a esto cada uno a su manera, según métodos indirectos.
En el cuadro del capitalismo, el capital organiza esta apropiación directamente. El mercado de trabajo (más exactamente de la fuerza de trabajo) y la puesta en obra de los asalariados en el seno de la empresa aseguran una alquimia muy particular que ve esta “conversión del trabajo (actividad viva y eficiente) en capital”, de que hemos empezado a hablar más arriba. Esta alquimia exige la destrucción previa del vínculo inmediato de los trabajadores campesinos y artesanos con sus medios de producción, es decir un acto inicial de expolio mayor. Este expolio puede ser el resultado de un uso directo de la fuerza, o del juego de las “fuerzas del mercado”. No tiene fin. Ha empezado cuando la fase llamada de “la acumulación primitiva”. Desde entonces ha proseguido de modo inexorable, y todavía se ha agravado en el transcurso de los últimos treinta años, bajo el efecto de las contradicciones que se presentarán más adelante.
El antagonismo del capital con respecto al trabajo (sería más preciso decir respecto a los “proletarios”, de todos aquellos y aquellas que han de vender su fuerza de trabajo) no cesa una vez realizada esta expropiación. Es consustancial al capitalismo (es la razón por la que Marx repite que él no apunta a los capitalistas como individuos sino como encarnaciones del capital). Este “antagonismo” no evoca solamente un aspecto “conflictivo”. Por un lado, resulta de la propia forma del capitalismo para apropiarse de la “plusvalía”, que se hace por el sesgo de los procesos que maximizan la “productividad del trabajo”. Por otro lado, se impone a los capitales individuales (las empresas) por la competencia.
El capitalismo necesita asalariados. No puede funcionar sin ellos. Necesita su fuerza de trabajo, ya que del valor de uso de esta fuerza de trabajo nace la ganancia que es la base del beneficio. Los salarios que perciben le hacen también consumidores. Sus compras permiten a numerosas empresas vender las mercancías y cerrar el círculo de la puesta en valor del capital. Sin embargo, las empresas no ven en los asalariados más que un coste, que necesitan reducir. Confrontados a un movimiento tendencial de baja de la tasa de ganancia del que no comprenden sus causas, así como a la competencia de sus rivales (no es necesario entrar en las exigencias de los accionistas-propietarios en materia de dividendos), las empresas creen encontrar su salud en dos direcciones, la “reducción de efectivos” y el recurso a los mercados exteriores. La primera vía lanza de modo inmediato un proceso acumulativo en el que el estrechamiento de la demanda, la degradación de las previsiones de beneficio y los nuevos despidos que se deciden entonces, se alimentan y refuerzan. Pasado un cierto umbral, la segunda vía desemboca en procesos similares.
Las raíces de la caída contemporánea de un período histórico a otro.
La liberalización, la desreglamentación y el salto en la internacionalización del capital que han provocado (salto cualitativo tanto como cuantitativo) han tenido el efecto de desplazar este conjunto de mecanismos antagónicos y contradictorios del plan de las economías de los Estados-nación al de la economía mundial tomada como un todo diferenciado y jerarquizado. Este desplazamiento marca un cambio radical de período histórico. Se bascula de un régimen económico y político internacional, el de la post Segunda Guerra mundial, caracterizada por la presencia de ciertos mecanismos de “regulación” que parecían por un momento tan fuertes que el término “neo-capitalismo” floreció hasta la crisis de 1974-1975, hacia una situación radicalmente diferente. Desde 2001 especialmente, la anarquía de la competencia, así como los numerosos efectos de la destrucción casi completa de las relaciones políticas y de las instituciones que “contenían” la relación antagónica definida más arriba (en el sentido de limitar su juego y de contrarrestar un poco sus efectos) toman progresivamente la ventaja. Opongamos los dos períodos, a riesgo de forzar sus rasgos, sirviéndonos especialmente de la caída del ciclo del capital como instrumento analítico. De modo muy, muy sistemático, el régimen económico y la post-guerra comportaba, en los países industrializados, el cambio del ciclo del capital de la mayor parte de los capitales individuales sobre una base nacional. El capital, mucho menos centralizado y concentrado de lo que se ha convertido, estaba inserto en las relaciones políticas en las que estaba obligado a negociar con los sindicatos, de manera más o menos institucionalizada según los países, los salarios, la protección social y hasta los elementos relativos a la intensidad de la tasa de explotación. En la mayoría de países, el objetivo principal de las exportaciones era la financiación de importaciones indispensables. Del lado de los países del “socialismo real”, de propiedad estatal, la situación estaba marcada por una integración aún más débil en los intercambios internacionales, pero también por un miedo de la clase obrera suficientemente fuerte como para que los obreros tuvieran asegurado un empleo estable y un mínimo de protección social. Cuando, hacia 1955, las multinacionales americanas se encontraron apremiadas por la caída de la tasa de ganancia para volverse otra vez hacia el mercado mundial, se vieron obligadas durante un tiempo a someter sus inversiones extranjeras a este régimen de economías todavía autónomas y a sus exigencias en materia de acumulación auto-centrada.
Si se toman los países llamados del “Tercer mundo” como un bloque, entonces una vez más a grandes rasgos, se puede decir que se beneficiaban de una demanda creciente y relativamente estable de materias primas (existían entonces mecanismos institucionales de sostén internacional de los precios). Sufrieron los impactos del capitalismo mundial en condiciones en las que las relaciones de subordinación semi-coloniales ya no comportaban, como fue el caso a partir de los años 1980, la pulverización del conjunto de las relaciones sociales surgidas de una historia no capitalista o sólo parcialmente capitalista. Añadamos para terminar que hasta 1975-1978, la acumulación financiera “autónoma”, aunque en aumento regular desde 1965, se mantenía suficientemente limitada por verse todavía ligada por numerosos reglamentos nacionales.
Durante todo este período, el capital dinero en su figura de capital de inversión aún no se había convertido en protagonista central del proceso de acumulación y de sus contradicciones. Con la liberalización y la desreglamentación, sin embargo, la caída del ciclo del capital se hace a escala mundial, en el cuadro de una centralización y de una concentración muy fuerte del capital. Este cambio ha tenido como consecuencia el debilitamiento muy marcado, cuando no es la desaparición total de las instituciones y de las relaciones políticas que habían sido capaces de bloquear parcialmente los mecanismos acumulativos “perversos” inherentes a la producción capitalista. Y esto tanto en el plano nacional como a nivel internacional. Por el hecho de la liberalización, de la desreglamentación y de la mundialización, los mecanismos “perversos” se desarrollan sin embargo en tanto que procesos propiamente mundiales y encuentran cada vez menos frenos. Es pues también al nivel planetario, como en tanto que consecuencias de un movimiento único, que se acentúan las mayores manifestaciones de lo que se puede y debe llamar una crisis de civilización planetaria. El motor inmediato de ella es la mundialización del proceso de interacción y de reforzamiento recíproco entre la contracción de la demanda, la degradación de las expectativas de beneficio, las rebajas salariales y los despidos y, en fin, la huida hacia adelante de las empresas en la deslocalización hacia las partes raras del mercado mundial que ofrecen a la vez un mercado en expansión y la libertad en la reglamentación de las relaciones capital-trabajo.
Las contradicciones fundamentales tienen por campo una economía única, jerarquizada
Para los arquitectos de la liberalización y de la desreglamentación, la constitución de un espacio mundializado de valorización del capital, con la posibilidad ofrecida a las empresas de cerrar el ciclo del capital en un mercado verdaderamente mundializado, y ya no sobre exiguos mercados nacionales, debía abrir al capitalismo mundial una nueva fase larga de expansión. Esta tendría efectos positivos para las poblaciones, permitiendo prometerles un porvenir radiante a la sombra del neoliberalismo. Con respecto al primer punto, asistimos, a partir de las crisis asiáticas de 1997-1998, a otros tantos acontecimientos económicos que indican que la tregua esperada del desplazamiento de las contradicciones fundamentales del plano doméstico al nivel mundial ha sido de corta duración. Con excepción de aquellos que se apoyan de modo ciego en las tesis fundacionales del neoliberalismo, todos los economistas constatan que el “modelo”, como le llaman, es un fracaso. Ha sido necesaria la vuelta de los dirigentes de partido comunista chino al capitalismo, según una vía del todo nacional y muy controlada, para que el momento en el que estas contradicciones estallen sea rechazado a tiempo. Puede ser que este traslado dure todo un decenio, puede ser que dure menos tiempo, siendo la amplitud de las contradicciones la única certeza, y luego la de sus efectos, que se habrán multiplicado por el acabado de la transformación de las bases sociales de China, y por su plena integración en la economía capitalista mundial. Con respecto al “radiante porvenir”, este artículo no puede ir más allá de la constatación siguiente, que deberá ser objeto de análisis más detallados. En el número de los efectos del capitalismo liberalizado, desreglamentado y mundializado, legibles en las estadísticas, hay la extensión continua del desempleo, tanto en los países industrializados como en aquellos procedentes del área de las economías burocratizadas; desempleo acompañado en estos países de un crecimiento cualitativo de la precarización de los asalariados, vendedores de su fuerza de trabajo o postulantes a venderla. Al mismo tiempo ha habido, a consejo mismo de los arquitectos del “neoliberalismo”, un crecimiento muy importante de las desigualdades en el seno de cada país y entre países. En dos décadas, la creación de empleo y las “salidas” de la pobreza o de la extrema pobreza se han circunscrito a un pequeño número de países, En estos países, como China e India, están acompañados de un crecimiento muy fuerte de las desigualdades, de una polarización social acrecentada.
En todas partes, la pobreza o la extrema pobreza han aumentado, sobre todo en Africa. La creación de empleo en ciertas partes de la economía mundial ha ido pareja con la destrucción de empleo en todas partes, como si el capitalismo no pudiera englobar, incluso en el capítulo de las secciones más vulnerables del ejército industrial de reserva, más que una fracción de aquellas y de aquellos que se ofrecen. Desde el punto de vista de la teoría de la acumulación, esto quiere decir que el ciclo de la valorización del capital “mundial” (compuesto de hecho todavía aquí por una multiplicidad de ciclos particulares y concurrentes), se cierra en las condiciones donde incorpora como asalariados, de los que compra y pone en movimiento la fuerza de trabajo, sólo una fracción, e incluso una fracción bastante pequeña, de aquellas y aquellos que podría incorporar potencialmente. Desde el punto de vista de la teoría de la acumulación continua, esto quiere decir que tratamos con un sistema que descansa sobre la producción y la apropiación de plusvalía, y de la que sólo produce una cantidad limitada, mucho menos de lo que la fuerza de trabajo disponible permitiría en principio producir. Esto no ha sido hasta el presente el resultado de obstáculos externos: el capitalismo ha tenido la razón del “socialismo real”, ha incorporado o reincorporado al conjunto de los países del planeta en su funcionamiento (sólo Corea del Norte podría hacer una excepción, y aún) y somete a los recursos del planeta a un pillaje desenfrenado. Este déficit expresa los límites externos de un sistema que ajusta la producción y por tanto el empleo a las perspectivas de beneficio y a la dimensión del mercado, del que limita al mismo tiempo la amplitud por medio de los mecanismos que le son propios. Por un lado, la bajada de la tasa de beneficio bajo el efecto de las medidas tomadas para incrementar la productividad de la fuerza de trabajo y, por otra parte, para la mayoría de la población, la subordinación de la posibilidad de comprar mercancías al hecho de haber conseguido previamente vender su fuerza de trabajo... que el capital, cada vez más a menudo, no quiere o ya no quiere más.
Un sistema sediento de plusvalía que, por este propio hecho, no produce lo bastante de ella.
Recapitulemos los resultados del encaminamiento que hemos seguido. Hemos partido del enunciado de la característica fundamental del capital, que es el de presentarse como la categoría central de la vida social moderna, y de ser una entidad para quien todo límite es insoportable, “si no dejaría de ser capital: es decir, dinero que se produce a sí mismo”. O esto que empezamos a encontrar en las condiciones históricas del inicio del siglo XXI, es de nuevo aquello a lo que se enfrentó Marx en el momento de escribir el libro III de El Capital, que le lleva a concluir que “la verdadera barrera de la producción capitalista, es el capital mismo”. Cuando una fuerza tan poderosa como el capital, cuya especificidad es la de no poder soportar límites, se los crea a sí misma y contra ella misma por su propio funcionamiento, y que está encarnada al mismo tiempo en formas muy concentradas de organización capitalista (y este es el caso de las sociedades transnacionales, de los grandes fondos de pensiones y de inversión colectiva y de los aparatos políticos y militares de Estado que defienden sus intereses), el resultado, para aquellos que viven en la sociedad planetaria conformada por el capital, tiene grandes posibilidades de ser la barbarie bajo múltiples formas.
La principal especificidad de las condiciones históricas del inicio del siglo XXI, sobre la que nos detendremos un poco más extensamente, ya ha sido evocada de pasada. Tiene el aspecto del papel ocupado de ahora en adelante por las instituciones y los mecanismos diseñados en apoyo del término “finanzas”. Concierne al hecho destacado de que la propiedad del capital ha pasado, casi enteramente a las manos de las instituciones financieras, bancarias y sobre todo no-bancarias, y que son los agentes en los mercados bursátiles quienes concentran en sus manos las decisiones industriales estratégicas. El carácter del capital de fuerza impersonal orientada exclusivamente hacia su auto-valorización, en una indiferencia absoluta en cuanto al destino social de las inversiones o a sus consecuencias, se agrava singularmente cuando es la forma determinada del capital la que se valoriza según el ciclo A-A’ que domina, al menos en los países capitalistas más antiguos, las otras formas de capital. Los rasgos de la forma que piensa en términos de ciclo acortado A-A’ incluyen lo que se llama “la distancia respecto a la producción”, la focalización exclusiva sobre el rendimiento inmediato, su “insaciabilidad”. El desarrollo de las operaciones de esta forma de capital en los mercados de títulos introduce la profunda inestabilidad financiera, que es otro rasgo distintivo del período. Lo propio de estos mercados y de sus operadores es el manejar unos títulos que son expresiones de un capital ficticio, “la sombra de un capital productivo” en el mejor de los casos, pero que representan unos “bonos a emitir” sobre una azarosa producción en curso y futura. Esta no “producirá” jamás todo lo que los gestores financieros esperan de ella, tanto por razones coyunturales como por razones “estructurales” a las que hay que volver ahora. En lo que concierne a las barreras que el capitalismo contemporáneo se levanta a sí mismo, las principales hipótesis a las que desemboca este artículo son las siguientes.
Estaríamos en presencia de un sistema que existiría, a un grado particularmente fuerte en la mundialización, y por el hecho de esta, cuyas características, desde el punto de vista de sus relaciones sistemáticas fundamentales, son funcionar (cerrar el ciclo del capital) incorporando solamente a una fracción de la población mundial. Esto tiene implicaciones de gran alcance, todas ellas generadoras de barbarie. Para la fracción de la población que está totalmente marginada, pero también para las que forman parte de la periferia del ejército industrial de reserva mundial, este rasgo del capitalismo mundializado tiene el valor de una condena. Consagra a los que no se han incorporado al hambre, a la privación del acceso al agua, a los efectos de pandemias.
Pero hay que medir lo que esto significa para el capitalismo de sufrir una penuria de sobreproducción, por incapacidad de emplear más que a una fracción de los que solicitan, por obligación, convertirse en asalariados, en la forma propia del capitalismo, es decir, (a base) de plusvalía creada y apropiada sobre la base de las instituciones específicas del capitalismo: propiedad privada de los medios de producción, mercado de trabajo, organización del trabajo en la empresa bajo la autoridad de los cuadros.
Perseguido por la fracción que le domina, la que no comprende más que el movimiento A-A’, el capital se desencadena en un doble movimiento. Por una parte, la presión a ultranza sobre aquellas y aquellos a los que emplea. Por otra parte, la búsqueda sistemática de todo lo que queda en el mundo para apropiarse, privatizado, pillado, sometido al reino de la mercancía. Si nos refiriéramos al cuadro analítico de la acumulación del capital y de sus contradicciones, habríamos pasado de las configuraciones de “superpoblación relativa”, analizadas en detalle por Marx, a situaciones que apresuran la posibilidad de “superpoblación absoluta”. En lo que concierne a la penuria de plusvalía, para que ésta aparezca, es necesario que la caída de la tasa de plusvalía deje de ser compensada por el monto total de la plusvalía producida y apropiada. La hipótesis está incluida en las situaciones de crisis periódicas esbozadas por Marx. Éstas son períodos durante los cuales la caída de la tasa de ganancia deja de ser simplemente una tendencia para convertirse momentáneamente en una realidad reconocible, y por tanto, donde la cuestión de la masa de plusvalía producida se puede plantear. En el siglo XIX, estas situaciones era todavía hipotéticas, ya que los factores clasificados por Marx bajo el nombre de “causas que contrarrestan la ley” (de la baja tendencial de la tasa de ganancia) entraban todavía rápidamente en juego. ¿Ocurrirá lo mismo en nuestra época? No es totalmente cierto.
Estrategias del capital para enderezar la tasa de ganancia, y anarquía de la competencia
Aquí se necesita hacer una observación teórica. La baja tendencial de la tasa de ganancia representa una tendencia de fondo que es subyacente a la acumulación de manera permanente, hasta el punto de hacerse aparente en las estadísticas producidas por los historiadores económicos. Resulta que las “causas que contrarrestan la ley”, y por tanto su identificación tan precisa como sea posible, son tan importantes como la propia tendencia (que no es una “ley”). El éxito de las estrategias empresariales y estatales para hacer jugar las contra-tendencias se lee en las series estadísticas largas, producidas por los historiadores económicos. En cuanto a los Estados Unidos, en el curso del último tercio del siglo XX, se ve una fuerte caída de la tasa de ganancia que empieza hacia 1968, que es seguida por un enderezamiento a partir de 1985, antes de que la curva de la tasa de ganancia empiece a caer de nuevo hacia 1998. Veamos el capítulo XIV del libro III de El Capital que trata de esto. Tres de las causa examinadas podrían, después de haber sido “reactivadas” durante quince años, estar en trance de convertirse en menos operativas en grados diversos.
1- los efectos de la contra-tendencia analizada bajo el subtítulo “comercio exterior”, sobre la cual se ha apoyado ampliamente la prosperidad estadounidense, podrían desaparecer con la consecución del “mercado mundial”, por medio de la implantación profunda del capitalismo en las partes del mundo controladas anteriormente por el imperialismo, pero convertidas en competencia para con los países capitalistas centrales (China e India); 2- la subida de los precios del petróleo y de numerosas materias primas bajo el efecto de su escasez creciente, podría haber puesto fin a toda espera de efectos beneficiosos procedentes de la “bajada de los precios de los elementos del capital constante”. 3- En fin, en el curso de la toma del poder de las finanzas, con el todopoderoso precepto de la primacía de los accionistas, “el aumento del capital por acciones” se ha transformado, de factor positivo para el enderezamiento de la tasa de ganancia por la ayuda que aporta a la centralización y a la concentración, en una fuente específica de agravamiento de las contradicciones capitalistas. La una resulta de la manera en que los “capitales particulares”, hoy unos grupos industriales muy concentrados cotizados en Bolsa, tratan de hacer recaer sobre su competencia directa, sobre sus subordinados y sobre sus asalariados la carga de soportar los efectos de la baja de la tasa de ganancia y de la insuficiencia permanente de la demanda final. La segunda, que es a la vez el producto directo de esta concurrencia y el resultado del movimiento del sistema de modo conforme a sus fundamentos (propiedad privada, salario y mercancía), es un rasgo de las maneras con las que el capital trata de hacer dos cosas: presionar de manera cada vez más fuerte al trabajo humano y, allí donde las “causas contrarrestantes de la ley” conciernen a los recursos del planeta y las relaciones con el “mundo de la Naturaleza”, involucrarse en los intentos de forzar las barreras, plegar el planeta a las exigencias de rentabilidad.
Nosotros sufrimos desde hace treinta años los efectos la activación creciente de tres mecanismos de contra-tendencia que se apoyan todos sobre la agravación de las condiciones de los asalariados y de los explotados; 1- “aumento del grado de explotación del trabajo”; 2- “reducción del salario por debajo de su valor” (por debajo del nivel necesario para la reproducción de la fuerza de trabajo y de los asalariados como clase) y 3- “superpoblación relativa” (aumento del paro). El comienzo del Siglo XXI ha visto, por parte del capital, la multiplicación de las medidas contra el trabajo en estos tres planos. Un punto de apoyo mayor son las nuevas posibilidades que la liberalización ofrece al capital: la mundialización del ejército industrial de reserva y la agudización de la competencia que el capital obliga a los asalariados a librar entre ellos. Sin embargo, el crecimiento del grado de explotación del trabajo y la compresión de los salarios no hacen más que agravar la contradicción fundamental expuesta más arriba, en el momento en que la mundialización acentúa la anarquía particular que es inherente a la competencia, sobre todo cuando se convierte en descontrolada y “dicta” a las empresas sus estrategias, sean cuales sean los resultados. Para los turiferarios del neoliberalismo, el proceso político de liberalización y de la desreglamentación de la inversión directa en el extranjero, de las transacciones comerciales y de los flujos financieros impuestos a una escala sin precedentes, queda inacabado. No deja de estar ya muy avanzado, de suerte que el mercado mundial se presenta verdaderamente, por primera vez en la historia del capitalismo, cono no siendo “solamente la conexión entre el mercado interior y todos los otros que serían mercados exteriores, pero todavía son el mercado interior de todos los países”. A medida que las protecciones nacionales caen, tanto las tasas aduaneras como las ayudas estatales, los grupos capitalistas se encuentran presos en la nasa de la concurrencia. En un cuadro mundializado y liberalizado, el juego de las “leyes coercitivas de la competencia” es por sí mismo un aguijón de las tendencias destructivas que el capitalismo porta dentro de sí.
